Grandes expectativas, notables resultados
Escribe Fernando Ramírez
La noche inaugural de Festival de cine asiático de Barcelona (BAFF) cumplió con todos los propósitos prometidos, además de contar con la presencia japonesa de Naoko Ogigami, presidenta del jurado de esta edición y directora de la película Glasses, que sirvió de puerta grande a la semana cinematográfica.
Minutos de retraso, fuerte expectación y una notoria afluencia de público se unieron a un anochecer lluvioso, a la confusión de las colas y los nervios de la organización por haber llegado a la undécima edición de un festival de renombre internacional que sigue su andanza, lenta pero segura, y que confirma el crecimiento que ha experimentado el certamen.
Con el bullicio de los asistentes y una concisa presentación de Glasses, los directores del festival, Carlos R. Ríos y Amaia Torrecilla, dieron paso a esta encantadora y minimalista obra, donde una profesora urbanita decide ir a pasar unas vacaciones en un pequeño hotel junto al mar en el que ni siquiera hay clientes. El inicial tedio que la mujer demuestra se convertirá gradualmente en empatía por el lugar y sus gentes.
Glasses, en apariencia, es un filme sencillo, con envoltorio de comedia de situación al uso y una voluntad inclinadamente naturalista. Transporta al espectador a un estado de relajación inusual y consigue que el respetable consiga sentir la paz que predica la obra y a la que acaba por rendirse su protagonista. Sus bellas imágenes, iluminadas como una acuarela, y sus situaciones cómicas, aunque siempre bien dibujadas, logran sumergir al público en un microcosmos alternativo, casi irreal, que demuestra la futilidad de la vida de la urbe moderna, y aboga por la simplicidad existencial y por la pureza de las relaciones. El gusto por la gastronomía autóctona y el ritualismo nipón también son otras constantes por las que pasea el filme.
Finalizada la proyección, había quedado patente la satisfacción del público. Una escuetísima rueda de prensa siguió a continuación, donde Ogigami se mostró tímida y apacible (no podía ser de otra manera después del visionado del filme). Glasses ya había tenido un gran recibimiento en la Berlinale, donde obtuvo el premio Manfred Salzgeber, y estuvo nominada para el Gran Premio del Jurado del Festival de Sundance.
Empezaba así un largo fin de semana de tres días (estamos ante el puente del día del trabajador) que prometía cine a raudales, colas interminables, múltiples sesiones y géneros para todos los paladares. Esperemos, pues, que las expectativas de público fijadas para esta undécima entrega del festival se alcancen -y se superen- mediante la suculenta programación que este año el BAFF ofrece.
Impecable arranque
Brillante Mendoza ya había llevado su filme a Cannes, donde recibió el aplauso generalizado. Ahora se presenta dentro de la competición oficial como el primer filme ofrecido dentro de la misma. La sección a concurso no podía tener inmejorable arranque con la cruda, verista y provocadora Serbis (Service). La cinta supone, además, uno de los gerifaltes de la nueva ola de cine filipino
Se trata de una excelente radiografía sobre el negocio del sexo en las calles filipinas visto a través de los ojos de una numerosa familia que regenta un cine porno. El alambicado edificio se convierte en un laberinto de pasadizos, escaleras, plantas y recovecos por los cuales desfila un sinfín de personajes. Homosexuales, chaperos, travestidos, transexuales, chulos, amigos y familiares se dan cita en este cine porque no tienen lugar mejor adonde poder ir. Porque es el mejor lugar para poder dejar pasar las horas y miserias que la vida les brinda. Los personajes desconocen por completo la semántica del amor, aunque entienden a la perfección el significado del sexo que lo inunda todo en el mundo que les ha tocado vivir.
Escenas sexuales hiper-explícitas, escarceos que acaban en embarazos no deseados, voluptuosidades pretendidas en muchachas adolescentes, inclinaciones eróticas que sobrepasan los extremos clásicos y el cine como arte que imita a la vida que imita al arte. Con unos actores de aquellos que demuestran que no hay mejor papel que la interpretación espontánea y sin formación específica, y una batuta maestra que orquesta los espacios, acciones y personajes con una inteligencia científica que demuestra tener mente de bisturí, Service bien podría ser una de las joyas del certamen.
Claustrophobia fue la segunda obra del día que entraba en la Sección Oficial, de la mano de Ivy Ho, reputada guionista de Hong Kong que se ha lanzado a la dirección con este largometraje de sentimientos encontrados. El filme quedó empañado por la fuerza que había demostrado la cinta anterior.
