Todos, y también la ciudad, contentos
Escribe Adolfo Bellido López
Fotos Elvira Ramos
(Huelva, 23 de noviembre de 2008)
Huelva ha cerrado con éxito su 34 edición. La ciudad se ha volcado con el festival. Y el festival con la ciudad. Un amor compartido. Las largas colas, los llenos en las sesiones han puesto de relieve el interés de los habitantes de Huelva por ver cine, por apoyar a su festival.
Pregunté, en una sesión a una de las espectadoras, si había ido a muchas películas: “A la mayoría. Es que, sabe, aquí no tenemos cines. Bueno, sí los tenemos, pero están en las afueras. Así, aquí, en el centro, podemos ver muchas películas que de otra manera no veríamos. Cuando hace años comenzó este festival el público iba a las películas. Luego cambiaron al director y se empeñaron en hacerlo muy elitista. Sólo parecía que era para la gente del cine. Los de la ciudad les dimos, o nos dieron, la espalda. Fueron años en los que tampoco en la calle se sentía esta celebración. Hace dos años, creo que fue hace dos años, cambió el director y otra vez se recuperó el calor anterior. Ya habrá visto que ahora por todas las partes hay banderitas, alfombras que conducen al teatro, niños en las sesiones que se hacen para ellos. Y la gente ha vuelto a llenar los cines. Lo agradecemos”.
Es cierto, como hemos dicho en anteriores artículos, Huelva huele a festival. En todo: en los anuncios, en el centro Colón siempre activo, en los comercios, en las alfombras roja o azul que llevan respectivamente al Gran Teatro o al Palacio de Congresos (edificio Colón). Se habla y se siente el cine en las calles, en los bares o en sus terrazas abiertas a un agradecido sol que se ha derramado por la ciudad en estos días de noviembre. Sobre todo en los lugares cercanos al Gran Teatro.
El que sea una ciudad encantadoramente pequeña, hospitalaria, transitable, amiga, facilita las cosas. La gente no parece tener prisa. El tiempo a ritmo lento marca el constante ir y venir de las gentes por las numerosas calles peatonales del centro de la ciudad.
El festival ha sabido elegir una fórmula y está convencido de que es la correcta. Lo es en cuanto a proyecciones, a actos organizados alrededor de ellas. También en su apertura a Iberoamérica o en la presencia de directores y profesionales de aquí y del otro lado del charco. Lo es en cuanto hay un acceso directo a la gente que viene y a los muchos asistentes, visitantes de aquí y de allá.
Todo, en el certamen, funciona como un mecanismo bien engrasado. La organización es casi perfecta, la comunicación con unos y otros muy fluida. Nadie se da importancia. El director, por ejemplo, permanece prácticamente en el anonimato. Como una pieza más del engranaje. Sin darse importancia.
Cada festival de cine tiene su puntito, claro. Junto a sus pros y sus contras, quizá no sea demasiado importante pero, por ejemplo, ahí están esa linternita para que la prensa pueda escribir en la oscuridad con la que nos obsequió Huesca, junto a los libros que edita; o el refrigerio siempre preparado para la prensa, junto a las publicaciones o el periódico diario de la Seminci; o el rigor de San Sebastián; o la presencia de la juventud en Cinema Jove y Gijón… De Huelva ya hemos dicho lo que tiene.
Señas de identidad de unos y otros, en lo malo y en lo bueno. Siempre, cuando nos referimos a los festivales, hablamos de los que hemos pasado este año. Me figuro que de los otros también se podrán decir muchas cosas.
No todo en Huelva es perfecto. Como tampoco nadie lo somos. Aquí se echan en falta, por ejemplo, publicaciones sobre los personajes homenajeados o un diario editado por el festival.
Alguien como Humberto Solas, el afamado director cubano recientemente fallecido, homenajeado este año, era merecedor de un amplio estudio. Su obra es demasiado importante como para no dedicarle una publicación. Un libro que además hubiera sido lógicamente sobre una obra totalmente cerrada. Y me refiero a ello ya que sobre otros homenajeados no era tan fácil editar esa publicación.
