Las difíciles esquinas de la mente humana
Escribe Ferran Ramírez
Los filmes que acontecen sacaron lustre a la competición oficial, así como a sus secciones paralelas. Son filmes que suponen una innovación en cuanto a forma y contenido y afirmaríamos, incluso, que han sabido sacar nota al desfile fílmico del certamen de este año.
Empezaremos con Número 9, un corto de un estudiante de cine que se ha convertido en todo un fenómeno de la animación de los últimos años, según las personas que han tenido el placer y la oportunidad de verla, pues el filme se estrenará entre nosotros el primer día del próximo año. Nosotros corroboramos el entusiasmo por la nueva producción.
Su argumento se enmarca en una humanidad sin humanos, completamente desolada y fantasmagórica, en la que deambulan profusión de máquinas, aderezadas con la chatarra excedente del progreso industrial, que perdieron el control e iniciaron un exterminio global que ha acabado con todo ser vivo. Como supervivientes del armagedón, unos seres de trapo y piezas policromadas que pueden reactivar el curso de la vida. La unión de éstos, todos designados por números, forjará el camino de retorno a lo que el mundo debería haber sido. Su sensibilidad y su fuerza tomarán las riendas de los acontecimientos.
Número 9 es un prodigio visual del cine de animación. Su trama nos remite a las mejores obras de la literatura de ciencia-ficción y expone cómo el progreso de la tecnología y la robotización ha acabado con cualquier posibilidad de esperanza para la raza humana. Su estética, entre lúgubre y luminosa, rica en deliciosas texturas que dibuja oníricos parajes dentro de la realidad, es una de las más sugerentes que se recuerdan en un filme animado.
Podríamos decir que supone todo un punto y aparte en la revolución de la técnica de monigotes del nuevo milenio. Además, no da concesión al deterioro y la vanidad del ser humano. Se empeña en dibujar sus defectos y responsabilizarle de las barbaries de la Humanidad. Cuánta razón tiene. Como nuestra siguiente película, que también dibuja, aunque de un modo mucho más libre, la perversión y la decadencia del hombre (y decimos explícitamente del hombre, que no de la mujer).
Brillante Mendoza, premio a la mejor dirección este año en Cannes por este filme, presenta Kinatay. Si su anterior filme, Serbis, ya demostraba que su nombre de pila vaticina su talento aquí lleva al extremo una propuesta argumental mínima para coger de la mano al espectador y llevarlo a través de una viaje enfermizo, y muy, muy experimental, sobre el despertar a la violencia de un muchacho de veinte años que acaba de contraer matrimonio.
El filme se abre durante un día cualquiera en la capital filipina, haciendo un seguimiento casi documental del feliz enlace. Al anochecer, todo cambia. La propuesta de un trabajo rápido y bien remunerado que le hace un amigo al muchacho recién casado cambia el curso de los acontecimientos. Durante esta noche, acompañamos al protagonista en un asesinato brutal perpetrado por un grupo de mafiosos a una mujer mayor que ha contraído una deuda importante con el cabecilla del equipo.
El asesinato no resulta tan explícito físicamente, sino que lo que vemos con verdadero horror es contemplar la manera en que ninguno de los integrantes, y participantes en el evento (por así llamarlo), se inmuta ni lo más mínimo. Su protagonista atestiguará toda la secuencia con pasmo y repugnancia. Y al asesinato falta añadirle una violación a modo de prolegómeno y un desmembramiento a cuchillazo limpio de la muerta implicada para repartir sus pedazos por toda la ciudad.
Mendoza, o Brillante, se muestra radical en su narración. Ruidos ensordecedores, una marcada ausencia de diálogos, y un uso y abuso de primeros planos o de imágenes que dejan más intuir que ver pueblan un filme más que difícil. Resulta tosco en algunos momentos; en otros, simbólico; y en su mayoría transmite un desgarro vacío de juicios y de moral.
Los coches y los motores parecen rodear al protagonista durante todo su metraje y las secuencias se alargan voluntariamente para crear más inquietud de la que de por sí ya despierta el filme. Kinatay es una obra-experimento que deja al espectador clavado en su butaca con un guión que, a priori, parece de risa. Es la forma que tiene Mendoza de plasmarlo lo que provoca el desconcierto.
Radicalismo expositivo, genialidad a raudales
Aunque para desconcertante está el recordado realizador de la recordada Irreversible, Gaspar Noé, que ha estado en Sitges para presentar su nueva pieza. Otra lección de cómo crear polémica, pues podría bien ser la película-escándalo del año.
