Postrevolución rumana (y algunas bromas)
Resulta paradójico que Gijón inaugure y clausure su programación con dos películas caraduras mientras que, por contra, reparta la mayor parte de sus premios entre el cine rumano “de autor”.
Normal que Borja Cobeaga (Pagafantas, 2009), encargado de clausurar esta edición con
I’m still there, el estreno en la dirección del actor Casey Affleck, tuvo el honor de inaugurar el 48º Festival de Gijón. Documontaje sobre la falsa retirada del actor Joaquin Phoenix del mundo del cine, supuso un gran reclamo para cinéfilos y curiosos. Y no estaba mal planeada la estrategia ya que, como se podía intuir por el contexto económico, era previsible un descenso en la afluencia de público.
Y así fue. Aunque gijonenses y foráneos acudieron en masa a las salas, hubo menos carteles de “entradas agotadas” que en anteriores ediciones. Tal fue el caso de la mencionada cinta estadounidense, que batió records en la celeridad con que se vendían las entradas.
Pero también ocurrió con Mammuth, segundo atracón de comicidad grotesca que ofrece el tándem francés Benoît Delépine y Gustave de Kervern. Responsables de
Con todo, a pesar de que en la mayoría de los pases quedase alguna butaca vacía, las colas que se formaron (un año más, bajo la incesante lluvia) son motivo más que suficiente para que la dirección del festival se enorgullezca de su labor en el rastreo de títulos, gestión de las invitaciones de directores, organización de secciones y coordinación con las entidades culturales y educativas de la región.

Absténgase el cine de género
Los contenidos que desde hace unos años marcan las líneas del Festival de Gijón siguen claramente la preferencia por la experimentación formal. Esta predilección no sólo se aprecia en
Como la recién inaugurada sección Rellumes —segunda línea competitiva— que, siguiendo el modelo de la Quincena de los realizadores de Cannes, viene a dar salida a propuestas vibrantes, desacomplejadas o atrevidas como la producción británica Brillantlove, de Ashley Horner;
O
Sin menospreciar la selecta programación, nos preguntamos si este gusto por la experimentación formal ha podido perjudicar a películas como Kak ya provel Etim. Letom / How I Ended This Summer, del ruso Alexei Popogrebskym o Animal Kingdom, del australiano David Michôd. Ambos títulos, a diferencia del común de
Ya estamos en que los premios no lo son todo. Pero, si ojeamos el palmarés, quizás resulte excesiva la sobrecarga de premios que han recaído sobre producciones rumanas. Muy especialmente, Marţi, după Crăciun / Tuesday, After Christmas, de Radu Muntean, a la que el jurado internacional otorgó los premios a la mejor película, mejor actor y mejores actrices (ex aequo para ambas co-protagonistas). La cuestión no es poner en duda que Marţi, după Crăciun sea digna (o no) de tantas alabanzas. Pero concentrar de tal manera el reparto de premios en un mismo título conlleva no destacar las cualidades de otros tan dignos como los sí premiados. ¿O acaso podría ir en perjuicio de la idiosincrasia del rebautizado FICXixón alabar las cualidades narrativas de películas que son puras ficciones?
Las secciones paralelas, como viene siendo costumbre, se reparten entre ciclos sobre distintos cines europeos, estructurados bien por nacionalidades y/o bien por etapas cronológicas, y homenajes a reconocidos francotiradores en la marabunta industria cinematográfica estadounidense y europea.
Así, este año las cinematografías elegidas han sido la alemana y la europea (en conjunto). Esta última, que bajo el título ¿Europa? ¿Qué Europa?” pretendía mostrar el rumbo —subterráneo— de recientes producciones del continente que, a pesar de recibir múltiples elogios por los festivales por donde pasan, no gozan (por ahora) de dignas opciones en
Mientras que el ciclo dedicado al cine germano, en esta edición bajo el epígrafe de La escuela de Berlín, ha traído a la palestra nombres como Ulrich Köhler (Bungalow, 2002), Valeska Grisebach (Sehnsucht / Nostalgia, 2006), Thomas Arslan (Ferien / Vacaciones, 2007; Im Schatten / In the Shadows, 2010), Christian Petzold (Yella, 2007; Jericow, 2008), y Angela Schanelec (Nachmittag / Afternoon, 2007; Orly, 2010), entre otros.
Por otro lado, una vez más cabe destacar el enorme trabajo que realiza el festival para inculcar la afición al cine entre los más pequeños. Dos elaboradas secciones, confeccionadas según grupos de edad, además de numerosas actividades paralelas, incentivan la pasión hacia el cine desde un punto de vista crítico. No es de extrañar, pues, que Gijón cuente con un público fiel que, para colmo, se afana por descubrir las novedades que aporta el festival con su exquisita programación.

