Aluvión de películas noveles
Escribe Fernando Ramírez
Con el inicio de la semana laboral, las concurridas sesiones de los días previos de despegue del certamen vieron disminuir los aforos completos de las salas de proyección.
También, como era de prever, la calidad de la Sección Oficial que se había mantenido en alza, con sus evidentes altibajos, durante todo el largo fin de semana rebajó enteros con la competición de tres filmes que ocuparon la jornada del lunes, y que manifestaron la inclinación asiática hacia los planteamientos abstractos.
Cripticismo asiático
El primer pase corría a cargo de Edwin, afamado cortometrajista indonesio que ha decidido dar el salto mortal a la dirección. Su primer largometraje, Blind pig who wants to fly, es todo lo que el título parece advertir. Una disparatada sucesión de secuencias y personajes que se pretende reflexiva con un hilo argumental prácticamente inexistente.
Se podría considerar que el filme es lo que debería ser un cortometraje aunque estirado hasta los 77 minutos de duración. Su anecdótica premisa, si es que verdaderamente hay una, no logra conectar ni con el espectador más dispuesto a dejarse abrazar por las leyes del nihilismo. Habrá que suponer que los caracteres victimizados que desfilan ante la cámara viven mermados por su origen chino, y son consecuentemente despreciados en la comunidad indonesia. Pese a ello, nada sucede, nada se acentúa, salvo quizás un pasaje que incluye una ambigua situación sexual que parece más un pretexto banal para la satisfacción ególatra de su director que un momento sustancial para complacer al respetable.
La ausencia de la incisión y las pretensiones estilísticas completamente vacuas envuelven el relato. Podríamos pensar que estamos ante uno de aquellos experimentos que aspiran a la trascendencia, aunque lamentablemente caen en lo grotesco. Mientras la icónica canción de Stevie Wonder, I just called to say I love you, retumba, como mínimo, una decena de veces, las imágenes remiten a la más desangelada indiferencia, los actores no saben muy bien el registro que les ha caído encima, el supuesto simbolismo campa a sus anchas, y la sinrazón baila constantemente con el metraje.
La siguiente película a competición, Echo of silence, logró sacar más méritos que su predecesora, aunque ello no comportase difícil tarea. Atsuro Watabe, conocido actor japonés que ha trabajado a las órdenes de importantes nombres como Takashi Miike, también se ha embarcado en la atractiva aventura de la realización con este aceptable y delicado retrato de una joven que se verá imbuida en una encrucijada sentimental por los designios del azar.
Fusako es una muchacha cuya existencia está enmarcada en la monotonía. Vive con su padre y se dedica al cuidado de los caballos en una siempre nevada localidad. Un día conocerá al chico responsable de mantenimiento de un parque de atracciones, quien no puede hablar y se comunica mediante lápiz y papel. Una historia de amor surgirá entre ellos, pero un pequeño accidente que sufrirá la protagonista cambiará las tornas de los acontecimientos.
Echo of silence mantiene un buen pulso narrativo. Tranquila y sosegada, aprovecha la naturaleza para convertirla en testigo de cargo de la historia que vivirá Fusako. El blanco nevado inunda los planos, los caballos coreografían sin cesar alrededor de la muchacha y la sensibilidad oriental descubre aquí su mano demiurga para modelar los sentimientos de los personajes, todos ellos perfectamente delineados.
La bien calibrada atmósfera y su esmero en las descripciones pierden su fuelle, sin embargo, cuando el guión pretende dar una sacudida argumental al seguimiento de la protagonista. La inclusión del conflicto que agitará la circunstancia rompe con la placentera sinfonía del producto para convertirlo en algo diferente, mal acabado. La resolución se demuestra confusa, extraña, con incongruencias de guión, y un final precipitado que no ofrece aparente explicación ni manifiesta su coherencia. Con todo, se trata de una interesante apuesta novel que merece una cierta atención.
