Los niños invaden el cine
En todos los festivales de cine han tomado como norma de fe que es preciso inocular el cine a todo niño o joven de ambiente no universitario. El cine a grandes, o pequeñas dosis, sin más. Es decir, meter al niño en una sala y allí se las den todas a ellos, a los profesores, a los del cine, a las pobrecitos asientos, a las limpiadoras…
Entren, por favor, si les es posible, en una sala donde caben 400 personas, llena de niños de primaria, de distintos colegios. Verán a qué es equivalente esa sesión. En algunas, si antes han trabajado con el alumnados los profesores y profesoras, la cosa puede estar encauzada. Supongamos que a un aula adiestrada se unen varias que no lo están. El problema es el mismo. Hasta podrán admirar hermosos aviones de papel (o modelos similares), sin dejar a un lado una simple hoja arrugada, que son lanzados hacia atrás o hacia adelante. No es la guerra de los botones pero casi. En realidad es otro tipo de guerra.
La cuestión no es la de sacar a los niños a una sesión de cine, como tampoco lo es el sacarles a un museo o a una excursión para admirar no se qué exposición o edificio. Lo fundamental es realizar una labor educativa, en el caso de asistir a una sesión de cine, como mínimo la labor es doble: aprender a estar en el cine y aprender a conocer el cine (al menos iniciarse en el lenguaje del filme).
Una labor en la que debe involucrarse a partes iguales el profesorado y el grupo o entidad que organice tal sesión, que, por supuesto, debía contar con un departamento didáctico capaz de lanzar unos materiales para enviar a las escuelas.
Los festivales de cine, que cada día en mayor medida van añadiendo esta actividad en sus secciones (
La cosa es aún más fuerte cuando se lleva a esas sesiones (de películas de duración normal) a niños y niñas de 3 y 4 años. En bloque, en manada, cogidos algunos a ese singular invento de agarrarse a una cuerda. La mayoría uniformados para dar a entender que forman parte de un colegio distinguido. Faltaría más.
No entiendo cómo a un niño de corta edad se le puede encerrar durante por lo menos hora y media en una sala cerrada para que vean una película. Lo suyo es que vean en el cole, como mucho, pequeños cortos de animación (de buena animación) o películas cortas adecuadas a ellos, ya que por su edad ni pueden abarcar mucho más, ni entender lo que ven.
Queda claro que a los festivales (salvo que se rompa alguna butaca o se produzca algún destrozo, que siempre es posible) la educación o la adecuación del niño a lo que ve le trae sin cuidado. Saben, y ahora me refiero a
Evidentemente no.
Alguien puede decirme que me equivoco, que eso no es así, que los sábados y los domingos no son lectivos y que por lo tanto al no haber clase esos días, no acudirán los alumnos con sus coles. Cierto, esos dos días no han ido niños y niñas con sus profesores al frente, pero sí han seguido acudiendo; en ese caso los niños han sido conducidos por los padres (incluso algunos en carrito). Las invitaciones (porque todos acuden por invitación) proceden de entidades ciudadanas, muy especialmente de los diferentes casales falleros de la ciudad.
Estos días el espectáculo propiciado por
Vivimos del negocio, de los grandes eventos, de la parafernalia, de la incongruencia. No importa nada, ni el aprendizaje de los niños. Esto no es ningún aprendizaje. Es una aberración. Cada cosa a su tiempo. Y a cada tiempo una forma de llegar a los chavales. Nunca en manada, nunca como números que añadir a unas frías estadísticas. En la ciudad del consumo es lo que prima. Los festivales de cine se están aprovechando de ello. Un niño de tres años que acuda a
El mundo de la multiplicidad, de la exigencia, del comercio, también ha llegado y se institucionaliza en los festivales de cine. Con el consentimiento de quien rige el colegio, del profesorado y de los propios padres, que se sienten beneficiados con esas prebendas que reciben sus hijos.
Todo eso sin ningún sentido de aprender, de educar. Eso es lo grave. A cada edad un planteamiento, una forma de llegar al alumnado, de darles los instrumentos necesarios para que sepan estar en el mundo loco que les va a tocar vivir. No se hace y así nos va.
