34 Festival de cine iberoamericano de Huelva (4): amigos

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El azar, las carabelas, Galiardo y los mariachis
Escribe Adolfo Bellido López
Fotos Elvira Ramos
(Huelva, 21 de noviembre de 2008)

Hoy ha sido el día de los encuentros personales. Algunos enormemente casuales, otros propios de los que se producen en cualquier festival.

El día en el que nosotros llegamos salía de aquí para Gijón un asiduo festivalero como es Antonio Llorens. A lo largo del resto de los días de estancia en el festival hemos tenido ocasión de encontrar a personas perdidas en el tiempo, como Antonio Giménez Rico, que fue compañero crítico de la revista Cinestudio. Hace años que no nos veíamos, él dedicado a sus películas, yo a mis clases de química y de cine. Cada uno en su oficio, alejados ambos, en el espacio, por nuestras respectivas ocupaciones.

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Menos raro ha sido el saludo, más que encuentro, con Joan Álvarez, responsable hace unos años de la Filmoteca Valenciana y uno de los impulsores de los excelentes cursos sobre guiones de cine que se imparten en la UIMP de Valencia.

Extraño, no obstante, fue el encuentro y la larga conversación que luego mantuvimos con Emilio Mayorga, un valenciano que, hace años, fue el responsable del interesante programa Encuadres de Canal 9 – Televisión Valenciana. Alejado de Valencia, vivió años en Nueva York, para recabar actualmente en Barcelona como corresponsal de la revista Variety. Un encuentro inesperado producido en una de las muchas fiestas y recepciones que promueve con muy buen criterio este festival de Huelva.

Con Emilio hemos mantenido uno de estos días una larga charla sobre realidades y proyectos. Le pregunté sobre el Encuentro de la crítica. Tampoco parece saber demasiado sobre ello, aunque le parece que a esas jornadas ha asistido una de las colaboradoras de la revista Cahiers du cinema en España. Algo que quiero aclarar, si es así, como rectificación a lo que decía en mi anterior crónica de la ausencia de tal revista. De todas maneras por aquí, al menos los días que he estado, no ha aparecido su director, Carlos Heredero.

Desde luego el festival de Huelva tiene ángel. Y eso que lo mejor aún estaba por llegar.

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El día de Juan Luis Galiardo

El Festival iberoamericano premia todos los años a un cineasta con el premio Ciudad de Huelva. Este año tal galardón ha correspondido al actor Juan Luis Galiardo. Hoy, día de la entrega del premio, desde buena mañana ha sido el actor la figura indiscutible del certamen y de la ciudad.

El amplio espacio abierto del edificio Colón, sede del certamen, acoge a lo largo de las mañana al alumnado de imagen y sonido de los centros de la ciudad. Jóvenes alumnos y alumnas enfocan sus cámaras de fotos y de vídeo a todo cuanto transita por el lugar con dirección a las salas de prensa, al teatro (el Colón) existente en el recinto o a las salas que albergan las diferentes ruedas de prensa. Es agradable sentarse en los bancos que por allí hay y ver la frenética actividad de estos chicos y chicas, al tiempo que se sigue el trasiego de los niños y niñas que acuden a las sesiones matinales que aquí se proyectan. El alumnado quizás sea más tranquilo y ordenado que el asistente (por las mañanas) a las salas del complejo Aqualon. Probablemente el espacio también facilita el diferente comportamiento.

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Críticos presurosos por llegar a la sala de ordenadores para enviar sus diarias crónicas o jóvenes con sus proyectos bajo el brazo en busca de productor o colaborador atraviesan los jardines del edificio Colón. Allí hemos conocido a Sadrak Zmork, diplomada por la Escac, realizadora del cortometraje La semilla y que ahora prepara su primer largo, Hija de la aurora. Habla de ello con ardor y espera con cariño llevarlo a cabo mientras también pone su amor en el niño que le nacerá en el próximo enero. Los jardines del Palacio de Congresos, de este edificio Colón, vibran y bullen, mientras van cambiando de gente, de andares, a lo largo del día.

El de hoy es un día especial. Todos esperan la llegada de Galiardo. Hay dos ruedas de prensa programadas por la mañana: la de la película mexicana Morenita y la de la película brasileña Feliz Navidad, que ya hemos comentado.