Sí, claro, podría haberse hecho sobre Juan Luis Galiardo, actor homenajeado, o sobre el singular productor y exhibidor González Macho. Menos, probablemente, sobre Azcona, figura sobre quien ya se han emborronado bastantes páginas. Las últimas en el festival de Valladolid, donde se unió a su trabajo con Marco Ferreri. Aunque no hubiera estado nada mal haber tratado en profundidad la larga trayectoria del guionista de Plácido, porque realmente, a pesar de lo mucho que se ha dicho sobre su labor como guionista, no es oro todo lo que trazó su pluma. Junto a enormes guiones ha escrito otros que parecen trazados a desgana, con prisa o como necesidad. Pero esa, ahora, no es la cuestión.
No estaría mal, pues, que el festival de Huelva se abriera a publicaciones y que también tuvieran en cuenta alguno de sus foros. Hay muchos más a su alrededor (y quizás aportaciones valiosas) que los allí representados. Es el caso, ya expuesto en ocasiones anteriores, de las jornadas sobre la crítica. Demasiado cerradas y herméticas, casi centradas en amigos o gente amigable. Ese y otros foros deberían ser revisados.
Dar también pie a amplios ciclos de diferentes países iberoamericanos y abrirse a una más amplia participación en cortos (demasiado reducida actualmente) y largos de esos países equilibrando el cine de los realizadores consolidados con el de los más jóvenes. Explicitar quizás también la diferencia entre las diferentes secciones y muy especialmente entre la oficial y la denominada La Rábida. Realizar un amplio homenaje, además, a un determinado país en el que se presente tanto su pasado (es decir su historia fílmica aunque sea escasa) como su presente.
Acotaciones al palmarés
Por la mañana del último día del certamen tuvo lugar la lectura de los premios. Lleno absoluto en la sala donde se llevó a cabo. Había representantes de las películas proyectadas y de la prensa, junto a jóvenes aficionados. Se leyeron los premios oficiales y los no oficiales. Entre estos últimos, aunque todos sean de interés, quiero destacar dos.
Uno, el concedido por los internos de la prisión de Huelva. Allí se proyectaron las películas a concurso. Dos internos acompañados de un funcionario (suponemos) de prisiones, subieron a leer el acta. El tímido intento de uno de los reclusos por tomar la hoja y leer lo que en ella estaba escrito fue cortado de raíz por el celoso acompañante quien arrebató prácticamente la hoja del interno. Dejó claro que era él quien debía y tenía que leerla. ¿Acaso pensaba que el recluso iba a lanzar una perorata al público asistente en reivindicación de no sé que cosa? Santa libertad. El premio dado se denominaba llave de la libertad.
El otro premio era insólito, no en sí mismo, pero sí por el hecho de que fuera proclamado en pleno acto de lectura del palmarés. Correspondía darlo a los representantes de un instituto de Bachillerato. No premiaban películas juveniles o infantiles. No, premiaban lo que consideraban el mejor corto y largo proyectado en la Sección oficial. Un ejemplo a seguir.
Fue el primer premio que se leyó correspondiente al largometraje designado por instituto. Una alumna, probablemente de segundo de Bachillerato, leyó lo escrito. Su lectura causó sorpresa en muchos rostros. No por el premio, simplemente porque no se le entendió nada de lo que dijo. Una azafata situada a nuestro lado nos explicó la razón: habla como hablan los de Huelva… Un hecho que, reflexionado, a lo mejor hace pensar a ciertos valencianos que aseguran que su idioma nada tiene que ver con el catalán. Claro, no les entienden cuando hablan. ¡País!
Hubo otros premios concedidos por los arquitectos y por otros colectivos además de los otorgados por el jurado oficial. Premios todos que se pueden leer en el correspondiente palmarés que se encuentra al final de este artículo.
En general los premios fueron acertados, casi en su totalidad. Se puede discrepar, sin mayor acritud, en los recibidos por la película española Esperpentos, dirigida por José Luis García Sánchez. Ni José Luis Alcaine, aunque fuera en compañía de Javier Salmones, necesita ningún reconocimiento por su meritoria labor, ni mucho menos Juan Luis Galiardo era quien (y no por deméritos o méritos) debía haber recibido el premio al mejor actor, simplemente por una razón (¿acaso ética?): el actor era una de las personas homenajeadas por el certamen. Pero estaba claro que la película española (remontaje para el cine de una serie televisiva que además supone el último guión que escribiera Azcona en colaboración con su gran amigo José Luis García Sánchez) no podía irse de vacío.