Cuenta el romance adúltero que mantienen dos compañeros de trabajo a través de saltos retrospectivos e intermitentes en el tiempo, conversaciones íntimas, recorridos en coche por la bulliciosa ciudad y encuentros laborales. Cabe pensar que la directora lo deja todo en manos del espectador, quien supuestamente ha de reconstruir una trama inexistente que carece de un soporte fáctico en todo momento. La narración, llevada con pulso firme, eso sí, se apoya demasiado en unos diálogos inacabables, en los silencios y las intenciones leídas y nunca pronunciadas para no dibujar una concreción óptima en una historia que nunca acaba por revelarse, ni por sentirse.
Sensible y excesivamente pausada, falla en su construcción a tiempos y malogra la emotividad que una historia de estas características merecería. Con todo, la realizadora se demuestra como un posible talento para la imaginería sentimental, pese a la ausencia de una agudeza resolutiva y una falta de tensión evidente.
La familia y otros desastres
La jornada del sábado ofreció tres películas que se demostraron temáticamente unidas, aunque formalmente equidistantes, sobre la impronta imperecedera que deja la familia en el individuo y la manera en que el pasado puede incidir en los estadios deterministas de la vida.
La programación se inició con Still walking, filme japonés cuyos augurios auspiciados por la rumorología hacían presagiar su firmeza narrativa. La cinta, que se presentaba fuera de la Sección Oficial, se revela como una suerte de ejercicio sociológico sobre la familia y la tradición arraigada japonesa.
Trufada de ingredientes humorísticos, situaciones descriptivas y una profusión de diálogos, se centra en el argumento de la reunión familiar, tema que tanto le ha dado al cine que hablar, y sigue las peripecias de las tres generaciones reunidas durante un día y medio para desembocar en un final reflexivo que otorga sentido a todo su metraje.
El aniversario de la muerte del primogénito sirve de pretexto para la reunión anual de una familia. Los personajes se pasearán por los rincones de la casa dejando al descubierto sus silencios, dudas y temores, que revelarán la incomunicación que se esconde detrás del recuerdo de tan traumático suceso. El legado familiar verá peligrar su estabilidad, además, con el reciente matrimonio del hermano menor del fallecido con una mujer viuda con un hijo, quién estará sometida a los juicios y valores de los progenitores de su marido.
Se trata de una interesante, a la par que amena, composición retratística del enfrentamiento tradicional entre el pensamiento más vetusto y el progresismo racional que, sin embargo, debe acercar posiciones mediante el cariño, el egoísmo y la sensibilidad humana. La obra, aparentemente sencilla, está dirigida por Hirokazu Kore-eda, quien ya había pisado las alfombras del BAFF en el 2005, con su filme Nadie sabe.
La segunda película de la jornada, y competidora por el Durián de Oro, fue Osaka Hamlet, segunda película del director Fujiro Mitsuishi; basada en el exitoso manga homónimo de Hiromi Morishita, nos presenta las excelencias de una familia disfuncional que afronta las adversidades cotidianas con apabullante optimismo y ternura.
La muerte del patriarca de la familia Kubo deja a la madre y sus tres hijos en una débil posición económica. El hermano del fallecido, un hombre apocado y patoso a quien nadie conoce, se presenta en el funeral. Éste pasará a ser el nuevo compañero de la madre e intentará integrarse en su nueva familia. Mientras, los muchachos seguirán sus propias entelequias. El menor manifestará su decisión de querer ser una chica, el mediano lidiará mediante los puños su respeto y posición, mientras que el primogénito se enamorará de una mujer mayor que él. La progresión demostrará que el ahínco y la comprensión serán fundamentales para erigir una nueva esperanza familiar.
Inusualmente conmovedora, drama y comedia se tornan a vueltas en una cinta modesta, de ingenioso desarrollo, que parte del texto shakespeariano que reza su título para plasmar su planteamiento y trastocar todo lo demás con el propósito de ofrecer una visión innovadoramente feliz de lo que pueden significar las buenas intenciones en el seno de una prole socialmente deformada, aunque más humanamente coherente que las que se asientan sobre el tradicionalismo canónico.
Breathless fue la tercera película de la jornada. Muy esperada por público y crítica, dentro de la Sección Oficial competitiva además de optar a otros dos premios, contó con la simpática presencia de su artífice, Yang Ik-June. La obra ha cosechado elogio y reconocimiento allá donde ha recalado -tiene ya en su haber el prestigioso Tiger de Rotterdam 2009-, aún le queda una larga carrera de festivales y promete ser una de las revelaciones fulgurantes del panorama asiático internacional de este año.
Según palabras del propio realizador, el proyecto tardó tres años en gestarse, teniendo que invertir para ello de su propio bolsillo -incluso vendió su apartamento para poder afrontar los gastos, además de endeudarse con sus familiares y amigos-, fue rodado en las zonas más marginales de Seúl y puede considerarse parcialmente autobiográfica. Tan personal hazaña requería un alto nivel de compromiso. Ik-June es el director, guionista, productor y protagonista absoluto de la obra, saldándose con nota y oficio en todos los apartados.
