¿Quién es Pierre Schoendoerffer?
Probablemente al aficionado le suene el nombre de Petersen, el director de Troya. Por algo fue también quien realizase El submarino, La historia interminable o, entre otras, La tormenta perfecta. Un realizador irregular que altera filmes interesantes con otros (casi) bajo mínimos, pero que es suficientemente conocido porque, puede decirse, todo lo que ha realizado se ha estrenado comercialmente en España. Por eso su nombre resulta conocido, en mayor o menor medida, más si se dice que es quien hizo esa película concreta.
Cuando hace unos días recibió en el acto de inauguración del certamen un homenaje (de rebote como contamos en su momento) a nadie sorprendió. Al fin y al cabo Troya o La tormenta perfecta encajan bien en la temática de
La recibió de manos de Alex de
El certamen, en esa extraña sección (doble) oficial que cuenta con una Internacional y otra de Panorama Mediterráneo, quizás quiso celebrar tal hermanada duplicidad decidiéndose por homenajear también a otro realizador. O quizás fuese porque considerase que quedaba bien conceder dos palmeras de oro (pero sin incluir en ese caso la insignia de la ciudad). La otra iba a ser para un realizador francés escasamente conocido para el espectador español.
A tal desconocimiento se le premió con una ceremonia de homenaje improvisada en una de las salas donde tiene lugar en el certamen y de una manera muy simple: entre semana y con un anuncio de tal presencia como de compromiso. Fue el director de

Tal director es francés. Su película más conocida, una de las pocas estrenadas por acá, es Sangre en Indochina, de comienzos de los años sesenta. Su nombre (algo difícil de escribir y de pronunciar) Pierre Schoendoerffer.
Al igual que días antes Petersen, se asentó en las alabanzas que se creía en la obligación de decir ante tal distinción: “me ha encantado esta ciudad sobre todo la mezcla tan increíble que existe entre la parte antigua y los edificios tan modernos”. Podrían haber hecho, incluso, la distinción entre antiguos, modernistas y novedosos. Hubiera quedado…
Schoendoerffer, de ochenta y dos años, se puede considerar como un realizador afín, en cierta medida, a la nouvelle vague, pero más en cuanto a inicio de sus películas que en cuanto al estilo del movimiento francés. Su cine, mezcla de documental y ficción, aparece como comprometido tanto en la lucha por la libertad como en la crítica contra la intervención de los países en guerras ajenas.
Uno de sus filmes, La section Anderson (1967), con el que ganó el Oscar al mejor documental, se centra en la intervención militar norteamericana en Vietnam. Un país y una guerra (la mantenida en Indochina) que le marcó profundamente, ya que vivió aquella experiencia al haber estado como cámara trabajando para el ejército cuando aquella zona se encontraba bajo dominio francés. Sobre ello habla la citada Sangre en Indochina. Como también lo hace Diên Biên Phu.
Otras obras suyas (vistas estos días en la filmoteca valenciana) han sido El desfiladero del diablo, Pêcheud d’Islande, Le Crabe-Tombour, L’honneur d’un capitaine, Là´haut, un rou au-dessus des nuages.
Como novelista consiguió en gran premio de
Además, por su servicio en el Ejército es Comandante de
Este director francés perteneciente a una de las mejores generaciones de cineastas del cine francés dio paso, prácticamente al tiempo de su homenaje, a las películas de directores franceses de la última generación que no es, ni por asomo, la mejor.

Téte de Turc de Pascal Elbé
De emigración, terrorismo y otras cuestiones
Estamos ante una primera película. Pascal Elbé es un actor, del que por aquí, conocemos más bien poco a pesar de que ha intervenido en más de cuarenta películas. Éste es su primer largometraje.
Sorprende, y mucho, que frente al compromiso que parece desprenderse de sus películas, nos encontramos con unas declaraciones suyas tendentes al escapismo: “mi intención no es hacer una película social. Me encuentro influido por el cine italiano, el español, el israelí… Mi película trata de emocionar, no centrarme en un filme social o político. Eso sí, mi film es realista, todo lo que cuento es verídico, aunque no aparece toda la realidad porque no he realizado un documental”.
Y continúa refiriéndose a la razón por la que eligió a nacionalidades tan conflictivas entre ellas como la armenia y la turca: “No fue una elección casual. Me interesaba poner en oposición a la minoría armenia que lleva más de un siglo en Francia con la minoría turca más reciente, teniendo en cuenta la relación histórica entre los dos pueblos. EL final feliz es el motivo por el que voy al cine. Quiero cierres positivos alejados del cinismo” (?).
El broche de oro fueron estas palabras del realizador: “Las expulsiones de los gitanos rumanos de Francia corresponden a una situación muy compleja. Sarkozy da un poco de miedo con esas decisiones, pero los gobiernos de izquierda han tratado el tema de la inmigración con mucha hipocresía. El problema de la inmigración no es ideológico, es estructural”.
Si hacemos caso de esas declaraciones (como la de tantas otras que los directores, actores y demás familia del cine realizan sobre las películas en las que intervienen) la película resultaría en ciertos aspectos rechazable. Lo curioso es que, salvo el final feliz, la película en conjunto resulta estimable. Sobre todo teniendo en cuenta los filmes que estamos viendo en