Como tampoco podía faltar en el palmarés Morenita, una de las películas más promocionadas del festival y que contó con la participación de muchos componentes (y familiares) del filme. Todos ellos supieron venderlo con su simpatía y calidad humana, aunque el premio a la mejor dirección le cayese demasiado grande.
Mucho más interesante fue el otro filme mexicano a concurso, Parque Vía de Enrique Rivero, que también fue señalado en el palmarés. Opera prima importante de próximo estreno en España a través de la distribuidora Wanda Films y que nada menos venía de alcanzar el primer premio en el importante festival de Locarno (Suiza), celebrado en agosto.
Acaso también el interesante filme colombiano Paraíso Travel acaparase demasiados premios.
Acto de clausura
El acto de clausura emitido en directo por TV2 fue corto. Los maestros de ceremonia, con ese humor suyo tan personal como –para algunos– penoso, corrió a cargo de Pedro Reyes y Pablo Carbonell. El público rió sus gracias. No demasiado, lo justo. El momento más emotivo se produjo cuando se nombró a Azcona. Entonces fue cuando los aplausos arreciaron.
El resto ya se sabe. Recogida y entrega de premios con ausencia de algunos galardonados, con alguna salida a destiempo junto a la curiosa transformación de un personaje a otro. Es decir, lo de siempre. Con momentos afortunados o desafortunados. La sala repleta de público. Antes de la clausura fue obligado el pase por la alfombra, que era azul en vez de roja (se llevó a cabo en centro Colón). En la misma entrada, antes de subir la escalera, nos encontrábamos con un espectáculo de tango: música y baile. Focos y glamour. Fotos por aquí y por allá. Algunas mujeres estrambóticamente peripuestas. Todos a la espera de que la televisión diera el pistoletazo de salida al espectáculo televisivo.
No hubo proyección. El acto duró alrededor de una hora. Foto final de todos los premiados ocupando el escenario y los autocares preparados para llevar a los invitados a la despedida del festival: una última y multitudinaria recepción. Unos y otros nos despedimos de Huelva. Cada uno a nuestro modo la llevamos muy dentro.
Premios no oficiales
Premio Instituto de Secundaria Pablo Neruda al mejor largometraje
Paraíso Travel (Colombia) de Simón Brand
Premio Instituto de Secundaria Pablo Neruda al mejor cortometraje
Porque hay cosas que nunca se olvidan (Argentina) de Lucas Figueroa
Premio de arquitectura
Parque Vía (México) de Enrique Rivero
Premio Asociación de la prensa
Parque Vía (México) de Enrique Rivero
Radio Televisión Andaluza
Porque hay cosas que nunca se olvidan (Argentina) de Lucas Figueroa
Premio La llave de la libertad (internos de la prisión de Huelva)
La milagrosa (Colombia-México) de Rafa Lara
Premio Radio Exterior de España
Paraíso Travel (Colombia) de Simón Brand
Premio del público
Paraíso Travel (Colombia) de Simón Brand
Premios Oficiales
Colón de plata a la mejor fotografía
José Luis Alcaine y Javier Salmones por Esperpentos (España)
Colón de plata al mejor guión
Alonso Torres y Carlos Moreno por Perro come perro (Colombia)
Colón de plata al mejor actor
Juan Luis Galiardo por Esperpentos (España)
Colón de plata a la mejor actriz
Valeria Bertuccelli por Lluvia (Argentina)
Colón de plata a la mejor dirección
Alan Jonson Gavica por Morenita (México)
Premio especial del jurado
Lluvia (Argentina) de Paula Hernández
Colón de oro a la mejor película
La buena vida (Chile) de Andrés Wood
La buena vida
de Andrés Wood (Chile)
El premio a la mejor película pienso que es indiscutible. Es de todos los filmes presentados el más compacto, el más profesional. Su realizador, el chileno Andres Wood, a pesar de su juventud, ha dirigido ya varias películas. La última estrenada entre nosotros fue la irregular Machuca.
