Jan Harlan superstar
El festival se ha apretado el cinturón este año. Se nota, si se quiere, en pequeñas, o grandes, cosas que lastran hacia el exterior, la imagen esplendorosa del certamen, aunque en algunos momento desde dentro (la rueda de prensa de Jan Harlan) no tiene excesivo problema en tirar un cuarto o un décimo de casa por la ventana.
Pero, claro, Harlan es el dios (menor) de este certamen. Al que, realmente, se le ha querido dar una gran importancia, rodear de gran expectación, cuando en realidad su contribución al cine en general y al de Kubrick en particular no lo sea en demasía. Sí lo es su seguimiento fiel al maestro, el recordarle, difundir sus excelencias, dar fe de una obra de la que participo en, digamos, como máximo una mediana parte. Al menos Harlan puede hablar de su jefe y amigo, del hombre que quiso realizar un filme sobre Napoleón sin que fuera posible. Un personaje que atraía a Kubrick porque sin duda era un reflejo de sí mismo.
Harlan, en estos días, también ha presentado su documental sobre la obra del realizador de La naranja mecánica, convirtiéndose además en un activo personaje en el certamen. Ha estado en contacto con los espectadores, presentado todas las secciones de su ciclo aparte de estar en el jurado de la sección oficial. Rosana Pastor, también en el jurado, se convirtió en su sombra como si fuera una magnífica introductora de embajadores.
Está muy bien haber conocido y dialogado con Harlan, pero realmente, ya lo hemos insinuado, no es una primera figura. Este año el festival ha optado por lo menos complicado y menos costoso y es que la reducción del presupuesto del certamen no animaba a demasiados castillos de artificio. Eso se nota en la austeridad general, en algunos ciclos escasamente atrayentes, en las no demasiadas películas novedosas, en la repetición de formas o en el hecho de echar mano de conocidos, demasiados conocidos profesionales, para llenar ciertas lagunas.
Por ejemplo, el ciclo de otros años sobre las películas preferidas de un realizador ha sido sustituido por un ciclo tan discutible como el dedicado a los herederos berlanguianos, en el que ha jugado gente de casa pero cuya relación con el gran Berlanga es sólo como nombre o depositarios de un falso e inexplicable testamento.
Ninguno de los cuatro presuntamente herederos sigue para nada el cine del realizador de Bienvenido Mr. Marshall. Su obra, como demuestran sus dos títulos (los vistos y requetevistos pero siempre nuevos Plácido y El verdugo), que escoltan las obras de los cuatro realizadores pescados en río revuelto, poco o nada tienen que ver con los títulos elegidos. Otra cosa es que alguno de esos realizadores traten de auparse al carro diciendo que su humor se acerca al del maestro como, por ejemplo Santiago Segura. Su chapucero Torrente lo desmiente totalmente.
Pocos ciclos y cine novedoso pues entre los diversos títulos que aquí y allá lanza esta nueva edición del certamen. Breves apuntes que nos llegan a través de la pequeña selección oficial de largometrajes (sólo ocho) o de la más amplia representación de los cortometrajes.
Eso sí, los primeros deberían ser magníficos como proclamarán entusiasmados sus pescadores en algunos de medios en los que se mueven pero en realidad no lo son. La humildad en todos los ámbitos de la vida (y la necesaria en esto del cine se proclama en Cautivos del mal de Vincente Minnelli) es un don del que carecen muchas de las personas (a distancias siderales de Kubrick) de las que transitan por los dos festivales que se asientan en Valencia.
Dicho lo cual pasamos repaso a dos nuevas películas de la sección oficial. Dos obras que intentan hablarnos del aquí y del ahora, de conflictos, problemas y escasas alegrías. Chaparrones que nos caen encima y que a veces no nos dejan (o no queremos) ver el sol. A pesar de que también está ahí.

