34 Festival de cine iberoamericano de Huelva (3): cine-cine

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Niños, jóvenes, productores, críticos y… familias
Escribe Adolfo Bellido López
Fotos Elvira Ramos
(Huelva, 20 de noviembre de 2008)

En Huelva hay numerosos foros de encuentros. Al ser una ciudad pequeña es posible que los encuentros personales sean más fáciles, que la gente se vea sin dificultad.

En tres lugares están concentradas todas las sesiones del festival. En el Palacio de Congresos y el centro Colón, además allí se llevan a cabo la mayor parte de los actos programados, como mesas redondas, cócteles, ruedas de prensa, fiestas… En todas los lugares y actos hay abundancia de espectadores. Incluso en las primeras sesiones de la mañana de la Sección oficial, aunque los que aparezcan por allí sean alumnos de no sé sabe qué instituto. Quizá se han equivocado y no han acudido a las otras salas del complejo de proyecciones donde se celebran las sesiones para infantiles y juveniles.

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La mayor parte de los festivales han acudido a esta formula: ofertar sesiones para escolares con películas, sobre todo, de animación. También se proyectan otras de ficción más o menos interesantes, pero son mínimas. Es una forma de animar a los niños y jóvenes para que vean cine y lo amen. Una manera, también, de aumentar el número de asistentes al festival. Aunque en este, ante el gran número de espectadores, no hace ninguna falta “lavar” la nómina de asistentes.

Pero los niños y los jóvenes actuales no saben mirar las películas, tampoco saben estar en el cine. Salen y vuelven a entrar. Un grupo de chicas preguntaban a una de las azafatas del festival si podían salir del recinto para… fumar un cigarro. Y si les dices que no, pasan al servicio para fumar tranquilamente mientras la película, a la que presumiblemente asisten con el colegio, sigue proyectándose. Esta juventud está hecha a  poder hablar mientras ve la televisión, también a los variados cortes publicitarios que acompañan a la (inacabable) proyección de una película. Por eso no entienden qué es una película o una sesión de cine.


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Premio Luis Buñuel

Uno de los actos de estos días ha sido la entrega por la Federación iberoamericana de productores cinematográficos y audiovisuales (FIPCA) del premio Luis Buñuel. Se concedió al interesante filme La hamaca paraguaya de Paz Encina. La película logró imponerse a los otros títulos finalistas que fueron Madrigal (Cuba) de Fernando Pérez, Azuloscurocasinegro (España) de Daniel Sánchez, El laberinto del fauno (México) de Guillermo del Toro y XXY (Argentina) de Lucía Puenzo.

La hamaca paraguaya es una coproducción entre Paraguay, Argentina, Francia, Holanda, Austria, Alemania y España. El filme narra la historia de una pareja de ancianos campesinos paraguayos que esperan el regreso de su hijo combatiente de la guerra del Chaco. Ellos sueñan esperanzados que siga vivo, y que cualquier día volverá a  la casa.

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La FIPCA celebra en el festival de Huelva su encuentro anual. Creada en 1997, esta entidad, que alberga a representantes de veinticinco asociaciones de productores iberoamericanos de dieciséis países diferentes, trabaja en la defensa de los intereses de una industria que fabrica sus producciones en una lengua común, al tiempo que promociona las coproducciones iberoamericanas.

Ha sido una actividad más del festival que también ha desarrollado durante los primeros días de este certamen el segundo Encuentro de la crítica internacional, bajo la dirección de Javier Tolentino, director del programa El séptimo vicio de Radio 3 de RNE, en colaboración con la Universidad Internacional de Andalucía.

Las jornadas han tratado de dialogar con críticos y realizadores sobre la vigencia de la crítica cinematográfica. Se trataba de que críticos y autores enriquecieran sus respectivos puntos de vista. Para ello han tenido lugar una serie de conferencias, mesas redondas y proyecciones. Entre los conferenciantes, además del director del encuentro, se encontraban Oti Rodríguez Marchante, del diario ABC; Mari Luz Clement, de la DPA; o María Núñez, de la Agencia Nacional de Comunicación de Buenos Aires.

