... y a pesar de la crisis
Escribe Daniela T. Montoya
Una vez recogida la alfombra roja, surgen las dudas sobre los efectos del recorte presupuestario del 57 Festival de San Sebastián. Hasta qué punto se ha visto afectado y, sobre todo, ¿realmente peligra la celebración de la próxima edición?
Seguramente, el optimismo desmesurado sea perjudicial, si de lo que se trata es de hacer un balance objetivo. Pero aferrarse al negativismo sistemático, probablemente, tampoco sea una buena estrategia evaluativa.
En cualquier caso, hay que tener presente que el festival de cine, aunque parezca redundante, va de cine. Es decir, abre un escenario de exhibición a películas (realizadas y en proyecto), concentra en unos días un extenso y activo mercado de posibles distribuciones y, además, desea ser foco de atención de la agenda cinematográfica, cultural y mediática. Así entonces, contemplados todos los factores, no parece que el festival de este año haya salido tan mal parado como se pregonaba.
Comencemos por el final
El reparto de premios, bien por consenso unánime o desafortunado patinazo, siempre es causa de alborozo. Sin embargo, durante la lectura del palmarés de esta edición, los pitidos fueron mínimos.
Esto puede deberse a que el presidente del jurado, Laurent Cantet, con la acelerada lectura que hizo de los premiados, apenas dio tiempo al repateo general. También, la afluencia de prensa acreditada en esta edición había menguado ligeramente, con lo cual hay menos asistentes dispuestos a rebatir al jurado. Pero, fundamentalmente, la acogida más o menos pacífica del palmarés se debió a que no desentonó demasiado con lo que se esperaba de antemano.
Dos películas eran las grandes favoritas para llevarse el oro: El secreto de tus ojos, del argentino Juan José Campanella, y la cinta-homenaje City of Life and Death, del chino Lu Chuan. Y fue esta última la que se llevó la Concha a la mejor película. Además, también abarcó el Premio del Jurado a la Mejor Fotografía, haciendo imponer sus potentes planos en blanco y negro por encima del trabajo de Félix Monti en El secreto de sus ojos, o la gelidez sarcástica que plasma Santiago Racaj en La mujer sin piano.
Pero es que, por lo visto, el jurado tenía ganas de sentirse solidario. En primer lugar, con las víctimas de la masacre que perpetran los soldados nipones sobre la antigua capital China. Después, con el cine francófono, al que (como se intuía) no iban a dejar sin mención. Y ésta recayó sobre el experimento de método de rodaje que hace François Ozon en Le refuge.
Pero, también se sintieron solidarios con un joven modelo de autosuperación. A saber, Pablo Pineda, el co-protagonista de su propia historia de vida en Yo, también, quien fue galardonado con la Concha de Plata al Mejor Actor. Llegados a este punto, sí que se oyeron silbidos en la sala de prensa pero, por ser políticamente correctos con las minorías, enmudecieron con rapidez.
Pero, con todo, el silencio no significa aceptación. Ya que sobre este premio perdurará el halo de la compasión, la misma que la propia película rechaza. Lo cual aún es más doliente si nos acordamos de que Robert Duval es capaz de agrandar una peliculita como Get Low. Y, más aún, semejante fallo es imperdonable por haber dejado en la cuneta a Benjamín Espósito, ese personaje -por momentos grave, enamoradizo, irónico- del que se apropia Ricardo Darín en El secreto de tus ojos. Sí, esa película argentina, coproducida con España, que recolectó decenas de halagos, cautivó al público y, sin embargo, el jurado no consideró premiarla por sus méritos. Por ello, al menos, le deseamos larga vida en los mercados comerciales.
Otro cine (español) es posible. ¿Sí?
Javier Rebollo recibió el Premio al Mejor Director por La mujer sin piano, su segunda película tras Lo que sé de Lola (2006). Al recoger la Concha de Plata en la gala de clausura, quiso agradecer que "desde hace ya varios años, el Festival de San Sebastián está mostrando que hay un cine español rico, que hay un cine español plural, que hay un cine español con muchas películas diferentes, para muchos espectadores diferentes. Y esto creo que es un motivo de alegría para todos nosotros, que somos espectadores curiosos".