Filme que habla del odio, del enfrentamiento entre personajes marginados en en la sociedad en la que se han visto obligados a vivir, huyendo de la pobreza, de las condiciones de vida de su lugar de origen. El primer mundo como señuelo para otros mundos emergentes o de menores posibilidades (económicas) de existencia. Unos, los armenios, más colocados, más impuestos; otros (sus enemigos allá y por tanto acá también), los turcos recién llegados. Sin papeles, abiertos a un futuro incierto. La desazón, la angustia representada por los gritos y la lucha desesperada de la marginación.
Marginación sobre marginación, rechazo sobre rechazo. Un hecho como detonante en el que emisor del daño y receptor de la reparación se convierten en la misma persona. O de otra forma: el pseudo-terrorista en héroe. El lanzamiento, en una algarada, de una botella inflamable produce entre otros daños el de un médico (armenio) que se debate entre la vida y la muerte. El chico que ha cometido el acto es condecorado como el héroe que le ha salvado. ¿Cuál debe ser la actitud de ese joven? ¿Y la de los que lo rodean?
Una familia frente a otra. Ambas con cosas que ocultar. En este sentido, la historia de la familia armenia con sus derivaciones respecto al núcleo central llegan a entorpecer el desarrollo del filme, que camina hacia un final claramente falso en su felicidad impostada.
Está bien recreado todo el ambiente de los barrios marginales, el clima de asfixia, persecución que sienten los personajes. Un acercamiento honesto, veraz. No tanto, como queda dicho, en las vueltas y revueltas del policía armenio volcado hacia un pasado que trata, de forma imposible, de recuperar. Como contraposición su hermano, el médico, está dibujado de forma demasiado simplista, acomodaticia, sobre todo teniendo en cuenta la situación que casi le ha llevado a la muerte.
Si en este aspecto la película funciona, no queda tan clara en lo referido a todo lo que implica el mundo fuera de ambas familias, como es el de los políticos empeñados en buscar ese héroe que dar al pueblo.
Un héroe que, como se ha dicho, juega con un doble sentido, al ser a la vez ejecutor (a su pesar) y salvador (¿consciente?). La doble cara de unos personajes, de unos seres que tratan de huir para volver a los orígenes donde piensan encontrar la libertad perdida.
Curiosa esta propuesta que invierte los términos con la marcha de la juventud a las tierras que abandonaron sus padres. ¿Estará en ello esa ambigüedad de las palabras del director cuando habla sobre la expulsión de los gitanos rumanos? No habla de ellos, pero sí de otros inmigrantes.

Los seductores de Pascal Chaumeil
Pequeños atisbos de comedia
Chaumeil, aunque prácticamente desconocido en España, tiene varias películas (algunas para televisión) en su haber. Con Los seductores, de inmediato estreno, ha tratado, dice, de hacer una comedia al estilo de Sucedió una noche. Pienso que equivoca los términos porque su filme no va por la senda de la comedia capriana, en tal caso trataría de tomar como (lejanos) modelos a Lubitsch, Leisen o Wilder. La realidad es que, al final, su comedia está más cerca de otras comedias blandengues del actual, y menos recomendable, cine norteamericano.
El filme no comienza mal, con una familia de trapisondistas dedicados al lucrativo negocio de romper compromisos de pareja. Un Don
El problema es que de pronto el filme, con pequeñas derivaciones hacia el fin de espías, toma unos caminos innecesarios e incomprensibles dentro de la trama principal, como son las enormes deudas que el protagonista tiene con unos matones de… película.
Lo peor es que en la resolución final todo ello forma parte, más incomprensible aún, del caso en el que se centra la película.
Sobre el papel las situaciones tenían posibilidades humorísticas, sobre la pantalla la película va languideciendo, llegando solamente a ser un bosquejo de lo que propone. Después de concluida la secuencia posterior a los créditos, la historia no va más allá que la archisabida propuesta de chico enamorado a la chica que tenía otro chico.
Los giros del guión son tan forzados como incongruentes, de forma que cualquier situación se invierte por necesidades de la trama, de la manera más absurda posible. Un ejemplo sería la última vuelta de tuerca con el regreso del avión (con destino a la boda en Las Vegas) al mismo lugar del que acaba de salir (Mónaco) porque los padres de él han llegado para la boda allí (en Mónaco). Absurda es tanto la pretendida salida para Las Vegas (cuando la pareja se va a casar en el lugar donde se encuentran dos días más tarde) como la vuelta. Claro, que si no vuelven no hay más película, lo que implica que el protagonista habrá perdido y el final no será acomodaticiamente feliz.
Ligeramente visible, ligeramente divertida, ligeramente tonta. Una medianía que probablemente será un éxito de taquilla. Como muchas otras películas que no son casi nada. Una pequeñita cosa donde todo aparece como muy elegante, muy chic, adornado además con la belleza de Mónaco y la (falsa) sofisticación de la cantante y siempre aspirante a actriz que es Vanessa Paradis.
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XXXI Mostra de Valencia (5): de nacionalidad, francesa