El plato fuerte vendrá a continuación de esta segunda rueda de prensa, porque se celebrará la de Galiardo, quien estará acompañado, entre otros, de José Luis García Sánchez, director de la película Esperpentos, que inauguró el festival y que fue programada desde un triple óptica: en la Sección oficial, en el homenaje a Azcona y como parte de la retrospectiva de Juan Luis Galiardo.

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El programa de las mañanas de RNE se ha trasladado a Huelva. Se emite desde el edificio Colón, en una sala cercana a aquella en la que tienen lugar las ruedas de prensa. Allí se espera prácticamente cerrar el programa con Galiardo en directo. Llega cerca de la una y media de la tarde. Está solicito con todos, abierto, campechano. Accede a fotografiarse cómo y dónde le piden los periodistas gráficos. Sube y baja escaleras, le pasan de un sitio a otro. Y a todos sonríe y saluda. Luego habla en la radio, antes de acudir a la rueda de prensa. Está realmente en su sitio en todo momento. Es Galiardo en estado puro. Gracioso, dicharachero, ocurrente, agradable y agradecido con todos. Extiende su mano hacia todo el que intenta saludarle, aquí y en la calle, regala abrazos, está, como dice, agradecido de repartir amor. Bromea con García Sánchez, dialoga informal con la prensa, presenta y abraza efusivamente a su hija. Todo un carácter.

Por la noche el Gran Teatro se viene abajo con la proclamación del premio Ciudad de Huelva. Muchos amigos en el homenaje. No faltan claro ni García Sánchez, ni Giménez Rico… Pero también está un director hoy casi olvidado, Julio Diamante, con sus muchos años a cuesta. Junto a ellos muchos más: amigos, familiares, críticos, jóvenes y menos jóvenes y habitantes de esta ciudad que arde estos días en amor al cine.

La entrada de Galiardo en la sala, repartiendo saludos, es espectacular. Pasa tiempo antes que la agitación se amortigüe y los flashes dejen en su asiento tranquilamente al homenajeado. Cuando el ambiente se ha calmado aparecen en el escenario del Gran Teatro los dos presentadores del acto. Recuerdan que el actor nació en San Roque (Cadíz) aunque se siente vinculado en cierta manera a Huelva. Nos cuentan cómo Galiardo habla de su felicidad, a comienzos de los años sesenta, en Punta Umbría y su paso posterior por la zona de Río Tinto.
Galiardo, que comenzó los estudios de Económicas, los dejó para embarcarse en la aventura de la interpretación. En los años ochenta, en México, intervino en varias películas. Al volver a España trabajó en cine y en televisión. Intervino en la película de Giménez Rico El disputado voto del señor Cayo y en la serie televisiva Turno de oficio, donde actuó junto a Echanove. Ambos intervinieron a continuación en varias películas, que se iniciaron con Madregilda de Paco Regueiro y Suspiros de España y Portugal de García Sánchez, primera parte de una serie de filmes satíricos.

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Juan Luis Galiardo pasa después del cine de Saura al de Gutiérrez Aragón, sin olvidar el de García Sánchez o el de Giménez Rico. Ganador del Goya al mejor intérprete con filmes como El vuelo de la paloma y Adiós con el corazón, la obra del actor es amplia, alternando las películas con sus interpretaciones teatrales como la de la obra Humo, que actualmente lleva en gira, y que llegará a este mismo teatro de Huelva en diciembre.

En el acto intervinieron algunos de sus amigos. En primer lugar García Sánchez, quien recordó al intérprete de muchas de sus películas, al que “intento domar”. Luego fue su amigo Antonio Oporto quien habló de su relación muy especial como contertulio dentro de las reuniones semanales de un grupo de andaluces residentes en Madrid y compañero de natación, deporte donde, dijo, “Galiardo es un as ya que hace cincuenta metros lisos en cuarenta segundos”. Antonio terminó sus palabras proclamando la admiración que siente por el actor.

A continuación otro amigo del homenajeado, Manuel Luengo, comentó cómo se hicieron amigos nada más conocerse, cuando Juan Luis le dijo que se parecía a su psiquiatra.

Con los tres amigos en el escenario, subió Galiardo a recoger el premio. Entre otras cosas dijo que cuando se hace algo hay que hacerlo con pasión, Para él este premio es muy importante. Se hizo actor cuando, muy joven, afectado por la muerte de su madre, decidió que actuar era lo mejor para poder conocer, dar amor a la gente y descubrir en los otros las diferentes caras o personalidades que hay dentro de uno mismo. “Lo he conseguido” –afirmó– “luego ya puedo morirme tranquilo”.