La buena vida, la cinta premiada, es muy superior a su crónica anterior sobre los últimos días del gobierno de Allende. El discutible tono panfletario que allí empleaba se convierte aquí en una crónica del actual transitar diario por la ciudad de Santiago de Chile.
La narración es un complejo caminar por varios personajes y sus respectivas historias. Un método bastante utilizado en el cine de hoy. Historias de personajes que se cruzan y no se encuentran o se encuentran. Uno de los filmes que pusieron de moda este tipo de cine fue sin duda Vidas cruzadas de Altman, aunque algunos prefieran recordar Magnolia de Paul T. Anderson.
En La buena vida los personajes de las tres historias principales, a lo sumo, se cruzan sin conocerse o reconocerse. Son cruces en el camino, en la calle, en un autobús. Seres que quizá pudieron conocerse pero que no lo hicieron, o en tal caso seres que sin cruzarse realizaron actos que influyeron en la vida de los otros.
Comienzo y final idénticos. Apertura y cierre sobre individuos que realizan los mismos actos en el despertar de una ciudad: llamadas de móvil a móvil, autobuses saliendo hacía su destino, coches atascados… Alguien que lee un periódico y que quizá no vea, o se interese, por la noticia que habla de un niño desaparecido o de una mujer fallecida. Discurrir de días, de horas. Caminar en una ciudad que unas veces es hosca, otras triste y, otras, las menos, es alegre.
Uno de los personajes es una asistente social que trata de “educar” a las prostitutas. Separada, a su pesar, madre de una chica adolescente que escribe un libro titulado La buena vida. Desea que su marido vuelva. Un día descubre casualmente que él tiene trato con prostitutas. De entre todas prefiere a aquella que en la primera secuencia, en la “clase” impartida por su mujer, dijo aquello de que ya podría enseñarle cómo se ponen los preservativos a sus clientes… con la boca. Hubo risas de las compañeras de la hablante. Seriedad, y pensamiento, de la “profesora”. ¿Cómo imaginar que uno de los clientes era su “serio” ex–marido?
Una historia, como se ve, como tantas otras. Nada del otro mundo. Incluso, tampoco es original, que algún personaje de la película escriba una novela que se llame igual que la película que vemos. Eso mismo ocurría hace poco en El nido vacío. Tampoco son demasiado novedosas el resto de las historias que alternan lo sentimental, lo, ligeramente, humorístico y lo trágico. Sobre todo lo trágico, porque el filme muestra el triste destino de unos seres que viven juntos pero que se desconocen, que no entienden nada de lo que pasa alrededor, que anhelan el triunfo y viven inmersos en el fracaso o en la oscuridad.
Ansias de vida, de luz y de silencios. De muchos silencios y de dolor. De eso habla el filme. Quizá existan (escasos) personajes metidos a la fuerza en el entorno general como la india indigente y luego muerta o su hijo abandonado, desaparecido, probablemente también muerto. Son las mayores víctimas del teatro de la vida. Pero también las más forzadas.
Seres dibujados con sus pocas alegrías y sus múltiples desengaños. El querer y el no querer, el sentir sin sentir. El amor, el dolor… Película de sentimientos, fácil y compleja. Un retrato amplio de una sociedad repleto de personajes secundarios (en general) excelentemente trazados (la madre del estilista, el anciano al que han dado el puesto en la orquesta, la hija rebelde, el jefe de los carabineros…) que cohabitan en la vida de la gran ciudad y que “viven” gracias a un buen guión.
Andrés Wood ha dirigido un apreciable filme que funciona casi sin fisuras al compás de la música del personaje del flautista componiendo la gran sinfonía de una ciudad en marcha. Ese es el gran tema (reiterado en otros muchos títulos) de este interesante el filme, el mejor sin duda que ha filmado hasta el momento su director. Y para mí muy superior a su discutible Machuca.
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34 Festival de cine iberoamericano de Huelva (5): balance







