Encuentros y despedidas
Escribe Adolfo Bellido
Cambio de tercio. Daniela se ha despedido de la Seminci hasta el año que viene. Durante dos días he tomado el relevo. Nada más. Luego, a falta de dos días para acabar, dejaremos este querido festival, aunque daremos cuenta de los premios.
En el breve encuentro entre filme, tapa y marcha, Daniela nos ha puesto al día de los entresijos del certamen, nos ha transportado por los vericuetos del antiguo Cine-Teatro Calderón en busca de acreditaciones, oficinas… Hemos podido saludar, y Daniela despedir, a Sandra, la eficiente Jefa del gabinete de prensa, y a Luisa, su activísima mano derecha a la que se puede encontrar en cualquier lugar donde se produce un problema.
Animosas a pesar de algún mal trago, creen en este longevo certamen de cine. Saben que se encuentran en una edición de “tránsito”, de paso de la etapa anterior a la posterior. La precipitada llegada del nuevo director, Javier Angulo, a pocos meses de certamen dejaba poco espacio para la maniobra. Había que salvar con dignidad este año y preparar concienzudamente el encuentro del próximo. Un puente que cruzar de la manera más sólida posible aunque el asentamiento no sea totalmente firme.
En Valladolid se cuida a los invitados, a la prensa. Se informa ampliamente sobre los actos del día, y, algo que no todos los festivales hacen, se entrega a la prensa acreditada los libros que se han editado. Publicaciones que la Seminci siempre ha cuidado.
Este año se han editado los siguientes: IX Encuentros de nuevos autores, 2007; Matrimonio a la italiana, un estudio de Maite Carpio sobre el cine que las películas de Marco Ferreri con guiones de Rafael Azcona; Matar al padre de Jaime Alonso de Linaje Verdugo sobre el ciclo que el festival ha dedicado a Bo Widerberg y Shoei Imamura; y Gonzalo Suárez, cuarenta años de cine y literatura de Juan Cruz y Gonzalo Suárez.
Los cuatro libros han sido estupendamente editados. Todos ellos ilustrados con multitud de fotografías. El mejor sin duda es el dedicado al director homenajeado este año en la Seminci, es decir a Gonzalo Suárez, por la calidad e interés de los textos escogidos. El prólogo es de Julio Cortazar (“Los juegos secretos de Gonzalo Suárez”) y luego, después de la presentación con un artículo del propio Suárez (“Parientes más cercanos”), se nos ofrece una interesante conversación entre Juan Cruz y el realizador. El apartado más extenso del libro contiene artículos sobre cada una de las películas de Gonzalo Suárez. Los textos variopintos son, entre otros, de Esteve Riambau, Ana María Moix, Miguel Marías, Alfonso Sánchez, Jesús Fernández Santos, Mirito Torreiro, Fernando Trueba, Carlos Heredero, Juan Cueto, Ángel Fernández Santos, Manuel Hidalgo… de muchos otros y del mismo director. Un excelente libro homenaje.
En los escasos dos días que hemos estado en el certamen hemos paseado y vivido este Valladolid no tan volcado como en los primeros años hacia su festival. Un hecho que realmente ni entendemos, ni se nos sabe explicar de forma convincente. Paralelo al certamen hay otro curioso festival: el que premiará al mejor “pincho” del año, que preparan los bares pucelanos. Pinchos inmensos, sofisticados, de categoría que parecen emular a las sesiones gastronómicas de Estómago, la buena película brasileña. Una delicia probar las exquisiteces que se nos ofrecen por aquí y por allá. Se agradecen. Películas, pinchos, paseos por la ciudad, conversaciones. Un todo donde pasamos de una cosa a otra. El cine forma parte de la vida y, por ello, no todo va a ser cine.