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María Elías, su actual mujer, fue la encargada de darle el premio. La locutora, al pedir que María subiera al escenario cometió un lapsus que rectifico rápidamente, pero que fue captado por el actor. Dijo que el premio le sería entregado por su mujer Carmen Elias. El actor tomaría el micrófono para con humor decir que con Carmen había tenido algo, pero que de María había tenido el amor y el cuerpo.

Con emoción, María le entregó el premio. Galiardo lo recogió extendiéndose en elogios a su mujer a la que besó como prueba de su gran amor hacia ella. Terminó diciendo más o menos que no entendía qué era eso del glamour, que él sólo sabía de bares, tabernas y de gente. Para acabar exclamando: “Bendita sea la madre que parió a este gran festival y a sus gestores”.

El teatro se venía abajo coreando su nombre, tocando las palmas por bulerías de Huelva, lo que llevó a Galiardo a trazar unos pases de flamenco.

A continuación se proyectó, en homenaje al actor, la película Familia de Fernando León de Aranoa. Mientras en el interior los espectadores veían las primeras imágenes del filme, en el exterior, primero en el hall y luego en la calle, la fiesta por Galiardo continuaba con sus amigos. La ciudad que ama el cine, también proclamaba el amor por un actor al que consideran casi suyo y al que dentro de pocos días recibirá como actor teatral en ese mismo escenario donde ha recogido el premio.

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El muelle de las carabelas o el juego del azar

Como es el día de Galiardo, la Diputación de Hueva ha organizado una estupenda recepción en el muelle de las carabelas, servida por la excelente escuela de hostelería de Islantilla, ese lugar privilegiado situado entre Isla Cristina y Lepe donde se desarrolla un festival especializado en series televisivas y del que este año dieron cuenta, en esta misma sección de Encadenados, nuestros redactores María Sánchez y José.

No nos trasladan en autobús hasta Islantilla, sino hasta cerca de Palos de Moguer, en la zona de la Rábida, donde la mayoría de los historiadores (siempre hay alguno más original o inquieto que dice no ser así: ¿ansias de notoriedad o realidad histórica?) sitúa el comienzo de la gran aventura de Colón.

Allí se han reproducido, incluso dotándolas de vejez, tres carabelas que simulan ser la Pinta, la Niña y la Santa María. Un centro de visitantes, un espectáculo audiovisual y las tres carabelas visitables en profundidad y extensión. Subidas y bajadas por escaleras de madera hacia el puente de mando o las bodegas. Hay reproducciones de personajes, de marineros escalando por las cuerdas, y del propio Colón en su habitación estudiando mapas, pensativo… La mirada de un viaje al tiempo, a la Historia.

En el muelle tiene lugar la recepción. Los políticos han recibido a Galiardo y sus amigos. Allí también nosotros saludamos a José Luis García Sánchez, ayudante de muchas películas de Basilio Martín Patino, amigos y emparentados familiarmente. José Luis nació también en Salamanca, como Elvira y el firmante de estas líneas. No fue allí donde nació Basilio, pero lo hizo en la provincia en el pueblo de Lumbrales. Pero tanto da, porque desde muy pequeño, Basi vivió en la capital. Hoy José Luis sigue haciendo películas, algunas más arriesgadas que otras, pero sin que haya podido lograr esa obra redonda que anunciaron algunos de sus primeros títulos, aunque sí ha conseguido éxitos populares. Basilio hoy está dedicado de lleno a la experimentación audiovisual. Sin importarle los años, sigue en una línea de búsqueda. Lo suyo es la innovación constante.

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Pregunto a Giménez Rico sobre amigos perdidos en el tiempo, recabo su opinión sobre algunas de las películas vistas en el festival, sonríe ante esta pregunta y dice que, ya se sabe, como jurado debe guardar silencio. Hay conversaciones a destajo, transacciones de proyectos. El día es espléndido. Antonio me presenta a otro de nuestra generación, otra de las viejas glorias de aquellos años gloriosos del cine español, que también forma parte del jurado: Ángel Sánchez Harguindey.

Huelva, su festival, se está convirtiendo en una especie de túnel por el que caminar en el tiempo y eso que lo sorprendente aún no se ha producido. Y será aquí en el muelle de las carabelas.

