La provocación como sistema
Habría que matizar esta calificación
inicial que le he otorgado. Es difícil definir una película con
un número y expresar de esa manera todo lo que se siente, en defensa
o ataque, lo que gusta lo disgusta de su visión. A veces la calificación
no es del todo exacta, es, en definitiva, una manera de tratar
de asentar todo lo que se piensa de la película, de lo que es
en sí, lo que significa dentro de la obra del autor o dentro del
instante en que se ha producido. No es ésta, y hay que decirlo
de entrada, una de las mejores obras de Bellocchio aunque posee
algunas de las cualidades que han hecho de su obra un cine necesario
que hoy, desgraciadamente, pueda sonar a antigualla a unos espectadores
que van a las salas, y alardean de ello, para no pensar. Probablemente
por ese ir a contracorriente, siempre realizando unas películas
críticas contra el sistema establecido, es por lo que es necesario
defender contra todo esta obra y colocarla ese número que habla
de interesante aunque a lo mejor lo más justo sería concederle
un número menor.
Bellocchio hoy no parece ser nadie. Su
nombre y sus filmes parecen haber sido barridos por el viento
del olvido. No sólo él, sino también otros muchos nombres importantes
del cine italiano (al igual que el de otros grandes autores de
cualquier país) permanecen apartados, ignorados, despreciados.
¿Dónde están hoy los Fellini, Visconti, Rossellini del cine italiano,
o algunos de sus más jóvenes compatriotas como Bertolucci, al
que incluso se le niega la maestría de su último filme realmente
soñado? Obras las de estos autores que no se reponen, ni se estrenan
o, en caso de hacerlo, las condiciones de exhibición no son las
mejores.
La sonrisa de mi madre de Bellocchio, después de un largo deambular ha llegado por fin a los
cines. Eso sí, antes se había podido contemplar en DVD. Todo un
contrasentido, pero a este director en nuestro país, y mucho más
en nuestra ciudad –Valencia–, parece que se hace lo imposible
para que los espectadores puedan conocerlo. Así uno de sus títulos
anteriores, El príncipe
de Hamburgo, se proyectó exclusivamente en sesiones de primera
hora de la tarde y durante una única semana. Este título, por
su parte, ha sido recluido a circuitos de versión original y con
gran retraso como queda dicho. Algo que ya ocurrió con algunos
de sus primeros títulos en los tiempos de la censura franquista
(cuando se llegaron a estrenar), pero en unos momentos donde la
asistencia a aquellas películas era de obligada para unos espectadores
concienciados y que ahora parecen dormidos en la comodidad.
La sonrisa de mi madre, como la mayor parte de los filmes del
director, es mordazmente crítico, reflexivo, duro, militante,
provocativo. Un tema insólito en sí mismo: una mujer, madre de
familia, asesinada por un hijo en estado de locura, va a ser beatificada.
El hilo conductor de tal farsa con ribetes esperpénticos es uno
de los hijos que desde su ateísmo trata de comprender a todos
los familiares que le rodean: una especie de farándula anormal
en su ridícula normalidad. La mirada del director va dibujando
las situaciones de forma grotesca como única forma de acceder
a esta especie de arribistas que tratan de lograr no algo justo
sino acorde con sus intereses. Todo es válido para estos farsantes
que se esconden en sus falsas creencias o en sus caridades inconfesas.
En el fondo el dilema de Bellocchio,
como en otras películas, se centra en un enfermo eje familiar
que forma parte de un engangrenado sistema social donde todo está
marcado por el interés personal. Como contrapunto, una reflexión
sobre la religión y la existencia, sobre Dios y el hombre. La
negación de lo divino como creación o comercio humano se plantea
aquí de forma inequívoca desde el comienzo en la figura de ese
niño que se mueve entre el padre y la madre a los que pregunta
sobre alguien que siempre le mira o le ve. Lo que ocurre es que
el filme no entra directamente en el tema, discursea demasiado
y tiende en demasía a la farsa olvidando el carácter super-realista
de lo narrado. Lo particular por otra parte anula lo general.
De esa manera quedan pequeños logros más que un cuadro completo
generalizado. Por otra parte, lo soñado-simbólico-real se junta
impidiendo clarificar lo que se presenta.
Personajes y situaciones se pierden en
dibujos elementales o simples, impidiendo profundizar en la historia
general. Es el caso de la relación entre la maestra inexistente
de religión –utilizada por la familia o soñada– y el protagonista.
Pero ahí está el dibujo brutal de la Iglesia Católica y de la
familia. Para que nada pueda hacer olvidar que detrás de este
título está Bellocchio, todo el entorno argumental se adorna con
el tema de la locura. La locura representada por el hermano asesino
es el eje de la propia familia. Se presenta como un contrapunto
a la locura de la sociedad opresiva en la que se encierra a unos
seres aplastados por instituciones o jerarquías.
Algunos de los instantes del filme (el
dibujo del estrafalario cardenal y su mundo) parecen llevarnos
a momentos del grotesco mundo felliniano. Aunque la mirada nostálgica-cariñosa
del director de Amarcord
deviene en cruel representación de un mundo donde todo es
moneda de cambio. Cualquier cosa es válida para llegar a dominar
a los otros. Incluso el arte parece, en sí mismo, un juego.
Filme tan difícil como atrayente, cínico
y doloroso, que parece proponer más que lo que realmente da debido
a los saltos de ideas y personajes. Parece dejarse a un lado el
tema principal, que en realidad no es más que una de las muchas
ramas de este árbol que parece carecer de tronco: sistema personal
del cine de este director italiano que después de muchos años
se sigue mostrando tan inconformista y radical como antes.
Prefiero sin duda este cine venido de
Italia, en contra de lo que gustan ver generalmente los espectadores
de hoy y defender varios de los llamados críticos, que hace referencia
a ese cine más vulgar y más conformista de lo que se cree representado
por cosas tan viejamente modernas como La
mejor juventud o El
último beso. Bellocchio no se deja comprar, contra unos y
otros sigue haciendo su cine tan personal como irregular. Espero
que pueda seguir realizándolo durante muchos años.
Mister Arkadin