Adiós, Mostra, adiós
Escribe Adolfo Bellido
Se terminó la Mostra de Valencia por este año. En gran parte las películas, sobre todo de la Sección oficial, han mirado hacia el pasado como forma de entender, valorar o interrogarse sobre el presente. Una mirada hacia la Historia para evitar repetir los errores pasados.
No está mal encontrarse con este tipo de cine, sobre todo cuando ahora en España está en boca de todos el tema de la Memoria Histórica y del (necesario) proceso a una Historia que algunos intentan negar: la del bárbaro franquismo. Y sobre todo lo niegan políticos de derechas. Cosas que no se entienden cuando esos mismos políticos ensalzan hechos históricos con los que intentan “barrer” para casa, y maniobran sobre la realidad en una única dirección, cuando en esos hechos podemos descubrir más de una “realidad”. Concretamente me estoy refiriendo a los faustos (y desproporcionados) eventos con los que se ha querido celebrar gloriosamente la mal llamada Guerra de la Independencia. Una página manipuladora y nefasta de nuestra Historia.
En nuestro país se precisan personajes “mediáticos” como Garzón (aunque podamos discutir o no su papel de personaje engreído y personalista), que parece un juez sacado de cualquier película de denuncia del cine social italiano de los años sesenta.
Pues bien, la Mostra ha presentado ese buceo en la Historia cercana a través de varias películas de países muy diferentes. Es necesario, parecen gritar sus imágenes, conocer “lo que ocurrió” para poder olvidar y valorar lo que se tiene. Hay que saber lo que significa la comunión entre pueblos y culturas. Conseguir, sobre todo, ese don tan ansiado que es respirar (y vivir) la libertad.
Ello, por encima de todo, es lo que han proclamado películas de origen marroquí, palestino, albanés, egipcio, turco... Aunque sólo fuera por eso, y por los mensajes positivos de mirada hacia el futuro de otras películas y otros países, esta Sección oficial de la Mostra sería digna de ser tenida en cuenta. A pesar de los pesares, del silencio de muchos, de la indiferencia y de la desidia de otros.
¿Se podrá cambiar el destino que parece conducir erráticamente a este certamen que, aunque parezca mentira, aún sigue respirando? El cine de los pueblos mediterráneos necesita un lugar para hacerse oír con imágenes. Hace veintinueve años a alguien se le ocurrió que eso podría hacerse realidad en Valencia. Con muchísimos problemas y errores, este año esa “voz” ha hablado en la ciudad levantina. Se ha mostrado fuerte y sonora. El problema es que quizá lo que ha rodeado a esta Sección oficial (poco vista por el público) no sea lo más idóneo para arroparla.
Debería reflexionarse reposadamente sobre el futuro de la Mostra. Sobre cómo volver a revivir su antiguo esplendor sin olvidar lo esencial: el testimonio de los pueblos que se asoman al Mediterráneo. Que se expliquen y nos sigan hablando con historias de su Historia.
Trishtimi i Zonjes Shnajde (La tristeza de la señora Schneider)
Sección oficial
Escribe Adolfo Bellido
Muchos de los asiduos al festival pensaban que este filme iba a ser el primer premio del certamen. No fue así. Como quedaba fuera del palmarés hubo rápidamente que encontrarle una rendija a este filme para que por ella pudiera colarse, y así poder acompañar a los premiados.
Testimonio de testimonio. Doble o triple vuelta de tuerca. Recuerdos del director de su etapa juvenil como estudiante de cinematografía en la entonces elogiada cinematografía checoslovaca (años sesenta), sobre todo si la comparamos con la atrasada y prácticamente inexistente producción albanesa. Una cámara que graba la realidad de un pueblo que vive de la fabricación de motos. Un documento sobre un instante. Tan simple la película como la historia de tres cineastas albaneses estudiantes de cine en Praga, que marchan a un pueblo de Checoslovaquia para rodar su película de fin de carrera. Un documental claramente social, acorde con el pensamiento imperante en los jerifaltes de las republicas socialistas soviéticas.
Por otra parte, el filme ha procurado unir dos momentos, el ayer y el hoy, y lo ha hecho de una forma inteligente: está co-dirigido por padre e hijo, Piro y Eno Mikani. Dos generaciones hermanadas por la sangre y por la nacionalidad. Dos etapas de la Historia, dos formas de moverse por el mundo. Una mirada desde el hoy al mundo de ayer represivo, donde el miedo movía los actos de la persona.
Pîro es un veterano realizador del cine albanés, mientras que su hijo es un principiante como director. Es como si asistiéramos a un testimonio y un relevo. La historia que alguien cuenta a alguien muy cercano para que nunca la olvide: su propia historia y la de su familia.
En este sentido el filme es perfecto, modélico en muchos momentos, estupendo en la búsqueda y afirmación de la libertad. En todos los sentidos: trabajo, ideología, sexualidad...
Pero la película falla en otras cosas: como en la descripción demasiado bucólica de un pueblo como el checoslovaco (también bajo una dictadura); en la presentación de unos personajes casi de opereta... alemana (la dueña del hotel, las hermanas gemelas); incluso, se equivoca en la forma de presentar una serie de situaciones (la demasiado fácil relación –ocultada por otros– entre el protagonista y la mujer del “jefe” de la policia del pueblo), o de resolver sin problemas situaciones conflictivas (el jefe de la fábrica permitiendo que se siga rodando la película).
