Principio y fin
No queremos despedir estos días de cine sin mencionar el maravilloso encuentro que L’Alternativa 2010 ha tenido con el cine mejicano, y muy especialmente con uno de los principales artífices de su modernidad, Arturo Ripstein, invitado de lujo a ésta edición.
Aparte de protagonizar junto a su colega Ricardo Benet una interesante mesa redonda: Cine mexicano: logros y contradicciones, el cineasta contribuyó con alguna de sus obras a la sección Cine mexicano. Miradas compartidas, que indagó en los referentes que han nutrido a la actual generación de cineastas del panorama mejicano. El lugar sin límites (1977) y Principio y fin (1993) fueron sus aportaciones a esta sección paralela del certamen. Asistimos a la proyección de ésta última en compañía del autor, que la presentó junto a Paz Alicia Graciadiego, quien, desde los años 80, es su guionista y compañera.
Ripstein nació en Ciudad de Méjico en diciembre de 1943, se inició en el mundo del cine como asistente nada menos que de Luis Buñuel y tuvo como guionistas a nombres de la talla de Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Su paso por Barcelona y el placer de escucharlos nos dejaron la impresión de estar ante un tándem de cineastas que son también el vivo testigo de toda una generación de creadores.
Ripstein fue el segundo cineasta, después de su maestro aragonés, en recibir el Premio Nacional de las Artes de Méjico. “Hay premios que se olvidan pronto”, dice el autor. Se refiere, en concreto, al Nobel de Literatura egipcio Naguib Mahfuz, autor en cuya novela homónima se inspiró para este retrato familiar pesimista y hondo. A unos cuantos años de haber recibido la Concha de Oro en San Sebastián 1993, sigue siendo una de sus obras más inquietantes.
El film narra la historia de los Botero, una familia de clase media que cae en la miseria tras la muerte repentina del padre. Un poco confundida entre el instinto de supervivencia y los prejuicios clasistas de la sociedad mejicana, Ignacia, la madre, comete el error de intervenir en el futuro de sus hijos escogiendo el sacrificio familiar por la formación de Gabito, el más brillante de sus tres hijos varones. La egolatría en la que el vástago es educado provocará la perdición de sus hermanos, empujando a Guama, el mayor, al narcotráfico, y a Mireya, única mujer, a la prostitución y al suicidio.

Principio y fin es una obra áspera y cruenta, que da cuenta de que, si algo hay en la obra de Ripstein, es soledad. La soledad de las almas y la imposibilidad de cambiar la propia naturaleza, dicen las enciclopedias sobre el cine del autor. No tengo problema en suscribirlo. El que fuera un infantil testigo ocular del rodaje de Nazarín y asistente de dirección no acreditado de El angel exterminador, se llevó de sus maestros una perspectiva sombría y compasiva de la condición humana, y un gran sentido de la contención en la dramaturgia cinematográfica.
En la línea de otras obras como El castillo de la pureza (1972), Profundo carmesí (1996) o La perdición de los hombres (2000), la apariencia costumbrista y la normalidad van perdiendo fuelle para esbozar la línea trágica de un drama en ciernes. El realismo social de Ripstein, muy bien manejado siempre en el encaramiento sin pudor del plano secuencia, vira siempre a la oscuridad. El autor ha declarado en alguna ocasión sentirse tentado por el lado tenebroso de lo humano. Un gusto por lo oculto, por el tabú subyacente que impregna todo lo que, por inconfesable, es sólo mencionado a medias.
Dos horas de metraje son las necesarias para que los abrazos, los diminutivos cariñosos y los lamentos del entierro de un ser querido den paso a la soberbia, a la injusticia, al sacrificio, a la perversión de los vínculos esenciales. El error moral da paso a la maternidad desviada, y ésta esculpe subterráneamente la agonía de Edipos y Antígonas sobre los rostros de hijos mal queridos que crecen marcados. Sobre ese costumbrismo inicial, la sangre, la muerte y la caída, en todas sus metáforas y hasta las últimas consecuencias de su corporeidad más gráfica, se solapan a lo contado precipitándose sobre las últimas imágenes.
Así es como el cine de Ripstein vence al tiempo. Las casi dos décadas cumplidas no pesan sobre un film donde todo ocurre de un modo imperceptible, en las concavidades de lo visible, ahí donde, entre la mente del cineasta y la puesta en escena, el buen drama se condensa sin fisuras en una textura áspera y directa que pone a prueba las entrañas del espectador.
Hay una clara armonía entre el estilo dramatúrgico de Graciadiego y la paciencia devota de Ripstein hacia el plano secuencia. Hay también una magistral dirección de actores, un festival de rostros robados a la vida, enterísimos y verdaderos. Todo compone una polifonía de apariencia monocorde, lúcida en sus certeros golpes que, imperceptiblemente, activan la reyerta entre lo sublime y las bajas pasiones.
Los cineastas declararon una voluntad de adaptar al Nobel egipcio por sentirse especialmente cómodos en una serie de similitudes posibles entre el Méjico de Ripstein y El Cairo de Mahfuz: la suciedad, el crimen moral, lo real a pie de calle. El apego a las gentes y a los lugares a pesar del ardiente espíritu crítico de estos hijos tan observadores de sus patrias.
Quien más se implicó en la defensa del film fue, sin embargo, Alicia Graciadiego. A pesar de que la pareja ya compone una firma común, la guionista prefirió defender su postura individual: “Porque no se vale hablar en plural. Estaba en una fase de mi vida donde quería destruir a la familia. Nunca pude librarme de sus vínculos. Ésta es mi revancha” dice, señalando la pantalla.
Principio y fin es precisamente eso, una renuncia, un contundente memorial de agravios carente de eufemismos, lleno de odio y de piedad hacia la institución social por excelencia. Una amarga reflexión sobre las ataduras esenciales y la imposibilidad de desvincularnos de ellas. Una gran obra narrativa y un manual de estilo construido de interiores realistas, movimientos serenos y potentes y contrapuntos dramáticos que, desde la humildad y el profundo conocimiento de las conductas humanas, acerca la sociedad mejicana de los años 90 a lo mítico, a lo fascinante y lo tremendo de la tragedia humana.
“Gracias a ustedes éstas películas existen”, nos dice Ripstein, que sonríe sólo con la mirada, antes de despedir la proyección. Según este autor, “el cine sigue siendo tanto un arte como el imaginario colectivo de un pueblo”. Quizás precisamente por eso, por lo cerca y lo lejos que estamos de él, el cine puede resultar también, como dice Graciadiego, “un arma de revancha”, y en ocasiones de catarsis. Principio y fin.
Escribe Marga Carnicé

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L’Alternativa, 17 Festival de cine de Barcelona (6): Arturo Ripstein 