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¿Efectivas, importantes y necesarias jornadas las de la crítica? Sí respecto a lo último, no al resto.

No se pueden llamar jornadas de la crítica a un encuentro que no cuenta con la presencia de los verdaderos medios cinematográficos críticos de aquí y de allá, o sea donde las revistas de cine  no intervienen. Porque en esas jornadas faltaban desde Dirigido a Cahiers du Cinema España o El amante… Tampoco había nombres importantes de éste, llamémoslo oficio, de ayer y de hoy, y me refiero a personas como Talens, Heredero, Company, Monterde, Costa, Losilla, Latorre, Castro, Pedraza, Aurea Ortiz… y muchos, muchos más, que son quienes hacen la (verdadera) crítica en este país.

Los diarios, televisiones o radios, salvo honrosas excepciones, hacen información, nunca análisis crítico. Y de ahí procede la organización y el desarrollo de las jornadas, lo cual no resulta serio y sí, como mínimo, raro. No basta que aparezcan por allí como dominantes algunos críticos “garcianos” (no marcianos, aunque a veces no exista gran diferencia), o sea conocidos por ser tertulianos de aquel desaparecido programa televisivo de cine de Garci, o escribientes que demuestren ser modernos porque se apunten a la moda blog o se declaren “boyeristas”. La crítica de cine y los críticos que la hacen son otra cosa. Una lastima que unos necesarios encuentros de la crítica queden reducidos a reuniones de amigos.

Si se quiere que sean unos verdaderos encuentros de cine hay que abrirlos a la totalidad e incluir a aquellos que trabajan y hacen las revistas de cine, al tiempo que se evita que las películas elegidas para la discusión o el entendimiento sean algo más que meros elementos decorativos y poco significativos. Porque, por ejemplo, a pesar de su gran importancia como película, ya me dirán qué pinta en tal encuentro la última película que dirigiera Ingmar Bergman, Saraband.

Por su parte por la Sección oficial siguieron caminando entre la esperanza y la desilusión diversas películas. Fue el caso de la argentina Mentiras piadosas y de la brasileña Feliz Navidad, ambas centradas en el mundo familiar.


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Mentiras piadosas
de Diego Sabanés (Argentina)

Película inspirada en un relato de Julio Cortázar, aunque en algunas páginas o referencias se olvide tan importante punto de partida, y en la que se cuenta, mejor o peor, la historia de la descomposición de una familia a través de las mentiras en torno a la extraña desaparición del hermano preferido de la casa, Pablo.

Un viaje a Paris es el desencadenante de la situación. Una marcha en un barco para intervenir allá en un concierto. Pablo será engullido por la marcha o el viaje, o, puesto a suponer, poner tierra por medio para huir de la familia. Ante la ausencia de noticias de Pablo, los dos hermanos restantes y los tíos deciden actuar por su cuenta. Jorge, el hermano que se queda, envidioso del amor (y de los amores) de Pablo, escribe cartas que siguen un largo periplo, viajan a Paris para que desde allí sean devueltas como si fueran del hermano desaparecido. Todo ello para que la madre se sienta feliz y correspondida por el amor de su hijo predilecto. Pero de Pablo nunca más se sabrá

Tal tema, en principio de enorme raigambre literario, sirve para narrar más cosas, algunas muy bien conseguidas y reflejadas con gran sutilidad, como es la conversión de Jorge en Pablo. El hermano relegado al segundo término quiere ser el otro. Un tema realmente interesante, querer ser el otro, aceptarse como tal siendo uno.

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Junto a ello, aparece la familia como elemento opresivo y opresor. La casa es el centro de un universo en decadencia. La madre enferma preside un clima de encerramiento y prisión. La casa lo es. Los personajes se encierran cada vez más, a lo mejor como improbable defensa, sin poder salir. Hay unos planos en los que se muestra la importancia de las llaves de las distintas habitaciones de la casa que en un casillero van mostrando ausencias. Llaves que cierran habitaciones y encierran a sus personajes.

