martes 22 de mayo de 2012

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V Festival de música de cine Ciudad de Úbeda (4): recital de música de cine

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¿Recital de música de cine?
Texto y fotos Sabín

Ya es una tradición en Úbeda que la mayor parte de los compositores desplazados a la ciudad jienense no sólo intervengan en el gran concierto reservado a la noche del sábado, sino que un día antes también colaboren en una pequeña miniatura, una delicatessen para los aficionados y, en gran medida, también para los propios compositores.

Se trata del recital de música que se ofrece en el mismo escenario (el majestuoso patio del Hospital de Santiago) y más o menos a la misma hora (las 10 de la noche) que el gran concierto, pero con una diferencia importante: no hay orquesta, se trata de una selección de piezas para solista (normalmente piano) o pequeñas formaciones de cámara con dos o tres instrumentos.

Philippe Rombi en el recital de Úbeda

El gran atractivo del recital está en que los compositores no dirigen su música, sino que la interpretan directamente al piano, la guitarra española, la flauta o cualquier otro instrumento para el que haya sido concebida esta composición que no siempre pertenece al campo cinematográfico.

Y ahí radica la primera de las dos objeciones que se le pueden realizar a este recital: la selección de piezas no siempre es la más acertada para el público al que se dirige que, como se sabe, está compuesto por amantes y coleccionistas de bandas sonoras, ansiosos por estar con sus ídolos, por escucharlos en las mesas redondas, por hacerles preguntas, por obtener sus discos autografiados por el propio autor y, en definitiva, por apreciar su música en directo.

Para este público, heterogéneo en gustos pero homogéneo en cuanto a lo que espera del Festival de Úbeda, resulta complicado entender por qué la selección de fragmentos que se ofrecen en el recital se aleja tanto de unos gustos más o menos estandarizados entre los amantes de las bandas sonoras. Podría alegarse que es una oportunidad única para dar a conocer la otra música de algunos autores (así se hizo con Georges Delerue, del que se ofrecieron algunas piezas breves de su música culta) o incluso para ver cómo los monstruos sagrados de la banda sonora se enfrentan a piezas clásicas (como hizo Joel McNeely y su flauta con la sonata de Francis Poulenc).

Sí, podría alegarse que este es el motivo... pero bastaba ver el aspecto del patio del Hospital de Santiago, lleno de un público ansioso, pero progresivamente más desconcertado, desconectado de lo que sucedía en el escenario, cuando no decididamente aburrido. Esa no es la música que ellos tienen en su impresionante colección, esos no son los temas que siempre han admirado, eso no es, en definitiva, lo que esperan de una actuación en directo de algunos de sus ídolos.

La suite de 'La conjura de El Escorial', a cargo de Alejandro Vivas

La segunda objeción tiene que ver con el desarrollo del concierto en sí. Es evidente que la organización no puede prever que las golondrinas o las palomas decidan esa noche sumarse al concierto con sus vuelos y diversos sonidos (lo que en ocasiones dificultaba concentrarse en lo que se estaba interpretando: algo lógico en un directo al aire libre), pero sí debe estar atenta a lo que sucede en el escenario, a las entradas y salidas de los músicos, al respeto al programa previsto, al aspecto que presentan las actuaciones.

Y ahí sí hay mucho trabajo por hacer. No es concebible que para ayudar a pasar las páginas de la partitura al piano se cuente con un voluntario de la organización, músico además, que vaya vestido con una camiseta más llamativa que la propia ropa del compositor de turno; por favor, un poco de discreción cuando uno sube como secundario a un escenario. No es lógico que tras una actuación con tres instrumentos, dos de ellos se marchen dejando las sillas, los atriles y las partituras en medio del escenario, sin que nadie suba a retirarlos... son elementos que distraen y que molestan al público: ver las fotos de una actuación musical con unas chillonas sillas azules delante del piano, francamente, desmerece la imagen que se da del recital. Y, en definitiva, no es normal que entre pieza y pieza no haya un mantenedor que informe de los nuevos temas que se van a interpretar y de los cambios que haya podido haber a última hora.