Se puede, a estas alturas de la película, preguntarse aún quien es el beneficiario, o el perjudicado, por todo este trasiego de personal cifrado. Una lastima y una ocasión perdida para lograr que los niños aprendan eso que es el cine.

Periferic de Bogdan George Apreti
Huida hacia ninguna parte
Terrible relato el de esta película rumana, cuyo guión es del director de 4 meses, 3 semanas, 2 días, y se nota en el tono trágicamente naturalista del relato, sobre el día de libertad de una mujer que se encuentra encerrada por no denunciar a su compañero.
En ese día, lo único que le importa, es la forma de alcanzar la libertad, huyendo fuera, muy lejos, del entorno en el que vive. Para ello deberá hacerse con un dinero que le debe su antiguo compañero. Su caminar a lo largo de ese día lleva a la mujer a encontrase con un entorno hostil, nada de lo que pueda atarla al mundo es capaz de tenderle la mano, de encontrar en ello, en las personas de su alrededor, un gesto de amor, compasión, ayuda. Quizá tan sólo en su hermano, pero debilitado por el propio carácter del personaje sujeto al dictamen de los demás, sobre todo, en este caso, de su mujer.
El trayecto de la mujer viene dado por diferentes capítulos, que se corresponden con cada uno de los personajes que encuentran en ese camino que debe llevarla a la salvación. Será primero su hermano, después su antiguo amante para cerrar los encuentros con su hijo de unos nueve años, que ha sido llevado a un orfanato.
Cada uno de los encuentros cierra un capítulo de su vida o mejor le cierra la creencia en el mundo que busca y que se encuentra del otro lado de la prisión de la que acaba de salir. Su salida tiene un motivo: asistir al entierro de su madre. La realidad es otra: ser libre, totalmente libre, rehaciendo su vida fuera de su país. Una huida hacia ninguna parte. En todas las partes se siente traicionada.
La actriz protagonista, espléndida, decía en la rueda de prensa que la película ni era social, ni quería representar la realidad de Rumanía, porque el director ni era rumano, ni conocía, por tanto, esa realidad. Tales declaraciones suenan a chiste. Es imposible que la actriz pueda afirmar tal cosa. La película es social y trata de reflejar unos ambientes reales (el guionista sí es rumano). Que duelan o trate de negarse es otra cosa muy distinta.
Tal tema —denuncia, trayecto— desgraciadamente no conduce a una gran película. Queda solamente en interesante. La razón de ello hay que buscarla en la precipitación de algunos instantes, en la inconcreción de otros. O, lo que es peor, en los continuos y forzados trucos que el guión va concatenando para llegar al final. Por ejemplo, el orfanato en el que se encuentra el hijo de la protagonista y su historia sobre sus abusos (consentidos o pactados por otro compañero para sacar dinero) resultan claramente inverosímiles. Vistos como el infierno que quiere mostrar la película. Casi metafórico y que, por tanto, no casa con la brutal realidad, fisicidad, que muestra el filme en otros momentos.
Como puede ser también la escena en el fantasmagórico tren (no se encuentra nadie en ningún lugar, en las estaciones) donde sólo aparecen la protagonista y su hijo como si quisiera aislarlos del mundo exterior; de forma que ese mundo de fuera sólo entra en el suyo a través de los sonidos (ruidos, la megafonía de la estación...). La cuestión es si eso está forzado desde el punto de vista de la idea matriz o se debe a la falta de medios económicos.
También en el filme son demasiado bruscas las uniones de los diferentes bloques narrativos. Es como si se quisiera concretar que eso, lo que pasa de uno a otro bloque, no importa. Lo que importa son los bloques en sí. Puede ser, pero dentro del tono realista, casi naturalista de algunos momentos, chocan estos enormes (e incongruentes) saltos en la narración.
La película queda sin término, en una especie de espera sin esperanza.
