Escribe Daniela T. Montoya
Ocurrió lo inesperado. La película Frontier Blues no llegó a Gijón. Retenida desde hace dos semanas en las aduanas brasileñas, en el último momento sólo quedó la opción de exhibirla en DVD. Motivo, este último, el de la merma en la calidad técnica de la proyección, que ha implicado que el filme se descolgara de la competición. Así, con reestructuración de la parrilla de horarios y la devolución del dinero de las entradas, el festival se ha quedado sin una buena baza.
Con Frontier Blues Babak Jalali, formado en Londres, retorna a los enclaves de su infancia, en la zona fronteriza entre Irán y Turkmenistán. En ese lugar olvidado de la globalización, clava la cámara en la tierra seca para describirnos cómo es la vida en mitad de la nada. Sin prisas, porque en la estepa el tiempo no apremia, vemos pasar ante la cámara impávida una serie de pobladores. El tendero frustrado, los niños, el que en todas partes es considerado el tonto del pueblo, el currante en un criadero de pollos, etc.
En su gran mayoría hombres, ya que las mujeres casi quedan totalmente fuera de cuadro. Amas de casa, esposas anheladas, son la única belleza entre tanta aridez. Porque, por más que el fotógrafo-turista, que pasa por la zona fronteriza para inmortalizar el tópico de el verdadero turcomano, quien se esmera en componer bellas postales, el tono melancólico del aludido blues impregna cada fotograma.
Confesaba Jalali que le gusta el cine de Kaurismaki, Ozu y Erice. Y seguramente a estos gustos se deban su estilo. Paciente y reiterado, no falto de ironía, Jalali imprime en las estampas que constituyen Frontier Blues la frustración y resignación que respiran los lugareños que retrata.
Apartada por causas ajenas (insistimos, una auténtica lástima), la competición oficial prosiguió su cauce con dos de sexo, un (melo)drama de denuncia social y una fábula apocalíptica. Y, como colofón, uno de los filmes esperados con ansiedad. El último desparrame grotesco de quien otrora hiciera Gummo (1997), Harmony Korie, tenía el privilegio de presentar la segunda -de las tres- películas estrella que desde un inicio estaban fuera de competición.
Humpday,
de Lynn Shelton
Normalmente es lo liviano lo que provoca la risa. Lo trascendental, por el contrario, suele abordarse con cierto respeto y, por tanto, con mayor seriedad. Sin embargo, ¿cómo reaccionar ante lo banal cuando, para los sujetos implicados en los hechos, es un asunto percibido como "crucial"?
Tras la provocación que esconde esta pregunta se encuentra el punto de partida de Humpday. Rodada según los cánones del cine independiente madeinusa, este tercer largometraje de Lynn Shelton se toma a guasa el compadreo y los tabúes entre los machitos norteamericanos.
Shelton se sirve de dos cámaras digitales para montar la cara y el revés de Ben (Mark Duplas) y Andrew (Joshua Leonard), pareja protagonista de una absurda promesa. La que realizan, crecidos por el alcohol que corría por sus venas en el momento álgido de una cena entre amigos, se pegan la fanfarronada de ser capaces de rodar una película porno casera. Ellos dos solos, siendo héteros de pelo en pecho, convirtiéndose en los protagonistas.
Sin duda, es un buen argumento para una comedia. Pero, en manos de quien quiere enfatizar el verismo, dando rienda suelta a la espontaneidad y la naturalidad estética, tiene como resultado el tedio. Puede que algunas de las argumentaciones que farfullan para intentar autojustificarse arrancarán más de una carcajada. Pero contemplar su divagación absurda, que sólo consigue prolongar el metraje, es extenuante.
Y, ante la evidente falta de ritmo, Shelton no puede escudarse en su pretendida intención de reducir al mínimo su intervención con el fin de dar libertad a los actores. Porque su tarea es dirigir. E, igual que en los documentales se corta y se monta, se intuye y se induce, Shelton no debería haberse conformado con tan sólo postular una situación conflictiva.
Por otra parte, incluido en la sección Llendes, pudimos ver un documental tan desinhibido que deja en evidencia el ridículo de los tabúes sexuales que explota Humpday. Nos referimos a De vilde hjertes / The Wild Hearts, del danés Michael Noer, quien documenta el viaje quijotesco que inician doce amigos de espíritu punk, dispuestos a ir desde Dinamarca hasta Polonia en sus ciclomotores y antiguallas de no más de 125cc.
Con esta premisa, Noer muestra el lado más salvaje de una explosión de testosterona. Realmente atento a los instantes de tensión que surgen -y, al contrario que Shelton, sin tener que forzar los detonantes-, Noer recoge con su cámara cómo los protagonistas se van replanteando sus intenciones iniciales.
Le roi de l´évasion,
de Alain Guiraudine
El director francés Alain Guiraudine, con Le roi de l´évasion, también siguió la vena cómica en el tratamiento de la sexualidad. Pero, a diferencia de Shelton, desde el sarcasmo. Porque Guiraudine no quiere sacar rentabilidad de los tópicos sexuales, sino parodiar la hipocresía que se esconde tras la repetición en la caracterización de los roles sexuales, que acaban por devenir modelos tópicos.
Así, con toda intención, Le roi de l´évasión está protagonizada por Armand (Ludovic Berthillot), un orondo vendedor de tractores homosexual. Ambientada en la campiña, la historia surge cuando la joven Curly (Hafzia Herzi), de 16 años, cae perdidamente enamorada Armand y sueña con que se convierta en su príncipe azul.
