martes 22 de mayo de 2012

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XXXI Mostra de Valencia (2): como canes

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Lo que mal empieza…

Bestezuelas, una película de Carlos PastorUna de las cosas que suele comenzar mal en cine (y en literatura) es una película (o una novela) policíaca. Y si comienza mal el final suele ser peor. No desde el punto de vista cinematográfico (ni de la novela), pero sí en cuanto las cosas que allí sobre la pantalla (o sobre el libro) pueden ocurrir a los distintos personajes que aparecen. Y si los protagonistas son policías o detectives privados la cosa suele echar humo. Si no se nos cree que se lo pregunten a Marlowe, Spade, Gittes, Maigret o Wallander… entre otros muchos protagonistas de estas series de novelas (y luego películas).

La Mostra de Valencia de este año va a saber también mucho de ello porque una gran parte de las películas de acción y aventuras (y todas las de la sección, mal llamada Generación Millennium) hablarán, con mayor o pero fortuna, de ello.

Como el festival va de los golpes que da la vida y los mamporros que dan los otros, al propio certamen es seguro que algunos le caerán por meterse en camisa de once varas.

Primer año de nueva chaqueta, de nueva temática a la que se une, también muy acorde con un certamen que lleva años a la deriva, la del tebeo, o sea la feria y la referencia al cómic, que como se sabe tiene que ver mucho con cuentos ilustrados, entendiendo en general muchas de las historias inverosímiles, y fascinantes, de la historieta gráfica, sobre todo la que más se va a publicitar: aquella de héroes con poderes que se enfrentan a malvados que quieren destruir este mundo mientras ellos luchan porque el mundo sea el mismo de siempre. Ya se sabe: lo malo conocido vale más que lo bueno por conocer. O lo que es igual, conservemos aquello que tenemos que es al fin lo que hace que (para algunos) las cosas funcionen muy bien.

De acuerdo a todo ello, a salvaguardar los platos, ponerlo a buen recaudo, para que no hagan crack, la Mostra de este año parece haber tirado la casa por la ventana, lo cual sorprende, en principio, en cuanto: a) se dice que el dinero presupuestado es el mismo que el año pasado; b) el Ayuntamiento de Valencia, que es en definitiva el apoderado del certamen, se encuentra entre los más endeudados de España.

Y en el mes de marzo más, es decir, una nueva Mostra. Pero claro, si somos bienpensados, llegaremos a la conclusión que el año que viene en Valencia y en otras ciudades (e incluso por partida doble) se van a producir elecciones para votar a los viejos nuevos alcaldes (y al color, demasiado azul, de la Comunidad Valenciana). Y los eventos también son propaganda.

Los cines de la Mostra de Valencia

Este año la sede del festival no está fuera del centro de la ciudad. No, está en el mismo centro de Valencia, a tiro de piedra de la casa consistorial. En el complejo de cine de mayor asistencia de espectadores. Con colas, como las de antes, en festivos, vísperas, días de espectador y en otros días señalados. Con menos, pero también con espectadores, el resto de la semana. Sean o no jubilados o estudiantes que hacen o no una tarde novillos. Pero las salas acogen a muchos espectadores a lo largo de la semana. No como en otros lugares,, donde las sesiones se dan, al menos entre semana, para uno o tres espectadores. Que también pueden ser dos. Catorce salas colocadas a lo largo de cinco pisos (los impares acogen los servicios) con cinco salas en las alturas segunda y cuarta y cuatro en la planta baja. Salas de mayor o menor cabida como es natural. Lo que implica muchas salas y muchas localidades.

Todas esas salas, de forma un tanto peregrina, se utilizan para el certamen. Porque no todas ellas están en funcionamiento a lo largo de todo el día. Quizá para no marear demasiado a los espectadores se ha realizado un estadillo de proyecciones difícilmente entendible desde el punto de vista empresarial, alocado para el espectador que se pone delante de taquilla y que ve, al menos en el primer día, pasar como el AVE la relación de películas (y horas) que se proyectan por sala en el tablero electrónico de la entrada. Y que salta a una nueva proyección sin que el espectador pueda retener nada de lo que allí se pone. Cuando llega a la mitad del cuadro, ya se ha sustituido por otro nuevo. Aunque eso sí, y como es natural, es un cambio que se va produciendo de forma regular. Ahora está, ahora aparece otra cosa, ahora vuelve la primera. Y así continuamente. Un eterno retorno.

