Las dos inglesas y el amor

Las dos inglesas y el amor
 

Las dos inglesas y el amor
 

Las dos inglesas y el amor
 

Las dos inglesas y el amor
 

Las dos inglesas y el amor
 

Las dos inglesas y el amor
 

Las dos inglesas y el amor
 

Las dos inglesas y el amor
 

Las dos inglesas y el amor
 

Las dos inglesas y el amor
 

Las dos inglesas y el amor
 
 

LA LITERATURA SE HACE CINE (Jules y Jim)
Por Arantxa Bolaños de Miguel


François Truffaut, consumado lector y espectador cinematográfico, quiso pasar a la acción y se convirtió así en un crítico feroz y en un cineasta entusiasta sin parangón.

Como todos lo grandes fue a contracorriente de su tiempo y, en materia de cine, luchó por arrebatar la posición privilegiada que ocupaba un cine decadente y falsamente intelectual. Él mismo afirmó en su famoso artículo Una cierta tendencia del cine francés: “Si el cine francés existe por un centenar de films anuales, es bien sabido que solamente diez o doce de ellos merecen la atención de los críticos y cinéfilos. Estos diez o doce films constituyen lo que se ha llamado alegremente la <tradición de calidad> y fuerzan, por su ambición, la admiración de la prensa extranjera”(1).  Más adelante, en este mismo ensayo, critica sin dilación la contradicción de este cine, pues pretende ser anti-burgués, y está hecho por y para burgueses (2), es un cine elitista y conservador.

En literatura también discrepó con la mentalidad general, pues “ignoraba voluntariamente a Rabelais, Dante, Homero, Melville, Faulkner, Joyce, etc., en definitiva las grandes máquinas o los autores de moda, pero conocía a fondo a Balzac, Proust, Cocteau y Louis Hémon” –dicho por su amigo Jean Gruault, coguionista de El pequeño salvaje (1969), Las dos inglesas y el amor (1971) y Diario íntimo de Adela H (1975)–.

Fue, en definitiva, un opositor de la acomodaticia intelectualidad francesa. Ya desde su primer filme se ve relucir su impronta personal en el cine, pues a pesar de estar adscrito a la llamada Nouvelle Vague, se separó de los postulados generales de esta generación. Se acercó más a un cine literario en el más estricto término y a una narración sencilla en la que lo importante es la historia –el contenido– y no la forma –el cómo–. Quiso seguir a su maestro cinematográfico Jean Renoir, que para él significaba el cine con mayúsculas, pues relata historias con una sencillez como sólo el cine americano ha sabido expresar, sencillez que aquí no es sinónimo de simplicidad, sino de narración clásica y no redundante.

Mantuvo, pues, una lucha encarnizada con el director de la Nouvelle Vague para quién el cine es más ensayo, reflexión y experimentación que descripción: Jean Luc Godard. En una entrevista de Jean-Luc Douin y Alain Remond a Godard, éste exclamó: “Yo creo que François no sabe hacer películas. Hizo una que le correspondía verdaderamente y tras eso se detuvo allí: después, no hizo otra cosa que explicar historias. […] Como que es incapaz de inventar nada, incapaz de la menor imaginación, se puso a adaptar libros y se convirtió en algo cada vez más falso, porque eso no correspondía en absoluto a lo que él era realmente”. Pues bien, aunque siento verdadera admiración hacia el cine filosófico de Godard, aquí ciertamente le juzgó sin motivo, ya que la arrogancia de este director le impidió ver a uno de los grandes directores de todos los tiempos, muy superior en calidad cinematográfica a la del creador de Al final de la escapada (Jean Luc Godard, 1959).

Esteve Riambau dice de él, en referencia a los demás integrantes de la Nouvelle Vague: “Sin dejar de ser personal y coherente consigo mismo, de ser un autor, Truffaut fue el más convencional de todos ellos, el que más explícitamente se ciñó a una narrativa ortodoxa sin por ello dejar de ser respetuoso con los postulados bazinianos” (Esteve Riambau, El cine francés, 1958-1998, ed. Paidós, Barcelona 1998, pág185).

Si bien es cierto que su pasión por la literatura (3) le convirtió en un fiel adaptador de novelas al cine, como la magnífica Jules et Jim (1961), Las dos inglesas y el amor (1971), ambas de Henri-Pierre Roché, Fahrenheit (1967), de Ray Bradbury, La novia vestía de negro (1968) y La sirena del Mississippi (1969), de William Irish, y Vivamente el domingo (1983), de Charles Williams.

La adaptación honesta a la novela de Henri-Pierre Roché, después de haber conocido a su admirado escritor, le profesó numerosos seguidores de un cine revolucionario, feminista, tolerante y antiburgués, que mostró su coherencia entre lo que admiraba como crítico y el cine que realizó como cineasta. La cinta supone una de sus mejores obras, para mí tengo que decir que es mi preferida, no por motivos de calidad cinematográfica (también son estupendas todas las demás) sino por el tema tratado, por un guión literario apasionante, por la interpretación de una estupenda Jeanne Moureau, por la ambientación, por la música, por la fotografía (4), ¡¡¡por todo!!!

