Se aceptan apuestas
Escribe Daniela T. Montoya
Causaron mucha expectación Javier Rebollo e Isaki Lacuesta. La proyección de sus películas se reservó para los últimos días. Y, como se esperaba, generaron controversia... aunque fuera por distintos motivos. Porque ambas son bien diferentes.
Una, La mujer sin piano, es una ficción anclada en la cotidianidad. La otra, Los condenados, se concibió como documental y acabó siendo una fábula moral. También se palpaba la diferencia de estilos en las respectivas ruedas de prensa. Mientras Rebollo se explayaba en una lógica que se va por la tangente, aunque siempre tomando como referencia la película per se; Lacuesta se esmeraba en explicar el sentido de sus condenados.
La impresión que transmiten fuera de pantalla, por tanto, es que el primero ha desarrollado un filme autónomo, que se basta a sí mismo, ya que las sensaciones que transmite no precisan de palabras. En cambio, Lacuesta prolonga hasta la rueda de prensa el discurso iniciado en Los condenados. Lo cual no significa que sea una película que genere debate (aunque sí lo provocará), sino que probablemente no haya sabido dejarlo claro en la más de hora y media de metraje que dura.
Por otro lado, tenemos dos de los pocos directores no europeos que optan a concurso en esta edición. Pelin Esmer, quien al igual que Isaki Lacuesta venía avalada por su previo trabajo en el campo documental, con su primer largometraje Oyen / The Play (2005), no defraudó. Quizás se la intuya más cómoda manejándose con material real -del cual apropiarse-, en lugar de tener que elaborar una narración desde cero. Quien sí cuenta con una larga experiencia contando historias es el director coreano Jeon Soo-il. Su película Yeong-do Da-ri / I came from Busan, en la que la presión atmosférica incide sobre el análisis emocional de una joven en Busan, removió conciencias.
Ah, y no hay que olvidar que Pelin Esmer y Javier Rebollo, además, concursan en la sección de Nuevos Directores. Porque los filmes que han presentado, aunque a algunos les cueste creer, son sólo sus segundos largometrajes.
Y, por fin, llegó
La mujer sin piano es Rosa, el conocido rostro televisivo de Carmen Machi. Rosa es una ama de casa. Una ama de casa que ha montado en su piso una consulta casera de estética y durante el día no tiene más compañía que la televisión. Su marido, taxista, se preocupa por su oído. Desde hace meses, Rosa oye permanentemente un zumbido. Pero los médicos de la seguridad social -porque ha sido remitida a varios especialistas- no saben ponerle solución. Subir el volumen del televisor puede ser una opción para disimularlo. Pero el pitido sigue ahí. Al igual que su hastío por una vida que se quedó anclada en los años 70.
Todo es muy ordinario en la vida de Rosa: hule a cuadros sobre la mesa de la cocina, el tocador sobre la cajonera del dormitorio, un sofá convencional, la maleta de cuero guardada en lo alto del armario, un cuadro de caza sobre la cabecera del dormitorio... y dos huevos duros. ¡Ay, no, que no estamos en el camarote de los hermanos Marx! Aquí se pide un coñac en copa pequeña. Porque todo es muy sencillo, a excepción de la consulta de estética. A pesar de que esté montada en un domicilio particular, se trata de un trabajo profesional. O, al menos, lo ha de parecer.
La mujer sin piano es simplemente la vida de una mujer corriente. ¿Simplemente? Una mujer mayor corriente. Esperpénticamente ordinaria. Con un hijo que hace años abandonó el nido familiar. Que está necesitada de sexo. Y que compra a través de la teletienda el último ingenio tecnológico que, en teoría, tendría que hacerle la vida más fácil. Sin embargo, al ir a buscarlo a la oficina de correos, la burocracia le impide recoger el paquete. ¡Hasta qué punto puede llegar a desquiciar que se cumplan las normas a rajatabla! Porque, si hay un cartel que prohíbe fumar, es que no se puede fumar. Y si es hora de cierre, hay que chapar. Pero, por favor, póngame un coñac en copa pequeña.
Rebollo no nos cuenta acciones, sino que nos describe sensaciones. Rosa, esa ama de casa hastiada, profesional de la depilación, está cansada de que las llamadas incesantes de los comerciales no le permitan masturbarse con tranquilidad. Por todo ello, o quizás porque no tiene ningún aliciente, ha decidido dar un giro en su vida. Una vez acostado su marido, se apresura a recoger alguno de sus bártulos y salir en mitad de la noche hacia un destino incierto. Poco importa el destino cuando se puede soñar con alcanzar la felicidad cogiendo el primer bus.
Rosa, esta profesional de la depilación cuyo rítmico taconeo retumba en la soledad de la noche, inicia su andar en una noche que se antoja larga. Decidida, se dirige con firmeza hacia su nuevo destino. La música épica va en crescendo hasta que, en el momento culmen, su destino pasa de largo. ¡Ya es mala suerte lo que carga Rosa en la maleta! Por favor, un coñac en copa pequeña.
