Indígenas fuera de la ley
El director argelino Rachid Bouchareb vuelve a sorprendernos agradablemente con una muestra de su buen hacer. Su última cinta, Fuera de la ley (Hors la loi, 2010), un producto del pasado año ya estrenado en la gran pantalla francesa, es una suerte de continuación histórica de Indigènes (Días de gloria, 2006) una más que notable cinta bélica que narraba la implicación de soldados de origen argelino en las segunda guerra mundial bajo bandera del imperio colonial francés.
Cuenta las desventuras de una familia argelina, centrada en las peripecias de tres hermanos (cuyos nombres coinciden curiosamente con los de los protagonistas de Días de gloria) que por diversas circunstancias acaban por emigrar a París para rehacer su vida. Desde allí, organizarán el grupo terrorista que daba soporte al FLN, grupo independentista argelino.
La película, excepcionalmente interpretada y no menos entretenida que su predecesora, abunda con mesurado pero efectivo dramatismo en las condiciones de vida de los argelinos y las establece, junto con la represión sobre suelo africano, como premisas de la violenta revolución que acabaría por darles la independencia.
Aunque bien puede decirse que en la presentación de sus personajes y los antecedentes históricos la película adolece de ciertas rigideces y esquematismos, no podemos dejar de señalar que el pulso de Bouchareb acaba por sobreponerse a esas limitaciones.
En lo que respecta al tratamiento moral de tan delicado asunto (la justificación del terrorismo, tanto el independentista como el de Estado), puede decirse que Bouchareb ha sabido equilibrar por un lado la peligrosa tendencia a empatizar con el oprimido, en la medida en que se muestra cómo el discurso argelino sobre la liberación va fanatizándose hasta convertirse casi en un fervor religioso sediento de sangre, mientras que por el otro, ha conseguido que desde el inevitable rechazo al terrorismo de Estado, su crítica no se convierta en una caricatura maniquea y simplista. Cada personaje se halla caracterizado en su justa medida, y no deja de señalarse el conocimiento que de las consecuencias de sus actos tenía cada cual, para acabar dibujando una especie de redención no justificadora.
Un trabajo estimable, en fin, que si bien no puede considerarse al nivel de grandísimas obras como La batalla de Argel (1965) de Gillo Pontecorvo, sí ayuda en cierta medida a comprender el doloroso proceso de descolonización argelino.
Escribe Ángel Vallejo

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XXXII Mostra de Valencia (5): Hors la loi







