Un gran festival sin alfombras rojas
Escribe Adolfo Bellido López
Fotografías Elvira Ramos
Granada, 18 junio 2009
Cines del Sur de Granada es un festival distinto, importante y original. Dentro de los múltiples festivales que se celebran en España, ha optado por una opción tan difícil como diferente. Nada menos que atreverse con las cinematografías del Sur, un cine desconocido y que trata de abrirse paso por el mundo como testimonio de la realidad de unos países que, además de distantes, a veces nos resultan extraños.
Quizás no se entienda demasiado bien ese clasificación de cines del sur, porque el festival (y muy bien) amplia el Sur Geográfico a otras regiones que para nada limitan con esa demarcación. Como puede ser el caso más elocuente de México o de algunas países fronterizos con Rusia.
Cines del Sur considera que tal acepción abarca tanto a gran parte de América (exceptuando casi en forma exclusiva a Canadá y Estados Unidos), como Oceanía, África y Asía. O sea que sólo Europa se libraría de esta pertenencia con un mucho de aleatoria. Quizá es porque el festival se resiste a ponerse una etiqueta, también discutible, pero que resultaría más exacta, autodenominando al certamen como de cines del tercer mundo. También inexacta, claro, porque estarían representadas cinematografías que no se incluirían en ese bloque.
Es parecido a ese modelo de cines emergentes con el que ahora está de moda rebautizar a ciertos certámenes y entre los cuales se incluye, con gran alegría, a un país como Alemania. Pero, bueno, se trata de maneras de hablar. Lo importante no es el continente sino el contenido. En esto, Cines del Sur es grande en todos los sentidos.
Imposible abarcar todo lo que ofrece y que se distribuye por múltiples espacios de la hermosa, alegre y luminosa ciudad granadina: conferencias, talleres; cine al aire libre; sesiones especiales (de mañana) para la prensa con las correspondientes ruedas de prensa con los directores de los filmes a concurso; un homenaje al director mali Souleymane Cissé (con presencia del protagonista y proyección de toda su obra); otro al actor Omar Shariff (por su aportación y llegada desde el sur); un catálogo exhaustivo; dos excelentes publicaciones, una sobre el director homenajeado, titulada Souleymane Cissé, con los ojos de la eternidad, a cargo de Maria Coletti y Leonardo De Franceschi, y otra sobre el ciclo dedicado a la revolución cubana vista por los cineastas extranjeros (Intrusos en el paraíso. Los cineastas extranjeros en el cine cubano de los sesenta), de la que es autor Juan Antonio García Borrero.
En las diferentes secciones se han proyectado títulos interesantes y otros discutibles, como Hai Jiao qi hao de Wei Te-Sheng, Shirin de Kiarostami, Desierto adentro de Rodrigo Plá, 3 monos de Ceylan, Canciones para Palestina de Corcuera y Muguruza...
Dos filmes a concurso
De la Sección oficial por el momento hemos podido ver dos títulos muy diferentes en calidad. No en intenciones, ya que ambos intentan, aunque por diferente camino, mostrar la realidad, o cierto tipo de realidad, de su país. Se trata de Good cats de Yink Liang y Cantos desde los mares del Sur de Marat Sarulu.
Ying Liang, realizador chino, había estado en el festival en su primera edición. Con su tercer largometraje (tiene también en su haber numerosos cortos) vuelve a Cines del Sur en su tercera edición.
En la presentación comentó que la película estaba prohibida en su país y que trata un tema como es el de la especulación urbanística. Damos por hecho lo primero y lo entendemos viendo el filme, que habla de lo segundo como forma de denuncia del poder tratando de arremeter contra todo lo que encuentra a su paso con el fin de enriquecerse. El poder, venga de donde venga (hombres poderosos, políticos o gente del partido único del país) trata de enriquecerse a costa de lo que sea. Aunque ello sirva para llevarse por delante el trabajo (o la vida) de los campesinos.