No hay realmente salidas al exterior. Unos seres se van y otros mueren, pero la casa sigue estando presente, asfixiando a los que allí habitan, sin que sus habitantes se den cuenta. El plano final, con sus dos únicos habitantes “supervivientes” (los dos hermanos “unidos” y muertos en vida) es elocuente. Llaman a la puerta. Es la llamada exterior. No se mueven, siguen quietos en la casa antigua, negándose atender a la llamada, expresando su ruina y la ruina familiar, dialogando, y haciendo real, la historia que ellos mismos crearon, convertida en sus mentes como real: la (falsa) existencia maravillosa, triunfadora y feliz de Pablo en París.

Claustrofóbica, cuidada en sus mínimos detalles, bien interpretada, es un filme al que quizá le sobra metraje, y una mayor definición en sus propuestas, pero que muestra la feliz unión con el hermoso referente literario.

Diego Sabanés, realizador de varios cortos y de documentales para televisión, profesor en escuelas de cine (Barcelona o San Antonio de los Baños) ha rodado con Mentiras piadosas su primer largometraje. Una sinfonía de primeros planos que muestran, en definitiva, a unos personajes encerrados en sí mismos y en sus recuerdos, tratando de alterar sus propias historias. No es gratuito, por ejemplo, que en algunos momentos el filme nos lleve a la niñez de los tres hermanos por medio de flash backs. Son aclaratorios, sirven para comprender la existencia que viven.

Película intemporal, lenta, reflexiva y opresiva sobre el asfixiante mundo familiar.


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Feliz Navidad
de Selton Mello (Brasil)

Lo mejor que se puede decir de esta película es que se trata de una obra psicodélica y alucinógena; lo peor que es inaguantable, torpe, farragosa.

Como Mentiras piadosas, esta es otra opera prima. El realizador un afamado acto brasileño, Selton Mello, metido a director, también se introduce en el mundo familiar para mostrar sus particulares demonios. Todo ello bajo el prisma de una (aparente) felicidad momentánea: la celebración falsamente amorosa de la noche navideña. Unos personajes alucinados. Todos a cual más. Fantasmas surgidos de no se sabe dónde. Y que caminan ni se sabe adónde. Y unos niños que miran asombrados sin entender nada, o sea, como el espectador, intentado encontrar significados desconocidos que le hurtan los mayores en enciclopedias de Internet. El espectador no tiene esa fortuna dentro de la sala…

hu21-selton_mello.jpgPlanos inútiles (primerisimos algunos), colores alucinados, estrambóticos, encuadres risibles a fuerza de querer ser imaginativos. Una sin historia tratando de hablar de cosas reales. Ni interesan los personajes –inexistentes–, ni las pretenciosas imágenes, que en los últimos minutos dan lugar a una especie de traca final de cosas de aquí y de allá al son de una música estridente. Planos que tratan de ser reflejo de no se sabe qué, pero que en realidad son producto de las peores pesadillas. No se sabe si los seres mueren (niños incluidos), se suicidan voluntaria o involuntariamente, o son producto de sueños, efluvios alcohólicos o viajes alucinógenos.

Una sucesión de seres y de imágenes fantasmagóricas siembran el caos sobre los espectadores que, asombrados, no entienden absolutamente nada de tal sinfonía de ruidos e imágenes tan inútiles como pretenciosas.

El nuevo realizador parece prepararse y comerse todo. Fue también quien, en solitario, sin nadie que le presentase, al comienzo de la sesión se dirigió a los espectadores para decirles que estaba allí, era el director de lo que se les venía encima, y que al final esperaría a la salida de la sala para que quien quisiera le preguntase sobre la película. No comprobé, al salir, si los espectadores despavoridos habían puesto pies en polvorosa o hacían una larga cola delante del realizador para que le explicara qué era esa cosa que acaban de ver. Para huir…

Un filme que no representa para nada al cine brasileño actual.

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