Éxtasis final
Escribe Daniela T. Montoya
La llegada del fin de semana, como es habitual en la programación de los festivales, se recupera el interés que podría haber caído en la medianía. Pero es que en Gijón la traca final ha sido potente.
Se hizo esperar hasta el último día Waltz with Bashir, la aclamada película de animación sobre la guerra del Líbano; y el día anterior tocó el turno al último trabajo de Claire Denis: 35 Shots of Rhum. Entretanto, dos películas con niños se convirtieron en el centro de las conversaciones. Desde el otro lado del océano, la argentina Celina Murga ha conseguido con Una semana solos ser apadrinada por Martin Scorsese; y desde Francia Sykvue Verheyde sorprende con la historia de una niña muy lúcida, Stella.
Asimismo, en la Sección oficial a competición pudimos ver El cielo, la tierra y la lluvia, del chileno José Luís Torres Leiva, una película sensitiva sobre existencias aisladas; y Ballast, de Lande Hammer, en torno a la supervivencia anímica de un reducido grupo familiar.
Y fuera de la competición, la neozelandesa A Song of Good, de Gregory King, sorprendió con el giro final que da a esta historia, por cierto nada excepcional, de caída a los infiernos de las drogas, la precariedad laboral y fractura familiar.
Tampoco es excepcional la alemana Berlin Calling, de Hannes Stöhr, donde el protagonismo recae sobre un disc-jockey tan entregado a los excesos de la noche que acaba en el hospital. Esta vez, psiquiátrico.
Fue, también, en este espacio fuera de concurso donde tuvo cabida la única producción íntegramente española, Las dos vidas de Andrés Rabadán. Basada en la vida del ya no tan joven Andrés quien en 1994, contando con 19 años, asesinó con una ballesta a su padre. Pero, a pesar de tener un poso documental, este primer largometraje de Ventura Durall adopta la forma de ficción. En ella Alex Brendemühl, quien se está convirtiendo un experto en sujetos abstraídos en su introspección, asume el peso de esta historia que trata de plasmar, también, los deseos y recuerdos que se ocultan tras el mudismo de Rabadán. Así, conjugando lo onírico con la agria parsimonia de los procedimientos carcelarios, esta realización con amplio equipo catalán se distancia de la marca estrictamente documental que viene caracterizando el cine enraizado en el proyecto de Máster entre las universidades Pompeu Fabra y Autónoma de Barcelona. Sin embargo Durall, formado en la ESCAC, contando con la colaboración de Andrés Rabadán en la escritura del guión, se permite transgredir lo estrictamente perceptible para ahondar en la realidad psicológica.
De transgresiones también tratan los trabajos de Peter Tscherkassky aunque, en este caso, se circunscriben a la materialidad de la película en sí misma. Son cortometrajes que él mismo define como “experimentales” (que no “vanguardia”), porque se apropia literalmente de fragmentos para recomponerlos cual collage fílmico. Unas veces quebrantando la imagen, otras la continuidad sonora, el director austriaco manipula el material fotográfico (de ahí, la necesidad de trabajar en blanco y negro) dando lugar a irónicas composiciones temporales en las que los fotogramas chocan entre sí, los planos tropiezan con los límites de la pantalla y los contraplanos son directamente desechados. Estamos en el ámbito de las reflexiones metafílmicas.
El mismo espacio, aunque más discursivo, en el que se sitúa la película Reflexos de Chaplin. Compuesta con cuatro cortos-miradas de Albert Serra, Isaki Lacuesta, Lluís Hereu y Pere Vilà, enlaza con la práctica (últimamente habitual) de congregar directores que aporten distintos puntos de vista sobre un tema común. En este caso, la presencia de Chaplin y su estilo en la cinematografía contemporánea.
Entre los actos paralelos que organiza el festival, el miércoles tuvo lugar la mesa redonda con algunas de las directoras del ciclo Una parte del cielo. Teniendo por “maestra de ceremonias” a Nuria Vidal, responsable de la publicación auspiciada por el Festival Directoras en el nuevo milenio, la charla congregó a Carolina Astudillo (De monstruos y faldas, 2008), Kristina Humle (Krama Mig / Love and happiness, 2005), Aneta Lesnikovska (Does it hurt? The First Balkan Dogma, 2007), Peque Varela (1977, 2007) y Patricia Ferreira (Para que no me olvides, 2005).
