Risas y sonoras carcajadas: la dificultad de ser dignos
La Mostra ha dado a conocer el gran aumento de espectadores… Y del dinero recaudado. Nada menos (dicen) que ha aumentado en 68% con respecto a la edición anterior. Nada menos que 46.000 espectadores. Lo que sorprende es un número tan redondo. Nada de 45.954 o 46.077. No, 46.000 a secas. Eso es contar.
El año pasado (se dice) fueron 27.500. A las sesiones del certamen (excepto la Mostreta) acudieron 14.588 (frente a los 9.291 de 2009). En la Mostreta (ojo al número) se contabilizaron 16.431, es decir algunos más que a las películas del certamen.
Se dice que ha habido un día menos que el pasado año, pero no se dice que ha habido más salas y más películas. Aparte de estar situadas en el centro de la ciudad. Dividan el número de asistentes (14.588) entre las sesiones que han tenido lugar y que son más de 250 y tendremos una media (elevada) por sesión de unos sesenta y tantos espectadores…
También se ha comentado, en la rueda de prensa balance final, que se han recaudado 33.870 euros este año, frente a los 10.401 de 2009. Difícil saber lo que se recauda por sesión porque no sabemos si los colegios (o las fallas o los centros de discapacitados, que también asistían) pagaban o no. Si no pagan (nada menos que comentaron que el dinero recaudado había aumentado con respecto al año pasado en un 225%) hagan el cálculo.
De todas formas lo dicho tiene su aquél, su trampa, teniendo en cuenta que la inauguración y la clausura no están incluidas, un año en el que además los espectadores que quieran podían acudir pagando la correspondiente entrada. Hagan cálculos y verán en la realidad sobre el número de espectadores por sesión que acudieron a la Mostra.
Cerremos este capítulo y abramos otro, pero que también tiene que ver con las estadísticas: los premios.

En este año por primera vez los premios de la Mostra (todos menos una parte dedicada a las producciones valencianas) se otorgan por votación popular. La trampa es absoluta. Supongamos que en una sesión hay diez personas (y que además, simplemente por poner un caso posible) y que las diez dan un cinco a la película que acaban de ver. El total serán 25 puntos que dividido entre cinco nos dan un cinco de media, cantidad que se corresponde con la máxima posible, ya que las calificaciones (a excepción del cero que no ha sido incluido, aunque algunas películas merecían con creces) iban de cero a cinco.
De esa forma la muy floja (pero no la peor vista) española (ampliamente valenciana) Bestezuelas de Carlos Pastor se llevó el premio a la mejor película del Panorama Mediterráneo. Se supone lógicamente que a la proyección pública asistieron más de cinco personas (en el pase de prensa no se llegó a ese número), pero, presumiblemente gran parte de los asistentes eran del equipo de producción o amigos de sus amigos.
El primer premio del público en la sección oficial fue para la película china Little big soldier, cuya proyección atrajo a bastantes admiradores del actor protagonista, Jackie Chan, conocido por sus numerosas películas de artes marciales.

El premio de la crítica, dentro de la sección mediterránea, fue para Los seductores. Alguien se preguntará a qué se debe la razón de tal desatino crítico. La explicación es clara:
―la crítica presente (?) premió por votación de los asistentes;
―la película premiada se exhibió por la tarde, con gran asistencia de espectadores pertenecientes o no a la crítica. Toda persona que acudió a esa sesión pudo emitir su voto;
–Los seductores en su presentación ¿a la crítica? tuvo lugar a las seis de la tarde. Además en domingo.
Los asistentes a los pases de prensa (en varias de las sesiones que tuvieron lugar por la mañana), eran más o menos estudiantes de comunicación audiovisual, periodismo… o caminares afines.
Eso sí, el premio de la crítica a la mejor película de la Sección Oficial fue para el filme más sólido, acabado, profesional, lo que no quiere, ni mucho menos, decir que era redondo, El caso Farewell de Christian Carion.
De todas estas películas (excepto de El caso Farewell que está al final de este artículo) encontraran el correspondiente comentario en las diferentes entregas que sobre el festival hemos venido realizando.

Creo que ha quedado suficientemente explicitado a lo largo de todos los artículos sobre la Mostra, que en conjunto (salvo claro, los filmes vistos en Mostra Classics) fue bastante floja. Sobre todo en lo referido a los títulos propios de este festival y vistos en las secciones Oficial y Panorama Mediterráneo.
Por eso sorprende el artículo aparecido en una publicación valenciana con cierta solera en la que se ataca, más a lo menos, a los que no vemos la luz de este festival, considerándonos nostálgicos de otras épocas. Y que uno intuye que se dice con cierto retintín, planteado tanto desde una ceguera sobre el cine actual como un posicionamiento ideológico. Creo que ese artículo, no depende de quién ni dónde, es absurdo y peligroso para la propia persona que lo escribe, involucrado curiosamente en la organización-programación de ciertas secciones del propio festival, en la programación de algunas salas de cines y en la voluntaria o involuntaria promoción de un filme actualmente en fase de producción, del cuál se proyectaron algunas imágenes en la sesión de clausura. Seamos claros, dignos y sin máscaras a la hora de decir lo que decimos o callamos.
La Mostra es lo que es, y por supuesto un Angelopoulos vale más que cualquier Poirier. Al menos hoy por hoy. Como también hay que decir que Tavernier en sus últimas películas (y en algunas otras de su filmografía) no está a la altura de algunas de sus grandes y hermosas obras.
Nadie es perfecto, ni siquiera a la hora de realizar cine o de defender lo indefendible, que, en realidad, en muchos casos no es más que una defensa de determinados intereses.
Sólo nos queda referirnos a dos filmes, entre los vistos estos días en la Mostra del Mediterráneo, perdón en la Mostra de acción y aventuras, que, por cierto, continuará en el mes de abril de 2011 (su nueva ubicación temporal). Pasamos a hablar de ellos:

The Town, ciudad de ladrones de Ben Affleck
Pobre imitación
La primera película que dirigió Ben Affleck, Adiós, pequeña, adiós, hizo que parte de la crítica, diera su visto bueno al comienzo como director de un actor no demasiado brillante. Era aquella una película que sí, hacia mantener esperanzas sobre su próxima película, pero no mucho más. Un filme con algunos momentos y toques dignos, pero poco más. Su segunda película nos lleva a un poco menos.
Nuestro redactor Juan Ramón Gabriel, en la sección de críticas de estrenos de nuestra revista (Sin perdón), ha explicado claramente lo que es este filme: una nadería que intenta (torpemente) imitar modelos establecidos. De manera absurda e ilógica.
Sirvan como demostración los tres atracos (¿intenta recordar Atraco perfecto?) que se saca de la manga el director-actor como grandes fuegos de artificio. El tercero es el colmo de la estupidez. Una pregunta: ¿por qué si en los anteriores van disfrazados con esas tan aleatorias como curiosas mascaras en ese atraco final actúan vestidos de policía, a cara descubierta y sin problema alguno para llegar donde llegan? Otra más: ¿por qué el gran promotor de todo este asunto ―el dueño de la tienda de flores― sólo parece contar con una especie de protector-guardaespaldas, siendo, además, eliminados ambos al final, por necesidades del guión, sin problema alguno por el protagonista?
Si a alguien le asombran las vulgares escenas de persecuciones por la ciudad en coche, les recomendaría que viera las de Bullit, Contra el imperio de la droga o las de Ronin. Todas ellas sin trampa ni cartón. Las de aquí, como toda la película, son un castillo de naipes que se desploma de un soplo.
¿Quieren otro ejemplo de la inutilidad del filme o de la falta de experiencia fílmica del director? Bien, recuerden la secuencia del encuentro del hermano del protagonista con éste y la chica después de que ella ha comentado que a uno de los atracadores le conocería por un tatuaje que lleva detrás de la cabeza. El recién llegado es el tatuado. La planificación de tal secuencia de suspense (en su forma televisiva) es errónea. Cualquier seguidor del cine de Hitchcock comprenderá su ineficacia en la forma de planificar, de dar un sentido al momento.
¿Quieren ir más allá? Volvemos a recordar a Hitch y a sus miradas a la ventana: ¿Cómo es posible admitir la secuencia del protagonista viendo desde una ventana la situación de su chica atendiendo a la llamada que él le hace, rodeada de policías?
Cuando la película termina, un extraño y despistante letrero nos dice más o menos que todo lo que hemos visto ha tenido lugar en el barrio de Charlestown, de la ciudad de Boston, donde abundan los ladrones y criminales, pero que a pesar de ello, allí hay buena gente. Que a ellos, a la buena gente de Charlestown, va dedicada la peliculita. Gracioso ¿no?
De cualquier forma, algo habrá que agradecer a Ben Affleck (aquí tan mal actor como casi siempre) y es el darnos una visión distinta de Boston, la ciudad referencia sobre la elegancia y la exquisitez de América.
L’affaire Farewell de Christian Carion
De lo mejor del festival
Sólida en su realización, bien ensamblada en su narración, L’affaire Farewell es un clásico filme de espías (basado en hechos reales) en la línea (no de calidad, sino de estructura) de Operación Cicerón, a la cuál incluso parece rendir homenaje en un determinado momento.
La historia del derrumbe de la Unión Soviética propiciada por la presencia de un alto personaje del Gobierno ruso, que dio datos claves sobre, entre otras cosas, los espías infiltrados en Occidente, da pie a Carion para lograr una película bien contada, si se quiere sin grandeza, pero de una apreciable altura.
Carion, que ha escrito también el guión (coherente en una época donde dominan las incoherencias más absolutas en los guiones), ha sabido narrar como una crónica documentada (que no documental) toda la historia de aquel periodo histórico. No escatima datos ni al presentar la vida de los dos personajes principales de la trama (el ruso que traiciona a su patria y el francés que le sirve de correo) ni a la de los políticos que vivieron aquellos hechos. Por el filme desfilan diversos actores notables interpretando a personajes reales, incluso a Gorbachov, Mitterrand o Reagan. Por cierto, este último es mostrado como un entusiasta de John Ford y en especial de El hombre que mató a Liberty Valance, que tenía, al parecer, como una de sus películas preferidas.
El caso Farewall en su contra quizás tenga un cierto aire contenido, un intento de mirar desde fuera unos hechos. Sin involucrarse en ellos. Con la frialdad propia de unos seres que se mueven y sin movidos por extraños hilos promulgados por los altos poderes de los estados.
Cercanos y a su vez distantes, humanos, simples seres que juegan y son objetos de manipulación en un mundo que ni saben muy bien hacia donde se encamina.
El director servio Emir Kusturica incorpora de manera magistral el papel de espía ruso. La ambientación está cuidada hasta el más mínimo detalle.
Carion no es un desconocido. Con anterioridad hemos visto dos filmes notables, La chica del tren y Feliz Navidad. Su nuevo filme, El caso Farewell, no desmerece en nada a esas películas que acabamos de señalar. Lo mínimo que se puede pedir a un realizador es que narre bien una película, que la dote de una lógica narrativa, al tiempo que sepa darle un aire novedoso, atrayente a una historia contada infinidad de veces (de otra forma y modos) en literatura y en cine.
Una película que, en una Mostra desangelada en su sección oficial, sabe poner calor a una historia que transcurre en gran parte en el gélido ambiente de una Rusia bajo mínimos.
Escribe Adolfo Bellido López