Sabias palabras que fueron aplaudidas por el auditorio congregado en el Kursaal. Sin embargo, previamente, esos mismos asistentes habían pitado cuando se mencionó su nombre como director premiado. ¿Cuál es ese cine español rico, plural, diferente que el público quiere vitorear pero, quizás, no quiere o no puede ver?
En la competición oficial, cuatro fueron los títulos con capital mayoritario español: la mencionada de Rebollo; el tercer largometraje de Isaki Lacuesta Los condenados; El baile de la Victoria, una nueva película del oscarizado Fernando Trueba; y Yo, también, codirigida por Álvaro Pastor y Antonio Naharro. Y, para bien o para mal, se dejaron notar de entre toda la selección internacional que componía la competición.
La cinta de Rebollo, La mujer sin piano, además del mencionado premio a la dirección, recibió también una mención especial de TVE por la mirada diferente que ofrece este filme tan excepcional. Por su parte, Los condenados causó bastante revuelo por su excesiva carga expositiva. Y, aún así, se ganó el favor de la crítica internacional que acordó otorgarle el premio FIPRESCI. Mientras que el equipo de la "sensible" Yo, también alcanzó el éxtasis de la felicidad al meterse en el bolsillo a los espectadores y, sobretodo, llevarse una buena colección de premios. De entre ellos, los más destacados fueron sendas Conchas de Plata al dueto protagonista Lola Dueñas y Pablo Pineda.
Mientras, Trueba llegó exaltado porque la Academia de Cine recién había preseleccionado El baile de la victoria para presentar en la competición de los Óscar. Y, tras la proyección pública del filme, desapareció entre el bullicio. A decir verdad, El baile de la victoria no competía en San Sebastián, ya que su inclusión en la programación más bien respondía a otro tipo de competición. Esa carrera hacia Hollywood, que en estos días se ha confirmado. Sí, mal que pese, es la película española seleccionada para competir por los premios Oscar.
Y, entonces, nos preguntamos ¿qué otro cine español es el que se quiere valorar? Si, por una parte, la "gente" del cine (como son el jurado del Festival de San Sebastián compuesto por cineastas, actores y actrices, así como los críticos) aprecian un cine emergente y, por otra parte, las instituciones públicas (desde la Academia hasta el Ministerio de Cultura) se aferran como clavo ardiendo a fórmulas tan rutinarias como reiterativas.
¿De verdad hay quien piense que El baile de la victoria tiene algo que hacer frente a La cinta blanca de Haneke o El profeta de Jacques Audiard? ¿Alguien se cree que Trueba tiene tanto carisma como Almodóvar, suficiente para ganarse el favor (y los votos) de los amigos de la academia estadounidense? Y, sobre todo, ¿ese es el tipo de cine que queremos que nos represente? A la vista del público que pitó a Javier Rebollo cuando salía al escenario a por su merecida Concha de Plata, pues parece que sí. Pero, lo que es más grave, en función de la nueva Ley del cine que la ministra González-Sinde (ayudada por Ignasi Guardans) se empeña en aprobar a toda costa, se deduce que ese cine menor que practican Rebollo, Lacuesta y muchos otros no es susceptible de tenerse en cuenta.
No debe ser fácil organizar el reparto de las subvenciones públicas. Más aún cuando se trata de ponderar, además de costes, factores artístico-culturales. Porque el cine no es sólo taquilla. Ni aunque se tengan en cuenta la venta en soportes varios o las descargas en Internet. Y hay muchas variables significativas que se les están escapando a los burócratas del Ministerio.
