34 Festival de cine iberoamericano de Huelva (2): en marcha

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Una ciudad y un festival
Escribe Adolfo Bellido López
Fotos Elvira Ramos
(Huelva, 19 de noviembre de 2008)

hu12-alex_pereira.jpgEn Huelva se siente, se huele cine. Pero no sólo por la presencia de los profesionales del cine de España e Iberoamérica que acuden a la anual llamada del festival, o por los críticos que, además de reunirse para ver películas, celebran un “encuentro”, sino también por los espectadores que llenan las distintas salas donde tienen lugar las sesiones.

Gente de la ciudad a quién no les importa esperar pacientemente largas colas a la espera que abran, por ejemplo, las puertas del Gran Teatro para una determinada sesión. Interesa y mucho ver la película de turno, y mejor si es de la Sección oficial, votar al final y comentar lo que se ha visto en algunos de los cercanos restaurantes o bares donde, al tiempo, se degustan exquisitos y sabrosos platos o deliciosas tapas.

Huelva es una fiesta, la fiesta del cine que se celebra como unión entre el allá y el acá, entre el aquí de dónde –con permiso de algún díscolo historiador– saliera Colón para llegar a las Indias, y el allí, esa tierra nueva en la que se habla –con permiso de Portugal– el español. Huelva acoge a las producciones de los países que algo deben o a los que algo se quitó –depende de quien lo mire– a la Península Ibérica.

La ciudad de Huelva recibe orgullosa a los visitantes de allá y de acá. A los allá porque es como si devolvieran un viaje, a los acá porque parecen llegar a la ciudad esperando volver a realizar un viaje de descubrimiento.

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Realmente ha sido un largo trayecto (ya treinta y cuatro ediciones) los realizados a lo largo de estos años de existencia del festival hacia la búsqueda de un cine desconocido o realizado, en determinados países, a cuentagotas. Como el filme que hoy llegaba a la Sección oficial, que era de Colombia. Una película que proponía un viaje de encuentro como si fuera en honor del mismo nombre que ostenta la ciudad a mayor gloria del descubridor –con permiso vikingo– de un nuevo continente.

Puede ser que este festival no atraiga a espectadores jóvenes de otras regiones de España, como puede ocurrir con Sitges o Gijón, que por uno u otro motivo se convierten en depositarios de un cine juvenil, bien por los gustos propios de esa edad o por el propio planteamiento experimental del festival. Pero también es verdad que ése no es el estilo de Huelva, ni su forma de hacer. Ni falta que le hace. Este festival tiene –y varios años así lo avalan– una entusiasta tradición de logros y de futuro abierto hacia el testimonio y el compromiso con un determinado cine, desde una lengua, una cultura y una historia.

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Un festival especializado

Huelva no es tampoco un festival abierto al cine de cualquier lugar. Lo suyo es muy concreto y a la vez muy amplio. No recorre pues el camino de San Sebastián o Valladolid. Ni siquiera el que ha iniciado la cercana Sevilla. Lo suyo es otra cosa. Ni trata de imitar, ni de superar a ninguno de ellos. Sabe lo que quiere y apuesta por ello. Los habitantes de la ciudad también. Basta ver la alegría e ímpetu con que entran en unas salas donde deben darse prisa para sentarse en una buena localidad porque sus entradas no están numeradas y saben, además, que en las sesiones de la Sección oficial, aunque sean abiertas, la crítica especializada tiene prioridad, incluso, para poder “saltarse” la cola de la entrada.

A la prensa especializada que acude se la trata bien. No puedo decir si mejor o peor que en otros festivales donde también se cuida mucho a los críticos, como pueden ser, por citar algunos, el de Valladolid (con esas estupendas publicaciones ofrecidas gratuitamente a los medios), Peñíscola (en estos momentos parece no estat claro si seguirá existiendo), Huesca, la muy cercana Islantilla…

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Se informa bien cada día de los actos que van a producirse, se entrega a cada periodista acreditado una hermosa cartera donde incluso puede guardar su ordenador, tiene acceso a una sala con ordenadores, aunque falte como en otros festivales la prensa del día o el pequeño refrigerio siempre a punto. Todo lo tiene a punto. Y en todas partes se ofrecen para solucionar los problemas. Lo fundamental es que las azafatas de prensa son eficaces, siempre una puede saber algo que otra ignora. Están siempre dispuestas a realizar un buen tercio de quites con su mejor sonrisa, mientras que en otro lugar, algunas compañeras, van poniendo en los respectivos casilleros las pertinentes notas diarias horneadas por los responsables del gabinete de prensa.