El día anterior a la inauguración las salas cerraron para lavarse la cara. O sea poner todo muy bonito. Palmeritas por los suelos (ese es uno de los logos más señalados del festival, en eso consisten los premios), sobre la alfombrita (o la pintura) de color verde que nos adentra en el local, anuncios de algunas de las películas que se van a proyectar, que casualmente serán estrenadas, en versión doblada, en estas salas a corto o medio plazo, acomodadores, asalariados de la Mostra… Todos para allanar el camino para que los espectadores puedan entrar en la acción y la aventura. Podían haberles vestido de sabuesos, romanos, pandilleros, héroes de cómic, de señores de anillo o de supermanes y familiares. Hubiera resultado más divertido, pero de momento la idea no se ha explotado. Todo se andará

Como digo, primer día los cines cerrados a proyecciones. Limpiadoras, escaparatistas, todos (menos varios que hablan y hablan sin parar a la entrada) dedicados a ponerse el traje de fiesta para inaugurar el certamen, aunque a la postre resulte que la inauguración oficial no será aquí (ni la clausura) sino en un teatro tan privilegiado como el Principal, que para eso es propiedad de la Generalitat Valenciana. Hay que hacer patria.

El cómic y los videojuegos también tienen cabida en la nueva Mostra de Valencia

El festival no comenzó el 16 de noviembre como en un lapsus escribí en el avance de la Mostra, sino el 15, pero estos hechos que narro ocurrieron el 14 de noviembre (jueves) en esta ciudad que dicen es, para algunos pocos que los disfrutan, la ciudad de los eventos y de los fastos o emblemáticos edificios supermodernos, superbonitos y, en muchos casos, antifuncionales que pagamos todos los valencianos.

Un día que amanece y se desarrolla tranquilo, después de esa especie de medio ciclón mediterráneo (lo llaman medicane) que hemos padecido días anteriores. Y ese día, con las salas cerradas para el público, para que no se diga, va a tener el primer pase de una película de la sección mediterránea (la otra oficial del certamen además de la de pega y aguanta). Es naturalmente para la prensa. Tiene lugar a la buena hora de las siete de la tarde. Allá nos acudimos.

Hay dos personas muy atareadas en taquillas abriendo, cerrando sobres una, la otra atendiendo a un fichero. “La sesión de prensa, por favor”. Pregunta que uno puede hacer después de que ambas trabajadoras decidan bajar a su mundo y dejen sus nuevos menesteres. “¿Sabes algo de ello?”, pregunta una. “¿De qué?”, dice la otra. Después de volver a escuchar, u oír por primera vez la pregunta, niega. “Llama a Juan(o sería Pedro o Pepe o Vicent). Vocea tal nombre hacia la entrada. Y allí llega el llamado. Como es lógico… tampoco tiene idea. Pasa al recinto, en busca de alguien más alto en el escalafón que de acuerdo a su rango, se ve en la necesidad no de preguntar sino de exigir la correspondiente acreditación. “Sí, es en la sala 11”. Sí, una sala del cuarto piso, que en estos días se dedicará únicamente a la prensa (no está nada mal la sala, todo hay que decirlo. Y es de las que mejor proyección tiene).

Allá subimos. Una señorita (despistada o de la organización) da cortitos paseos cercanos a la puerta de la sala que mantiene sus puertas abiertas de par en par a diferencia de las otras que permanecen cerradas. Dentro nadie. Y son las siete y un minuto. “Sí, Adolfo, tranquilo, es aquí”, me comenta un conocido de hace años, que trabaja desde mucho tiempo en esto de llevar el orden de las salas de este festival. Añade: “Esperaremos un poco para comenzar”. Sí, lo supongo, para que llegue más gente.

