Escribe Daniela T. Montoya
(San Sebastián, 21 de septiembre de 2008)
Llegó el fin de semana y la fiesta se anima. Las calles se llenan de gente, las salas se abarrotan y lucen desternillantes perlas como la última película de los hermanos Coen.
Exhibida fuera de la Sección Oficial, Burn after reading describe el culmen de la ridiculez en la que ha degenerado la sociedad del tele-show y “el sueño americano”. Si Orson Welles demostró, a través de una emisión radiofónica, hasta qué punto las reacciones de una población están condicionadas por las informaciones, los discursos y las imágenes de que se empapan, con Burn after reading los hermanos Cohen no hacen más que parodiar la ridícula realidad en que están inmersos sus conciudadanos.
Versión estadounidense del esperpento español, su película se articula a partir de personajes absurdamente hilarantes, los cuales se cruzan y entremezclan a través de las desternillantes elucubraciones mentales que cada uno imagina. Un ex-agente de la CIA desahuciado de su honor y abandonado, cual trapo sucio, por su mujer de altas aspiraciones; un entrenador espitoso obsesionado por el ejercicio constante; un gigoló de mentalidad infante, cuyos devaneos sexuales resultan dañinos para su bienestar mental y son letales para quien, desafortunadamente, se cruza en su camino; o una administrativa que ansía dar esquinazo a su infelicidad rehaciéndose (literalmente) a sí misma. En resumen, los hermanos Coen atacan de nuevo con un desternillante filme tan surreal como El gran Lebowski (1998) o Arizona Baby (1987).
Las risas y la atracción que generaron los Cohen tuvieron su correlato en la Sección Oficial, aunque fuera de concurso, con la comedia paródica Tropic Thunder. Por la alfombra fucsia pasó su polifacético director, Ben Stiller, para las delicias de los cazautógrafos que se allí se agolpaban. Algarada juvenil, flashes y fotos recibieron con entusiasmo una ridícula película bélica que rompe los patrones de cualquier festival.
Más interesantes fueron, y esta vez sí en competición, las películas procedentes de frías tierras: Frozen river, de la directora novel Courtney Hunt, y la danesa Fear me not, de Kristian Levring.
El primer filme, extrae su mejor baza de la fuerza interpretativa que transmiten sus dos actrices protagonistas: Melissa Leo, como madre desesperada por sacar adelante su familia, sea como sea; y Misty Upham, en el papel de india mohawk que sabe cómo, aprovechando el vacío legislativo que tienen en la reserva, ganar dinero extra introduciendo inmigrantes a través del río helado.
Por su parte, la película danesa, heredera del colectivo Dogma, se adentra en los imprevisibles senderos de la psique humana. Impasible, la cámara se detiene en el deleite sádico en el que se sumerge Michael, un acomodado burgués que se toma unos meses sabáticos para reflexionar sobre el rumbo de su vida. Interpretado por Ulrich Thomsen, quien podría ser una buena opción para la Concha de Plata a mejor Actor si no fuese porque ya la recibió en la edición 52 con Brothers (2004), Michael se escuda tras una medición experimental, que se autoadministra a escondidas, para dar rienda suelta a su ego psicópata más acentuado.
A lo largo del día de hoy, 19 de septiembre, Winterbottom hace acto de presencia con Genova. Aunque aparentemente el director inglés renuncia a las excentricidades que le caracterizan, la comedida historia que plantea se va al traste por la indiferencia que genera.
Centrada en dos hermanas, una en plena adolescencia, Winterbottom trata infuctuosamente de seguir la estela de Líbero (2006), de Kim Rossi Suart, o incluso del Nanni Moretti de La habitación del hijo (2001), ahondando en la experiencia de una familia tras la pérdida de uno de sus miembros. Trasladados de Chicago a la ciudad italiana de Génova, la película se pierde, al igual que las niñas, por entre los callejones de la ciudad, en los flirteos amorosos del padre, el inicio al amor adolescente de la hija mayor, y las experiencias esotéricas de la niña pequeña.
En el polo opuesto, Christophe Honoré presenta con La belle personne el aprendizaje de la vida que hacen unos jóvenes comunes en un instituto francés. Bebiendo directamente de los textos (italiano, ruso, inglés), las clases consisten en sucesión de experiencias vivas de un grupo de jóvenes e, incluso, profesores.
Constatando cómo el lenguaje configura mundos, o maneras de percibir la realidad, Honoré impregna al filme un estilo fluido en que los sentimientos son acentuados con sutileza. Sin estridencias, la ira ante la frustración puede ser cantada con una bella canción. Así como la muerte, constatada tras un golpe seco, afecta, alternativamente, tanto al colectivo como a un individuo concreto. Y la vida prosigue, mal que pese, aunque sea difícil superar los golpes.