La hornada del día se completó con el tercer largometraje que también compite por el Durián de oro, Parking, una refrescante propuesta dirigida por Chung Mong-Hong que ya había sido proyectada el pasado año en Cannes, en la sección paralela Un certain regard. Cabe decir que volvemos a estar delante de una opera prima, en esta ocasión procedente de Taiwán, que dejó muy buen sabor de boca.
Parking es una delirante comedia negra de acción, plagada de situaciones hilarantes, que exterioriza una saludable imaginación. Ritmo propulsado, comicidad a raudales, interpretaciones solventes y una cámara inquieta caracterizan un producto simpático cuyo único objetivo es la invitación al entretenimiento rollercoaster.
El filme guarda no pocas similitudes con la ochentera After hours, de Scorsese. Un agente de policía que se dirige hacia su casa para celebrar el día de la madre, hace una parada para comprar un pastel para la señalada celebración. Aparcará con su coche en una zona azul pero, sin él darse cuenta, otro coche aparcará en doble fila, bloqueándole la salida. Este será el punto de partida de una sucesión de encuentros, personajes y situaciones que, lejos de permitirle volver a su casa, le harán adentrarse en la noche de Taipei para lidiar con todo lo que se le ponga por delante.
Divertida y descarada, la película se convierte en un tobogán psicodélico que sabe en todo momento los giros que ha de tomar para mantener su eficacia expositiva. Al tiempo que nuevos personajes se unen a la acción, el director atina con el acierto de insertar respectivas secuencias del pasado más relevante de todos los sujetos, logrando así una implicación en el conjunto que ramifica enérgicamente las posibles lecturas.
Denuncias sociales
Después del endeble panorama general que demostró la parrilla del día anterior, la jornada del martes tuvo mejor suerte, con una programación que apuntaba buenas maneras en la crítica y denuncia sociológicas. Propuestas de diferente índole y apariencia, pero hermanadas en intenciones, obtuvieron un recibimiento grato por sus certeras radiografías, amén de una voluntad exhortativa.
Situada en la misma línea que la mencionada Parking, por su hilaridad, sus constantes giros argumentales y una efervescente cadencia cómica, la irreverente $e11.0u7! (sí, sí, así se escribe el título según deseos de su director: Sell out! para quien no lo haya pillado) también es una película -dentro de la competición oficial- escrita y realizada por un director malasio novel, Yeo Joon Han, que ya obtuvo con éste, su primer filme, un premio en el último festival de Venecia y se alzó con el premio Netpac, premio internacional que garantiza el reconocimiento y la difusión cinematográfica que, a partir de este año, también es otorgado por el BAFF.
Estamos ante una comedia musical a contra corriente, esperpéntica y vitriólica, que carga su artillería pesada contra los reality shows, contra los medios de comunicación y las multinacionales, contra el peligro de la adicción televisiva, contra las nuevas querencias por las muertes televisadas, contra la pedantería del cine de autor, contra la obsesión por ser considerado euroasiático, contra el corporativismo y su política y contra todo aquello que, en definitiva, le inquieta a su creador, o considera reprochable.
Repleta de lanzas envenenadas que dispara por doquier, las situaciones están planteadas con una frescura y una insolencia inusuales. Además, adopta las formas propias del musical clásico para tergiversarlas y hacer de ellas una nueva normativa del género. Sell out! (pongamos la forma simple) invierte los términos de cuanto se le antoja, proponiendo una denuncia severa, (auto)paródica y urgente desde la más desternillante de las perspectivas posibles. Toda una sorpresa.
Fuera de la Sección Oficial, se presentó The blue bird, otro filme de denuncia, en este caso del acoso escolar (o bullying como se empeñan las nuevas terminologías esnobistas) y de las consecuencias que éste puede ocasionar. Diametralmente opuesta en su formulación a la obra antes referida, este filme está basado en una de las historias de un libro de relatos de gran éxito del escritor Kiyoshi Shigematsu y está dirigida por otra promesa amateur (y van...), de nombre Kenji Nakanishi.
Un profesor suplente tartamudo entra a trabajar en una escuela donde un estudiante intentó suicidarse a causa de la presión a la que le habían sometido sus compañeros. Ante la silenciación del incidente por parte del colectivo escolar, el profesor decide iniciar una cruzada personal para que alumnos y profesores se enfrenten al daño potencial que sufrió el muchacho acosado, quien se vio finalmente obligado a abandonar el colegio.
