A falta de calidad, abundancia
Hemos llegado al ecuador de la Mostra y poco, muy poco bueno se puede decir de las secciones oficiales de este maltratado, por el tiempo y los políticos, certamen —dicen— que de cine.
Los festivales, cualesquiera, están en crisis, independiente de la época o lugar en que se lleven a cabo. Europa es hoy, por ejemplo, mal sitio para promocionar el cine americano. La industria se resiste a gastar dinero para publicitar películas cuyo punto de salida puede estar mejor, ser más barato, en sitios cercanos como Montreal. Las producciones, americanas y europeas, de todas formas, si se hacen un hueco en los festivales es para engrandecer las giras promocionales de los estrenos. Que les parta un rayo a las películas independientes, minoritarias… Que se fastidien. Difícilmente van a ser pescadas ya que su salida a escena, su forma de sacar cabeza, es mínima.
Si la dificultad de encontrar películas que valgan la pena y que además sean estrenos absolutos es pequeña para los festivales grandes, ya me dirán lo que les queda a los pequeños y a los de tres al cuarto. Poco o nada. Eso sí, tienen la posibilidad de echar mano del talonario y traer, si el caché de cada cuál se lo permite, a tal director o intérprete, o promocionar una película de las muchas que lo hacen mensualmente en las grandes capitales. De esa manera se abaratan costes. Lo que ocurre es que, salvo raras ocasiones, la prensa (local o nacional) no se hace demasiado eco de ello.
Este año la Mostra parece haber tirado, como quien dice, la casa por
Cierta prensa y ciertas carteleras pican o pescan, algunos con claros intereses organizativos dentro de la Mostra, para servir eficazmente en la propagación de la buena nueva que lleva consigo la llegada de mucho cine, y, algunos dicen, además de calidad.
No se lo crean.
Esas estrellitas que aparecen en ciertas publicaciones (incluso de cierta solera) están infladas. El comercio, el servilismo, manda. Pasen y vean: todas las películas de
No les digo más que la primera y la tercera fueron presentadas por sus directores como herederas directas (en el caso de la primera) de la primera versión de Brighton Rock, novela del buen escritor Graham Greene, que escribió el guión de la película que en 1947 dirigiera John Boulting, junto (nada menos
Si nos ponemos así la segunda recordaría a la escasamente poco interesante 15 minutos (2001) de John Herzfeld. El director de A bout pourtant es Fred Cabayé, mediocrillo él, pero al que el cine americano le dio el espaldarazo al realizar el remake de una cosita llamada Pour elle (2008) por Paul Haggis bajo el título Los últimos tres días. Al parecer, para desgracia nuestra, también los americanos se han fijado en esta otra. Ya se sabe la originalidad manda. Qué cruz.

Alguien, algún medio, decía, antes de comenzar el festival, que la Mostra estaba muy bien porque presentaba cuarenta películas desconocidas. Palabras dichas con gran ingenuidad. O con intereses varios. Eso de cuarenta películas desconocidas, no es decir nada. Según tal afirmación, la cantidad (cuanto más se vean mejor) es un mérito. Pues no, hay que primar la calidad a
Para hacer olvidar la baja calidad general de las películas de
Imposible ir a tantos lugares. No tenemos el don de estar a la vez en varios sitios. Eso a los organizadores, al promotor (el Ayuntamiento) le trae sin cuidado, lo importante (salón comic, seminario Bond, cine y deporte, y…) es avasallar, impresionar, convencernos de que tenemos un gran festival gracias a…
Un certamen que, eso sí, fue grande hace años, atrajo entonces a la prensa especializada y en el que, por ejemplo, se homenajeó a una actriz tan grande como Giulietta Masina. Y que era, entonces, pese a quien pese, la Mostra de Cine del Mediterráneo. Sin engañifas aunque con, somos humanos, errores.
Hoy, treinta y dos años después, el mundo es otro. Es de carreras, de explosiones, de aventuras digitales… Eso que nos publicita la nueva marca del festival: acción y de aventura, pero la acción y la aventura no tienen por qué emparentarse con

Pecados, de Diego Yaker
Inconcebible folletón
Diego Yaker es el director de esta cosa —llamarla cine resulta casi un insulto— presentada en la seccion oficial del Panorama Mediterráneo. Se trata de un folletín cercano al culebrón. No falta nada en un cóctel poco conseguido: amores prohibidos, odios, silencios, incestos, asesinatos… guisado todo ello al gusto de los seriales latinoamericanos.
La peliculita es argentina. ¿Qué hace entonces tal filme dentro del panorama mediterráneo del certamen? No os preocupéis, que tiene que ver con España (vaya papelón el de nuestra representación), ya que en ella hay participación española como lo demuestra la presencia de uno de los actores, un desmadejadito Carmelo Gómez (quién te ha visto y quién te ve) quizá contratado porque en gesto y presencia se asemeja a (un descafeinado) Gregory Peck.
¿Por qué aludo al actor de Horizontes de grandeza? Sencillamente porque el filme trata de asemejarse, sobre todo en el paisaje, a un western. No a cualquier planteamiento del género. Tal como el director lo refrendó (hasta puede ser que se lo crea) en la rueda de prensa su modelo es… Sergio Leone.
Sí, lo será, por el tono (cálido) del paisaje, salvajemente coloreado por la sobreimpresión fotográfica que quema todo cuando toma (y a los que toma). Está claro que el rodaje se efectúo por medios digitales. Lo cuál no es un atenuante. El sol, el polvo, el calor se adecua (se desea) a lo narrado. Los personajes se funden (se quiere que lo hagan) en el inhóspito escenario de la provincia argentina de Santa. La sequedad del ambiente, de los cinco (únicos) personajes marcados por la tragedia no trasciende la historia, no funciona por su esquematismo, su presuntuosa ridiculez.

Aislar a unos personajes en un pueblo fantasma (pero en el que debe vivir más gente, como se indica por la actividad de la tienda que regenta Carmelo Gómez) donde sólo existen ellos (fantasmas de fantasmas) sólo demuestra la escasez de medios con los que se llevó a cabo el rodaje.
Indecible película perdida en su propia inoperancia al verse imposibilitada de contar una tremebunda historia que en manos de (no por supuesto de Leone), por ejemplo, el Buñuel mexicano, hubiera podido ser cruelmente divertida. Hay que ver cómo se las apaña el realizador, aquí, para poder desnudar (por inadecuadas exigencias del guión) a sus jóvenes intérpretes.
Un cine, el suyo, más pobre, ingenuo y torpe que primitivo. Ejemplos abundan, como lo demuestra la mala resolución de secuencias como las de la masturbaciones de los jóvenes, la ensoñación del joven creyendo estar con su amada mientras toca el violín o el enfrentamiento final (¿un duelo al estilo Leone? Incongruencia máxima que afirma Yaker), con muerte, entre abuelo y nieto.
El final, la forma de cerrar la película como conclusión de todo lo anterior, es digno de carcajada. Lo contrario que quería producirse. ¿Qué hace esta película en un festival de cine? ¿Quién y con qué criterios la ha elegido? Pregunten por aquí y por allá. Las respuestas pueden ser exculpatorias. La realidad lo niega.
Escribe Mister Arkadin
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XXXII Mostra de Valencia (6): Pecados de domingo







