lunes 21 de mayo de 2012

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46 Festival internacional de cine de Gijón (3): sueños de hoy

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Deseos, proyectos de vida y circunstancias
Escribe Daniela T. Montoya

Sin duda, los festivales suelen aprovechar la mayor afluencia del fin de semana para programar los platos fuertes. Entre los anticipos de estrenos inminentes, se proyectaron La caja de Pandora (Pandoranin kutusu / Pandora’s Box, de Yesim Ustaoglu), una de las películas destacadas en el Festival de San Sebastián, y La mujer rubia, que contó con la presencia de su directora Lucrecia Martel para presentarla.

Asimismo, y cumpliendo con esa vertiente de los festivales de posibilitar el acceso del público, sobretodo a aquellas películas que no gozan de una cómoda distribución, tuvo su ocasión el renombrado filme El cant dels ocells, de Albert Serra.

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Llama la atención cómo, desde tres espacios diferentes, se ha cuestionado la construcción de la realidad. Christopher Bell pone en tela de juicio en Bigger, Stronger, Faster el uso interesado que se hace de los medios de comunicación. Principalmente, con finalidades políticas (imperialistas y/o económicas), y siempre con la argumentación “multiusos” del patriotismo, desde los medios se propagan tanto modelos a seguir como se censuran determinadas actitudes. Como ejemplo, en el documental de Bell, injustificadamente se criminaliza el uso de esteroides cuando, por otra parte, se promueven modelos sociales que están asociados a su uso.

También los teóricos Thom Andersen y Noël Burch, con Red Hollywood (1995), estudia un gran número de películas, realizadas en Hollywood durante los años 50, en las que es evidente la criminalización que se realizó de los comunistas.

Por otra parte, dejando atrás las relaciones unidireccionales de los medios de masas, con Adoration Atom Egoyan se hace eco de las conexiones en red para analizar la reconstrucción del recuerdo. Es en ese espacio (teóricamente de libre acceso), en que las conexiones de personas son infinitas, el lugar donde se puede recuperar el diálogo y la conversación (herramientas claves del pensamiento humano). Pero, también, es el lugar donde las opiniones de la rumorología tienen vía libre, donde la intransigencia y la intolerancia pueden imponerse sobre la coherencia, y/o donde la conjunción de pequeñas piezas pude llevar a recomponer distintas historias, versiones diferentes de los hechos.

Entre tanto, las películas a competición proyectadas durante el fin de semana parecen haberse programado con alevosía. Su coincidencia temática, a saber, los sueños que sus respectivos protagonistas aspiran alcanzar, establece un vínculo imposible entre estas historias provenientes de lugares distantes entre sí. Desde el sur de Argentina, hasta el norte de Estados Unidos, pasando también por Kazajstán y el Reino Unido. Se han proyectado en la Sección oficial, respectivamente, Salamandra, Wendy and Lucy,  Tulpan y A Complete History of My Sexual Failures.



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Wendy and Lucy
Dirigido por Nelly Reichardt

Segundo largometraje de la Nelly Reichardt (Old Joy, 2006), Wendy and Lucy encaja con ese modelo de historias mínimas con el que Carlos Sorín “triunfó” en el Festival de San Sebastián del año 2002. Son películas con argumentos que se aferran a la simplicidad, pero que guardan una enjundia dramática que cautiva al espectador.

Wendy es una joven que viaja con lo puesto para iniciar el sueño de una vida próspera en Alaska. Le acompaña el afecto de Lucy, su perra mezcla de cazador y fiel labrador. Ahorrando hasta el último centavo, duerme en el destartalado auto y se asea en los lavabos de las gasolineras. La cuenta de gastos está destinada principalmente al combustible que necesita para recorrer los más de 1.000 kilómetros que la separan de un puesto de trabajo en una conservera de pescado. Y, como es de suponer, su presupuesto inane le lleva a hurtar el alimento imprescindible en un supermercado cualquiera de una ciudad cualquiera. Pero la mala suerte se ceba con Wendy y esta ciudad, que tenía que ser un lugar de paso donde echar una cabezadita, pondrá a prueba a Wendy.

Wendy and Lucy rezuma el aliento perseverante de Alvin, el octogenario protagonista de Una historia verdadera (The Straight Story, 1999), de David Lynch. Esta road-movie frustrada por las circunstancias, adquiere aires de western contemporáneo al lanzar a su protagonista a la conquista (esta vez, hacia el norte) de la tierra prometida. Aquella en la que tendrá casa, trabajo y, por tanto, posibilidades de formar una familia feliz.

