Teniendo en cuenta
las exigencias que un remake ha de cumplir si pretende
ser bien acogido por crítica y, en cierto modo, por el publico,
sonó un tanto extraño desde el principio cuando Gus Van Sant anunció
que iba a hacer un remake de Psicosis (en adelante
me referiré a la película de 1960 como Psicosis y a su
remake como Psycho). Para ser más precisos, sonó
bien extraño la manera como iba a hacerlo. Esta extrañeza, que
no sus resultados, aunque sí él resultado como refutación, es
lo que, como si de un duermevela voraz se tratase, devora la relación
materno-filial entre Psicosis y Psycho convirtiendo
a la palabra remake en un término que puede encontrar su
propia discusión dentro de la misma película, la “original” y,
en este caso, la que es, según algún algunos, no su remake
sino su fotocopia. Fotocopia porque, como es bien sabido, Gus
Van Sant hizo sólo un par de cambios insignificantes en el guión,
además de usar el mismo plan de rodaje y los mismos decorados,
se ha llegado a decir que Van Sant se limitó a colorear el film
de Hitchcock.
Este es el motivo
de que el uso de la palabra remake en este caso concreto
resulte tan problemático y, precisamente por eso, es tan atractivo
el ponerlo a prueba aunque sea en un texto breve como el que aquí
voy a desarrollar. Y es que, con cierta frecuencia en los últimos
tiempos, surge la discusión en cuanto a la pertinencia del remake,
o en cuanto a si el remake es un síntoma de falta de creatividad
o, por otro lado, es un intento de actualizar relatos del pasado
a un público nuevo. Esto último, para un nivel de desconfianza
de andar por casa es bastante dudoso, salvo en pocos y honrosos
casos, es evidente que la maniobra es ir sobre seguro con historias
que, de entrada, ya van a gozar de tres factores que a las campañas
publicitarias le son muy caros de conseguir: fama, prestigio y
curiosidad por el producto.
Respecto a lo de la adaptación para un nuevo público el caso de
Psycho es bastante iluminador, ya que no se debe olvidar
que el original fue ideado por Hitchcock tras tomar interés en
esas películas de bajo presupuesto sin otra finalidad que la de
entretener (y de paso hacer que tu pareja se te arrime un poco
más). Psicosis riega su duración con momentos que han llegado
a ser de peaje obligado para cualquier
película de terror para adolescentes que se precie. Por
todos es sabido que las dotes de seducción de Hitchcock no se
limitaban a su habilidad con las imágenes, también se manifestaban
en su gran capacidad para vender. Y así sucedió con esta película,
para aquellos tiempos se podría decir que fue una gran operación
de marketing la que llevó a cabo.
Este pequeño rodeo que estoy dando tiene como fin el señalar algo
que me parece que no carece de interés: si llevásemos a los noventa
el tipo de esfuerzo publicitario que se hizo con Psicosis
en los sesenta, la campaña publicitaria se parecería más a la
de Jurassic Park que a la de Psycho de Van Sant
(valga esta comparación también en cuanto a la fama del director
de los dinosaurios y el de Wild Will Hunting). Gus Van
Sant es un director que no se podría decir que hace cine para
adolescentes, pero sí que hace cine de adolescentes, por lo que
la selección de Psicosis es oportuna en su filmografía.
De hecho, pienso que la problemática sobre el adolescente no la
aborda en Psycho únicamente desde dentro del film, sino
que, y espero que al final de este escrito se vea con más claridad,
en el mismo experimento estético de realizarlo. Tal consideración
puede que nos deje en un lugar no mucho más avanzado que al comienzo
del párrafo, pero sí que da la impresión, por lo que he comentado
hasta ahora, que lo dicho anteriormente sobre la razón de ser
de los remakes no se cumple en el caso de Psycho.
Un experimento estético.