Porque ese es el último gran problema del recital de Úbeda. No es que se cambiaran las piezas y los directores que aparecían en el catálogo oficial, editado una semana antes; es que también se cambiaron a última hora los intérpretes, las obras y el orden de las piezas incluso del propio folleto del concierto, repartido apenas unos minutos antes de comenzar la actuación. Y si ha cambiado, al menos que alguien vaya dando la cara mientras salen unos, entran otros y se preparan los elementos necesarios para la nueva actuación. La voz en off, oculta en la oscuridad, como no queriendo saber nada de lo que está sucediendo en el escenario, no es lo más adecuado para contentar a un público que a esas horas ya andaba algo mosqueado.

Patrick Doyle al piano en el patio del Hospital de Santiago

Y, pese a todo, un éxito

Puede parecer poco elegante comenzar la reseña de un concierto hablando de todos los aspectos negativos, que los hay, como en todas partes, pero es mejor dejar lo bueno para el final, que también lo hubo... y el recital acabó dejando un estupendo sabor de boca, aunque para ello hubiera que esperar al final, concretamente a la actuación que cerró la noche cuando ya el reloj rondaba la una de la madrugada.

Fue el gran Philippe Rombi quien despertó el entusiasmo de la audiencia, sacó de su sopor a más de uno y devolvió la sonrisa a todos los presentes. Y para lograrlo sólo utilizó dos armas: un repertorio adecuado al público cinéfilo que llenaba el patio y un virtuosismo con el piano que sorprendió a casi todos, porque muy pocos de los presentes conocían a fondo la trayectoria de este veterano compositor francés. Pero repasemos por orden el programa del recital.

Abrió la primera parte del recital Patrick Doyle, quien ofreció tres piezas al piano. Comenzó con Grandes esperanzas, fácilmente reconocible por los asistentes. Continuó con la menos melódica y conocida Ma nouvelle France, y finalizó con un tema de Indochina, otro de sus títulos emblemáticos. Marcó un buen tono que, lamentablemente, pronto se vino abajo.

Joel McNeely tuvo que lidiar con una áspera pieza de Poulenc

La aparición de Joel McNeely a la flauta, acompañado de una pianista de la Orquesta Filarmonía, fue recibida con curiosidad. Pronto la Sonata para flauta y piano de Francis Poulenc marcó el camino que iba a seguir gran parte del recital: una pieza dura, difícil de escuchar, que encajaba poco con el público al que se dirigía y que contó, además, con una interpretación poco convincente por parte de McNeely, lo que acabó por hacer que algunos se marcharan al bar situado en otro patio del hospital, mientras otros afirmaban abiertamente que lo de McNeely se veía venir, no es uno de los grandes, aunque sí un aplicado director de orquesta.

La aparición de Sergio de la Puente al piano, acompañado de Fernando Velázquez al cello, volvió a levantar el ánimo de los presentes, tanto por la suite de Bajo la ciudad como por su interpretación de una selección de temas de El lince perdido. Ameno, con una gran interpretación de ambos y con momentos inolvidables (atención a Fernando Velázquez, que no sólo demostró ser un gran compositor con El orfanato, sino que su intervención en la mesa de los compositores españoles demostró que tiene la cabeza muy bien amueblada, y sus interpretaciones con el cello demostraron que, además, es un virtuoso del instrumento).

Pero estaba claro que la noche del viernes 17 tocaba una de cal y otra de arena, por lo que el homenaje a Georges Delerue, con la presencia entre el público de su viuda Colette y de su editor norteamericano, Robert Townson (de Varèse Sarabande), se puede catalogar como la gran oportunidad perdida.

Si hay un autor francés con multitud de melodías inolvidables a lo largo de su carrera ese es sin duda Delerue (por encima incluso de otros nombres de prestigio, como Maurice Jarre, Michel Legrand o Francis Lai), por eso no se comprende que la organización haya elegido (o haya aceptado, si es que no las ha elegido ella) dos piezas tan difíciles de escuchar como la Elegía y el Jeu d'alternances. Obras para piano y oboe que, además, fueron interpretadas por dos desconocidos miembros de la Orquesta Filarmonía (al menos, en el homenaje a Poulenc el intérprete era McNeely), lo que acabó por adelantar el intermedio para un buen sector de los asistentes.