Periferic pudo ser un gran filme, pero no lo es, se queda simplemente en interesante, que funciona en momentos aislados, en bloques, pero nunca en cuanto conjunto. Una lastima.

En el centro de la tormenta de Bertrand Tavernier
La tormenta también afecta a Tavernier
Tavernier ha dirigido grandes películas. También algunas mediocres. Siempre parece bascular de un lado a otro. Son excelentes La carnaza y Hoy empieza todo, pero no es lo es la adaptación de la novela de Jim Thompson 1280 almas.
Como crítico de cine su labor también se deja llevar a veces por planteamientos viscerales como es su defensa a ultranza de Robert Parrish, dentro de su amor al cine norteamericano, con quien además codirigió alguna película. Este director tiene alguna muy buena película, pero su obra en conjunto no es excepcional; sin embargo, Tavernier es capaz de lanzar furibundos ataques sobre todo contra la (muy interesante) última etapa de Joshua Logan, despreciando títulos de la categoría de Camelot o La leyenda de la ciudad sin nombre.
Casi todo su cine se ha estrenado entre nosotros, aparte de ser un realizador homenajeado en bastantes festivales celebrados en España. Este filme visto en
En el centro de la tormenta es un filme caótico, nacido de un relato policiaco. Muestra a un detective típico de estos relatos. Agobiado por sus crisis personales y sus problemas de conciencia, entre los que conlleva el de un antiguo ajuste de cuentas del que fue testigo cuando era un niño.
Tal hecho —el descubrimiento del cadáver de aquel hombre de color asesinado— se bifurca en otros múltiples caminos que desorientan en vez de orientar. Se crea en el espectador la misma confusión que en el protagonista… y no se sabe si es eso lo que se pretende.
El Katrina que todo destrozó no es el único ciclón que ha asolado aquel lugar, que ahora permanece devastado. Hoy es como ayer, parece no haber remedio. La destrucción es generalizada. ¿De donde procede todo eso? ¿Es preciso emborracharse para olvidar o salir de ese estado?
La niebla, el huracán, es como un reflejo del propio personaje. El caso al que ahora se enfrenta, un asesino en serie de mujeres, se une al anterior.
Complementando a todo ello una mirada al mundo de un rodaje, de unos actores ensalzados pero hundidos también en sus problemas, sus angustias. Todo ello formando parte de un conjunto deslavazado, en el que se salta de unos personajes a otros en un guión forzado al máximo. Los personajes existen en función de unas determinadas necesidades, no de unas acciones que nos conduzcan a esos fines.
Personajes reales que se mezclan con otros imaginados, que a su vez se funden con los de una película sobre la guerra de Secesión que se está rodando en aquellas lugares, lo que da pie para que John Sayles interprete al director de ese filme. Eso no es lo malo, lo peor es que no se sabe la razón de muchos personajes, no se entiende el porqué de esas u otras actuaciones, como si la historia hubiera sido brutalmente cercenada en el montaje.
El filme recurre, al estilo de gran parte de los filmes policíacos, a la voz en off del personaje principal, haciéndonos participes de sus desgracias, pero su especie de voz interior no hace más que remarcar lo visto, llegando incluso a aseverar que ha descubierto que ciertas cosas vividas no eran más que producto de su imaginación. ¿Por qué se dice eso? ¿Es que acaso el espectador no entiende que esos diálogos con el comandante sudista sólo son posibles en su imaginación? Llegados a este punto cabría preguntarse cuál es la unión entre lo que vemos y aquella guerra que tuvo lugar entre el Norte y el Sur en Estados Unidos.
El final es sorprendente. De pronto cambia el punto de vista del relato para mostrar cómo la hija del protagonista descubre que su padre está presente junto al imaginado mando militar confederado y parte de sus subordinados en la (antigua) fotografía de un libro de Historia. ¿Trasunto entre la realidad y la ficción? ¿Entre el ayer y el hoy? Otro dato más dentro de esta desconcertante película de Bertrand Tavernier.
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XXXI Mostra de Valencia (8): mundos oscuros