Esto es lo que el director respondió al ser interrogado por la
razón de hacer el remake tal y como lo había hecho. Pienso
que para lo que estoy diciendo no es necesario reparar mucho en
las reacciones que tuvo tanto crítica como público al verla, decir
sólo que se convirtió en una mancha en el historial de Van Sant,
y que despertó muchas sospechas sobre su “integridad” como artista
indi. Radicalizar el concepto de remake hasta el punto
de subvertir las propias expectativas que “el buen pensar” exige
de un remake me parece un experimento sobre el que bien
vale la pena, al menos, reparar. Como sucede en tantas y tantas
cosas, los deseos irrefrenables por parte de intelectos y corazones
de crear límites y distinciones que dejan unas cosas dentro y
otras fuera son más un deseo ciego de querer creer que lo envuelto
–distinto y limitado– está a salvo de lo indistinto –desatado
e ilimitado–, que realmente una lucha por tener una más o menos
constante norma de lo que es o no apropiado –bueno, verdadero
o bello–. Esta última pretensión de encontrar la norma se ve,
a fin de cuentas, aplastada por el incontestable paso de lo que
funciona; y, sin embargo, el miedo al abismo oscuro permanece,
porque lo que nunca nos abandona es ese suave escalofrío bajo
nuestra epidermis de que nunca, nunca, debemos dar la espalda
a una puerta entreabierta, menos aún en la ducha. Así, respecto
al ansia por limitar y acotar, e incluso proponer como una cierta
moral de lo que ha de hacerse o no ha de hacerse en el terreno
del cine (y con esto valdría la pena extenderse a otras artes,
quizás también hacerlo reposar en la vida misma) surge la cuestión
del remake. El remake como ilegitimo o legitimo.
El remake como condenado nada más nacer por su película
progenitora.
Una breve consideración
preliminar sobre el terreno en el que se mueve el concepto de
remake. La sentencia algo roma pero que no acaba de ser
errónea que dice que el remake es volver a contar una misma
historia, sirve, al menos, para comenzar a delimitar un poco el
campo. Y esto es así porque, con ella, podemos atisbar con otra
claridad acciones que cuanto menos pueden ser consideradas como
afines en otros medios de expresión artísticos: una es la representación,
la otra la copia. La representación la hallamos en dos medios
literarios: los relatos orales y el teatro. En ambos, el publico
espera “que le vuelvan a contar una historia”; cabría decir que
tal demanda viene acompañada por unas exigencias que no paran
muy lejos de las que se hacen al cine, pero en cambio, también
es cierto se valora per se el mero hecho de satisfacer
la demanda del niño que pide al padre que por favor vuelva a contarle
el mismo cuento de la noche anterior. Por supuesto, el padre no
queda eximido de persuadir al niño de nuevo, pero tal persuasión
no consiste en ofrecer novedad, sino en actualizar un relato más
o menos fijado en la memoria del padre al interés y o el desinterés
que el niño pueda manifestar. De hecho, y de esto las convenciones
de los géneros cinematográficos también participan, el niño, el
espectador de la obra de teatro, extrae de la repetición de los
momentos clave cierta satisfacción.
En el otro extremo
tenemos la copia. La copia es un término más habitual de las artes
plásticas y mientras la representación es una practica positiva
que, a fin de cuentas, forma parte del medio de expresión teatral,
la copia en las artes plásticas se ve como una acción poco digna,
en realidad, como Welles muestra en su F for Fake,
esto es así porque la copia, la copia magistral, pone en
tela juicio temas como el de, usando el término de Walter Benjamín,
el valor de la aureola de la obra de arte original (y el mismo
concepto “original”). Por tanto, tenemos que el remake
es como el terreno intermedio entre ambos conceptos. Pero para
completar un poco más la topografía hay que pensar en un tercero
en discordia: la interpretación.
La interpretación
la asocio al mundo de la música y nos permite matizar un poco
más el concepto de remake por una razón: en los relatos
orales y el teatro no hay un soporte que fije la representación
(ahora sí, claro, pero cuando se hace ya no ves teatro, y para
un niño no es lo mismo poner una grabación de la voz de su padre
todas las noches), en la pintura por ejemplo la copia no puede
ser si no es fijada, por cierto que muere como tal en el mismo
momento de serlo, del mismo modo que Norman acaba desapareciendo
en la última secuencia de Psicosis. En la música tenemos
que puedes fijar lo efímero de una interpretación sin que deje
de ser música y, a la vez, queda liberada del peso de interpretaciones
anteriores. En este sentido, el cine busca algo similar cuando
hace un remake, la demanda es que se vuelva a interpretar
una partitura y esta nueva interpretación repita, no sólo la partitura,
sino la persuasión, como si lo vieses por primera vez, es decir,
una novedad que no está en el objeto artístico sino en el asombro
que produce..