Directoras jóvenes que expusieron sus motivaciones para comenzar a interesarse por la dirección de cine; constataron las dificultades que existen para sacar adelante los proyectos; hicieron cuentas, evidenciando cómo aún la presencia de mujeres en la realización de películas es escasa; y se debatió sobre la idiosincrasia distintiva del cine hecho por mujeres. Sin duda, este último aspecto era el más interesante de abordar aunque, quizás por la inexperiencia o juventud de las directoras congregadas a la mesa, la cuestión resultó un poco vaga.
¿Tienen las mujeres una forma diferente de tratar temas comunes? Quizás la mejor respuesta sea ver sus películas. Por ejemplo, además de las mencionadas anteriormente, se han programado en dicho ciclo Les bureaux de Dieu (Claire Simon, 2008), Friss Levegö (Agnes Kocsis, 2006), Hola Me Tight, Let Me Go (Kim Longinotto, 2007), Verfolgt (Angelina Maccarone) o La caja de Pandora / Pandoranin kutusu (Yeşim Ustaoğlu, 2008). Pero también tener presentes directoras, cuyos nombres han resonado en el festival, tales como las argentinas Lucrecia Martel y Celina Murga, Sylvie Verheyde o Claire Denis.
Ballast
Dirigido por Lance Hammer
Con una carrera brevísima a sus espaldas, contando tan sólo con un cortometraje (Issaquena, 2002) y este largometraje Ballast, el californiano Lance Hammer irrumpe con una historia contundente y perfectamente entrelazada.
En el delta del Mississippi, Lawrence deja de querer vivir. Su hermano gemelo, con quien compartía el trabajo en el colmado y gasolinera de la zona, se ha suicidado. Pero este treintañero, a pesar de su voluntad, no consigue que la pistola ponga fin a la depresión. Tras un lapsus indeterminado en el hospital, y recuperado ya de las heridas físicas del disparo en el pecho, Lawrence es incapaz de retomar su vida anterior a la desgracia. Por otro lado, su sobrino James, adolescente que empieza a flirtear con las drogas, comenzará a visitarle para conseguir dinero. Obviamente, la pistola que porta el joven de poco sirve para amedrentar a Lawrence. Así, sin efectivo para saldar la deuda contraída con los camellos, la violenta advertencia que éstos últimos efectúan recae también sobre Marlee, la desesperada madre de James. Hundidos los tres en sus respectivos pozos sin fondo, la convivencia forzosa se convierte en la vía de escape a sus penurias (emocionales en unos, económicas en otros).
Hammer engarza sin precipitarse esta historia de seres perdidos. Con una composición atenta de los planos, va fundiendo las diferencias iniciales, que distanciaban a estos sujetos, hasta cohabitar el mismo espacio. Los reproches se transforman en sugerencias, y las órdenes en enseñanzas. Es el giro conductual que plantea Ballast. Optar por subsistir implica considerar el vínculo de dependencia que se establece entre ellos, esto es, una relación triangular en la que no existe subordinación de ninguna de las partes.
Una difícil apuesta, pues, ya que sería más fácil dejarse llevar por una historia de trifulcas, a causa de los escarceos con las drogas, y de denuncia de las paupérrimas condiciones sociales de la mano de obra que desciende de los esclavos del siglo pasado. Sin embargo, Hammer echa una mano a sus protagonistas para ver cómo luchan por recuperar su autoestima.
El cielo, la tierra y la lluvia
Dirigido por José Luis Torres Leiva
El ser humano queda empequeñecido ante la grandiosidad de la naturaleza. Por más que a través del conocimiento (científico o mágico) se quiera controlarla, la magnitud de los fenómenos naturales siempre sobrepasa cualquier intento de apresarla. Y es esta naturaleza, en su dimensión otoñal y plomiza, la omnipresente protagonista de El cielo, la tierra y la lluvia.
Película sensitiva, por los paisajes chilenos que contempla se entrecruzan cuatro sujetos inconexos. Apenas se intercambian palabras. Lo de menos es lo que se puedan decir, porque más importantes que ellos está el cielo, el bosque, la lluvia o el mar. La grandiosidad del entorno les absorbe minimizando, con ello, el interés por el discurso. Integrados en el entorno, es su fisicalidad la que actúa en el filme.
