martes 22 de mayo de 2012

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L’Alternativa, 17 Festival de cine de Barcelona (2): Francesca

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Floja apuesta por la ficción europea

Francesca, de Bobby PaunescuLa primera jornada del Festival de cine independiente de L’Alternativa ha brillado por su concurrencia. Al gran éxito de asistencia de su obertura, la noche del sábado, ha seguido la buena respuesta de público en sus primeras proyecciones. De momento el lleno lo han cumplido, respectivamente, la proyección maratoniana de Noticias de la antigüedad ideológica Marx/Eisenstein/El Capital, libre adaptación de El Capital de Karl Marx, y las secciones oficiales de ficción y documental.

Sin duda, L’Alternativa marcha, y buena falta que hace.

Como decíamos en el titular, el festival ha demostrado este año una débil apuesta por la ficción europea, que ha visto la luz en el flojo film rumano Francesca, ópera prima de Bobby Paunescu. Película declinada con nombre de mujer muestra la desventura de una joven rumana que proyecta una huída de su país para buscar un mejor porvenir, escogiendo Italia como lugar de destino en una Europa diferente, tan prometedora como hostil.

A pesar de lo acertado de la elección, teníamos demasiadas expectativas puestas en su solitaria candidatura. Queriendo dar fe del liderazgo del realismo social en la cinematografía europea del Este, el festival ha apostado por una historia mínima, que acaricia la idea de que el género podría vivir una contaminación fronteriza al documentalismo. Francesca es la muestra de que si tal actualidad del género existe, es el cine alternativo la que debe celebrarlo.

Nunca llegaremos a ver tierras italianas, es el proceso de ese proyecto de huida lo que nos irá desvelando la identidad rumana como metonimia de la crisis existencial a la que se enfrentan las sociedades contemporáneas. Sin embargo, fuera del regazo del festival, Francesca resulta una ópera prima un tanto deficitaria, y el espectador no acaba de encontrar la oportunidad de hundirse en unas imágenes que no nos muestran ningún matiz especial del supuesto hallazgo de lo real.

No existe una cotidianidad dentro de lo contado ni una mirada que actúe de catalejo de todo aquello que no vemos: ni las calles de Bucarest ni el rostro real de un lugar que intuimos desolado porque en esa trama calculada y esencial (el deseo de alcanzar un sueño humilde y sus principales obstáculos), no existe la composición de imagen alguna sobre una idea firme, tenga ésta que ver o no con lo bello, sea contada desde el triunfo o desde la derrota, desde la ficción o desde el documentalismo.

Una historia mínima, que acaricia la idea de que el género podría vivir una contaminación fronteriza al documentalismo. Francesca es la muestra de que si tal actualidad del género existe, es el cine alternativo la que debe celebrarlo

Interminables planos secuencia que no llegan a decapar el campo de lo visible componen lo que no es una errancia propiamente dicha, sino la lucha por construir un proyecto. El secreto está, supuestamente, en que no veamos nunca la llegada a Italia, pero es una pena que el viaje de Francesca, verdadero motor del film, se desperdicie en los interminables planos de un insulso trayecto en autobús que se trunca por una improbable llamada telefónica. Ésta aporta el final trágico —un poco al estilo griego, del deus ex machina—, que llega, más que para darnos una conclusión reflexiva, para zanjar una historia un poco ida de su cauce. En este caso, para salvar un montaje a la deriva y demasiado dilatado.

Así como toda ópera prima espera una bendición, nosotros esperamos de ésta que haya algo que contar. Lo que nos cuenta Paunescu es una alternativa dentro lo que se espera de una ficción realista, pero se queda en el camino de algo que quizás nos descubra en la oportunidad de un segundo film.

Si tuviéramos que escoger algo, nos quedaríamos sin duda con la defensa de un personaje sacado constantemente a flote por la actriz protagonista. Monica Birladeanu (recientemente convertida en la estrella Monica Dean), defiende una presencia capaz de sostener el plano secuencia y de pronunciar su voz por encima de la austeridad del lenguaje dominante. La cámara no se propone ninguna forma de lenguaje ortodoxo y no hay primeros planos ni nada parecido al montaje de atracción de las imágenes. A pesar de que esto pueda parecernos valiente, y que la renuncia de aderezos formales contribuya a ello, la factura queda diluida en una repetición de espacios y tramas que acaba resultando redundante.

Al margen de su historia, Francesca es un personaje con un físico, una determinación y un nombre que recuerdan a Italia, destino frustrado de su aventura. Quizás la gracia de la obra consista en eso. En que contemplemos lo real o sus idealismos no a través de lo que es, sino de las proyecciones que nos permite una mirada debutante sobre el insulso realismo nacional que le rodea. Paunescu sueña con Italia viendo pasar una rumana sin destino. Y de paso, hace que nosotros también la veamos por un momento, aunque todo lo que se construye alrededor de ésa figura, más allá de su paso, carezca de interés.

Escribe Marga Carnicé

Bobby Paunescu, director de Francesca

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