Filme clásico en estructura e impávido en su planteamiento, sigue con sabia destreza todos los pasos que emprenderá el profesor "justiciero", quien hace las veces de personaje omnisciente, para crear una espiral de acciones encadenadas que despierten la conciencia comunal. Una solvente interpretación de Hiroshi Abe (Still walking) y unos no menos solventes muchachos-alumnos que tendrán que pasar por la penitencia más humanizada y sensible, por obra y gracia de su maestro, configuran las aristas de esta obra, sensible y rica en matices, que parece reptar por una sigilosa estructura circular.
De candente actualidad por su captura de la realidad retratada, The blue bird se podría inscribir en aquello que muchos han denominado "cine útil". En efecto, el raciocinio y la madurez expositiva de los que hace gala el filme, cristalizan en un pragmatismo social dignamente filmado, con delicada piedad y emoción, que propulsa lo que muchas veces declinamos observar.
Naturalezas de bajo presupuesto
Tailandia tiene, en esta obra presentada el miércoles dentro de la competición oficial, a su única representante en todo el alud de películas de esta edición del festival. Producida en el primer trimestre de este año, y rodada con una escasez de medios alarmante, Uruphong Raksasar propone, en su segunda tentativa en la dirección, un planteamiento abrupto con el espectro de falso documental.
Agrarian utopia nos muestra, a lo largo de dos horas, el trabajo agrícola de dos familias locales que utilizan los modos más tradicionales y primitivos para el cultivo de arroz. Sin electricidad ni medios mecanizados, el patio de butacas se convierte en testigo directo de la vida rural en la que viven sumidos los personajes. Con una estructura social cercana al feudalismo, las familias trabajan jornadas interminables para obtener alimento y poder pagar las deudas acumuladas que han contraído a lo largo de los años.
Tranquilamente podría tratarse de un episodio de cualquier serie documental de prestigio sobre las condiciones de la vida humana en medio de la naturaleza. Rodada en el norte del país, el filme sabe aprovechar el bello entorno para crear inigualables postales paisajísticas. De indudable valor antropológico, el filme se ve perjudicado por la repetición de secuencias y por su largo metraje, dado el escaso planteamiento que le sustenta. Unos leves apuntes sociopolíticos rematan las intenciones de su director.
Finalmente, se presentó el filme Daytime drinking, de Noh Young-Seok, en la Sección Emergentes, apartado promocional en el que se proyectan obras de nuevas y jóvenes figuras que manejan el séptimo arte. El interés de esta producción coreana residía en que el mercado norteamericano la había adquirido recientemente para su distribución en los circuitos comerciales con vistas a estrenarla en el próximo periodo estival.
Se trata de otra opera prima de escasísimo presupuesto que plantea los modos de la comedia más simplista. Un joven que está atravesando una dolorosa ruptura decide tomarse unos días de reflexión en diferentes localidades de costa y de montaña. La comida, la televisión y el alcohol serán sus mejores bazas. Su periplo alcanzará cotas extremas ya que le sucederán todo tipo de situaciones absurdas y grotescas que le complicarán sobremanera el viaje.
Cabe pensar que la industria estadounidense ha visto un argumento similar al de muchas comedias de éxito de cosecha propia. Daytime drinking es una comedia banal, insípida, destinada a la carcajada facilona, que no se esfuerza en construir una peripecia de buenos cimientos, sino que pisa sobre terrenos una y mil veces vistos sin el menor atisbo de gracia. Un protagonista que no logra cambiar de registro y unos entornos naturales que podrían haber sido exprimidos rematan el producto.
Queda por ver ahora lo que deparan los últimos días del certamen. Si estos días hemos presenciado el aluvión de películas noveles, el último tramo del BAFF promete nombres que ya se han labrado su prestigio en los circuitos internacionales y que presentarán sus últimos trabajos. Preparemos, pues, los motores.
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