Y, claro, al poco llega un crítico local que, al igual que siempre (está en todos los festivales de esta tierra y de aquellos desarrollados en universos cercarnos), dice, como es natural, que conoce la película que se proyecta. Comenta que no está nada mal, que los actores son maravillosos y no dice, lo que probablemente sea una realidad, que esa película la terminará proyectando en el cine del que es programador. Como la película que se va a proyectar es española, y realizada por amiguetes, y además, como digo, será carne para vender próximamente en su negocio, ponemos su juicio en interrogante.

También se queja y con razón de que nadie del equipo de la película esté presente en el local. Aunque por lo que estamos viendo es mejor que no aparezcan: les puede dar un síncope al comprobar el gran poder de atracción que su película tiene para la prensa valenciana. No sé si a este festival viene prensa de cualquier otro lugar de España. Dudo que aparezcan de otros países. Este festival o certamen es demasiado local, al menos ahora, por el descrédito acumulado en los últimos años.

Luego llegarán dos personas más. De forma rara, el día antes de que comience el certamen, se ha decido proyectar una película española, de producción, para ser más exacta, totalmente (o casi) valenciana. Su título Bestezuelas. El director, Carlos Pastor. Naturalmente se trata de un thriller, que intenta tener mucha acción, y se inscribe en la sección de panorama mediterráneo. Entramos y nos disponemos a disfrutar o sufrir su proyección.

La Mostra que no ha comenzado sí está mostrando, a cuatro aparentes periodistas acreditados, la primera película. Este sistema dar pases de prensa antes del festival lo utilizan otros festivales (¿tratarán de copiarlo aquí?), por ejemplo el de Londres, que desde semanas antes ofrece varios pases de prensa, para que los acreditados vayan abriendo la boca ante tanta maravilla como acontecerá. Y lo cuenten a los londinenses para que llenen los locales donde luego se proyectarán las películas.

Aquí no hemos llegado a eso, aunque llegaremos, de momento nos quedamos con una sola película

Bestezuelas de Carlos Pastor
La dichosa metáfora

Bestezuelas de Carlos PastorEn cine es difícil introducir elementos metafóricos y simbólicos sin que chirríen. Hay que hacerlo bien. Y desde luego evitar bombardearnos con ellos a lo largo de toda la proyección. Subrayar y subrayar sin parar.

Muchos directores deberían aprender de ese gran momento simbólico que Wilder tomó en El apartamento y que además le servía como un elemento de gran interés para la narración y desarrollo de los acontecimientos. El espejo (roto) que encuentra Baxter (Jack Lemmon) en el apartamento que deja a sus jefes (con el fin de subir a los puestos más alto de la empresa) para que vivan sus clandestinos amores. Aquel espejo roto significaba más que un espejo. Se convertía en protagonista en dos momentos precisos y no se volvía a saber nada de él.

Pues bien Bestezuelas nos bombardea por activa y por pasiva con lo que al director, también guionista, considera una gran idea: la comparación del mundo de los perros (de carreras) con el de los humanos. Unos y otros corren detrás de falsos objetos. Aquéllos y éstos llegan al objeto detrás del que corren para descubrir que persiguen ilusiones. Unos perros ganan, otros pierden, como ocurre a los personajes de la película.

Carlos Pastor, director, entre otras cosas, de la más bien vulgar Una piraña en el bidé, da aquí una lección de lo que no debe ser un thriller pasional, como suelen ser todos los filmes de este género. Como en los títulos más preciados, existe una especie de jefe mafioso y respetado por los de más abajo y al que acompaña una tan fiel como fría mujer, un dinero que intenta birlarse y unos seres perdedores y perdidos por un destino cruel. Al lado, cómo no, una mujer objeto del deseo de todos los que la rodean y que, en el fondo, como los otros, quiere “vivir su vida” (frase que se repite no sé cuántas veces en el filme), y que, en sus ratos libres, o menos libre, se dedica a poner cachondo al personal y a acostarse con éstos o aquéllos… con carácter profesional, en general.

Toda esta historia de pasiones contenida o mal contenidas, de personajes que quieren hacer o rehacer su vida, de engaños con poco sentido, de amores fatales, se rueda de manera caótica, sin ninguna lógica narrativa, mezclando perros (y perras) con personas. Aquéllos actuando en un no menos extraño canódromo situado, se supone, en el extrarradio de la ciudad y donde al parecer la gente acude para que sólo tenga lugar una carrera al día. Carrera en la que sólo, o casi, parecen apostar los que viven en el cutre bar situado en el propio canódromo.

