Hoy no es ayer
Escribe Adolfo Bellido
Cuando se inició la Semana de cine de Valladolid, denominada entonces de Cine religioso y valores humanos, en la práctica no existía ningún festival en España. Hoy suman unos doscientos cincuenta. Entonces muchas películas no nos llegaban por problemas de censura o eran cortadas o alteradas en sus diálogos para poderse estrenarse. Eran tiempos donde sólo existía una única televisión y donde las noticias nos llegaban únicamente a través de Radio Nacional de España. Todos los programas debían ser en diferido para que no pudiera propagarse ninguna idea subversiva. Y donde el No-Do era el noticiario cinematográfico al “alcance de todos los españoles”. Es decir, una sarta de tonterías a mayor gloria del régimen.
La Seminici suponía una especie de aire fresco. Valladolid era la cita (entonces en mayo) anual donde degustamos un cine desconocido. Y para muchos novedoso. Una sola sala, entonces, y unas sesiones reducidas en general a tres a lo largo del día, a las que luego se añadirían algunas matinales. Allí se dio a conocer nada menos que a Bergman. El director sueco fue uno de los grandes realizadores “rescatados” para España por aquel festival. Aunque fuera luego lanzado como lo que no era.
Allí se dieron ciclos inolvidables, como los de Murnau o Dreyer... Siempre, eso sí, en el festival vallisoletano se acudía para patear a rabiar la película española de turno. Muchas veces no era para tanto. Los espectadores ávidos de cine llenaban la enorme sala del ya inexistente cine del Paseo Zorrilla, sobre todo en la sesión de noche. A su manera intentaban ser críticos. Recibían estruendosamente a favor o en contra la película de turno. Nada de aplausos de conveniencia. Nada de medias tintas. Hasta el pobre Orson Welles con la excelente El proceso tuvo que aguantar batallas incruentas en la sala. Al menos había calor.
Hoy ya no hay censura, se puede ver mucho cine en las pantallas españolas. Todo aquel que las distribuidoras españolas piensan que será rentable. O sea, sobre todo, el norteamericano. Parte del otro, del autoral, no nos llega. Hay muchas televisiones. El planteamiento crítico ha disminuido. Los espectadores son bastantes acomodaticios.
En la Seminci se proyecta en varias salas. El centro del certamen, desde hace años, ha pasado al mítico y anciano Teatro Calderón. Allí se exhiben las películas de la Sección oficial, al tiempo que el enorme edificio cobija las oficinas del certamen, y sobre todo, alberga a la prensa. Demasiadas personas encargadas de llevar a cabo una relación con la prensa y con el público. Son tantas que a veces la relación no es tan fluida como debiera. Cordial sí, pero también lenta. Las jefas de prensa deben estar incomprensiblemente al pie del cañón tratando de subsanar errores de algunas de las personas de su alrededor. Media hora para dar salida a una acreditación parece excesivo, máxime si la entrega lleva consigo un caminar (de las azafatas) de un piso a otro del edificio.
Los defectos del festival no empañan los logros. Ni tan siquiera el que gran parte de la prensa local –y de eso la Mostra de Valencia sabe mucho– arremeta contra el certamen, utilizando a veces (todo es válido) noticias alteradas en el tiempo. La Seminci puede con eso y con mucho más. Está claro que este año ha habido caos en la venta de entradas. También que resulta excesivo el control de las sesiones con una imposición (a veces rayando en la incongruencia) de no permitir la entrada en las sesiones una vez comenzadas. Discutible planteamiento en un festival donde se puede estar pasando constantemente y con diferencia de minutos entre final y comienzo de sesión de una sala a otra situada a bastantes minutos de distancia.
Funciona muy bien la sala de prensa con sus ordenadores (bastantes y preparados) prestos a ser utilizados por la prensa acreditada, con sus casilleros siempre con la información puntual o los datos necesarios, sin olvidar el pequeño refrigerio siempre preparado o el amplio despliegue de diferentes periódicos ofrecidos a los periodistas. Una delicioso trato que a veces se rompe ante la desgana de la azafata encargada de dar a los periodistas acreditados unas determinadas entradas para unas sesiones que en principio ni siquiera debieran darse ya que se supone que la simple acreditación da paso a unas determinadas salas... pero hay un pequeño problema: ¿dónde sentarse si las sesiones son numeradas?
De todas maneras, hay muchas salas de proyección, cada una de las cuales se especializa en un ciclo determinado de los muchos ofrecidos. Ninguna se suele llenar. El espectador que asiste a las sesiones ahora se contenta con cualquier cosa. En todas las películas, sea la que sea, se ve obligado a aplaudir.
Demasiadas películas, demasiados ciclos, algunos innecesarios, cazados al vuelo. Otros importantes. Lo peor suele pasar cuando el cine ofertado, al menos en sus secciones oficiales o informativas carece de calidad, o es insufrible en algunos casos. No sólo pasa en este festival, ocurre en todos en los que muchas veces se va detrás de autores en vez de títulos.
Creemos que el equipo de Javier Angulo, con escasos meses para poder conducir el festival, habrá tomado buena nota de dónde están los puntos débiles del certamen, para corregirlos. No estaría mal reducir ciclos en vez de expandirlos, de escoger antes que dispersar, de recoger ese camino de clasicismo que la Seminci tuvo en sus inicios, con ciclos en los que rescató la magia de antiguos realizadores ofertados a las nuevas generaciones.