La enfermedad, la vejez o el dolor limitan las posibilidades de acción tanto como el mar que separa la isla de la península. Son condicionantes físicos que esculpen un carácter sereno a los personajes de El cielo, la tierra y la lluvia. Como, por ejemplo, que para poder llegar a la otra orilla se ha de aguardar pacientemente el lento ir y venir del trasbordador; o que el peso de una bolsa de manzanas, por más que se esté agradecido por el regalo, es imposible cargar durante el largo trayecto de vuelta a casa; o que, por más que se desee salir huyendo, hay que esperar a que amaine la lluvia.
35 Shots of Rhum
Dirigido por Claire Denis
El resentimiento que contenía El odio (La haine, de Mathieu Kassovitz, 1995) ha quedado atrás. La vida de los descendientes de inmigrantes, pobladores de los barrios periféricos de París, en 35 Shots of Rhum ya no es totalmente gris. Siguen coexistiendo con crisis existenciales, la economía sigue sin ser boyante, y la comunidad sigue autorregulándose organizando sus propias actividades de encuentro. Pero el tempo ha cambiado.
La última película de Claire Denis es un paréntesis en el contexto cinematográfico actual. En 35 Shots of Rhum, contrapunto de los controlados ritmos dramáticos habituales, Denis retiene los gestos para revelar las intenciones. Las acciones son sustituidas por instantes. Los desencadenantes no son motivo de interés.
Podríamos divagar sobre la incidencia del azar y lo imprevisible en el destino, pero basta con recrearse con el deleite de un momento. De varios momentos. De esas situaciones vaciadas de interés pragmático que, precisamente por ello, dan pie a la exposición desnuda de sentimientos.
Con 35 Shots of Rhum se puede continuar hablando de gueto, pero éste ya no es causa de frustración ni altercados sociales. La insatisfacción no es corrosiva ni explota en agresiones virulentas (y espectaculares). La familia, aún siendo monoparental, no tiene por qué ser un nicho de conflictos. Ni la necesidad del roce sexual es una excusa barata para captar el morbo de un posible incesto. Ninguno de los tópicos que se barajan en la narrativa actual interesan.
Denis prefiere, con ritmo calmo, retratar sujetos cuya integridad proviene de ser conscientes de su situación emocional. Sus rutinas exponen sus deseos, y sus miradas delatan la imposibilidad de dar alcance a algunos de ellos. Así, en el banlieu de 35 Shots of Rhum, con sus prominentes apartamentos-colmena y plazas duras, tiene cabida la ternura. Entre padre e hija, entre amigos, entre novios, con el cliente, o entre compañeros de trabajo. Es la melodía del afecto y del respeto la que bailan reunidos en un excepcional bar, ese en donde se refugian de las inclemencias.
Una semana solos
Dirigido por Celina Murga
Una semana, ese es el tiempo que los padres de Una semana solos estiman dejar a sus hijos mientras se van de vacaciones. No pueden perder días de clase. Y, quedando al cargo de una mucama, además de estar resguardos por la estricta vigilancia de la urbanización de lujo en la que residen, no ha de haber ningún problema. Es un contexto apacible, producto del deseo de comodidad, conjugada con la proximidad a la naturaleza, que ansiaba la burguesía argentina a finales de los años setenta. El resultado son countrys, como en el que se ubica el segundo largometraje de Celina Murga. Urbanizaciones acotadas, ultravigiladas, con extensos espacios ajardinados, en donde ni las preocupaciones ni las responsabilidades tienen cabida.
El grupo de niños que quedan a su libre albedrío en la urbanización le sirve a Murga para descargar su crítica contra la mansa burguesía argentina que, décadas atrás, y al contrario del ejemplo francés, se refugió en su propio bienestar.
Es un tema que, curiosamente, también está latente en La mujer rubia, de su compatriota Lucrecia Martel, aunque Murga prefiere centrarse en la situación presente observando cómo matan el tedio y confrontando las diferencias de clases.
Los protagonistas de Una semana solos son chavales, de entre 7 y 14 años, cuyo subidón de adrenalina procede de la invasión momentánea de los chalets de sus vecinos. Curiosear entre las cosas de los ausentes, catar nuevos sabores e ingeniárselas para tomar el pelo a los guardias es el juego que practican en sus ratos libres. Y, de vez en cuando, darse un chapuzón en la piscina o ir a bailar en la fiesta organizada por la comunidad.
En principio, todo muy tranquilo, e incluso muy naif, hasta que aparece el hermano pequeño de la mucama. Un adolescente cuya sola presencia incomoda. “¿Por qué?”, le pregunta la madre del líder de la pandilla cuando éste le pide que interceda para que lo expulsen de la comunidad. “No sé, ¡me molesta!”.