Si los perros viven allí, los personajes del filme también, regidos por un extraño (y vulgar) mafioso muy enfermo (aunque nunca se muere: los malos nunca terminan por hacerlo) que, aunque lo definan como malo, tiene buen corazón: nada menos que quiere dar 300.000 euros a un convento de monjas, creemos que francesas, ya que allí a él y a su compañera los protegieron durante la guerra. Así, guerra en impersonal.

Un ambiente tendente a gitano, con ribetes como es lógico flamenquiles (rasgueos de guitarra y canciones desgarradas incluidas) propios de una película de ambiente gitano o andaluz. Esa es la otra sorpresa de un filme rodado íntegramente en Valencia: su ilógica cuando no absurda localización.

Ni Perla (¿acaso un guiño a la protagonista de Duelo al sol?) es una mujer como para levantar pasiones, ni sus oponentes están a su altura. El duelo-baile clama a lo ridículo, pero la relación (de pobres hombres y mujeres) entre el novio de la chica (Fabio) y su rendido enamorado (Lillo) carece de garra, de fuerza.

La inutilidad, ingenuidad o inocencia del filme se marca desde el primer momento, con la llegada de Perla al bar-canódromo, no sólo por las continuas conversaciones de doble lectura en la que se la relaciona con una perra o a ellos con unos perros, sino por los obsesivos primeros planos de Lillo para mostrar su deseo por Perla. Pero claro, Lillo, como se dice al principio y al final, nunca apuesta (en las carreras de perros) porque siempre pierde. Es un claro perdedor que ha intentado salir de su ambiente llegando a matar (dada en elipsis porque tal momento es falsísimo) a un personaje (homosexual abominable por su topicidad), que se dedica al extraño oficio de intentar pasar dinero por la frontera sin que se sepa qué dinero.

Poco sabemos de los personajes (¿por qué razón Fabio estaba en la cárcel?), de sus motivaciones. Sus reacciones son incompresibles. Como la película entera. Fabio tan pronto está ¿en otro país? como en el canódromo, como es un matón o un pobre hombre que llora porque le ha dejado su amante… La droga y las pistolas (aunque nadie dispare) aparecen por arte de magia. Abundan los personajes marcianos (el hermano de Lillo y su amante, que exhibe sus pechos como go-gó en una discoteca ante el enfado, lógico, de su padre que la da soberanas, e incomprensibles, palizas) y las situaciones inverosímiles. El tiempo, los lugares, son tan indeterminados, tan fuera de situación como una película que quiso contar la historia, más o menos pasional, de unos pobres desheredados o de matones de tres al cuarto y que termina convertida en una desesperante nadería.

Por faltarle le falta hasta ese clímax al que la película parece aspirar, pero que termina siempre por desinflarse. Es un querer llegar a un sitio sin poder encontrar la forma de hacerlo.

Al final todo queda como al principio. Y el dueño del canódromo, pequeño mafioso, sigue sin morirse. Los perros siguen corriendo tras falsos testigos. Y todos, menos el jefe, siguen perdiendo. Tanto para tan poco.

Eso sí, el director utiliza el simbolismo por activa y por pasiva. Hasta, sin que venga a cuenta, se saca una escena de lluvia cayendo sobre los personajes. Lo cual además parece quedar muy bien desde el punto de vista estético y de la trama que quiere transmitir. Parece pero no queda. Y encima los diálogos chirrían. Un fiasco total.

Menos mal, eso sí, que los proyeccionistas antes de que terminasen los créditos del principio se dieron cuenta que estaban proyectando con formato cambiado. Y lo arreglaron. Al menos pudimos ver estas Bestezuelas correctamente. En eso, y sólo en eso, la cosa comenzó mal y se arregló. La película empezó ladeada y terminó esquinada.

Vendrán, probablemente, tiempos mejores. Veremos

Escribe Adolfo Bellido López 

El equipo de la película Bestezuelas, de Carlos Pastor

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