Mientras divagamos por estas entelequias sobre el aquí y el ahora, el cine de hoy ha seguido siendo el protagonista del certamen vallisoletano, centrado ante todo tanto en su Sección oficial como en Punto de encuentro o Tiempo de historia. Como la oferta es inabarcable, nos hemos centrado en la Sección oficial, aunque la curiosidad, como en este caso, nos haya hecho acercarnos a Punto de encuentro, que cuenta además con un curioso y único premio que conceden los espectadores tras un estricto, y sencillo, sistema de calificación, en el que incluso, cada espectador y en cada película, deberá utilizar un código para votar.
Elle veut le chaos (Todo lo que ella quiere)
Dirigida por Denis Côté
Sección Punto de encuentro
El cine canadiense tiene casi siempre un cierto interés. A priori está película lo tenía. No sólo por la cinematografía de procedencia, también por la personalidad de su guionista y realizador nacido en 1973: ha sido crítico de cine, ha producido y dirigido varios cortos; su primer largometraje lo realizó en 2005. Además este filme, al parecer, ha competido en el selecto festival de Locarno.
Toda una esperanza que se rompe desde los primeros minutos. Estamos ante una película que puede llevar a recordar el cine de Jarmusch o de otros realizadores independientes norteamericanos, por el enigmático tono del relato, por la utilización de una fotografía en blanco y negro de escasos contrastes o, incluso, por el escaso sentido narrativo de la película.
El argumento, si así se puede denominar, enfrenta, en un paisaje desértico, y que se supone simbólico, a dos extraños grupos con aspecto de mafiosos. Dos especies de incomprensibles personajes pueblan un mundo de cierto tono atemporal y espacial.
Gratuita y absurda, la película, cansina y torpe, se encierra en rápidas escenas que, desde un punto de vista godardiano, tratarían de obligar al espectador a reconducir la historia. Lo que ocurre es que si Godard es, a pesar de los pesares, un gran innovador, Denis Côté resulta insoportable y torpe en la misma inconcreción de sus personajes. Nadie sabe ni de dónde vienen, ni dónde va, ni por qué actúa de una determinada manera.
Seres perdidos en un mundo de tintes apocalípticos. Absurdos e incongruentes. Tan tristes como la misma película. La verdad es que no se sabe ni cuál es su sentido, ni por qué su selección para un certamen de cine. Será, digo yo, por esa aparente grandilocuencia hueca de sus personajes.
Die Tränen meiner Mutter (Las lágrimas de mi madre)
Dirigida por Alejandro Cárdenas Amelio
Sección Punto de encuentro
Cualquier tema puede ser bueno en cine. Como en las otras artes. Todo depende de la forma en que se trate. Poco de nuevo ofrece Las lágrimas de mi madre en cuanto a argumento. Lo malo es que tampoco lo ofrece en cuanto a la realización.
La historia trata del encuentro de un hijo con su padre después de muchos años de separación y repulsa. El director, nacido en Perú, ha realizado su segundo largometraje en Alemania, donde vive, desde un planteamiento autobiográfico. Se trata de su segundo largometraje y en él mezcla diversos estilos y formas. Todo es posible y previsible en esta historia donde se une el amor entre dos patrias (Argentina y Alemania) al tiempo que se plantea el proceso de aprendizaje vivencial de un joven.
Un inexplicable grafismo es capaz de incluirse en la película, sin que venga a cuento, como tampoco tiene sentido el juego, nunca claro, entre el mundo real y el imaginario. Incomprensible la presencia de unos absurdos personajes en la casa familiar donde vive el pequeño Alex sumido en el desconcierto, y más incongruente aún la sorpresa que le deparan los diferentes habitantes del más que ensoñado hogar.
Ni siquiera la facultad telequinésica de Alex tiene demasiado sentido, en un filme que camina a base de secuencias torpemente resueltas que intentan hacer que el relato progrese en el tiempo. Secuencias cortas que se separan de otras por medios de largos fundidos en negro.
Hay escenas que se pretenden dramáticas, como el descubrimiento del engaño del padre (dado de forma nefasta) o la falsa poesía del intercambio de regalos entre Alex y su compañera de colegio que termina en esa (soñada y antipoética) nevada.
Enfrentamiento entre naciones, la perdida, el rencor, la Historia como referente, son vericuetos por los que transita torpemente este título que al final, de forma tan rápida como falsa, apuesta por la reconciliación entre padre e hijo antes de que aquél muera.
Un epílogo tan innecesario como forzado (la real o imaginaria visita a la calle corrientes en moto) cierra un filme que va de más a menos al estrellarse en sus propias limitaciones: ni siquiera las alusiones a los milicos y la (increíble) protesta en la Embajada de Argentina, sirven para elevar este título que por lo demás reproduce unos personajes tópicos sacados de un guión gafado por ser excesivamente literario.
Película innecesaria e inútil que a veces cae en el más bochornoso de los ridículos, como en las escenas colegiales presidida por una tópica maestra alemana.
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Seminci, 53 Semana internacional de cine de Valladolid (6): 29 octubre







