Una colosal castaña
El visionado de la cuarta entrega de las aventuras infantiles
del niño-mago, convertido ya de hecho en joven-mago, invita a una serie de
reflexiones en torno a lo que se nos avecina no sólo en las presumibles
aventuras del anciano-mago (allá por el 2050, cuando se estrene Harry Potter
27: el bisnieto clónico), sino también del cine comercial en general.
Empecemos. Es evidente que uno ya no puede esperar rasgos de
“autoría” en estos productos. Da igual que los firme Columbus, Cuarón o Newell,
el director es una pieza más en un engranaje diseñado de antemano y no
precisamente la pieza más importante. De hecho, ese cargo –y su correspondiente
partida económica– queda reservado para los efectos digitales, que parecen ser
lo único importante en la producción.
Continuemos. Como los expertos en marketing deben
convencernos de alguna manera de que cada nuevo episodio es realmente mejor
que el anterior, son habituales las afirmaciones del tipo “mejor que la original”,
“más divertida”, “lo nunca visto”, “se nota la mano del nuevo director”...
Bien, pues de todo eso no hay nada en la película. Simple campaña publicitaria:
estamos ante lo mismo de siempre, sin una pizca de originalidad, sin novedades
reseñables. Todo ya muy visto. Si acaso, se repiten las ideas que funcionaron
en episodios anteriores, pero multiplicadas hasta la saciedad, como en
cualquier remake de turno.
Más aún. ¿Han oído hablar del deslumbrante
reparto? ¿Del abundante número de grandes estrellas que acompañan al niño-mago
ya convertido en joven-mago? ¿Sí? Enhorabuena, porque es en el único lugar que
podrán disfrutar de esas estrellas: en las campañas publicitarias de los chicos
del departamento de marketing o, quizá, en cualquiera de los vistosos
carteles publicitarios diseñados para la ocasión. ¿O es que de verdad –bajo las
inmensas capas de maquillaje y los apabullantes efectos especiales– alguien ha
podido degustar la “brillante” interpretación de Ralph Fiennes, Gary Oldman,
Maggie Smith o Miranda Richardson? Más aún, ¿alguien recuerda si Alan Rickman
–otrora coprotagonista de una de las cintas de las aventuras del niño-mago–
dice o hace algo en esta cuarta entrega del joven-mago? Todo se reduce, en el
fondo, a un desfile de estrellas más o menos rutilantes, como en aquellas
superproducciones catastróficas de los años setenta, plagadas de mitos venidos
a menos que, afortunadamente, pronto morían ahogados, quemados o bajo los
estragos causados por cualquier terremoto. Aquí, desgraciadamente, ningún
conjuro puede acabar con ellos... por lo que seguirán figurando en la nómina
(que no actuando) en los siguientes títulos de la serie.
No se vayan, todavía hay más. Los efectos especiales son
epatantes. Vale ¿y qué? La fotografía de Roger Pratt es técnicamente impecable.
Muy bien, estupendo. Y la música de Patrick Doyle, sin llegar a las cotas
habituales de John Williams (que había compuesto la banda sonora de los tres
primeros episodios), sale airosa de su cometido. Enhorabuena. ¿Convierten estos
elementos “técnicamente impecables” en una buena película a esta cuarta entrega
de las aventuras del niño-mago reconvertido ya en joven-mago?
NO, en absoluto. De hecho, ni siquiera tiene que considerarse
como una película. Se trata, a lo sumo, de un enorme trailer promocional de las
camisetas, los discos, los libros y todos los demás elementos de merchandising que rodean a la propia película. Éste es, en el fondo, el gran problema de los blockbusters –esos grandes mamotretos de la taquilla que inventó un tal Spielberg con su
mítico Tiburón– que hoy en día nos atenazan: no son películas, son
anuncios de todo lo que le rodean; no ofrecen nada, sólo prometen mucho, como
un anuncio cualquiera; no tienen ninguna trascendencia, su único fin es vender:
entradas, palomitas, cocacolas, camisetas, muñecos... quizá para el episodio 69
de Harry Potter puede que incluso se comercialicen condones mágicos. Pero nada
más.
Esperen, que me dejaba algo en el tintero. ¿Y la duración?
¿Alguien se ha planteado por qué estas películas tienen que durar dos horas y
media si no tienen absolutamente nada nuevo que decir? Como le sucede a muchos
otros “grandes” proyectos (ya hablaremos del King Kong de Peter Jackson,
ya), Harry Potter y el cáliz de fuego, que es el original título de esta
cuarta entrega del joven-mago, está desfasada por todas partes: no tiene
sentido del ritmo, de la estructura, de la contención, de la progresión
dramática, ni siquiera del clímax... todo es lo más de lo más en todo momento
y, claro, así da igual que la escena de los dragones sea la primera prueba o
fuera la última, está tratada con la misma intensidad; de hecho, el encuentro
con el mítico malvado Voldemort (interpretado, es un decir, por Ralph Fiennes)
no es lo más impactante de la función, particularmente este espectador prefiere
la prueba submarina o, si me apuran, ese elíptico partido de quidditch que, por una vez, no hemos tenido que ver entero, como en las anteriores
entregas...
Si todas las escenas hubieran seguido el mismo criterio y la
elipsis hubiera abundado más, en apenas una horita nos habríamos ventilado la
función y habría sido, con diferencia, una película mucho más soportable. Con
su aspecto actual, no hay quien la aguante entera.
Mister Kaplan