Todo eso está muy bien, lo que ya no está tan bien es la forma, torpe y tosca, con la que se ha contado una historia que no acaba de despegar y cuyos problemas de producción se dejan entrever desde la primera secuencia, en la que el joven protagonista mirando directamente a la cámara (y por tanto al espectador) trata de definirse. Increíble en su forma de dar a conocer los conflicto, ausente de emoción, rodada en planos quietos largos y donde la acción transcurre (muchas veces a distancia) la película da tumbos sin que en ningún momento logre interesarnos por lo que está ocurriendo.
Una especie de mitin en el que los inversores y los jefes del pueblo aseguran prosperidad a los habitantes de la región, se narra, por ejemplo, sin que se vea a la gente que asiste y cuya existencia se intuye por sus aplausos. Sí, se ve una mancha humana al fondo. En primer plano una acción sin importancia de unos niños, un joven (el protagonista) que corretea con ellos y un coche. La razón del plano se intuye no como elemento descriptivo, estético u original sino tanto por la pobreza del rodaje que imposibilita la presencia de muchos actores como por la nula creatividad del director, concentrado en un plano inútil.
Lo anterior es un simple ejemplo para entender la pobreza no de una película y sí de una narración torpe y equivocada. Por ejemplo, la secuencia de la fiesta pueblerina continúa con una conversación de tres personajes que se sientan a charlar en el campo. Cuando posteriormente y de una forma concatenada asistimos a una borrachera (torpemente interpretada), una paliza (al borracho) y una secuencia de los jóvenes apaleados sabremos que la película no tiene solución y que va a seguir errática y torpe.
La secuencia del hospital, donde además se incluye una sorprendente inclusión musical con unas cortinas que se abren (como si fuera un teatro) para dar entrada en escena a los cantantes es inenarrable. Ya se sabe, este filme es el ejemplo claro de unas buenas intenciones que se quedan en ningún sitio.
Muy diferente es Cánticos de los mares del Sur, el filme de Kazajstán dirigido por Marat Sarulu, también presente con el actor principal en el certamen. Se trata de presentar una simple historia de personajes de distintas etnias en una región perdida. Historias de gente que huye en busca de no se sabe qué y cuya única forma de expresarse es a través de la violencia. No en todos los personajes, bien es verdad, pero sí en su mayoría.
Una mujer da a luz un niño. Su pelo no es rojizo sino negro, lo que hace pensar al marido que no es su hijo, que acaso lo sea de su amigo y vecino. Al final, después de años, la mujer de su amigo dará a luz a un niño de pelo rojizo. El tono circular de la historia se repite. Es un simple motivo para dar pie a la reflexión entre la lucha de años entre los kazajos y los rusos, con el exterminio llevado a cabo, en el pasado, por los cosacos. Sin olvidar, claro, la presencia de un alemán, aunque también tan desorientado y perdido como el resto de los personajes. Como ellos, en busca de un lugar en el mundo, de un sitio donde vivir y poder sentirse.
Sin estridencias, con contención y de forma simple, está narrada la película, que consigue llegar a los espectadores, que llenaban prácticamente la sala donde se proyectó. Y es que al festival acude mucha gente, a todas las sesiones y sus múltiples espacios (nada menos que trece), quizá porque Granada es una ciudad donde se hizo posible un cruce de culturas.
Con todos sus defectos Cánticos de los mares del Sur es un filme que sabe lo que quiere y contagia su mensaje por la simplicidad de su propuesta. Un cántico a la unidad y consenso entre pueblos diferentes. A la necesidad de admitir a aquél que es diferente a nosotros. Una búsqueda de una identidad perdida que probablemente acabe el día que todos los pueblos decidan acabar con sus luchas y sus conflictos. El filme abre su ventana a una realidad desconocida, nos lleva a reflexionar sobre ella, al tiempo que nos hace partícipes de un mensaje de unidad.
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