Song-Hoon es un matón de poca monta cuya única palpitación en la vida reside en la violencia, el maltrato, los insultos y la supervivencia. Conocerá en la calle, mediante un escupido, a Yeon-heui, una adolescente procaz y deslenguada con la que trabará una curiosa amistad. Sin ser conscientes de sus situaciones respectivas, ambos provienen de un malsano ambiente familiar donde la violencia doméstica es la realidad cotidiana con la que tienen que cohabitar. El entorno en el que se mueven los personajes también vive sumido en el ensañamiento, la agresión y la violencia en cadena, que conforman una interminable espiral de destrucción.
Breathless supone la impresionante ópera prima del polifacético Ik-June. Con el nervio extremo de la cámara en constante movimiento, la opresión de sus secuencias provocadoras y el lirismo de algunos pasajes en los que el protagonista se siente más cerca de quienes le rodean, la cinta brilla en la consecución narrativa de sus imágenes. Eleva, además, las situaciones paroxísticas a un nivel inusitado de vehemencia existencial y desesperación, que colman su amplio metraje y configuran una poderosa metáfora visual.
El aplauso unánime colmó la sala donde se proyectó Breathless ante un entusiasmado realizador, que en todo momento se mostró complaciente y agradecido por la calurosa acogida de su obra.
Las relaciones peligrosas
El nivel de calidad del meridiano del fin de semana rebajó niveles en el día dominical. Cierto es también que se presuponía difícil tarea de mantener el excelente ritmo que demostraron las obras propuestas en el día anterior.
Abrió la competición oficial de la jornada una producción japonesa de Ryosuke Hashiguchi titulada All around us. No nos detendremos mucho en esta obra que roza las dos horas y media. Consiste en una cansina y tediosa crónica del deterioro y posterior bienestar de una pareja a lo largo de varios años, cuya cúspide fatalista reside en la pérdida de su hija recién nacida.
Con una narración farragosa, y un guión lleno de secuencias sobreras, se pretende un análisis de la influencia de los acontecimientos y del entorno y de su incidencia en el sujeto. Excesivamente larga, pretenciosa y con una evidente falta de emoción, nos propone un recorrido supuestamente redentor a través de la obsesión por el detalle. Cabe decir que sus maneras orientales en exceso lastran el conjunto desde un punto de vista propiamente occidental, cuyas directrices requieren cierta dosis de ritmo que aquí se manifiesta inexistente.
El plato fuerte de la jornada vino inmediatamente después. Yu Lik-Wai, que ya había entrado en las listas del BAFF hace nueve años, vuelve con Plastic city, una co-producción entre Hong-Kong, Brasil, Japón y Francia que sigue las andanzas de una familia oriental que controla el tráfico y la venta de artículos de imitación desde Liberdade, barrio de la multicultural Sao Paulo. Una conspiración contra el magnate patriarca hará que su fortuna vea el reverso del éxito.
El filme destila su imponente poética visual en un ejercicio hiperbólico y arrebatador de imágenes alucinógenas y magistrales interpretaciones que se acerca a la fantasía onírica. Una cadencia desenfrenada de situaciones engarzadas, su exponencial banda sonora y su composición impresionista de la ciudad perfilan otra de las grandes respuestas del festival. Una obra réplica de la otra cara de la globalización desde un Brasil contemporáneo que se agradece por la potencia de su planteamiento y por su espléndido desarrollo, donde su mejor baza reside en la desbordante imaginación ocular.
Plastic city, además, adopta los modos y maneras de la tragedia griega para la exposición argumental de su trama, igualmente rebosante de ecos shakespearianos, pero con la vanguardia de estilos por bandera, muy posiblemente lastrado por un dudoso desenlace que recorre los defectos de la posmodernidad.
Fuera de competición, cerró el fin de semana Chameleon, de Junji Sakamoto, un rutinario aunque agradable thriller de venganza de esos tan prototípicos de la industria nipona, coreografiado con notables, a la par que hilarantes, secuencias de acción y un protagonista carismático que rentabiliza la propuesta en términos de aceptabilidad.
Jóvenes de diseño, timos por doquier, los obligados momentos de lucha y persecución, la historia de amor clásica y un improbable happy ending configuran las esquinas de esta propuesta que atrás deja tres días de cine con un rasante mucho más que aceptable en términos generales. Esperemos que siga así.
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BAFF, 11º Festival de cine asiático de Barcelona (2): primer fin de semana







