HARRY POTTER Y EL PRISIONERO DE AZKABAN  
 
Título orginal: Harry Potter and the Prisoner of Azkaban
País, Año:

EE.UU., 2004

Dirección: Alfonso Cuarón
Intérpretes: Daniel Radcliffe, Emma Watson, Rupert Grint, Robbie Coltrane. Gary Oldman. Michael Gambon. Maggie Smith. David Thewlis. Julie Christie. David Bradley. Warwick Davis. Emma Thompson. Adrian Rawlins. Timothy Spall. Alan Rickman. Mark Williams. Julie Walters. Fiona Shaw. Richard Griffiths.
Guión: Steve Kloves
Producción: Chris Columbus. David Heyman. Mark Radcliffe
Música: John Williams
Fotografía: Michael Seresin
Montaje: Steven Weisberg
Distribuidora: Warner Sogefilms
Duración: 146 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La magia en el caldero

El menos es más, es una premisa aún no aprendida por el sorprendente equipo de las aventuras de Harry Potter. El célebre guionista Steve Kloves sigue atrapado en adaptaciones extremadamente fieles al material original que atentan contra el resultado cinematográfico. Mientras los libros crearon una legión de seguidores cautivos, las sofisticadas películas son incapaces de mantener a sus pequeños espectadores aferrados a las butacas.

Harry Potter y el prisionero de Azkabán, uno de los textos más atractivos de la serie publicada por su omnipresente creadora, J. K. Rowling, se ha convertido en la más aburrida de las tres películas realizadas hasta ahora. Alfonso Cuarón, quien ya había probado su capacidad para recrear los mundos de la fantasía y la infancia en La princesita (1995), se ha visto desbordado por una producción monumental donde importa más la capacidad de sorprender que la de contar.

El cineasta mexicano se propuso rodar una cinta más cerca del terreno de lo real, que de la magia. Enfiló su atención más al drama personal de Harry que a sus propias aventuras y acentuar así su paso de la infancia a la juventud; pero sus intenciones naufragan dadas las exigencias de una franquicia que ya tiene sus bases muy bien demarcadas desde el principio.

Cuarón, quien por primera vez parece estar fuera de lugar, ha suavizado además el tono lúgubre y tenebroso que poco a poco va ganando terreno en la historia (y que Chris Columbus había conseguido atrapar en la segunda parte); extraña decisión cuando el filme en cuestión habla sobre los temores del niño mago.

Kloves, por su lado, ha calcado de nuevo la estructura de sus guiones anteriores sin variar casi nada. Arranque en casa de los grotescos tíos, anuncio del peligro (antes era un duende, ahora es un periódico), paseo en tren, regreso a Hogwarths, sesiones en el aula, escobas voladoras y tropiezos con Malfoy. Peripecia tras peripecia tras peripecia, sobreviene el encuentro con la verdad, la resolución del problema  y el epílogo en el comedor de la escuela de magia. Sólo se ha sustituido la amenaza latente y los colaboradores de rigor. Si antes el peligro se encontraba en una cámara oculta en las bases de Hogwarths, ahora el mal revolotea en forma de espectros, al acecho de un posible criminal. Si antes Kenneth Branagh aportaba su atractivo perfil a la franquicia; esta vez lo hace su ex musa Emma Thompson y los bizarros David Twelis y Gary Oldman.

Como en las pasadas entregas (dirigidas por Chris Columbus), los efectos visuales y la dirección artística son el corazón de esta historia episódica donde un joven mago, huérfano para más señas y heredero de un talento especial, ha de enfrentarse de un momento a otro contra su némesis: Lord Voldemore. Deudora de historias como El señor de los anillos y La guerra de las galaxias, Harry Potter avanza lentamente en su ascensión a la madurez. Aunque sus púberes protagonistas ya asoman los cambios inevitables de la adolescencia, el trío sigue comportándose de manera infantil, apagando lo máximo posible las inquietudes de una edad como la suya. En contra de lo deseado por su director, en realidad es poco lo que se acentúa la soledad del héroe y poco la simpatía expresa entre Ron y Harmione; acaso un milímetro con relación a lo ya visto en Harry Potter y la cámara secreta.

En el terreno de los efectos visuales, estos han caído en su propia trampa. En el terreno de "todo es posible", la cinta se ha quedado añeja rápidamente. Poco no ha sido visto antes y aún así, el exceso por mostrar, lejos de ayudar, entorpece el desarrollo de la historia, alertagándola como quien arrastra bolas de hierro en sus tobillos. Ni el mágico hipogrifo, ni el caricaturesco hombre lobo parecen estar a la altura del listón impuesto por la franquicia. Apenas, los espectros guardianes parecen reivindicar la marca de fantasía necesaria, y es en ellos donde se puede encontrar algo del cine de Cuarón (que esta vez no ha trabajado con su colega y colaborador más cercano, el fotógrafo Emmanuel Lubetzki).

Como ya sucedió en Harry Potter y la cámara secreta, El prisionero de Azkabán se sumerge en un laberinto de posibilidades que finalmente se derrumban en su resolución. El cierre de la película no consigue estar a la altura del planteamiento. El "villano" de turno, Sirius Black (Gary Oldman) aparece muy tarde y pierde importancia ante la presencia de los Dementores. Kloves no ha conseguido mostrar la ambigüedad de Remus Lupin (Thewlis), ni tampoco dotar de auténtica maldad al verdadero culpable.

Daniel Radcliffe, Emma Watson y Rupert Grint están cada vez más a gusto en sus roles; mientras Emma Thompson explota su talento para la comedia escudada en unas espantosas gafas. Michael Gambon, sustituto del fallecido Richard Harris, consigue que Dumbledore mantenga su estatus dentro del universo de esta historia.

Como su predecesor, Harry Potter y el prisionero de Azkabán es un film transistorio dentro de la estructura diseñada por Rowling en sus novelas. Tal vez, lo que apenas ha conseguido asomar el realizador mexicano en esta cinta consiga revelarse en Harry Potter y el cáliz de fuego; el próximo en la lista de la franquicia que ya dirige Mike Newell (Cuatro bodas y un funeral).

Robert Andrés Gómez