Por aquí y allá, amigos con los que hablamos de cine. Gente de Valencia y de fuera. Por aquí, en la inauguración, ha estado Basilio Martín Patino, quien recientemente ha dejado instalada su magnífica exposición audiovisual Espejos en la niebla en Salamanca, donde está teniendo un gran éxito; luego irá a Soria y a otras ciudades. Una muestra que debería ser conocida –y reconocida en su valor–, al menos en todas las ciudades de España.
Y por aquí también hemos podido saludar, Daniela y yo, a Diego Galán, José Antonio Hurtado, Vicente Vergara, Antonio Llorens (tan asiduo a los festivales, que ellos parecen ser su casa) o a los directores de los festivales Cinema Jove (Rafa Maluenda) y Huesca (Ángel Garcés). No son los únicos directores de festivales españoles que han pasado por la Seminci. Unos y otros, críticos, programadores, directores de festivales, han visto películas, escrito sobre ellas, contactado con éstos o aquéllos con vistas a la puesta a punto de otros certámenes.
Los festivales suponen un buen punto de encuentro para charlar, calibrar, reflexionar y negociar. Unos más que otros. Valladolid, su Seminci, por sus años y su experiencia, permite con facilidad este tipo de relación.
Ahora ya llega la hora de decir adiós al festival, de despedirnos hasta el año que viene de la Seminci, de degustar o sufrir, las últimas películas que se proyectan. De las pocas que podemos consumir entre la gran oferta que se proyecta estos días, agrupadas en diferentes secciones y ciclos. Sin olvidar una serie de sesiones especiales, como la excepcional proyección de Metrópolis de Fritz Lang, con quince minutos nunca vistos y ahora recuperados.
Villa (Villa)
Dirigida por Ezio Massa
El argentino Ezio Massa (1972) no es un director novel. Tiene varias películas entre cortos y largos, aparte de haber trabajado en spots publicitarios. Su primer corto lo realizó con dieciocho años (Malevo). Con veintiuno realizó el primer largo, Más allá del límite. Estudió cine en Nueva York, donde rodó El último duelo. En Argentina rodó a continuación Cacería. En 2004 produjo el filme colectivo 24 horas en la City, dirigiendo una de las cinco historias. A continuación rodó Doble filo y después Villa. Ahora prepara una película de terror, 2 de noviembre, y un thriller de humor negro, Rehén TV.
He querido relacionar la amplia filmografía de Massa para dejar claro que no se trata de un recién llegado. Pero lo parece, o al menos lo que se supone al ver esta más que mediocre Villa, es que toda su obra se centra sobre todo en el campo del spot o del videoclip, tal es la furiosa sucesión de planos que tenemos que soportar. Ni se sabe cual es el tiempo que hay entre uno u otro plano, pero en muchos casos ni siquiera se es capaz de “ver” lo que aparece en pantalla. Todo ello, además, acelerado por música “cañera”.
¿A qué se debe esa vertiginosa sucesión de planos? Desde luego no a su argumento, tan simple como el de mostrar las peripecias de tres jóvenes inadaptados, conflictivos, para poder ver el partido de fútbol entre Argentina y Nigeria en el mundial de Corea-Japón de 2002.
Si es así de rápida es porque muestra una juventud y un mundo rápido, sin posibilidad de futuro. Una juventud que no camina hacia ningún lugar, hundida en una especie de submundo perdido en la gran ciudad de Buenos Aires. No hay trabajo, ni fuerzas para escapar del mundo en el que se ha caído. Un barrio marginal, Villa, escondido, oculto. La película trata de mezclar el documento con una historia que se alarga innecesariamente. Los planos se repiten, se vuelve sobre ellos. No hay agilidad a pesar del paso rápido de las imágenes.
Se pretende un filme testimonio con cierto tono documental. Una especie de llamada directa al espectador para concienciarlo de una realidad con la que convive y se niega a reconocer. Un tema importante, pues, duro, de tesis, concienciador… pero que no dice ni aporta nada nuevo. Una cosa es lo que se pretende y otra cosa muy distinta es que sus imágenes no ofrezcan más que una repetición de ideas (antes que de cine) a través de personajes lindantes con el tópico.