Molesta ver al pobre, que carece de la seguridad de quien nunca ha rendido (ni rendirá) cuentas ante nadie. Incomoda tanto como ese paisaje de chabolas que queda en la cuneta cuando regresan del colegio privado. Él pertenece a otra realidad, y así se lo hacen notar cuando, invitado por su hermana, intenta acceder a la urbanización. Él proviene de esa realidad del mundo exterior, tan extraña como los marcianos, en que uno mismo puede prepararse el desayuno, con 18 años se pueden tener hijos y en lugar de ir a clase se trabaja todos los días.
Stella
Dirigido por Sylvie Verheyde
Stella bien puede ser la antítesis de Amelie, la protagonista de la película de Jean-Pierre Jeunet (Amelie, 2001). También fémina, su punto de vista filtra la realidad urdiendo una cosmovisión fuera de lo convencional. Es cuestión de sacar a flote esa mirada infantil, ajena a las pautas sociales, que hace que los elementos más simples adquieran otra dimensión semántica. Pero hasta aquí las similitudes entre Amelie y Stella, porque el tono y el contenido son radicalmente opuestos.
Finales de los años setenta, a la entrada del liceo francés se pasa lista: Guerard, Fançois, Nadine, Jacques y… Stella Vlamick?! Esta claro que hay una pieza que no encaja.
Stella es el retrato cruento de dos realidades opuestas entre las que esta niña de 10 años se encuentra inmersa. Por un lado, el mundo del bar marginal (¿o marginado?) regentado por sus padres, con una clientela constituida por parias sociales que han aprendido a ayudarse, resulta acogedor a pesar de las incomodidades del ajetreo. Frente a éste, la escuela elitista donde acaba de ingresar Stella, en la que las niñas rubias y listas deslumbran, y en donde se exige destacar. Son dos mundos paralelos, el de la calle y el académico, cuyas enseñanzas son opuestas. Reinventarlos, rechazarlos, enfrentarse o adaptarse, son los dilemas por los que se mueve esta niña que, a pesar de sentir que la vida va contra ella (como nos afirma en la canción final), no tiene miedo.
Verheyde realiza una extraordinaria película en la que la dirección artística es clave. Definida la estética por esos tonos opacos, a veces blanquecinos, tan característicos de la fotografía de los años setenta, las dos cosmovisiones opuestas adquieren un nexo de unión. Así, los dos contextos por los que se mueve Stella son igualmente tan decrépitos como fantásticos. Ninguno es más paradisíaco que el otro, en los dos se pueden pasar penurias igualmente dramáticas y, por supuesto, no todas las personas que pululan por ellos son necesariamente gentiles.
Con el coraje que imprime a su protagonista, Stella se pasa por el forro las convenciones sociales dando lugar a una película agridulce.
Vals con Bashir (Waltz with Bashir)
Dirigido por Ari Folman
El año pasado ya demostró Marjane Satrapi con Persépolis que la animación en dos dimensiones sirve para documentar el pasado. En esos momentos de desastibilización social y guerras, en las que no hay cámaras para grabar el desastre (sólo las televisiones estadounidenses se despliegan para especular con el horror), parece que el recuerdo es el mejor medio para analizar qué es lo que ocurrió.
Pero el director de cine israelí Ari Folman no se acuerda de su participación como miliciano en la primera Guerra del Líbano. Sabe que estuvo allí, que tuvo que estar empuñando un arma, patrullando en tanque, y asediando la ciudad de Beirut. Pero lo ha borrado de su memoria. Por ello, en su intento por recordar, se entrevista con antiguos compañeros que le narren las experiencias que compartieron hace 25 años. De este trabajo personal de investigación surge Vals con Bashir, un excepcional ejercicio artístico y de recuperación de la memoria.
Recreación en dos dimensiones de las entrevistas y la incursión bélica, con Vals con Bashir Folman engarza las acciones del pasado con la evaluación que permite la perspectiva desde el presente. Así, desde la distancia, se puede imprimir a los dibujos el estado anímico de quien, vigilando cómo las Falanges Libanesas se adentran en los campos de refugiados palestinos, se tiene la impresión de ser ejecutor de una matanza como la que padeció su propio pueblo en el pasado. Sabra y Chatila, campamentos palestinos en donde, durante tres días de ataques, se masacró a la población, en su mayoría civiles.
Quizás por eso cueste tanto recordarlo.
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46 Festival internacional de cine de Gijón (5): últimos días