Comemos los delicados platos preparados por la Escuela de repostería de Islantilla. La gente se une en grupos alrededor de las mesas, o pasea entre ellas. Después de ir de una a otra huyendo del sol que cae sobre el muelle, Elvira y yo, acabamos en una situada entre sol y sombra. Allí charlamos con una mujer encantadora que es de Huelva. Nos habla de platos típicos de la tierra. Nos pregunta sobre nuestra procedencia y actividad. A su lado, su marido, del que nos dice es cronista deportivo y crítico de cine, habla con un amigo. En un momento, cuando la conversación va decayendo, nos presenta al marido. Dice conocer a Paco Nadal, el cronista deportivo valenciano, ya jubilado. Le pregunto por su dedicación a la critica de cine. Comenta ser de Sevilla y haberse iniciado a través de la emisora Vida sevillana. Eso lo conozco bien. He tenido grandes amigos unidos a la etapa del cineclub Vida, de donde surgieron muchos críticos importantes. Algunos, incluso, se convirtieron en directores y ocuparon cargos de importancia en el mundo de la cinematografía, como Claudio Guerín o Carlos Gortari, al que reencontré años atrás, curiosamente muy cerca, en la Rábida, en una Universidad de Verano: fue en unos cursos que coordinó Gortari con Juan de Pablos, catedrático de Universidad y uno de los redactores de Encadenados

Seguimos hablando. Le digo que conozco a muchos de aquel cineclub Vida y que con muchos tuve una gran amistad. Algunos perdidos en el tiempo, con otros sigo en contacto, como Rafael Utrera. Me pregunta por los amigos perdidos en el tiempo. Hablamos en concreto de uno: varias veces coincidimos en el festival de Valladolid. Hicimos una gran amistad. Creo que lleva actualmente un programa de cine en una emisora de Sevilla. Su nombre, Paco Casado. Una sonrisa y una sorpresa. Su amigo, con el que ha estado hablando hace un momento, es… efectivamente, Paco Casado. Nos miramos. Hace más de treinta y tantos años que no nos hemos visto. Hemos estado uno al lado del otro y casi hemos estado a punto de seguir nuestros caminos sin reconocernos. Nos fundimos en un largo abrazo. Increíble pero cierto. Podíamos, entre los numerosos invitados que hay en esta recepción. Así es la vida.

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Las películas de Fritz Lang se nos aparecen entonces como reales, muy reales. Las sorpresas, los encuentros también son posibles. El de hoy ha sido un increíble regalo. Este festival de Huelva tiene algo de mágico. Parece tocado por una varita manejada por divertidos angelitos. Gran emoción en el encuentro. Surgen a raudales las anécdotas, el viaje hacia atrás tratando de desempolvar recuerdos, de rejuvenecer rostros. Nos volveremos a ver en lo poco que queda ya del festival.

Aquí, por el muelle de las carabelas, también andan convertidos en protagonistas, junto a Galiardo, los responsables de la película mexicana Morenita, que hoy se pasa en el Gran Teatro. Director, productor y un actor que por momentos hacen recordar al tenista Rafa Nadal, se mueven junto a otros personajes unidos por la película. Antes de la rueda de prensa matinal hemos hablado con el actor –joven, culto, inteligente– y con el productor, mientras al director, Alan Jonson Gavica, le están haciendo una entrevista en los jardines del Edificio Colón. El equipo sabe vender bien su película, como demostraron además en la presentación oficial que tiene lugar en el Gran Teatro. Todo un ejemplo de marketing. Bien y de forma correcta.

Al final de la proyección, incluso, hubo una sorpresa. A la puerta del cine esperaban a los espectadores unos mariachi, que tocaron varias conocidas canciones de la tierra. Todo un espectáculo. Aunque la película sea… otra cosa.


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Morenita  
de Alan Jonson Gavica (México)

Se puede decir de este filme que es curioso, que tiene una gran idea, que en algunos momentos tiene imágenes potentes, pero también hay que decir que no se ha sabido sacar de él todo aquello que sobre el papel ofertaba.

Una suelta de una gran cantidad de palomas mensajeras abre la película. Un protagonista casado, al parecer pintor, que vive en compañía de su mujer embarazada y de su abuelo, un extraño personaje que está al cuidado del camerino de la Virgen de Guadalupe… Una película costumbrista y sencilla, aparentemente. Todo se rompe cuando, desde la alegría, el abuelo tiene un grave problema de corazón. Se necesita una operación urgente. No hay manera de conseguir dinero. Mateo, bien interpretado por Ignacio López, busca la forma de obtenerlo, Ni los antiguos amigos del abuelo –al parecer embarcado en el pasado en oscuros negocios represores–, ni la Iglesia le prestan el dinero para la operación, por lo que se pone en contacto con uno de los jefes del narcotráfico de Tijuana, al que al parecer el joven conoció en la cárcel.