Hay un buen personaje sobre el que bascula la acción: la sufriente señora Schneider, condenada, incluso al final, a seguir viviendo su soledad por y para siempre en el pueblo donde habita. El contrapunto, la chica joven estudiante de cine (al igual que el protagonista), está peor definida. Un contrapunto o reflejo que aparece y desaparece de la acción sin que tenga demasiado sentido su presencia.
Quedan diseminados aquí y allá pequeños y excelentes detalles (la chica aislada en la fábrica) junto a otros trazos demasiado gruesos y elementales. Difíciles de contextualizar dentro de la acción.
Película autobiográfica, empática, rodada desde el cariño, la nostalgia y el deseo de un mundo diferente. El filme, pese a sus muchas limitaciones, fue de lo más interesante y atrayente de la Sección oficial.
Izolato (La oscuridad de Varsovia)
Sección informativa
Escribe Luis Tormo
Christopher Doyle, nacido en Australia en 1952, puede ser considerado uno de los directores de fotografía más prestigiosos del panorama actual. Su trabajo abarca la colaboración con realizadores como Chen Kaige, Gus Van Sant, Barry Levinson, Jim Jarmusch y, sobre todo, Wong Kar Wai, con el que ha formado un binomio creativo que le ha situado a la altura de los grandes. En 1999 realizó su opera prima como director y ahora realiza Izolato (Polonia, 2008), en medio hemos podido ver su episodio de París, Je t’aime.
Izolato, realizada en 2008, se distribuye con su título en inglés, Warsaw dark (La oscuridad de Varsovia), y demuestra claramente que los oficios en el cine, a pesar de la reivindicación del carácter colectivo de este arte, siguen estando diferenciados. La película polaca cuanta con una extraordinaria fotografía que juega con los azules y grises del invierno y, en general, muestra una planificación que llama la atención por sus encuadres y por el juego de las personas dentro del plano.
Pero más allá de este ejercicio estético, el filme es incapaz de funcionar como historia. Cuenta con algunos recursos similares al cine de Kar Wai: escenas que avanzan o retroceden en el tiempo, uso de la banda sonora como un elemento importante en la escena (el recurso obsesivo de la voz de noticiarios y el sonido de los teléfonos móviles), mezcla también las imágenes reales con escenas vistas a través de cámaras o móviles, pero estas imágenes están desprovistas de contenido.
Debajo del deleite visual no sabemos qué nos quiere decir la película, lo que convierte a este segundo largo de Doyle en un tour de force basado en el modelo de thriller o cine negro pero que, tras ir descubriendo las capas del envoltorio, no lleva nada destacable en el interior.
Lástima.
Las tierras altas
Mostra mujeres
Escribe Mister Arkadin
El recuerdo, otra vez el recuerdo, el intento de finiquitar el pesado y de mirar hacia el futuro. Ser, conocer y olvidar. Este filme propone iguales cosas que varias películas que pasaron por la Sección oficial o la informativa.
En este caso, esta película española, la primera dirigida por Carolina del Prado, formaba parte de siete títulos de diferentes países unidos bajo la denominación de cine de mujeres. Es la única que vimos del ciclo. Y efectivamente, este filme está realizado por una mujer. No sólo eso, también habla de mujeres, y ante todo de una mujer que trata de recuperar un paraíso tan perdido como ignorado.
Película sencilla, a punto de estrenarse comercialmente, que ha sido rodada en un pueblo de Santander, aquél que la propia directora saboreó en su niñez. Y al que ha vuelto para testimoniarlo en su relato.
Cuenta la historia de una joven que llega al pueblo buscando su pasado. Y termina encontrándolo. La naturaleza como liberación y belleza. El reencuentro con la gente del lugar, con la que poder encontrase a gusto o encontrarse a sí misma.
Un pasado que parece repetirse de generación en generación: madres solteras que deberán guardar o huir con su secreto. Raíces perdidas en el tiempo en la búsqueda de un padre que nunca se conoció.
Hay cosas logradas, como ese pozo que sigue funcionando, como señal de esperanza, en pleno campo. Otras menos interesantes, en una película que se sabe que se dirige a un determinado final feliz (difícilmente creíble). Provocado después de la más que anunciada fiesta de primavera, con concierto incluido, en la Iglesia.
Quedan felices ideas dispersas, habitando junto a personajes navegando entre la introspección (el aldeano que se va quedando ciego) y el tópico (el chistoso asiduo al teleclub o la mujer “insoportable”).
Da la impresión que en la mesa de montaje han quedado demasiadas cosas, pues hay reacciones que no quedan demasiado bien explicadas, como ocurre en la secuencia que sigue a la primera escena de amor entre la protagonista y el macedonio, y en la que la pareja se muestra enfadada o distante. Una manera de afear una escena bien dada, como es ese primer acercamiento amoroso de la pareja.
Un filme honesto, simple, demasiado esquemático, que nos habla de un pueblo imposible (¿qué hacen allí esos únicos niños?), donde las ideas de guión (la ceguera ya citada de un personaje, la importancia de los caballos, el episodio del lobo o el mismo personaje del macedonio traumatizado por la guerra) son superiores a la forma de explicarlas en la pantalla.
Una excelente fotografía de Javier Bilbao y una buena interpretación de Carola Baleztena apoyan esta primera pequeña película entrañable y discreta. Habrá que esperar nuevas realizaciones de Carolina del Prado.
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XXIX Mostra de Valencia, Cinema del Mediterrani (8): 22 de octubre







