Paseo por el amor y el puente
“La
última vez que vi las calles de París, bajo la lluvia,
Y caminaba por los bulevares contigo, otra vez,
Y las hojas comenzaban a caer.
En septiembre, mientras las hojas comenzaban a caer”
(Van Morrison, When the Leaves Come Falling Down,
del album Back of the Top)
Estas palabras de
Van Morrison, y la música que las acompaña, son un marco perfecto
para acercarnos a la sensación que deja en la pantalla la visión
del último filme de Linklater, pues en este tema el músico irlandés
nos introduce en una historia de recuerdos donde la necesidad
de volver a disfrutar de una persona, de un amor, provoca la añoranza
de un tiempo pasado. Es una canción que sólo se puede hacer desde
la consciencia del significado del paso del tiempo, es una canción
de un clásico, de alguien que acumula años y experiencias.
No tan mayor como nuestro admirado Van, pero con cierta trayectoria
a sus espaldas, Linklater (Danzzed
and Confused, Los Newton
Boys, Walking Life, Escuela de Rock) se acerca ahora a completar aquel Antes del amanecer (1995), relato del encuentro
en Viena de dos jóvenes en el transcurso de una noche durante
un viaje por Europa, interpretada por Ethan Hawke y Julie Delpy,
y donde en unas horas se gestaba una relación que emplazaba a
sus protagonistas a encontrarse seis meses después en el mismo
lugar. Este filme, que dejó buen gusto de boca, pero que no pasaba
de ser una película encuadrada dentro de ese género tan amplio
que conocemos como comedia romántica y que el cine americano gusta
tanto de frecuentar con mayor o menos fortuna (French
Kiss, Un paseo bajo
la Toscana, Sólo tú) siguiendo unos parámetros más
o menos conocidos desde los años 50 (Vacaciones
en Roma –y ésta sí era una gran película–) y que se resume
en considerar algunas ciudades o zonas del viejo continente (París,
Roma, Venecia, La Toscana, el sur de Francia, etc.) como un lugar
que posibilita el inicio de aventuras románticas facilitadas por
un espíritu latente que actúa como catarsis amorosa, despertando
en algunos yanquis sentimientos hasta ese momento desconocidos.
Es por ello que sorprende encontrarse ahora con esta secuela de
aquel filme, pues en contra de lo que sucede a veces con este
tipo de experimentos, Antes
del atardecer (Before Sunset, 2004) es una película que
se encuentra muy por encima de su predecesora. En primer lugar
llama la atención la apabullante presencia del diálogo, con un
estilo muy cercano a las películas de Woody Allen o Eric Rohmer,
donde uno va siguiendo a los personajes mientras ellos hablan
y hablan y donde el lenguaje cinematográfico busca sus resquicios
para no perecer bajo el peso de lo teatral. Así, frente al torrente
verbal de sus personajes, con diálogos que suenan naturales, espontáneos,
directos; Linklater contrapone el uso de los recursos cinematográficos
de los que dispone creando secuencias especialmente brillantes
como es, por ejemplo, el planteamiento inicial del filme. Está
claro que todo el mundo sabe lo que va a ver, pero por si acaso,
el director americano plantea en los primeros minutos todo el
filme, así asistimos a unos planos de las calles de París por
donde se desarrollará la historia y a un diálogo en la librería
donde a través de la presentación del libro del protagonista asistimos
a un resumen de lo que pasó –pequeños flash-backs
del anterior filme– e incluso a un avance de lo que pasará (preguntas
sobre el final abierto del libro a las que el novelista responde
sin definirse, como luego veremos al final). Es una película muy
corta en cuanto a duración (apenas 80 minutos) y la introducción
a los personajes y a la historia debe ser muy rápida para entrar
directamente en materia, y este tema está muy bien dado.
Y sorprende igualmente
el desarrollo de la historia, no porque la continuación del argumento
original no tuviera suficiente atractivo, sino por el carácter
adulto de este largometraje. Es un caso excepcional donde parece
que todo el mundo ha crecido tal y como se muestra en la pantalla.
Así, lo que en el primer filme era juventud, sencillez, jovialidad
y esperanzas, aparece ahora tamizado por el filtro del paso de
la vida, de eso que llamamos experiencia y que se traduce en una
visión teñida de cierta amargura, al dejar patente los sueños
que se quedan en el camino. En estos escasos ochenta minutos tenemos
un trozo de vida de dos personas, que tras las conversaciones
preliminares donde parece que todo les ha ido bien (él está casado,
con un hijo, es un escritor con cierto éxito; ella tiene diferentes
experiencias, tiene un trabajo interesante, parece una mujer independiente,
poco dispuesta a llevar una vida tradicional) comienzan a desnudarse
emocionalmente descubriendo que la trayectoria de sus vidas no
es lo que habían planificado (magnífica la secuencia en el interior
del coche, mientras el chófer lleva a la protagonista a casa),
que la rutina se ha ido adueñando de sus actos y, sobre todo,
esa sensación terrible de haber dejado pasar un tren (nunca mejor
dicho) que quizá no vuelva a pasar nunca, unido a la duda de saber
que habría pasado si ese reencuentro proyectado se hubiera materializado.
Ese vértigo de los personajes, la sensación de falta de tiempo
para compensar antiguos errores, se va transmitiendo de los personajes
al espectador mediante ese recorrido por París (las callejuelas,
el recorrido por el Sena, la velocidad del trayecto en coche)
hasta el momento clave, en casa de ella, donde parece que se llega
al límite y en el cual, el filme vuelve a suspender la acción
mediante un corte que da paso a los títulos de crédito, dejando
al espectador la opción de elegir su final (como había pronosticado
el novelista al principio en la presentación de su libro). Final
abierto, por lo tanto, que quizá signifique la imposibilidad de
definir, de acotar esa relación hombre/mujer y que deja libres
a los personajes/espectadores para decidir qué sucederá tras esa
tentación representada en esa francesa que se acerca cantando
hacia el personaje de Ethan Hawke, sentado en el sofá, y que sólo
atisba a intuir que perderá el avión…
Todo ello hace de Antes del
atardecer una gran película, dentro de su aparente sencillez,
y que más que nunca pone de relieve el carácter colectivo del
cine como creación, pues este filme no es sólo es un trabajo de
director ya que es imposible separar la tarea de sus actores que
se implican de una manera directa, desde la participación en el
guión de la pareja protagonista, la interpretación (haciendo que
las escenas y los diálogos sean naturales, algo cada vez más difícil
de ver) hasta la composición de las canciones que interpreta Julie
Delpy (una faceta no muy conocida de la actriz francesa y que
la traerá por España este invierno en una pequeña gira).
En fin, grande este cine americano cuando se la juega con pequeñas
historias que tienen ese carácter universal que es capaz de llegar
a todo el mundo (como ya pasó con Lost
in translation de Sofia Coppola, filme que tiene muchos puntos
de contacto con este Antes
del atarceder).
Luis Tormo