Hablamos de Enter the void, una iconoclasta reverencia a la innovación del lenguaje cinematográfico que ha provocado reacciones más que encontradas entre la prensa que presenció su pase. Personas que se levantaban de sus butacas maldiciendo a su director, quejas en voz alta por ciertas secuencias que pueden herir la sensibilidad de más de una persona, y una desasosegante sensación visible en las caras de los presentes -entre los que se encuentra quien esto suscribe- cuando se comprueba su desenlace fueron los highlights de la proyección. El desconcierto reinaba en la sala. Nadie lo podía negar.
Su trama se vertebra en tres partes diferenciadas contadas con distintas técnicas narrativas. En la primera parte asistimos a los últimos minutos de vida de un muchacho que vive con su hermana en Tokyo, donde ya se advierten adicciones varias, y duras, a las drogas, personajes maltrechos sin salida al mundo que se han creado, y un radicalismo visual que impone nuevas leyes estéticas -asistimos a la secuencia de un "cuelgue" de más de diez minutos formulada únicamente con colores y formas que, paradójicamente, resulta de una sobrecogedora belleza- y advierte de la muerte venidera del protagonista, a quien no vemos ya que Noé se inclina por la cámara subjetiva.
Su segunda parte recorre la existencia de estos dos hermanos desde su nacimiento hasta ese día en el que el muchacho muere. Por supuesto, el manejo de la elipsis cinematográfica resulta aquí excelsa, y perfectamente justificada. Una vez vueltos al momento de la muerte del joven, se inicia la tercera parte del filme, la más longeva -aún queda mitad de película por delante- y la más desconcertante. La cámara se dedica a sobrevolar la ciudad de Tokyo, entrando por todos los edificios, y orificios, que le viene en gana. Por entrar, entra hasta en un avión. Todo ello para captar situaciones momentáneas y precisas que serán claves para entender su desenlace.
Enter the void puede ser acusada y calificada de casi cualquier cosa. Pero no se le puede negar a Noé una genialidad a raudales. Entre medias, por supuesto, presenciamos un aborto practicado, una especie de orgía psicodélica, sexo con consoladores y sin ningún pudor ante las cámaras, y hasta un orgasmo filmado desde el interior del sexo femenino. ¿Alguien da más?
Pero, eso sí, no hay nada gratuito en este filme, aunque quizás su metraje resulte desmesurado. Pero es que Noé ha querido filmar un gigante. Y creemos que, a pesar de que afirmar esto suponga para muchos un trauma, lo ha conseguido. El filme despliega una grandilocuencia insólita que habla de la vida y de la muerte, del amor y de la pérdida, del deseo y del vacío existencial.
Y para colofón, está su construcción estética que no podemos dejar de comentar. Supone toda una experiencia alucinógena, un festín, una orgía sensorial de luces, colores y movimientos que llevan al espectador a la deriva. A los recovecos más oscuros de la mente, enlazados en una profunda sesión de hipnosis. Podríamos incluso apodar a este viaje que Noé nos proporciona como un delirio lacerante de alto voltaje. Enter the void es la propuesta más controvertida del año. Queda avisado.
Y el final de estos días intermedios, y como reflejo de la complejidad de la mente humana, que parecía ser el leit-motiv de las jornadas, nos encontramos con Heartless, una extraña e inquietante película de Philip Ridley (La pasión de Darkly Noon, por citar un ejemplo de su condición de cineasta difícil).
Protagonizada por el incipiente Jim Sturges, un actor que hasta ahora no había tenido la oportunidad de demostrar sus cualidades artísticas, el filme plantea la marginación de un muchacho que tiene una mancha roja en su cuerpo que le diferencia del resto y que provoca la mofa de su entorno más inmediato. Una noche, su destino cambiará radicalmente ya que, mediante una sesión de fotos que él toma al azar, descubrirá cómo un grupo de desalmados pirómanos encapuchados disfrutan con la violencia y el dolor físico. A partir de este momento, el protagonista se sumergirá en una espiral de extraños acontecimientos.
Heartless es una película inquietante, que provoca el malestar continuo en el espectador y que, sin embargo, se torna hipnótica y delirante. Ridley filma la pesadilla del joven mediante planos largos y oscuros, secuencias construidas para remover el subconsciente y una psicología de raras proporciones que provocan la turbación. Disecciona la mente humana, o mejor dicho, los recovecos escondidos de ésta, y erige un drama fantástico de tintes filosóficos. No conviene desvelar más elementos de este filme y conviene, en cambio, que el espectador se deje llevar por este maléfico viaje.
Y con estas obras podemos decir que el retrato de la oscuridad de las personas ha dado un nuevo sentido a la narrativa cinematográfica. Esperemos que el certamen cierre sus días de la misma manera.
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