No, no es que no haya cobertura. Sólo es que no hay nadie que te llame, Rosa. Y no, Rebollo no hace cine francés. Sólo es que recuerda tanto al humor de Aki Kaurismaki. ¡Qué larga se les va hacer a algunos espectadores la noche en que transcurre La mujer sin piano! Por favor, pónganles un coñac en copa pequeña.
Discursivo, demasiado discursivo
Se esperaba con entusiasmo el nuevo trabajo de quien realizó Cravan vs Cravan (2002) y La leyenda del tiempo (2006). Con lo cual, tras visionar Los condenados, la decepción ha sido mayor.
Coescrita por el propio Lacuesta junto a Isabel Campo, la película pretende tratar el tema de la represión militar argentina a través de un reducido grupo de amigos. Reagrupados en un recóndito lugar de la selva, allí donde tuvieron lugar las últimas refriegas antes de exiliarse a España, unos, y ser torturados por la dictadura, otros. El motivo del reencuentro, tras treinta años de querer tapar en el olvido la tragedia, es buscar los restos del compañero caído, Ezequiel. Un nombre repetido una y otra vez pero que, a medida que avanza el metraje, cada vez importa menos descubrir quién era y qué representa(ba) para sus amigos y compañeros de guerrilla.
No es lo mismo lo que se cuenta y cómo se cuenta. Y, al ver Los condenados, cuesta creer que alguien como Isaki Lacuesta, tan avezado en el análisis de la construcción (y deconstrucción) del relato, sea el responsable de una película tan torpemente narrada. Cuesta pensar que, cuando planificaba la filmación del guión, no hubiera imaginado cada uno de los planos que componen las escenas... las secuencias... la película... Y, por supuesto, cuesta creerse cada una de las frases que enuncian los personajes de Los condenados. Porque Lacuesta podría habernos ahorrado un buen rato de aburrimiento si se hubiera limitado a dejar sobre papel esta historia sobre héroes caídos.
La proyección de Los condenados protagonizó la mayor estampida de público de esta edición de San Sebastián. No era para menos, ya que la simpleza en la reiteración en los mismos recursos narrativos hicieron que el tedio calara hondo. ¿De verdad no se daba cuenta de que se encerraba demasiado en filmar primeros planos de parrafadas perfectamente vocalizadas? Porque, de nuevo, cuesta creer que los diálogos los haya compuesto como meros planos-contraplanos.
O que haya introducido música extradiegética como recurso decorativo, que facilita las transiciones pero que, al contrario de lo que ocurría en La leyenda del tiempo, no ilustran nada. Aunque, por supuesto, la melancolía con que rasga los graves de guitarra contribuyen a que el tremendismo sea mayúsculo. Pero... ¿el dramatismo de qué?
Pues ya tenemos en Los condenados unas frases profundas, que se espetan como si se ensayara la lectura del guión; una decorativa banda sonora, que incrementa la pesadumbre generalizada; y un bello y frondoso paisaje, que es agradable de contemplar, sin más.
Sin embargo, no se aprecia que éste paisaje, por ejemplo, ejerza ninguna influencia sobre los personajes. Ni que éstos manifiesten un claro cambio emocional en la semana de convivencia enfrentada. Ni, aún menos, tiene sentido el salto mortal que hace Lacuesta asociando el antiguo campo de batalla con la actual excavación arqueológica. ¿A estas alturas aún se puede estar cuestionando la legitimidad (o no) de la lucha armada?
Por ello, para muchos de los asistentes, llevarse la cámara al hombro para transmitir la agitación de una discusión, o concentrarse en esos rostros compungidos que hablan de traumas del pasado -extensibles al presente-, ha sido el punzón definitivo para abandonar la proyección de Los condenados.
Tomar prestada la realidad
Mejor parada salió Pelin Esmer con 11´e 10 kala / 10 para 11. Tomando como fuente de inspiración a su tío Mithat Esmer, un jubilado aficionado al coleccionismo, la directora turca hace una lectura de las contradicciones que provoca la irrupción de la modernidad en Estambul.
El también turco Faith Akin ya nos habló de los contrastes de esta capital liminal entre occidente y oriente. Con su documental Cruzando el puente: Los sonidos de Estambul (2005) nos empapó de la variedad de contrastes sonoros que resuenan por las calles. Desde rap o rock, hasta la canción tradicional o la música religiosa. Pero, mientras en el documental de Akin, la tradición y modernidad se entremezclaban apasionadamente, dicho contraste deviene dramático en la película de Esmer.