Ah, pero de lo que no se olvidan es de la aplicación (por Ley) de la paridad de género en la realización de cine. ¿También se hará extensiva la Ley de la igualdad de género entre la flora y fauna del mundillo de críticos? Porque entonces, quizás, la sensualidad de Chloe no habría sido tan loada y sí, en cambio, habría sido mejor acogida la mirada que encontramos en Blessed sobre unos jóvenes desorientados y la preocupación que generan en sus respectivas madres.
En este punto, no vale escudarse en cuestiones meramente de gusto estético. Porque causa estupor asistir a la algarada de desenfreno de adrenalina que provoca entre los asistentes (mayoritariamente público masculino) ver el sanguinario y estilizado asesinato con que Johnnie To inicia Vengeance. Para que luego digan que el gusto no tiene implicaciones culturales. Pero vamos, son puras especulaciones. Porque de aquí a que la igualdad de género sea un hecho palpable...
De momento, es un paso atrás que el Ministerio de Cultura acentúe la consideración del cine como un hecho puramente económico. Y, por tanto, continúe obviando tratarlo de una forma más global, incluyendo su tratamiento en la enseñanza obligatoria. Aunque, en tal caso, se corriese el riesgo de que un mayor número de personas hicieran dobles lecturas de las películas; o que se dieran cuenta de que las televisiones públicas y privadas sólo "informan" de las producciones en las que han invertido capital; o, peor todavía, que los espectadores de la pequeña pantalla se despegasen aún más del televisor y la audiencia de Amar en tiempos revueltos se fuera al traste.
Resultados
Inmediatamente después de la lectura del palmarés, ya se buscaba un balance sobre cómo ha salido adelante, a pesar del recorte presupuestario, el 57 Festival de San Sebastián. Y su director, Mikel Olaciregui, tenía bien controladas las cifras. Contando con un día menos, el festival ha alcanzado una cifra de venta de entradas similar al año anterior. No era para menos con la programación seleccionada.
La sección que batió récords, agotando las entradas de numerosas sesiones, fue La contraola, dedicada al reciente cine francés. Pero, sin duda, la sección más atractiva resultó ser Zabaltegui, ese cajón de sastre que incluye las realizaciones de nuevos directores, películas especiales y los filmes más destacados que previamente han pasado por otros festivales. Ahí pudimos ver, por ejemplo, los inminentes estrenos de Quentin Tarantino, Woody Allen, Ang Lee y Jim Jarmusch con, respectivamente, Malditos bastardos, Si la cosa funciona, Destino: Woodstock y Los límites del control.
Próximamente, también llegarán Precious, que se llevó los premios del público en Donosti y Berlín; London River, de Rachid Bouchareb; Mother, de Bong Joo-ho; y las grandes premiadas en Cannes: La cinta blanca, de Michael Haneke, y El profeta, de Jacques Audiard. Pero hubo más joyas cinematográficas rescatadas principalmente de Cannes, Venecia o Berlín. Con acierto, son Perlas que, año tras año, se están convirtiendo en una seña de identidad de San Sebastián. Es decir, un reclamo más por el que acudir al festival.
Fuera de las salas de cine, el espectáculo continuó. La dirección había optado por destinar el disminuido presupuesto directamente al cine. Esta postura conllevó que se suprimieran (o, al menos, redujeran) la pompa de fiestas y festejos varios.
Sin embargo, esta austeridad en la exhibición de las galas no fue en perjuicio del glamour concentrado entre el hotel Maria Cristina, el teatro Victoria Eugenia y los auditorios del Kursaal. Desde hacía tiempo no veíamos desfilar por la alfombra roja semejante número de estrellas y autores de referencia internacional. Incluso los patrocinadores locales y autonómicos pueden darse más que satisfechos viendo al actor Ian McKellen, Premio Donostia de este año, embutido en una camiseta promocional de San Sebastián como futura capital europea.
Con esta foto, y todas las que se llevaron los fans, aficionados y ciudadanos que se acercaron por el 57 Festival de San Sebastián, la organización ya tiene aval para ir preparando una próxima edición, por lo menos, tan sugerente como esta.
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57 Festival de San Sebastián (7): balance final







