Iras y aplausos en la Sección Oficial
Escribe Daniela T. Montoya
A pesar de la condensación de películas en programación, el orden en el visionado de películas se va recuperando. ¿Orden? Bueno, intentar no olvidarnos de ver los filmes que entran a concurso y, en la medida de lo posible, no dejar de lado joyitas de secciones paralelas. Porque la parrilla de programación puede ser cruel con algunas películas que, por la incomodidad horaria o por la escasa promoción a la que han optado, pueden quedarse en la cuneta.
No ha sido el caso de Haneke, cuya La cinta blanca llenó hasta los topes la sala grande del Kursaal. Sin embargo, la cinta sobre niñas (que no infantil) Yuki & Nina, de Nobuhiro Suwa e Hyppolyte Girardot pasó bastante más desapercibida. Seguramente, como espeta el padre de Yuki a su hija, los mayores son incomprensibles.
Entretanto, la Sección Oficial sigue su curso. Ha habido comedias, intentos de thriller, escenas de guerra y muchas colas. La lluvia parece comenzar a amainar y la estrella (hollywoodiense) que deslumbró al inicio parece haber dejado una buena estela para que el festival siga su curso.
Las protagonistas son ellas
Con Chloe, Atom Egoyan parece querer retornar al erotismo de Exotica (1994). La sensualidad de algunos planos alimentan los tópicos eróticos masculinos. Y, sin duda, nadie como Egoyan puede recrear esa ambientación de alto standing en la que vive Catherine (Julianne Moore).
Metida en el papel de ginecóloga en crisis sexual, Moore es quien pone cuerpo e imaginación a la historia. Desconfiada de la afabilidad de su marido (Liam Nelson) con respecto a sus alumnas de la escuela de música, Catherine decide contratar los servicios de la prostituta de lujo que da título a la película. Una prostituta que, ya desde la escena inicial del filme, nos advierte que su especialidad es seducir, por igual, con el gesto y la palabra. Y Egoyan secunda la declaración de Chloe.
Chloe, la primera película proyectada en competición, hizo las delicias de los espectadores. No es para menos teniendo en cuenta que Egoyan es viejo zorro y sabe cómo contar una historia que nos enganche a la butaca. Entremezclando la seducción con la intriga, la narración de Chloe se encamina hacia un thriller que va por la cuerda floja de la credibilidad. Y, sin embargo, deja contentos a quienes se hayan sumergido en las eróticas fantasías relatadas en (y por) Chloe.
Bastante menos erótica fue la cinta que presentó François Ozon, Le refuge. Centrada en el proceso de embarazo de Mouse (Isabelle Carré), Ozon aborda la historia desde una perspetiva naturalista. Quizás porque para el enfant terrible del actual cine francés, por esta vez, le ha podido la expresión de un profundo deseo más que el divertimento narrativo.
Quien otrora se lo pasara en grande jugueteando con las historias de 8 femmes / 8 mujeres (2002), 5 x 2 (2004) o, muy recientemente, Ricky (2009), en esta ocasión parece querer tratar la historia desde el verismo. Un estilo directo que, en cierto modo, se aproxima al de los hermanos Dardenne pero que, sin embargo, está despojado de la carga social que les caracteriza.
Así, por esta vez, la experimentación de Ozon parece haberse limitado a dos factores organizativos del proceso de rodaje. Por un lado, la técnica de la filmación, recurriendo por primera vez al uso de las cámaras digitales. Por otra parte, un factor humano determinante en el proyecto: querer trabajar con una actriz embarazada en la vida real.
Con semejante planteamiento, la prioridad no podía ser otra que querer aproximarse al máximo a la intimidad de una experiencia tan vital como es el embarazo. Pero, aún así, no se trata de un embarazo común. La inclusión en el relato de los instantes de concepción y del nacimiento del niño nos sitúan en un (posible) caso de excepcionalidad. Sin embargo, ésta es desmentida por las estadísticas y, sobre todo, la aproximación que hace Ozon al proceso. La cuestión es que la protagonista Mousse es madre soltera y drogadicta.
En los minutos iniciales de Le refuge descubrimos a Mousse tirada en la cama, en un piso parisino. A los pies de la cama, su novio Louis toca el bajo mientras esperan que llegue el camello con la dosis que les haga renacer. Pero, en realidad, Louis no superará ese chute. Por contra, Mousse sí que iniciará una nueva vida... al menos por un tiempo.
Los acordes melancólicos del bajo y la luz hiel de la urbe francesa dan paso a la calidez de la costa y la melodía alegre del piano. Mousse, en memoria del fallecido Louis, ha decidido seguir con su embarazo. Y, para no sentirse presionada por la altiva familia de su novio, se ha refugiado en la casa de un antiguo amante. Por allí, pasará unos días el hermano homosexual de Louis, quien dará un nuevo sentido a su papel de madre.
Dictaduras, masacres y composición estética
El iraní Mohammad Rasoulof justificó la carga metafórica de Keshtzar Haye Sepid / The White Meadows como vía para evitar la férrea censura de su país. Con el fin encubierto de denunciar la penosa situación que vive la población iraní, The White Meadows versa sobre las andanzas de Rahmat, un hombre maduro que vaga en barquita entre islotes de sal. Su fin es recoger con puntillosa pulcritud las penas que entristecen a la población. A saber, la muerte de una mujer, la falta de lluvias, la aspereza del terreno... Pero también la diferencia y la crueldad de las costumbres autóctonas. Rahmat es quien, cargando en su barca, hace desaparecer tanto la tristeza como la vergüenza de la deshonra, la crueldad tradicional y la injusticia.