El anciano Mithat Esmer se reinterpreta a sí mismo como devoto coleccionista de cualquier cosa. Desde periódicos hasta enciclopedias, pasando por envases de todo tipo, relojes o juguetes. Objetos de la vida cotidiana que él se encarga de clasificar y archivar en ordenados montones que llenan cada rincón de su casa. A lo largo de buena parte del metraje inicial, la directora se contagia de la meticulosidad de su tío al describir el pausado proceso por el que el paso del tiempo es capturado y envasado al vacío. Hasta que surge la pesadilla de una excavadora que convierta en ruinas el pasado para dar vía libre a los tiempos modernos.
Se le podría achacar a Pelin Esmer que, por momentos, resulta redundante, que podría haber dado más fluidez a la narración, o que la metáfora onírica sobre la destrucción podría haber sido menos simplista. Pero tampoco se puede ser perfecto cuando una realiza su primera película de ficción. Y, para colmo, ya es bastante complicado transmitir las impresiones de una población dividida entre anclarse al pasado, o subirse al tren de lo novedoso.
Por el resultado modesto, pero no anodino, de 11´e 10 kala / 10 para 11, parece que Pelin Esmer se ha tomado con calma su realización. Sin querer abarcar más de lo que puede, la película se centra en dos personajes inicialmente complementarios, que en la evolución del relato, se evidencian contrapuestos.
Por un lado, el mencionado anciano, poso de sabiduría acumulada por sus colecciones, pero también por la experiencia de toda una vida. En la planta baja de la casa, el portero, celoso de cumplir con las tareas rutinarias que le encomiendan los vecinos. Y, como detonante del proceso de cambio, la voluntad de la comunidad de vecinos de derruir el edificio para construir uno nuevo, con aparcamiento, piscina, zona de recreo... En definitiva, remplazar lo viejo por la seducción de lo moderno, sin pararse a valorar las consecuencias de convertir en polvo la Historia atrapada en toda una vida.
Por su parte, a Jeon Soo-il le ha salido una película intimista, pero que da pie a una lectura social. Circunscrito al deambular solitario de In-hwa, Yeong-do Da-ri / I came from Busan narra las sensaciones que invaden a esta joven de 18 años que acaba de dar a su recién nacido en adopción.
Desamparo, soledad y, sobre todo, culpa son los sentimientos que emergen de cada uno de los planos grisáceos que compone Soo-il.
Siguiendo el caso particular de In-hwa, conseguimos llevarnos una certera impresión de las pocas opciones de futuro que viven los jóvenes que habitan en la ciudad marinera de Busan.
Sin opción de trabajo, ni siquiera eventual, la inmigración a Japón se aventura como la única salida para evitar la explotación/humillación laboral. Porque no hay que olvidar que el estatus laboral (y no económico) está ligado a la integridad personal. Sólo quien es alguien puede hacerse respetar. Y, entretanto, In-hwa no tiene trabajo, apenas es una niña y, por remordimientos, desea recuperar a su hija por todos los medios.
Se aceptan apuestas
Siguen desfilando por la alfombra roja cineastas, caras conocidas y famoseo común. Jacques Audiard, John Cusack, Brenda Blethyn, Ang Lee, Jim Jarmush o Tahar Rahim, por citar algunos nombres relevantes, están pasando por San Sebastián para algo más que tomar pinchos.
De todas maneras, ahora, una vez proyectadas todas las películas que optan a la Concha de Oro, sólo queda especular con el posible reparto de premios.
La favorita en todas las quinielas es El secreto de sus ojos. Sin embargo, Juan José Campanella ya puede estar bien satisfecho con el resultado que ha tenido y aún tendrá su película entre el público de las salas comerciales.
El jurado presidido por el francés Laurent Cantet podría no provocar demasiado estruendo nombrando como mejor película a City of life and death o La mujer sin piano. Incluso no serían del todo mal encajadas Chloe, I came from Busan o Blessed.
Sin embargo, miedo da que él, o la tan joven como pretenciosa directora Samira Makhmalbaf, tiren por valores patrios y decidan mentar Hadewijch, Le refuge o The white meadows como "gran ganadora" (lo cual no significa que no pudieran merecer otros premios). Por ende, cualquiera de los directores responsables de estas cintas tienen opciones para llevarse el mérito de la plata.
Respecto a los intérpretes, designar el mejor actor seguramente sea lo más fácil. Porque, precisamente, los papeles masculinos han brillado por su ausencia. Quizás los ancianos Mithat Esmer (10 para 11) o Hasan Porshirazi (The white meadows) serían una opción alternativa. Pero los protagonistas más potentes han sido Ricardo Darín (El secreto de tus ojos) y Robert Duval (Get Low). Eso, si el paternalismo no sale a flote y deciden premiar a Pablo Pineda por autointerpretarse (aunque eso quizás lo reservemos para los Goya...).
Para las actrices el tema está más reñido. Muchos papeles protagonistas que bien podrían justificar aplicar a esta categoría la baza del ex-aequo.
| < Prev | Próximo > |
|---|
57 Festival de San Sebastián (5): tocando fin