Fue un hombre que supo comprender el universo femenino como nadie y fue capaz de dotar a la mujer de unos personajes insólitos y ricos en matices. Aquí abrió las puertas a una concepción del amor más libre y tolerante que la tradicional llena de posesión, celos y rencor. Son tres personajes, dos de ellos amigos, enamorados de la misma mujer. El trío amoroso ha sido innumerables las veces que se ha trasplantado a la pantalla, pero siempre desde el punto de vista masculino –como en Las dos inglesas y el amor (1971), en la que revive su relación con las dos hermanas, Catherine Deneuve y Françoise Dorleac–, de un hombre casado y su amante o múltiples amantes. Aquí es una mujer (5) la promiscua (o más que esto, necesitada de ser amada por muchos hombres). Y, cuando no sea el centro de atención de los demás se desencadenará el trágico final. Como en El amante del amor (1977), su necesidad de sentirse admirada parte de una cierta inseguridad que necesita la constante atención de los demás. En el fondo, son seres solitarios que no conocen el amor, pero, lejos de ser moralista, Truffaut nos imbuye en una historia apasionante sobre el amor, la amistad, el alegato antibelicista y la vida placentera que todos deseamos y que sólo los bohemios consiguen (6).

La historia es muy sencilla, Jules y Jim son dos amigos que conocen un día en persona a una mujer que se parece irremediablemente a una estatua (7) admirada por ambos en Grecia. Su pasión hacia ella nace desde el primer instante, y se alimenta de la lejanía y enigma que transmite esta mujer. Como más tarde dirá Jules (el que la quiere de verdad, con un amor más inocente, más incontrolado y pasional), no es una mujer especialmente bella, ni inteligente, pero representa la feminidad en estado puro. Jules es alemán y Jim, francés; pero este dato no va a ser desencadenante de ninguna separación ni divergencia, pues la amistad no conoce fronteras. Y a través de ellos, François Truffaut nos transmite su alegato antibelicista y tolerante, encarnando estos dos personajes la dualidad ante la que nos desazonamos las mujeres, entre la estabilidad  y la pasión. Jules es la pasión, el mundo germano, mientras que Jim es la razón, aquí ensalzando de forma inconsciente, a mi entender, la posición privilegiada de la razón francesa, preconizada por Descartes.

Fue un cineasta que mostró su pasión en todo lo que hacía. De ser un crítico sin pelos en la lengua, se convirtió en un cineasta que reflejó su pasión por la vida por encima de todas las demás. Su cine hace vibrar, emociona, enternece, y, además nos hace reflexionar sobre nuestra propia condición, ¿qué más se le puede pedir al cine?

*****

(1) Textos y manifiestos del cine (Joaquím Romaguera i Ramió y Homero Alsina Thevenet eds., ed. Cátedra, Colección Signo e imagen. Madrid 1993), pág 226.

(2) “¿Cuál es, pues, el valor de un cine antiburgués hecho por burgueses y para burgueses?”, en Textos y manifiestos del cine (Joaquím Romaguera i Ramió y Homero Alsina Thevenet eds., ed. Cátedra, Colección Signo e imagen. Madrid 1993), pág 240.

(3) Es, Jules et Jim, una película literaria en la que se conjugan sus dos pasiones: el cine y la literatura. Hay de hecho alusiones a una joya de la literatura como es Las afinidades electivas (1809), de Goethe, y a Don Quijote.

(4) Ésta corre a cargo del genial colaborador de Truffaut, Raoul Coutard, quién también embelleció con su exquisita fotografía las películas Tirad sobre el pianista (1960), La piel suave (1964), La novia vestida de negro (1968), hasta que en el año 1969 toma el relevo Néstor Almendros, con El pequeño salvaje (1969), para fotografiar las cintas de él y de varios cineastas de la Nouvelle Vague, como Eric Rohmer.

(5) La relación que se establece en Los edukadores (Hans Weingartner, 2005) nos recuerda a esta espléndida película e incluso toda su segunda parte parece la expresión de un admirador de Jules et Jim en estado natural. También se pueden ver paralelismos en otros filmes: Los puentes de Madison (Clint Eastwood, 1995), Hechizo de Luna (Norman Jewison, 1987) y Enamorarse (Ulu Grosbard, 1984), pero no desde el punto de vista de un trío bien avenido, sino desde la disyuntiva de una mujer entre dos amores.

(6) “Truffaut filma el nacimiento y desarrollo de la amistad entre dos hombres enamorados de la misma mujer a través de un período salpicado de idas, venidas, encuentros, ausencias, silencios, alegría, ternura y desesperanza”. François Truffaut (Carlos Balagué, ed. JC. Madrid 1988, pág 39).

(7) Esta relación de búsqueda de la mujer a través de la belleza de una obra de arte, en concreto una estatua, también la esbozó Claude Chabrol en su último trabajo La dama de honor (2004).