Anclados en un paisaje yermo, las distintas islas de población que retrata Rasoulof permanecen petrificadas por la sequía de humanidad. Sin referencias externas, la cerrajón endogámica facilita la puesta en práctica de leyes tan cruentas como ilógicas (pero, claro, eso es desde la mirada ética). La abundancia de salinidad del terreno, ya les ha cegado la vista. Algo que resulta paradójico cuando, con su blancura, refleja una gran luminosidad.
Sin embargo, parece algo habitual en estados dictatoriales que, redundando en lo maravillosa que es la vida bajo su régimen protector, consiguen convertir a la población en fieles adeptos. Acríticos con los designios de las normas tradicionales (o, en todo caso, ya les buscaremos una carga histórica que les dé sentido y justificación), cumplen con los ritos que tendrían que reestablecer el orden corrupto. Y, cómo no, entiéndase por "corrupto" todo aquello diferente, lo que diverge de lo común.
Sin embargo, Rasoulof no se olvida de cuestionar lo común. En la sucesión de bellas estampas aisladas que constituyen The White Meadows, los hábitos entran en cuestión. Porque lo rutinario, aquello que se repite aparentemente sin perjuicio alguno, puede esconder una tremenda inhumanidad.
También sobre crueldad versó City of life and death, tercera película del director chino Lu Chuan. Rodado en blanco y negro, este laborioso largometraje comienza con la dedicatoria a las tropas y población de Nanjing (antigua capital china) que, en 1937 padecieron el asedio japonés. Lo cual se traduce en una película bélica encubierta de homenaje, pero también denuncia. Porque Lu Chuan retrata con extrema crudeza la extrema violencia con que las tropas niponas aniquilaron, poco a poco, la población y arrasaron la ciudad.
El sufrimiento del exterminio de esta población se incrementa con la letanía extremadamente detallista de la narración de City of life and death. Sin personajes heroicos porque, en cierto modo, todos ellos tenían tal categoría al saberse destinados al sacrificio. Los rostros son cadáveres o sombras que caen desplomadas por las balas y las bombas. La atención debe recaer sobre la descripción de la situación: los últimos cruces de balas, la expulsión y eliminación de todos los chinos y coreanos detenidos, la construcción de un campo de refugiados con apoyo (paradójicamente) de un emisario nazi, el asedio de los soldados japoneses, y hasta el cierre del campo y definitiva celebración de la conquista de la ciudad en ruinas.
Un episodio traumático de la historia de China que, para evitar que quede en el olvido, Lu Chuan reconstruye sin tapujos. Las armas, el cúmulo de cadáveres torturados, el abuso de mujeres y niñas, el sadismo en el asesinato de los soldados detenidos... La guerra es salvaje, y Chuan se toma su tiempo para detenerse en cada uno de los detalles de la masacre.
Y, de forma similar a como hiciese Eastwood con su díptico sobre Iwo Jima, incluye los contradictorios sentimientos de los invasores. Soldados que han de cumplir unas órdenes que, aunque algunos disfruten sádicamente con ello, a otros les pesan demasiado en la conciencia.
Las notas destacadas
Para bien o para mal, tres han sido hasta ahora las películas que han provocado iras y aplausos. Entre las claramente denostadas, la cinta germana This is Love y Making plans for Lena, quien ya se estuvo en San Sebastián el pasado año. En el polo opuesto, la que ha recibido la mejor acogida (por ahora) ha sido El secreto de sus ojos. Sin duda, la agradable fórmula Campanella surge efecto...
Con El secreto de sus ojos el director argentino retorna al esquema que le hizo triunfar con El hijo de la novia (2001). Con un personaje principal (de nuevo, Ricardo Darín) acompañado de un fiel escudero, entre fracasado y gracioso, la aventura avanza entre altibajos dramatico-cómicos hasta que, finalmente, se alcanza el objetivo. En este caso, dar resolución a un crimen (aunque sea por la vía vengativa).
Es difícil explicar por qué algunas películas que empiezan bien se van descalabrando poco a poco. Bueno, en el caso de This is Love, una de las causas principales es la falta de recursos. Lo cual, indirectamente, nos lleva a un problema de guión al querer abarcar más de lo que se puede.
Matthias Glasner pretende ser transcendental con This is Love. En ella, cruza a dos almas en pena con la excusa de la investigación de un crimen. Ella, Maggie, es la inspectora de policía que ahoga en alcohol el abandono de su marido hace 25 años. Él, Chris, es traficante menores asiáticas para venderselas en adopción a las familias bienestantes germano-danesas.
Alternando flashbacks de los días previos a su mutuo (sí, mutuo) interrogatorio en comisaría, Glasner no puede atar todos los cabos. Porque, avezados a las series televisivas de policías, bien sabemos que una investigación la llevan a cabo más de dos. Porque, los melodramas personales están llevados al extremo. Porque, en general, fallan tantas cosas en la construcción de estos personajes...
Mientras que en caso de Making plans for Lena, parece que se achaca a la incapacidad de su directo Christophe Honoré a la hora de ejercer algún tipo de intensidad a la narración. Porque difícilmente nos podemos aproximar a los sentimientos de Léna desde la fría y distante neutralidad con que nos cuenta su crisis vital.
Separada y con dos hijos pequeños, su devenir parece estar en manos de su familia, que deciden aún incluir a su marido en las reuniones familiares. Sin embargo, el pavor de Honoré a acercarse a Léna nos sitúa en un retrato que queda en manos de quienes la circundan. Entonces, ¿en qué queda la supuesta presión familiar? Quizás, en nada más lejano que un cuento infantil, bien sea el que nos relata el hijo de Léna en un largo paréntesis, bien sea la propia película que construye Honoré basándose en una novela previa.
En cualquier caso, una buena pitada se llevó Making plans for Lena tras su proyección para la prensa.
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57 Festival de San Sebastián (3): protagonistas, ellas







