LA SONRISA DE MI MADRE  
 
Título orginal: Il sorriso di mia madre
Dirección: Marco Bellocchio
Intérpretes: Sergio Castellito, Maurizio Donadoni, Piera Degli Esposti, Toni Bertorelli. Guión: Marco Bellocchio
Fotografía: Pascuale Mari
Música: Riccardo Giagni
Montaje: Francesca Calvelli
Duración: 103 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La provocación como sistema

Habría que matizar esta calificación inicial que le he otorgado. Es difícil definir una película con un número y expresar de esa manera todo lo que se siente, en defensa o ataque, lo que gusta lo disgusta de su visión. A veces la calificación no es del todo exacta, es, en definitiva, una manera de tratar de asentar todo lo que se piensa de la película, de lo que es en sí, lo que significa dentro de la obra del autor o dentro del instante en que se ha producido. No es ésta, y hay que decirlo de entrada, una de las mejores obras de Bellocchio aunque posee algunas de las cualidades que han hecho de su obra un cine necesario que hoy, desgraciadamente, pueda sonar a antigualla a unos espectadores que van a las salas, y alardean de ello, para no pensar. Probablemente por ese ir a contracorriente, siempre realizando unas películas críticas contra el sistema establecido, es por lo que es necesario defender contra todo esta obra y colocarla ese número que habla de interesante aunque a lo mejor lo más justo sería concederle un número menor.

Bellocchio hoy no parece ser nadie. Su nombre y sus filmes parecen haber sido barridos por el viento del olvido. No sólo él, sino también otros muchos nombres importantes del cine italiano (al igual que el de otros grandes autores de cualquier país) permanecen apartados, ignorados, despreciados. ¿Dónde están hoy los Fellini, Visconti, Rossellini del cine italiano, o algunos de sus más jóvenes compatriotas como Bertolucci, al que incluso se le niega la maestría de su último filme realmente soñado? Obras las de estos autores que no se reponen, ni se estrenan o, en caso de hacerlo, las condiciones de exhibición no son las mejores.

La sonrisa de mi madre de Bellocchio, después de un largo deambular ha llegado por fin a los cines. Eso sí, antes se había podido contemplar en DVD. Todo un contrasentido, pero a este director en nuestro país, y mucho más en nuestra ciudad –Valencia–, parece que se hace lo imposible para que los espectadores puedan conocerlo. Así uno de sus títulos anteriores, El príncipe de Hamburgo, se proyectó exclusivamente en sesiones de primera hora de la tarde y durante una única semana. Este título, por su parte, ha sido recluido a circuitos de versión original y con gran retraso como queda dicho. Algo que ya ocurrió con algunos de sus primeros títulos en los tiempos de la censura franquista (cuando se llegaron a estrenar), pero en unos momentos donde la asistencia a aquellas películas era de obligada para unos espectadores concienciados y que ahora parecen dormidos en la comodidad.

La sonrisa de mi madre, como la mayor parte de los filmes del director, es mordazmente crítico, reflexivo, duro, militante, provocativo. Un tema insólito en sí mismo: una mujer, madre de familia, asesinada por un hijo en estado de locura, va a ser beatificada. El hilo conductor de tal farsa con ribetes esperpénticos es uno de los hijos que desde su ateísmo trata de comprender a todos los familiares que le rodean: una especie de farándula anormal en su ridícula normalidad. La mirada del director va dibujando las situaciones de forma grotesca como única forma de acceder a esta especie de arribistas que tratan de lograr no algo justo sino acorde con sus intereses. Todo es válido para estos farsantes que se esconden en sus falsas creencias o en sus caridades inconfesas.

En el fondo el dilema de Bellocchio, como en otras películas, se centra en un enfermo eje familiar que forma parte de un engangrenado sistema social donde todo está marcado por el interés personal. Como contrapunto, una reflexión sobre la religión y la existencia, sobre Dios y el hombre. La negación de lo divino como creación o comercio humano se plantea aquí de forma inequívoca desde el comienzo en la figura de ese niño que se mueve entre el padre y la madre a los que pregunta sobre alguien que siempre le mira o le ve. Lo que ocurre es que el filme no entra directamente en el tema, discursea demasiado y tiende en demasía a la farsa olvidando el carácter super-realista de lo narrado. Lo particular por otra parte anula lo general. De esa manera quedan pequeños logros más que un cuadro completo generalizado. Por otra parte, lo soñado-simbólico-real se junta impidiendo clarificar lo que se presenta.

Personajes y situaciones se pierden en dibujos elementales o simples, impidiendo profundizar en la historia general. Es el caso de la relación entre la maestra inexistente de religión –utilizada por la familia o soñada– y el protagonista. Pero ahí está el dibujo brutal de la Iglesia Católica y de la familia. Para que nada pueda hacer olvidar que detrás de este título está Bellocchio, todo el entorno argumental se adorna con el tema de la locura. La locura representada por el hermano asesino es el eje de la propia familia. Se presenta como un contrapunto a la locura de la sociedad opresiva en la que se encierra a unos seres aplastados por instituciones o jerarquías.

Algunos de los instantes del filme (el dibujo del estrafalario cardenal y su mundo) parecen llevarnos a momentos del grotesco mundo felliniano. Aunque la mirada nostálgica-cariñosa del director de Amarcord deviene en cruel representación de un mundo donde todo es moneda de cambio. Cualquier cosa es válida para llegar a dominar a los otros. Incluso el arte parece, en sí mismo, un juego.

Filme tan difícil como atrayente, cínico y doloroso, que parece proponer más que lo que realmente da debido a los saltos de ideas y personajes. Parece dejarse a un lado el tema principal, que en realidad no es más que una de las muchas ramas de este árbol que parece carecer de tronco: sistema personal del cine de este director italiano que después de muchos años se sigue mostrando tan inconformista y radical como antes.

Prefiero sin duda este cine venido de Italia, en contra de lo que gustan ver generalmente los espectadores de hoy y defender varios de los llamados críticos, que hace referencia a ese cine más vulgar y más conformista de lo que se cree representado por cosas tan viejamente modernas como La mejor juventud o El último beso. Bellocchio no se deja comprar, contra unos y otros sigue haciendo su cine tan personal como irregular. Espero que pueda seguir realizándolo durante muchos años.

Mister Arkadin