Doce planos-secuencia, doce
¿Crisis? ¿Qué crisis? En Sitges 2010 todas las salas llenas y eso que el precio es de 8 euros cada entrada si se compra a tiempo en la venta oficial. O algo más, según el método de compra, porque en Cataluña estarán prohibidos los toros, pero lo que es la reventa… hace su agosto hasta el día del Pilar, en que normalmente salen las fuerzas armadas a tomar las calles y, de paso, eliminan del paisaje algún zombi descarriado al que el exceso de alcohol le impide recordar que la zombie walk ya finalizó hace muchas, muchas horas.
¡Ocho euros!
Para que luego vayas al cine Prado o al Retiro, y te acomoden en un chirriante (y en ocasiones polvoriento) patio, como cuando eras un crío. Y no digamos nada si has comprado tu entrada después del amanecer, porque entonces seguro que tu butaca está en el gallinero… y sales de la proyección como un pollo asado.
Un auténtico infierno.
Señor Angel (Hacecalorenla) Sala, sepa que para esos abusivos ocho euros sólo es digna la sala del Auditori. Si hemos de acomodarnos en cualquier tercermundista local, mejor bájenos los precios: hagamos distinciones, mantengamos clases y demos a los pobres un lugar acorde a su condición, pero a un precio también acorde al lugar que ocupan… en el cine, se entiende.
Y pese a todo, hemos de mostrarnos agradecidos con el Sala (no con las salas). Agotadas todas las entradas, la organización tuvo la deferencia de incorporar una sesión especial para tres de las películas más solicitadas de esta edición: The last exorcism, Let me in (remake yankee de la escandinava Déjame entrar) y The ward del incombustible John Carpenter.
Eso sí, las sesiones especiales a un horario también muy especial: las 8’30 de la mañana. Más de uno aprovechó la sesión para ver la última peli del día, desayunar e irse a la cama tras una jornada nocturna más atareada que las Lestat el vampiro. Otros, directamente, pasaron de la peli, del desayuno y de la cama, para comprobar que un gallinero también puede servir para dar una cabezadita en la oscuridad.
Las caras que se podían ver en esas sesiones sí que daban miedo.

The ward de John Carpenter –USA-
(Sección oficial fantástico – Especiales panorama)
Si algo positivo tiene Carpenter es que aunque no estemos frente a lo mejor de su filmografía, nunca castiga al espectador con el aburrimiento, y sabe lo que hace tras la cámara.
En The Ward recupera un par de sus constantes: personajes encerrados –en un manicomio- de donde intentan escapar, y la locura como tema, sobre la que ya indagó magníficamente en En la boca del miedo.
Una joven es encerrada en un manicomio donde ella y sus compañeras deben sobrevivir a los ataques de una antigua interna ya fallecida.
Destacan los interesantes títulos (imágenes sobre soporte de vidrio de enfermos mentales, desde grabados hasta fotografías, que se van rompiendo) sobre la fragilidad del ser humano a lo largo de la historia y de cómo la locura ha ido resquebrajando esas vidas. Esto convertiría al elemento paranormal del relato en esa locura personificada que se lleva a las muchachas para siempre.
Sin embargo, tenemos sorpresa. ¿Cómo en ese centro psiquiátrico las cinco internas son cinco jovencitas de tan buen ver? La respuesta está en películas como Mad detective o El club de la lucha, o en series como United states of Tara, por lo que el giro argumental final no consigue el golpe de efecto deseado.
Entre la ambientación sesentera, la enferma malcarada y alguna que otra descarga eléctrica, podemos afirmar que Carpenter voló sobre el nido del cuco.

Secuestrados de Miguel Ángel Vivas –España-
(Sección oficial fantástico - Competición)
Grata sorpresa de la cinematografía patria, a caballo entre Funny games (un secuestro muy violento) y alguno de los elementos de La habitación del pánico (el robo como móvil, y tres ladrones: uno hiperviolento, otro “bueno” que sólo quiere robar y un tercero muy profesional).
Una familia excelentemente acomodada es asaltada en la casa a la que se acaban de mudar por una banda de albanos (albano-kosovares seguramente, como en los telediarios).
Alto grado de identificación por pequeños detalles de españolidad (que no de españolada): un vigilante que acepta un cafetito, compañías que insisten publicitándose telefónicamente, y el gran chiste, recién capturada la familia, las dos féminas del grupo son torturadas viendo el Sálvame Deluxe.
En las formas todavía sorprende más: la película está realizada mediante doce planos-secuencia, haciendo casi partícipe al espectador de la acción, agotándolo en esa ausencia de corte. Así mismo, con su selección de seguimiento aprovecha para algún buen uso del fuera de campo; y por contrapartida, en un par de ocasiones recurre a la pantalla dividida para duplicar su presencia.
Excelente pulso, magnífica intensidad durante todo el filme.
Por ponerle dos salvedades: señalar que si uno no asimila el festival de gemidos y jadeos de la niña de dieciocho años como parte de su violenta experiencia, con la intención de angustiar al público, acabará aplaudiendo su violación y lamentará que no le amputen las cuerdas vocales con un tenedor. O un prólogo, usado a modo de gancho y posteriormente para entender que los asaltantes ya lo habían hecho antes, desligado por completo del resto del metraje.

Sound of noise de Ola Simonsson y Johannes S. Nilsson -Francia, Suecia, Dinamarca-
(Nuevas visiones – Ficcion)
Esto es lo que uno espera ver en un festival, descubrir algo fresco y diferente.
Un policía llamado Amadeus, de familia virtuosa musical y sin ningún oído, debe investigar a un grupo de terroristas musicales, que emplean los objetos de la vida cotidiana para hacer una especie de sinfonía de una gran ciudad.
Una especie de musical, policiaco y película de robos con el metrónomo como protagonista.
Es una pena que el humor decrezca (desternillante primer movimiento con el hospital como escenario) conforme avanza el filme, sin embargo nada se le puede reprochar a esta original propuesta.
Ésta de es de las que cuando pasan unos años, uno recuerda haberla visto Sitges… y en ocasiones en ningún otro lugar, salvo el videoclub o Internet, porque nadie se atreve a distribuirlas en nuestro país.
Una opinión exclusiva de

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Sitges, Festival de cine fantástico de Cataluña (3): desde el infierno