Pero la andanza solitaria de esta joven se hará cuesta arriba cuando su medio de transporte se quede sin aliento. Atrapada en territorio desconocido, la hostilidad de la ley aparecerá encarnada en un mozo, quien parece aspirar a ser empleado del mes del supermercado en que Wendy hace acopio de víveres. “La norma es la norma, es igual para todos y todos deben cumplirla”, argumenta el joven con el fin de convencer al desganado jefe para que haga cumplir la ley. Poco importa que la aplicación del castigo no sirva de ejemplo para la comunidad porque, recordémoslo, Wendy está de paso por estas tierras.

La aplicación tajante de la pena, más allá del coste económico y las “molestias” de ser fichada, tendrá consecuencias dramáticas para Wendy. Todo el proceso, incluyendo la torpeza de un agente, conllevará tanto tiempo que la perra Lucy ya no estará esperando a Wendy en la puerta del supermercado.

Expuesto el problema, Reichardt pasa a la observación psicológica de su protagonista. Aproximándose con naturalidad, esta atípica directora estadounidense retrata con gran sensibilidad la caída a los infiernos de quien soñaba con una vida mejor. Sin su coche-refugio, y sin contar con el cariño de su fiel acompañante, Wendy carga a sus espaldas sus escasos enseres y su cojín mientras busca desesperadamente a Lucy. Pero la agresividad de la vida a la intemperie irá minando su autoestima.

Es Wendy and Lucy un cine de antihéroes, en donde lo espectacular es levantarse un día más con ilusión de querer seguir adelante a pesar de las adversidades, a pesar de tener que renunciar lo que uno más quiere.



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Salamandra
Dirigida por Pablo Agüero

Es sorprendente la habilidad con que se mueve Pablo Agüero, en su primer largometraje Salamandra, por realidades agrietadas, casi esperpénticas, sin decidir ubicarse ni en la comedia ni en el drama.

Arranca con un niño jugando en soledad mientras se baña en una colorida bañera. Es Inti, quien vive tranquilamente con su abuela hasta que su madre Alba acude a recogerlo para irse lejos. Alba trata de explicar con entusiasmo la vida que planea realizar en el Bolsón, pero sus argumentaciones aturulladas no convencen. Pero eso poco importa, porque nada va a frenar la fantasía que Alba sueña despierta. Ni los deseos de Inti de seguir viviendo feliz con su abuela. Da igual, tampoco importan, ya que ni siquiera le pregunta.

El viaje forzoso de Inti, hacia el “paraíso” terrenal que imagina Alba, podría tomarse por un secuestro. Pero sus intentos de escaparse de los planes de esa mujer ―a la que nunca llamará «madre»―, bien sea fugándose haciendo autostop, bien solicitando auxilio telefónico a su abuela, podrían tomarse por gags si no fuera porque están inscritas en la realidad.

Agüero permanece estupefacto mostrando los discursos que Alba va progresivamente reformulando: una vez se deja la puerta abierta para sentir la libertad, al día siguiente se cierra con candado por seguridad. Trata de convencer a Inti, pero también a sí misma. Pero éste, astuto lazarillo, maquinará pequeñas venganzas contra quien le ha despojado de su vida ingenuamente feliz de niño.

En un primer momento reinstalados en una comuna hippie que dista mucho de la comprometida convivencia, la alegría y el colorido de aquella que retratara Lukas Moodysson en Juntos (Tillsammans / Together, 2000). En donde ahora viven Alba y Inti, los huesos pueden ser utilizados como instrumentos de percusión, un manual de supervivencia se convierte en “cuento” de antes de dormir, las hojas de una vieja Biblia suplen la falta de papel higiénico. El hedonismo individualista sumerge en el fango los sueños de Alba. Pero ella es incansable y su optimismo ciego es desbordante. Sólo Alba es capaz de imaginar que una caja puede convertirse en librería y mesita para la lámpara, cuando en realidad habitan en una cabaña donde no disponen ni de corriente eléctrica.

Alba es la personificación del pensamiento bricoleur (del que habló el antropólogo Lévi Strauss), siendo capaz de readaptar su entorno hasta lo imposible. Pero, allí donde ella ve el paraíso, Inti sigue viendo una caja destartalada, una choza sin recursos y un lugar inhóspito. Y he aquí el punto fuerte del filme, a saber, sin tener que recurrir al discurso verbal, ser capaz de mostrar la contraposición de dos puntos de vista inconmensurables. Por un lado, el de Alba, quien cuelga, en cada nuevo antro que habitan, esa foto idílica de una familia, viviendo en plena naturaleza desnudos, alcanzando el ansiado karma. Mientras, en la pared opuesta, un dibujo de Inti, en el que un monigote entre palmeras pide auxilio. No basta con decir «yo te cuidaré» si luego, como hace Inti con el gato, te tiran contra el suelo.