Las distintas secciones están funcionando como un reloj: actos de homenaje, proclamación de los Goya a la mejor producción Iberoamericana, mesas redondas y demás actividades que alberga el certamen.

Por lo que se refiere a cine habrá que hablar de alguno de los títulos que hemos visto dentro de la Sección oficial. No muchos realmente, ya que no hemos podido estar los primeros días del certamen, lo que desgraciadamente nos ha impedido ver importantes títulos imposibles de recuperar, pero sí los suficientes para comprobar que en algunos países pobres cinematográficamente el cine va teniendo un apreciable valor.


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Paraíso Travel
de Simon Brand
(Colombia)

Es el caso de la película colombiana Paraíso Travel de Simon Brand. Una cinematografía de la que nos llega muy poco cine (La vendedora de rosas fue una muy recomendable excepción) y de la que por lo tanto sabemos demasiado poco (hace ya muchos años se estrenaba en los cineclubs Tres historias colombianas, un caso casi único en esta cinematografía). Hoy sabemos, por ejemplo, que no hace mucho se celebró en Bogota un festival de cine y que en su programación había varias películas del país.

hu18-paraiso_travel.jpgParaíso Travel es la segunda película de Simon Brand, quien a los diecisiete años había realizado ya un vídeo musical. Su primera película la realizó en Los Ángeles. Se titulaba Mentes en blanco. La segunda transcurre a medias entre Colombia (concretamente en Medellín) y los Estados Unidos (en Nueva York en su mayor parte, al final en Atlanta). El filme ha recibido el primer premio en el Festival del cine latinoamericano de Los Angeles. La historia que narra trata sobre la emigración, el desarraigo, el encuentro y la pérdida. Es el largo viaje exterior e interior de un joven, Marlon, hasta que llega a encontrarse consigo mismo en la búsqueda desesperada de un esquivo y destructivo amor, Reina, y la presencia de una joven salvadora, Milagros, o al menos encauzadora de su vida.

Entre la denuncia, el documento y el tratado psicológico, el filme trata de organizar un viaje desorganizado. Primero, el de una serie de personas que quieren llegar a Estados Unidos pensado que allí encontrarán la riqueza; y segundo, el del protagonista en busca de la mujer que cree amar y a la que ha perdido. Una búsqueda que será su propia búsqueda. En ese itinerario, en el que se mezcla el ayer con el hoy como forma de enlazar y unir la historia, es donde se pasa revista a la lucha del emigrante para ser alguien en un país hostil.

Bienintencionado y hábil en la realización (incluso sabiendo sacar partido el director a su militancia videoclipera en la original resolución de algunos momentos: las escenas de amor, los momentos de la búsqueda de la chica por la ciudad, el instante en que se pierde Marlon en Nueva York); no logra, sin embargo, equilibrar la balanza entre sus diferentes núcleos narrativos, entre la existencia de unos personajes que aparecen como ángeles buenos dispuestos a ayudar a sus compatriotas como si fueran fieles samaritanos. Tampoco acierta en los tonos elegidos, que nunca se alinean de una forma conjunta y que van del naturalismo, al humor, al desaforado amour fou, a lo psicológico y a lo descriptivo.

Sobra también la insistencia en lo ya explícito, como por ejemplo, el aclarar por dónde camina la idea central, sobre todo a partir de la visita de la adivina. Algo claro desde el inicio. Un final en interrogante, rápido, sin solución, evita que la historia pueda caer hacia un lado o hacia el otro: lo feliz o lo infeliz.

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Lo mejor son algunos momentos, algunas ideas (el ruido continuo de bolas de billar en la casa de los okupas) y el sentido físico de un relato que nunca va a más, quizás porque empieza en un punto alto. Bien filmada (la persecución, por ejemplo, del protagonista por la policía en la ciudad desconocida, en un Nueva York que suena a real), se deja ver bien.

Se echan cosas de menos, pero lo que hay es acertado, sobre todo su dibujo de la emigración y su trasiego inhumano (el “transporte” de los colombianos a Estados Unidos nos lleva a recordar In this world de Winterbottom).

Con sus defectos, como la no muy coherente forma de tratar de “relacionar” el pasado –viaje hacia Estados Unidos– con el presente –estancia en Nueva York–, es una película que muestra sin medias tintas la mentira de los paraísos o la falsedad de los viajes que conducen hacía engañosos paraísos.

Lo peor es que al final no se sabe muy bien lo que se busca, si la felicidad, a uno mismo, a la madre perdida…

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