Motel Nana, de Predag Velinovic
Serbia, Bosnia-Herzegovina, 2010
Nada que ver con el cine de Kusturica, ni con el de otros directores, más o menos interesantes, de la antigua Yugoslavia. Se trata de un película pobre en todos los aspectos, incluso el ser una pequeña producción centrada en unos pocos personajes.
Un cuentecito inacabado, como normalmente deben serlo las narraciones que se precien, pero aquí esa falta de acabado no tiene más sentido que dejar a unos personajes en una tierra de nadie al encuentro de propia personalidad. O de recuperar el tiempo perdido
Lo que ocurre es que esa misión, y todo lo que ello conlleva, no puede sustentarse en unos personajes que se mueven por la simple exigencia de un guión que quiere dar información sobre el país y sus heridas… pero hablando en voz baja, como con miedo.
Y es que el personaje principal, un profesor que sueña, y juega, con seres del mundo antiguo, está mal construido. Su modo de pasar por y del mundo que le rodea le convierte en infantil. Aparte de su extraña querencia por ensalzar la derrota de los persas en el pasado.
Un motel que se supone metafórico (siempre está vacío), situado en el lugar más perdido del país, une al menos dos mundos simbolizados por el profesor y la muchacha musulmana. Curiosos cruces de ida y vuelta como señala la llegada de la mujer de Alemania contrapuesta a la marcha final del hijo del dueño del motel hacia el mismo lugar donde está el futuro.
La película, tópica y torpe, es una demostración de la dificultad que entraña hablar en clave sobre realidades sobre todo si no se tiene claro lo que, en definitiva, se quiere contar. Un hecho que queda patente ya en las primeras secuencias del instituto al intentar aislar a determinados personajes como futuros ejes de un desarrollo, que son, enseguida, abandonados.

Silberwald de Christine Repond
Suiza, Alemania, 2010
Primer largometraje de Christine Repond (1981), en el que se trata de contar tanto la existencia del nazismo en Suiza (existe en parte de la población un claro rechazo a los inmigrantes) como la forma en que alguien (unos jóvenes) pueden llegar a ello.
El plano con el que se abre la película deja las cosas claras: un árbol es derribado. Imagen que hace alusión tanto al lugar donde se desarrolla la película (un bosque en el que trabaja el joven Sascha) como a esa caída de la juventud
Rodada sin música, a base de escenas muy cortas, el filme nos conduce por el camino descendente que sigue el protagonista. Un descenso a los infiernos. De todas maneras, nada diferente a lo que nos han contado varias películas de distintas nacionalidades. El peligro está ahí a la vuelta de la esquina: un odio que se encuentra incrustado en la sociedad en la que vivimos.
Es interesante asomarnos a la otra cara de Suiza. Una Suiza nevada, hosca, donde los personajes ni son ricos ni felices y donde la juventud camina sin rumbo.
Son las mejores virtudes de un filme que se tuerce de forma incomprensible en su último tramo.
Sascha, que es quien en realidad conduce a sus compañeros, al que hemos visto ahogar a un gato, gritar contra niños de color, saborear la violencia y prepararse para entrar en grupos nazis (se rapa el pelo, cuelga emblemas nazis en su habitación), es quien en el plano final quiere parar a su compañero para que no arroje los cócteles incendiarios sobre las casas en las que se amontonan los inmigrantes.
Es verdad que la película se cierra con un plano del personaje quieto, congelado, sin ir hacia ningún lado, pero también lo es que él era el líder. No basta la trampa del guión del accidente (casi mortal) de su madre. Mejor sería, para (mal) entender esta toma de conciencia final, centrarse en pequeños destellos diseminados en esta última parte, como son el nacimiento y la muerte del ternero, la alegría por el primer árbol talado o la aparición (en los planos finales) del gato y de unos niños de color.
Con sus limitaciones, su lentitud, su escasa originalidad, Silberwald es una película interesante al mostrarnos la otra imagen de una sociedad aupada al (falso) bienestar: le falta fuerza y claridad, pero en ella existe un sentido de la narración que no es frecuente en una primera obra.
Escribe Adolfo Bellido López

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