Gusto por las cinematografías “periféricas”
En un año donde la cinematografía asiática ha estado visiblemente ausente, en la 48ª edición de Gijón han predominado las películas procedentes de Europa, Latinoamérica y esas producciones estadounidenses que surgen sin la ayuda (ni en control) de los estudios.
Sin causar demasiado revuelo pasaron por Gijón las cintas sudamericanas. Todas ellas con presupuestos bastante ajustados, han sabido rentabilizar sus propuestas centrando su atención en los actores y la emoción, simpatía, proximidad con que logran involucrar a los espectadores.
De
Más dulce resultó
Los premios gordos (y la atención) recayeron en las producciones europeas. Como mencionamos líneas más arriba, principalmente en los directores rumanos. A tenor del palmarés, parece gustar (y mucho
Si en Marţi, după Crăciun / Tuesday, After Christmas Radu Muntean pone entre la espada y la pared a Paul, casado y con una hija, a tener que elegir entre su matrimonio o su amante Raluca; con Aurora (coproducción entre Rumanía, Francia, Suiza y Alemania) Cristi Puiu sigue similar estructura que en su anterior largometraje Moartea domnului ăzărescu / La muerte del señor Lazarescu (2005) para narrar el periplo de Viorel, un cuarentón recién divorciado y despedido del trabajo, que se hunde en las profundidades del desquicio y la locura.
Otros dos títulos presentes en el palmarés fueron sendas realizaciones basadas en hechos reales. Por un lado, la cinta germano-austriaca Der Räuber / El ladrón, de Benjamin Heisenberg, recupera la historia del joven vienés Johann (Andreas Lust): ladrón y corredor (o corredor y ladrón
Mientras,
Completó el palmarés el premio a

Dejando atrás las historias minimalistas, en Meek’s Cutoff Richardt se atreve con un reparto más extenso de lo habitual (aunque sin superar la decena personajes centrales) y una producción que requiere más esfuerzo en la planificación del desarrollo de
Las grandes olvidadas en el reparto de premios fueron sin duda la cinta australiana Animal Kingdom, de David Michôd, y
La primera, que afortunadamente ya cuenta con fecha de estreno en España, nos introduce en los sórdidos entresijos mafiosos de
La tensión que genera la presión psicológica ante unos acontecimientos que se desbordan también está presente en Kak ya provel etim letom. Pero, al contrario que Animal Kingdom, para Popogrebsky la baza del entorno natural en que se sitúa la acción es crucial. En la estación meteorológica del Círculo Polar Ártico, por tanto, aislados de todo el mundo, Sergei y Pavel no tienen más remedio que avenirse. El primero, veterano y habituado a la dureza del clima y la soledad, cumple las funciones de maestro del joven Pavel, recién licenciado que aprende las rutinas de un trabajo tedioso: la supervisión, anotación y comunicación de los datos meteorológicos. La convivencia entre ambos es más o menos llevadera a lo largo de los eternos días en que nunca llega
Amores y desvaríos
La participación estadounidense, que en esta edición resultó excepcionalmente “abundante”, se cerró con la cinta de Derek Cianfrance Blue Valentine. Recapitulación de los buenos y malos momentos de una pareja que, a pesar de estar destinada a la separación por incompatibilidad de caracteres e intereses, caen en el enamoramiento apasionado. Podría resultar una historia convencional más.
Sin embargo, Cianfrance, avezado en las realizaciones para televisión y publicidad, consigue dar un toque de excepcionalidad adecuando el visionado de cada etapa vital de la pareja a la textura predominante de los años correspondientes. Así, apela a nuestra memoria videográfica, en la que asociamos las imágenes granuladas a la década de los años 80 (incluso principios de los 90) y las sintéticas al siglo XXI, para reubicar cronológicamente esta historia contada a base de golpes de fragmentos.
Por otro lado, la participación española en el festival resultó bastante heterogénea. Desde el experimento formal que recoge Oliver Laxe en Todos vós sodes capitáns, hasta la comedia desenfadada de Borja Cobeaga en No controles, pasando por las historias de amor (y odio) romántico y fraternal de Jonás Trueba y Manuel Martín Cuenca con, respectivamente, Todas las canciones hablan de mí y La mitad de Óscar. Los cuatro, en conjunto, pueden tomarse como la muestra de la disparidad de estilos, formatos y temáticas que los jóvenes (y no tan jóvenes) realizadores españoles están proponiendo/ofreciendo.
Todas las canciones hablan de mí, puesta de largo de Jonás Trueba (sí, de la familia de “los Trueba”) fue la película que pasó por Gijón casi únicamente para dejarse ver. Con un respaldo más que evidente en la producción y promoción de la película, su paso por el festival sirvió para aunar el sentimiento de placidez que despierta su visionado. No en vano Todas las canciones hablan de mí se enmarca en el grupo de historias románticas, aunque el desamor sea el núcleo de las divagaciones de su protagonista Ramiro (Oriol Vila); que prioriza la atención sobre las acciones cotidianas, antes que dejar que su protagonista —masculino— muera ahogado entre sollozos; y que se recrea en las citas literarias y musicales, ya que sirven de correlato para caracterizar al protagonista —masculino—.
Con su primera incursión en el largometraje, Jonás Trueba logra dar sentido y coherencia al sentimiento de vacío que experimenta el protagonista —masculino— quien, al igual que la cámara, siempre permanece con los pies en la tierra y nunca pierde
Por su parte, Manuel Martín Cuenca (La flaqueza del bolchevique, 2003; Malas temporadas, 2005) es especialista en retratar personajes que, cual peces que se han quedado sin agua en la que nadar, deambulan en busca de segundas oportunidades. En Gijón presentó lo que es su tercer largometraje de ficción: La mitad de Óscar. Ambientada en unas salinas de la costa almeriense, narra la historia de un Óscar, un ser que vive su vacío interno con cotidianidad hasta que, con motivo de la muerte de su abuelo, reaparece su hermana María. Es entonces cuando Martín Cuenca da buena muestra de su habilidad para manejar la tensión de los silencios, de los nudos que se forman en la garganta cada vez que se pasado se torna presente.
Escribe Daniela T. Montoya
