EL SILENCIO DEL AGUA  
 
Título orginal: Khamosh Pani: Silent Waters
País, Año:

Alemania-Francia-Pakistán, 2003

Dirección: Sabiha Samur
Intérpretes: Kirron Kher, Aamir Malik, Arshad Mahmud, Salman Sahid
Guión: Paromita Vohra
Producción: Sachithanandam Sathananthan
Fotografía: Ralph Netzer
Música: Madan Gopal Singh
Montaje: Bettina Böhler
Distribuidora: Festival Films
Duración: 99 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

El agua purificadora

La alegría y el jolgorio que caracterizan una boda marcan el inicio de El silencio del agua (2003), primera película de ficción que dirige Sabiha Sumar. Directora experimentada en la realización de documentales de crítica social, se ha propuesto utilizar el medio cinematográfico para sensibilizar (y concienciar) a los espectadores sobre la intolerable manera en que han de vivir las mujeres en Pakistán y los países limítrofes.

Hasta la fecha, Sumar no había tenido dificultades para documentar la realidad, pero ahora, al proponerse reconstruir unos hechos históricos que tienen su repercusión sobre el presente (la división de la convivencia entre musulmanes y sikhs al separarse en 1947 India y Pakistán; y el golpe de estado de 1979, por el que el general Zia-ul-Haq impuso la islamización de Pakistán), se ha visto obligada a recurrir a la ficción, aunque obviamente, basada en hechos reales. A esta traba hay que añadir que, para poder recabar toda la información necesaria, la directora ha tenido que hacer frente a la imperativa “ley del silencio” que el conjunto de la población local ha asumido como vía para sobrellevar el crudo pasado. Con todos estos datos, ya podemos intuir que El silencio del agua es una película que consigue hacer visible las consecuencias de la implantación del fundamentalismo musulmán, en concreto, la violencia ejercida contra las mujeres de estas tierras.

El inicio festivo de la historia no nos permite augurar los drásticos cambios sociales que se avecinan. Nos situamos en una noche de 1979. En el patio interior de una casa acomodada se está celebrando una boda. Los invitados saborean manjares, hacen sus ofrendas a la nueva pareja, y se deleitan cantando y bailando. El colorido, la música y la sensualidad inundan cada rincón de la casa. Tan sólo una excepción: dos hoscos peregrinos, recién llegados al pueblo, a quiénes el amo de la casa les ofrece cobijo y alimentos,

Poco a poco se irán perfilando los personajes principales: de entre los invitados al festejo, la cámara se fija en Salim y su amigo, quien a su vez mantiene un primer contacto con los recién llegados. Salim es un joven ocioso de 18 años. Está totalmente enamorado de Zoubida, con quien quiere casarse a toda costa. Su madre Aïcha intenta (infructuosamente) convertirlo en un hombre de provecho buscándole trabajo como ayudante de tendero, modesta posición social que no encaja en absoluto con las ambiciones de este joven soñador. Las ansias que Salim tiene por ser respetado (o, más bien, deberíamos decir “admirado”) las sacia cuando goza de la compañía de los dos jóvenes extranjeros que aparecieron de imprevisto en la boda. Con ellos dos, fieles seguidores del general Zia-ul-Haq, y junto a su amigo de la infancia, constituirán un grupo de fundamentalistas musulmanes. A medida que éste grupo se hace cada vez más numeroso, Salim se irá alejando de las mujeres de su vida, su novia Zoubida y su madre Aïcha, hasta desvincularse totalmente de ellas dos. Finalmente, el joven Salim perderá toda su inocencia al empaparse con la doctrina fundamentalista que pregonan los dos extranjeros.

La directora Sabiha Sumar se posiciona claramente en contra del fundamentalismo y denuncia este tipo de prácticas religiosas, que están más próximas al fanatismo (excusado bajo la apariencia de acto de fe) y que peligrosamente se confunden con la política. Así, nos muestra las cuantiosas dudas que tiene el Salim abierto y liberal (del principio de la película) ante los preceptos que propugnan los dos predicadores extranjeros, y cómo, poco a poco, los va asumiendo (por la vía rápida de evitar el repudio social) para vincularse a la nueva mayoría que se está apropiando del poder en el pueblo. Y es que, con la llegada de los dos peregrinos, son estos dos recién llegados, junto con Salim y su amigo, quienes alterarán la rutina para imponer un nuevo orden, el que encaja con la “verdad divina” que instaura el general Zia tras tomar el poder por medio de un golpe de estado. La islamización se extiende por todo el país, ora predicando, ora valiéndose de palos. Como afirma el lúcido barbero (quien destaca por su agilidad discursiva y su habilidad para desquiciar a los predicadores fundamentalistas): “ahora ya no hay tiempo para reír y jugar”.

El desencadenante final de la historia es la llegada al pueblo de un grupo de Sikhs, procedentes de la India, que acuden a donde residían antaño para cumplir con un ritual. Obviamente, recuerdan el pasado y hablan sobre el momento en que los musulmanes llegaron al pueblo y ellos tuvieron que dejarlo todo para huir. De entre ellos, destaca un hombre que se muestra decidido a encontrar a su hermana Virou (de quien está convencido de que aún vive en el pueblo) y “recuperar” su pasado. A pesar del sigilo de su búsqueda, las noticias vuelan y llegan hasta los oídos de Virou, quien resulta ser Aïcha. Esta mujer alegre y generosa, que nunca habla de su pasado, ahora deberá recordar la historia de su pueblo, de su familia, y hacer frente a las consecuencias que provoca el que se desvele su pasado.

Mediante borrosos flashbacks, Sabiha Sumar nos relata escuetamente los traumáticos hechos que acaecieron en 1947, cuando los hombres sikhs decidieron obligar al suicidio (lanzándose al pozo) de todas las mujeres del pueblo para, ante la llegada de los musulmanes, salvaguardar el honor de la familia y la comunidad. Pero Virou/Aïcha evitó su fatal destino al aprovechar un descuido para huir y, por tanto, salvar su vida a costa de manchar el nombre de su familia sikh.

A pesar de que Aïcha ha conseguido rehacer su vida formando una familia musulmana, su pasado constituye un deshonor insalvable. Por ello, ante la imposibilidad de vivir integrada en ninguna de las dos comunidades, Aïcha asume las leyes que imponen los hombres (de ambas comunidades) y decide limpiar su oscuro pasado. Aïcha cumplirá su “destino” volviendo al lugar que había conseguido evitar durante tantos años: el pozo.

Su hijo Salim se encargará de borrar su rastro dejando que el cauce del río se lleve sus escasas pertenencias.

¿Quién recuerda ya a Aïcha?, se pregunta Zoubida diez años después. ¿A quién le importa quién era? Por lo visto, a la directora Sabiha Sumar sí que le interesa recordarnos historias de mujeres que, como Virou/Aïcha, padecen la violencia que los hombres ejercen imponiendo normas sociales conservadoras y restrictivas.

La película se cierra con la imagen televisiva (característicamente punteada y nublosa) de un barbudo Salim quien, tras conseguir desvanecer su pasado, se ha convertido en un respetado líder religioso.

Daniela T. Montoya