Entre el docudrama y la ficción, con aires naturalistas, Villa no va más allá de su propuesta inicial. La película aparece como sabida y resabiada, que es aún peor. Tres personajes y tres historias unidas y dispares de habitantes del barrio marginal con el único objetivo de ver un partido de fútbol por televisión. Una termina mal (uno de los jóvenes muere en un tiroteo con la policía), otra intenta tener un tono sainetesco (el personaje que se cuela en una tienda cuando cierra para ver allí el partido), y la tercera opta por un tono sensiblero (el niño que termina recogido por la abuela y la nieta).
Imperfecto “suspense” (la navaja que el niño esgrime ante la abuela y la nieta, el plano del quemador de gas repetido, los coches de policía…) en este sin sentido donde el fútbol y la religión (desde el propio barrio) parecen formar parte de una misma creencia.
Película irritante, vulgar, que centra su última parte en el partido de fútbol, y en la que se incluyen momentos tan absurdos como la aparición de una especie de charanga de carnaval en las calles de una ciudad donde se supone que sus habitantes están todos obsesionados y viendo el partido de fútbol.
La Sección oficial de un festival puede ofrecer muy buenas o buenas películas y otras malas o muy malas. Villa desde luego, a pesar de su pretendido tono de denuncia, forma parte de este último grupo.
Estómago (Estómago)
Dirigida por Marcos Jorge
Una de las mejores películas que hemos podido ver en la Sección oficial. Pudo estar en el festival Cinema Jove de Valencia, pero no lo hizo ante la proximidad de un estreno que aún no se ha producido. Ahora ha aterrizado en Valladolid, donde ha tenido una gran acogida.
Marcos Jorge ha realizado su primer largometraje con este filme que en algún momento, por su celebración gastronómica, puede hacer recordar, a pesar de sus numerosas diferencias, El festín de Babette. Lo que en el filme nórdico, no obstante, era todo refinamiento e hipocresía bañado de capas de moralidad, aquí es mugre carcelaria regada por el cinismo y la corrupción. El protagonista del filme ha decidido hacer frente al mundo cocinando (a la manera de la rata animada Ratatouille). Primero trabajará en un bar, luego en un restaurante italiano para finalmente ir a parar a la cárcel.
Marcos Jorge, el director, se define como un amante de la buena cocina, como un “chef” novato (es su primer largometraje) que ha aplicado a la realización de la película las mismas técnicas que un cocinero con el manejo de las sartenes y fogones. Le encanta combinar los ingredientes por eso, dice, el cine y la comida se parecen: todo se puede mezclar: el hombre es el único animal que cocina sus comidas, asegura.
Estómago habla de la necesidad de tener un estómago agradecido, repleto, de pasar de la pobreza a… la abundancia, o casi.
Algunos han visto en la película un homenaje a Fellini, y lo hay. Marcos Jorge estudió cine en Italia, donde además trabajó de ayudante de dirección y de montador. Sin duda, y lo afirma, Fellini es el maestro al que más admira, así como a los grandes músicos como Rota o Morricone.
Cárceles que son cocinas, cocinas que son cárceles sin ventanas: unos personajes sin posibilidad de salida. El protagonista tiene como finalidad comer, en el total sentido de la palabra: lo que quiere decir llegar a matar. Drama y comedia salpicada de sexo. Se habla del poder como corrupción. Del paso del campo a la ciudad, de la imposibilidad de salida para los que nunca la tuvieron. El sentido o el sinsentido de ser alguien, o de tener un don especial, como saber cocinar. Una forma de ser considerado, aunque sea dentro de la propia cárcel.
Esta historia cerrada y encerrada, dolorosa y cruel, es sostenida por un “humor negro” que recorre todo el filme. Una forma de aligerar la dureza de esta representación de la existencia. Una excelente película que esperamos se estrene cuanto antes. Por supuesto, se recomienda degustarla reposadamente, para extraer de ella todo su sabor.