La magia en
el caldero
El menos es más, es una premisa aún
no aprendida por el sorprendente equipo de las aventuras de Harry
Potter. El célebre guionista Steve Kloves sigue atrapado en adaptaciones
extremadamente fieles al material original que atentan contra
el resultado cinematográfico. Mientras los libros crearon una
legión de seguidores cautivos, las sofisticadas películas son
incapaces de mantener a sus pequeños espectadores aferrados a
las butacas.
Harry Potter y el prisionero de Azkabán, uno de los
textos más atractivos de la serie publicada por su omnipresente
creadora, J. K. Rowling, se ha convertido en la más aburrida de
las tres películas realizadas hasta ahora. Alfonso Cuarón, quien
ya había probado su capacidad para recrear los mundos de la fantasía
y la infancia en La princesita
(1995), se ha visto desbordado por una producción monumental donde
importa más la capacidad de sorprender que la de contar.
El cineasta
mexicano se propuso rodar una cinta más cerca del terreno de lo
real, que de la magia. Enfiló su atención más al drama personal
de Harry que a sus propias aventuras y acentuar así su paso de
la infancia a la juventud; pero sus intenciones naufragan dadas
las exigencias de una franquicia que ya tiene sus bases muy bien
demarcadas desde el principio.
Cuarón, quien
por primera vez parece estar fuera de lugar, ha suavizado además
el tono lúgubre y tenebroso que poco a poco va ganando terreno
en la historia (y que Chris Columbus había conseguido atrapar
en la segunda parte); extraña decisión cuando el filme en cuestión
habla sobre los temores del niño mago.
Kloves, por
su lado, ha calcado de nuevo la estructura de sus guiones anteriores
sin variar casi nada. Arranque en casa de los grotescos tíos,
anuncio del peligro (antes era un duende, ahora es un periódico),
paseo en tren, regreso a Hogwarths, sesiones en el aula, escobas
voladoras y tropiezos con Malfoy. Peripecia tras peripecia tras
peripecia, sobreviene el encuentro con la verdad, la resolución
del problema y el epílogo
en el comedor de la escuela de magia. Sólo se ha sustituido la
amenaza latente y los colaboradores de rigor. Si antes el peligro
se encontraba en una cámara oculta en las bases de Hogwarths,
ahora el mal revolotea en forma de espectros, al acecho de un
posible criminal. Si antes Kenneth Branagh aportaba su atractivo
perfil a la franquicia; esta vez lo hace su ex musa Emma Thompson
y los bizarros David Twelis y Gary Oldman.
Como en las
pasadas entregas (dirigidas por Chris Columbus), los efectos visuales
y la dirección artística son el corazón de esta historia episódica
donde un joven mago, huérfano para más señas y heredero de un
talento especial, ha de enfrentarse de un momento a otro contra
su némesis: Lord Voldemore. Deudora de historias como El
señor de los anillos y La
guerra de las galaxias, Harry Potter avanza lentamente en
su ascensión a la madurez. Aunque sus púberes protagonistas ya
asoman los cambios inevitables de la adolescencia, el trío sigue
comportándose de manera infantil, apagando lo máximo posible las
inquietudes de una edad como la suya. En contra de lo deseado
por su director, en realidad es poco lo que se acentúa la soledad
del héroe y poco la simpatía expresa entre Ron y Harmione; acaso
un milímetro con relación a lo ya visto en Harry Potter y la cámara secreta.
En el terreno
de los efectos visuales, estos han caído en su propia trampa.
En el terreno de "todo es posible", la cinta se ha quedado
añeja rápidamente. Poco no ha sido visto antes y aún así, el exceso
por mostrar, lejos de ayudar, entorpece el desarrollo de la historia,
alertagándola como quien arrastra bolas de hierro en sus tobillos.
Ni el mágico hipogrifo, ni el caricaturesco hombre lobo parecen
estar a la altura del listón impuesto por la franquicia. Apenas,
los espectros guardianes parecen reivindicar la marca de fantasía
necesaria, y es en ellos donde se puede encontrar algo del cine
de Cuarón (que esta vez no ha trabajado con su colega y colaborador
más cercano, el fotógrafo Emmanuel Lubetzki).
Como ya sucedió
en Harry Potter y la cámara
secreta, El prisionero de Azkabán
se sumerge en un laberinto de posibilidades que finalmente se
derrumban en su resolución. El cierre de la película no consigue
estar a la altura del planteamiento. El "villano" de
turno, Sirius Black (Gary Oldman) aparece muy tarde y pierde importancia
ante la presencia de los Dementores. Kloves no ha conseguido mostrar
la ambigüedad de Remus Lupin (Thewlis), ni tampoco dotar de auténtica
maldad al verdadero culpable.
Daniel Radcliffe,
Emma Watson y Rupert Grint están cada vez más a gusto en sus roles;
mientras Emma Thompson explota su talento para la comedia escudada
en unas espantosas gafas. Michael Gambon, sustituto del fallecido
Richard Harris, consigue que Dumbledore mantenga su estatus dentro
del universo de esta historia.
Como su predecesor,
Harry Potter y el prisionero
de Azkabán es un film transistorio dentro de la estructura
diseñada por Rowling en sus novelas. Tal vez, lo que apenas ha
conseguido asomar el realizador mexicano en esta cinta consiga
revelarse en Harry Potter y el cáliz de fuego; el próximo en la lista de la franquicia
que ya dirige Mike Newell (Cuatro
bodas y un funeral).
Robert Andrés Gómez