Aunque los elementos narrativos de Le roi de l´évasion puedan inducir a pensar en una fábula contemporánea, Guiraudie contrapone al absurdo una estética realista. Incluso, por momentos, feísta. Sin tapujos, pero también carente de romanticismo impostado, el veterano director francés arrastra por el barro el mito de la pareja de enamorados en fuga. Porque, aunque parezca extraño, Armand rechaza su naturaleza para huir de los gendarmes, siempre cogido de la mano de su querida amante menor de edad.
Revolver los tópicos, como hace Guiraudie en Le roi de l´évasion, siempre tiene su punto gracioso. Es divertido ver a los enamoradísimos acaramelados a pesar del abismo de diferencias que les separan. Armand, quien le dobla y más la edad a Curly, se deja llevar por el entusiasmo de ésta. Mientras que Curly, deseosa de encontrar un hombre que la libere de las garras de su padre, se pega literalmente a Armand quien, en plena crisis de los cuarenta, se está replanteando su modo de vida. Sin embargo, Le roi de l´évasion se ve lastrada por una realización improvisada.
Quizás a Guiraudie le pareciese buena idea desmontar los códigos sociales impregnando su relato de cierta cutrez. Pero engarzar escenas que parecen rodadas entre amigos, y en las que a veces se intuye en claquetazo de inicio, hacen que la película adquiera un tono más propio de las series B (aunque Le roi de l´évasion no hable de marcianos).
Welcome,
de Philippe Lioret
De manos de Philippe Lioret, uno de los pocos directores veteranos presentes en Gijón, llegó Welcome, historia romántica con el tema de la inmigración como telón de fondo. En ella nos topamos con Bilal (Firat Ayverdi), inmigrante kurdo de 17 años, recién llegado al puerto de Calais. Con la única fijación de reencontrarse con su novia, residente legal en Inglaterra, hará todo lo posible por llegar hasta allí. Incluso, tras un primer intento fallido de colarse en un camión, se planteará cruzar a nado el Canal de la Mancha. Es entonces cuando conoce a Simon (Vincent London), entrenador de natación en pleno proceso de divorcio. Existencialmente estancado, Simon encuentra en Bilal el aliciente para reactivar su vida emocional.
Los héroes sólo son héroes una vez muertos. Al menos, así dicen los antropólogos (que no entomólogos) que funciona en la realidad. Aunque, como recurso narrativo, da mucho juego mantener la intriga con las distintas pruebas que va superando el protagonista, siempre contando con la ayuda de un mentor. Y ahí está Simon en Welcome, saltándose la restrictiva legislación del país para prestar toda la ayuda posible a Bilal. Porque, estando este último en la flor de la juventud, es el único capaz de reparar los fracasos existenciales que carga Simon.
Philippe Lioret acierta de pleno en el tratamiento humanista de Welcome. Insuflando realismo con una fotografía naturalista; con el, a veces, uso inquieto de la cámara al hombro; y la fantástica interpretación de los actores.
Sin embargo, hay notas discordantes que te distancian de la emotiva historia. Como el uso enfático de la melodía de un piano, que insiste sin tapujos en arrancarnos unas lágrimas. O, respecto a la construcción del relato, el trasvase de anhelos del entrenador hacia su pupilo, lo cual pone en solfa otro aspecto del juego que da el tráfico de inmigrantes -en este caso, comerciando con la vena sensible-. Serán cosas de románticos, eso de llevar a las personas más allá de sus límites naturales para alcanzar el éxtasis emocional...
Pero, dejando a un lado las cuestiones éticas, no hay que obviar que Welcome ha algunos aplausos. Cosa que no han logrado todas las películas vistas hasta al momento.
Ahasin Wetei / Between Two Worlds,
de Vimukthi Jayasundara
Hablando sobre la reacción de los espectadores, precisamente la proyección de Between Two Worlds fue la que provocó más fugas de la sala. En cierto modo, ya lo preveía su director Jayasundara, quien reconoció que probablemente el público de Sri Lanka sería el más receptivo a su película. Porque, cargada de referencias a las leyendas populares, puede resultar algo críptica desde occidente. Con todo, siempre queda la opción de dejarse maravillar por sus apabullantes encuadres y las relaciones que establece.
De un impacto visual indudable, Between Two Worlds se inicia con un hombre que, literalmente caído desde el cielo, se zambulle en mitad del mar. Una vez arrastrado por el oleaje hasta la costa, llega hasta una ciudad apocalíptica en que las pantallas (de ordenador, televisores, de vigilancia, etc.) son el objeto de la ira popular. Total desconcierto para el recién llegado, quien se suma al tumulto de personas que aporrean a un sujeto disfrazado de Micky Mouse.
Las calles vacías, intransitables a causa de las carcasas de televisores, receptores y antenas, reflejan un conflicto latente que nos es tan desconocido como al sujeto que Jayasundara toma como guía de la película. Siguiendo su camino, saldremos de la violencia de la ciudad hasta llegar a los campos de cultivo y la selva.
Película metafórica, Between Two Worlds recurre a la composición visual y la música para embarcarnos en un viaje tan azaroso como mágico. Sin una estructura narrativa clara, y sin apenas diálogos, Jayasundara embellece el placer de la vida en consonancia con la natura y las tradiciones populares. Ese lugar ya simbólico, que sustituye la palabrería que escupen los medios de comunicación por la tradición oral, y en el que el paso del tiempo cobra otra dimensión.
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47 FICXixón, Festival de cine de Gijón (3): ausencias oficiales