Sergio de la Puente al piano y Fernando Velázquez al chelo

Rombi, el gran hallazgo

La suite de La conjura de El Escorial, a cargo de Alejandro Vivas, que  interpretó la guitarra española acompañado al oboe de un componente de la Orquesta Filarmonía, fue un buen comienzo para la segunda parte del recital. Brillante, con momentos de virtuosismo y bastante cercano a lo que se supone que es el espíritu del recital: miniaturas o adaptaciones para pequeño grupo de cámara de piezas eminentemente cinematográficas. Correcto en general, aunque quienes hayan oído la majestuosa obra de Vivas, seguro que coincidirán en que a tutta orquesta y con coros la obra gana muchos enteros.

Aritz Villodas interpretó al piano una pieza de su única banda sonora editada hasta el momento, No me pidas que te bese porque te besaré. Obra que acaba de ganar en Úbeda el premio Jerry Goldsmith, conocida y admirada por los asistentes, contó además con la presencia de Fernando Velázquez al cello. El nivel seguía manteniéndose mucho más alto en esta segunda parte que en la primera.

Aritz Villodas ofreció fragmentos de 'No me pidas que te bese porque te besaré'

Lástima que Zeltia Montes, ganadora el año pasado del premio Jerry Goldsmith, fuera una completa desilusión. Anunciada su presencia al piano, finalmente fue sustituida a última hora por otro miembro de la Orquesta Filarmonía, lo que limitaba el interés de la actuación al de la pieza musical interpretada... y su Sonata para fagot y piano contaba con los mismos problemas que las obras de Poulenc y Delerue: no eran obras para el público que llenaba el patio. Pese al virtuosismo de los intérpretes, fue lo menos interesante de la segunda parte.

Por momentos dio la impresión de que algunos autores pretendan utilizar Úbeda para demostrar que ellos son capaces de hacer "otra música", lo que independientemente del interés de las piezas en sí mismas, es un gran error: los congresistas de Úbeda quieren escuchar música de cine, la otra música puede estar muy bien en otro escenario o, al menos, en otro festival. Nadie necesita reivindicar sus otras virtudes, basta con que haga buen uso de las que todos esperan: sus bandas sonoras.

Afortunadamente, Philippe Rombi lo cambió todo. No sólo fue el que realizó la actuación más amplia (con seis piezas extraídas entre su amplia y variada producción de bandas sonoras), sino que supo ofrecer piezas conocidas por los aficionados (Swimming pool, Angel, Bienvenidos al Norte...) y, sobre todo, encandiló a todos con su dominio del piano.

Rombi no sólo interpretó, sino que disfrutó sobre el escenario, improvisando, jugando, llevando al público con su música. Su virtuosismo, la belleza de sus melodías, su simpatía en el escenario... todo en su actuación fue atractivo, hasta el punto de que nos hizo olvidar a muchos algunas de las actuaciones anteriores, que tan mal sabor de boca nos habían dejado. Su gran nivel hizo que al día siguiente más de uno buscara en la tienda del festival las obras de este veterano autor muy poco conocido en nuestro país.

Philippe Rombi, el gran triunfador de Úbeda 2009

En definitiva

Sí al concierto, sí a su versión en miniatura, el recital, sí a la presencia de los compositores invitados interpretando ellos mismos su música, sí al escenario elegido y sí a una idea excelente que debe ser cuidada con mimo porque es una de las pocas ocasiones que tenemos los aficionados a la música de cine para comprobar in situ cómo se mueven los compositores de bandas sonoras a la hora de interpretar sus propias obras.

Pero no a un programa que se aleja del público que acude al festival, no a los descuidos a la hora de vigilar todo lo que sucede sobre el escenario para que la imagen que se transmita de Úbeda sea perfecta, y no a tantos cambios de programa a última hora lo que, una vez más, da una idea de improvisación y falta de seriedad.

Los que aman las bandas sonoras tienen en Úbeda el último gran bastión de nuestro país. El único lugar donde se combinan todos los elementos (encuentro con compositores, mesas redondas, conciertos, firma de discos), ya que el otro encuentro, Fimucité en Tenerife, no aporta todas estas propuestas a la vez. Siendo conscientes del enorme esfuerzo que realizan de forma desinteresada los miembros de la organización, es una pena que su trabajo no luzca tanto como debiera, por pequeños detalles que son subsanables si existe una coordinación más exigente.

Ojalá se consiga en futuras ediciones.

Afortunadamente, Rombi salvó en gran parte el recital de Úbeda
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