Se trata de pactar la entrega de palomas para transportar droga a los Estados Unidos. Todo va bien hasta que las palomas “deciden” no hacer la entrega. Hay entonces que pagar la deuda. A nuestros resabiados y apesadumbrados protagonistas, “condenados” a muerte por los narcos si no pagan su deuda en cinco días, se les ocurre una idea genial: robar la Virgen de Guadalupe y pedir un rescate.

He creído necesario contar el argumento, porque ahí es donde radica lo mejor de este filme tan inconcreto como rápido. Pasan muchas cosas, se mezclan personajes y situaciones, pero todo de forma precipitada, ingenua. Los personajes entran y desaparecen de acuerdo al guión y el espectador tiene que suponer cosas que no están matizadas. ¿Cómo se produce el entrenamiento de las palomas para que puedan llevar la droga a los Estados Unidos? ¿Por qué Mateo, el protagonista, ha estado en la cárcel? ¿Cuáles han sido los anteriores “pecados” del abuelo? ¿De que viven los protagonistas?

Si esas preguntas atañen a la realidad y existencia de los protagonistas del filme, otro tanto habrá que decir a sus idas y vuelta. Interrogantes que atañen a la simplista forma del robo; a la incomprensible escena final, con la presencia del matrimonio que no sabe dónde dejar la imagen; o la escasa fuerza del encuentro de la Virgen por una pueblerina; o la enrevesada forma con la que se cuenta el asalto de los narcos y de la policía a la casa de los protagonistas; o la espera (asombrosa) del abuelo para ser interrogado por la familia cuando todos se preguntan dónde…

Una cosa es lo que se quiere y otra lo que se consigue. Este filme sobre el papel es interesante y logra que el espectador le tenga una cierta simpatía. Une narcotráfico, corrupción, religión, Todo de forma muy correcta. Incluso se trata de dar datos sobre el negocio que a gran escala puede suponer el obtener (por el “pueblo”) el rescate de la venerada imagen. Y añadir, además, que la policía (en una tan disparatada como ingenua secuencia) también es corrupta: ofrece al ladrón de la imagen repartir el dinero del rescate. En este maremagnum de temas, la corrupción parece abrirse paso como el dominante de la historia. Pero eso también es un espejismo.

Demasiados elementos para tan pocos vuelos. El filme es precipitado hasta el punto que el espectador no tiene respiro ante el paso de un ambiente a otro, de una idea a otra. Casi (y esa su esperanza) no hay tiempo para pensar que aquello no funciona como debiera. Las escenas se suceden aisladas, sin que haya reflexión o unidad en lo que vemos. Todo ocurre porque sí, porque lo exige el guión. Diría que ni siquiera hay historia, sólo una idea que trata de alargarse a base de escenas secundarias que poco o nada van aportando a lo ya expuesto.

Ni siquiera el robo de la imagen venerada, de una ingenuidad apabullante, está realizado con una cierta credibilidad. Eso tiene que admitirlo el espectador convencido de que lo mostrado es importante. Lo es por supuesto, lo que ocurre es que la realización naufraga en la forma de contarlo, trasladarlo a imágenes. Por ejemplo, es muy pobre la forma de plantear la implicación fanático-religiosa que el robo de su Virgen tiene en el pueblo. Todo es muy light. Y visto de pasada, desde lejos, como si fuera la visión de una paloma convertida, a su pesar, en transportadora de droga.

Con todo, Morenita tiene algunas imágenes notables. E, insisto, sobre todo un tema grande que no ha sido explotado como se merecía. Quedan retazos de lo que pudo ser, pinturas emborronadas de un cuadro que no acaba por concretarse. De este equipo de personas, amables, cultas, entusiastas, hay que esperar mejores obras, filmes más acabados, con más enjundia. ¿Han sentido sus autores quizás miedo ante la bomba que tenían en sus manos? ¿Trataban de evitar ser acusados de esto o de aquello? A veces es difícil enfrentarse con temas como los aquí expuestos, símbolos de un pueblo. Sobre todo pensado que su propio pueblo puede rebelarse contra ellos y pasar a considerarlos personas no gratas. Y si no que se lo pregunten a Saviano y su Gomorra. Con las cosas de comer, de traficar y de embaucar al personal no se juega. Salvo peligro de muerte.

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