Escribe Daniela T. Montoya
(San Sebastián, 28 de septiembre 2008)
Por una parte, en la ceremonia de clausura se incluyó un emotivo paréntesis para homenajear a los recientemente fallecidos Pedro Masó y Paul Newman, cuya noticia de su defunción se propagaba instantes previos a la lectura del palmarés. Por otro lado, el resultado final del reparto de los principales premios dejó atónitos a la mayoría de los asistentes a la rueda de prensa.
Es incomprensible la distribución de las conchas entre películas por las que nadie apostaba. A excepción del “doble” reconocimiento a las interpretaciones femeninas de Tsilla Chelton, entrañable abuela enferma de Alzheimer en Pandoras´s Box, y Melissa Leo, madre superada por las circunstancias en Frozen River, son indescifrables los criterios que siguió el jurado para el reparto del resto de galardones.
Quizás el premio menos ilógico sea la Concha de oro a Pandora´s Box. Esta película turca, en la que precisamente actúa una de las actrices premiadas, contiene la fórmula ideal para mediar entre los gustos cinéfilos más lúdicos y los más arriesgados. Amable relato sobre cómo los hijos (y un nieto) dejan a un lado sus diferencias, para afrontar los cuidados que requiere la anciana, es un filme tierno, agradable, bello. Y, sin demasiada complejidad, es una película que fácilmente deja un buen sabor de boca, pero que dista mucho de tener la enjundia suficiente para erigirse como la merecida ganadora de esta mediocre 56 edición.
Más aún, teniendo en cuenta que películas de mayor entidad, bien sea Aruitemo, Aruitemo / Still Walking, de Kore-Eda, o Tiro en la cabeza, de Jaime Rosales, eran las propuestas más dignas para disputarse el galardón. Al menos, éste último pudo recoger el premio Fipresci, deliberado por la crítica internacional. Por contra, Still Walking, salvo alguna mención de segundo orden, fue inmerecidamente ignorada por el jurado presidido por Jonathan Demme.
Responsable de las afamadas El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, 1991) o El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate, 2004), Demme se confabuló (no quisiéramos creer que “coaccionara”) al resto de los miembros, entre los que contamos el también director Masato Harada, la joven Nadine Labaki (Caramel, 2007), o la actriz española Leonor Watling, para deleitarse con los efectos que provocaba un dictamen tan incongruente. ¿Son las simpatías personales las que les han inducido a premiar a “sir” Michael Winterbottom, como mejor director, por una película zigzagueante, que avanza tan perdida como las hermanas protagonistas por las callejuelas y playas de Génova, sin saber cómo ni cuándo poner fin a tanta vaguedad?
Incrédulos asistíamos a la continuación de la sangría. Con tono jocoso, Demme proseguía anunciando que el premio al mejor guión iba a parar a la película francesa Louise-Michel. ¿Despropósito? ¿Puede interpretarse la concatenación azarosa de burdos gags como una historia elaborada en conjunto? Abucheos, ya desganados, siguieron a semejante mofa.
Menos discutido, más que nada por indiferencia, fue el nombramiento de Óscar Martínez como mejor actor por su interpretación de escritor en crisis en El nido vacío. Si bien sonaban otros nombres, como Ulrico Thomsen, el psicópata en ciernes de Fear me not, o Mohamed Bakri, el taxista frustrado en la modesta Laia´s Birthday, y teniendo en cuenta el resto de disparates del palmarés, este galardón fue acogido como un no-desacierto. Película hispano-argentina, El nido vacío acaparó, también sin gran estruendo, el premio a la mejor fotografía. Perfectamente podría haber caído en otras manos, como en el Camino de Fesser o, por su puesto, Still Walking.
Pero más preocupados estábamos por digerir el sentido del premio especial del jurado. Lo explicaba Demme en inglés, y Watling trató de hacérnoslo comprensible en castellano. El jurado quiso, haciendo extensible la mención especial que dedican a Two-legged horse, reconocer las dificultades que tienen los niños en este planeta. El sinsentido máximo es que en esta película, de una discípula de la saga iraní Makhmalbaf, es precisamente un niño quien ejerce el despotismo más sádico sobre otro pre-adolescente disminuido psíquico.
Ante tal desaguisado, nos quedamos con los glamorosos premios Donostia Antonio Banderas y Meryl Streep. Al menos, estos sí, son incuestionables. Y a la espera de que en la próxima edición la elección del color de la alfombra no enturbie la selección de las películas a competición.
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