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Tulpan
Dirigida por Sergey Devortsevoy

Otra de las joyas del fin de semana fue Tulpan, también primer largometraje del kazajo Sergey Devortsevoy. Ganadora del premio a la mejor película de la sección Un Certain Regard en Cannes, por ahora ha sido la única película de la Sección oficial aplaudida.

Obviamente, los paisajes y la forma de vida de la estepa de Kazajstán nos recuerdan la vida también nómada de la familia de La historia del camello que llora (Die Geschichte Vom Weinenden Kamel, de B. Davaa y L. Falorni, 2004). Sin embargo, su discurso está más próximo a la iraní Avaze gonjeshk-ha / The Song of Sparrows (de Majad Majidi, 2008) que pudimos ver entre las perlas del reciente Festival de San Sebastián.

Partiendo del joven Asa, recién licenciado de la Marina, que aspira a regresar a su lugar de nacimiento y trabajar cuidando a su propio ganado, se plantea la oposición entre la vida sacrificada del campesino y el consumismo de la ciudad.

Extraordinario trabajo antropológico, Dvortsevoy imprime en cada plano tanta franqueza como extenso es el horizonte de la estepa. Manteniendo los planos, y evitando el montaje cuando basta con girar la cámara, este director diestro en documentales ahora recrea la historia del joven Asa.

Acogido por su hermana y su cuñado, la consecución de su sueño pasa por casarse. Pero la cosa no está fácil cuando, en decenas de kilómetros a la redonda, sólo hay una chica, Tulpan (Tulián). Quien, para colmo, le rechaza. Aún así, Asa es perseverante en su actitud. Quiere cumplir su sueño de echar raíces en la tierra en que creció. Ese lugar en que a uno le es indiferente que en las noticias anuncien un tremendo terremoto en Japón y, en cambio, le parte el corazón cuando no puede salvar la vida a un ternero recién nacido.

En el polo opuesto se encuentran su amigo Boni y la propia Tulpan. Ellos quieren huir del polvo y el frío, del cuidado permanente de los animales y de la vida nómada en la estepa. Para ellos, sobre todo para Boni, la felicidad está en las maravillas que muestran los recortes de las revistas. Televisores, coches y mujeres son el paraíso de la felicidad.



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La historia completa de mis fracasos sexuales (A Complete History of My Sexual Failures)
Dirigida por Christ Waitt

Christ Waitt no tiene ningún recato a la hora de exhibir en una película su desastrada vida de pareja. Bien porque ha tocado fondo tras la última ruptura, bien porque su productor le demanda que realice algún trabajo, Waitt mata dos pájaros de un tiro y en La historia completa de mis fracasos sexuales toma por proyecto investigar sus malogradas historias de pareja.

Entrado ya en la treintena, su agenda está plagada de nombres de mujeres. Son multitud de ex–novias. Londinenses o escocesas, conocidas desde la infancia o roces casuales, adictas al sexo o recatadas. Una gran variedad de mujeres que, a pesar de sus diferencias, coinciden en un mismo deseo: no volver a saber de Christ. Entonces, si no puede contar con testimonios, ¿cómo puede averiguar qué falla en sus relaciones de pareja?

Valiéndose de la comicidad y el desparpajo que tanto explotó el afamado Michael Moore (Fahrenheit 9/11, Bowling for Columbine), Waitt construye sobre la marcha su proyecto fílmico-amoroso. Ante el primer revés, acude a su hogar para ver si su madre (la única mujer a la que no le queda más remedio que aguantarle) le echa un cable. Y apenas abrirle la puerta ya le está dando soluciones.

Ella le consigue material para sacar adelante este documental, convenciendo a ex–novias para dejarse entrevistar, y hurgando en el baúl de los recuerdos postales de las chicas que le escribían sus pasiones (tanto de deseos como de odio); a la vez que le expone el centro del problema, esto es, su carencia de compromiso, unido al desaliño total de su vida (tanto al vestir, al adecentar su casa, al alimentarse e incluso se intuye, también, laboral). Pero la sinceridad de su madre (y, posteriormente, de un psicólogo, de un urólogo y de su gran amor de universidad) no le convence como argumento y Christ se emperra en alargar la cinta con una idea tópicamente masculina: el problema de que le dejen a las primeras de cambio se encuentra en su entrepierna.

Seguro que el desparpajo con que La historia completa de mis fracasos sexuales redunda en esta “víctima” de las relaciones sexuales atraerá a muchos jóvenes, que se reirán de lo lindo con el extenuante exhibicionismo de su director-protagonista. Pero esta cinta de Christ Waitt, realizador de cortos y series para televisión, no aporta nada más al cine.

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