Volviendo al remake
de Gus Van Sant, pienso que el concepto de contar otra vez Psicosis
como quien interpreta una partitura musical es lo que nos hace
entender su por qué como experimento estético (o por qué puede
ser pertinente tomarlo como tal). Lo que ocurre es que no funciona,
dicho de otra manera, la experiencia no tiene un final feliz,
es como si Gus Van Sant, al oír al cliente del jefe de Marion,
se hubiese llevado los cuarenta mil (o cuatrocientos mil, qué
más da –esto me recuerda una anécdota de Groucho Marx que no viene
a cuento–) para poder sobornar a la infelicidad. La relevancia
de que Hitchcock desease hacer una película barata me dice algo
que pienso tiene que ver con Gus Van Sant huyendo con su botín.
Es habitual encontrarse en los comentarios sobre Psicosis
que Marion es castigada con la muerte porque ha tenido relaciones
extramatrimoniales y por su robo. La verdad es que las veces que
he visto la película nunca he podido sustraerme a la sensación
de que no es así, por la sencilla razón de que justo antes de
su muerte la vemos tomando la decisión de devolver el dinero,
es más, muere mientras se está lavando de sus ‘pecados’. Se me
podría decir que es gratuito pensar que es castigada por arrepentirse,
pero a mi modo de ver, el puente que se establece nada más desaparecer
Marion y convertirse Norman en el protagonista no viene solamente
dado porque a partir de entonces la historia gire alrededor de
él, sino porque si Marion, finalmente, decide someterse a la autoridad,
la vida de Norman es, en cierto modo, lo que a Marion le hubiese
esperado tras ese sometimiento, y esto sí hace girar a la historia
alrededor de Norman. En la conversación que Sam mantiene con Norman
hacia el final de la película, éste último sostiene que él no
desea irse porque no quiere vivir sin su madre, “este es mi
mundo”. Marion, no hay que olvidarlo, se embarca en ese viaje
porque lo que desea es “comer un filete para tres” con
Sam y su hermana, y con la foto de su madre sobre la chimenea,
la hermana de Marion como una especie de proyección de la madre
es clara. Ni Marion ni Norman son capaces de encontrar la felicidad
fuera del radio de dominio de sus madres muertas (Scotty, el personaje
de James Steward en Vértigo tampoco es capaz de encontrar
la felicidad fuera de la mujer muerta, luego volveré a ello, pero
es importante que esta tríada de personajes estén, por así decirlo,
vistiendo santos, estatuas).
Marion es una mujer
a la que se le ha creado una imagen de la felicidad, así como
Norman es un chico al que se le creó una imagen de lo que es un
hogar feliz, y la película se llama Psicosis, es decir: visión
distorsionada de la realidad. La película comienza con un
plano general, adentrándose en una ventana de motel con una pareja,
Marion y Sam, que están viviendo un episodio a todas luces muy
romántico, y acaba con un coche, el de Marion, saliendo del fondo
de una ciénaga. Se nos marca de esta forma el inicio y el final
del viaje de Marion, como si la idílica escena del comienzo nos
la estuviese sacando al final Hitchcock del fondo de una ciénaga
diciendo: así acaban los sueños felices. Quién los mata es quién
ha sobrevivido: la madre. Ella es la autoridad de lo que
se debe de hacer y de lo que cabe desear, y sobrevive porque,
sencillamente, aparenta que no es capaz de matar a una mosca.
Como ya he dejado
caer, Psicosis guarda relación en diversos puntos con otra
película anterior de Hitchcock, Vértigo. Y me parece importante
señalar alguno de ellos porque eso me lleva a la reflexión que,
a mi modo de ver, hace el director en Psicosis. Vértigo
es, entre otras cosas, un desarrollo sobre el tema de la autenticidad
como engaño y la repetición como pulsión; aparecen los muertos
como destino escrito en las estrellas para los vivos, pero estos
muertos son mentiras, falsedades que se inventa el hombre poderoso
(Gavin Elster) para lograr sus fines, esto es engañar a la justicia
y así lograr más dinero, lo cual le otorgará “libertad y poder”.
La muerte de la protagonista femenina (la segunda, la real), viene
dada también por un arrepentimiento, por ponerse a disposición
de la autoridad moral, en este caso una monja emergiendo de la
sombra del campanario, por cierto que su aparición es tan siniestra
como la de la madre de Norman. Estas claves, y lo comentado más
arriba, me llevan a decir que en Psicosis también se trata
el tema de la autenticidad como engaño y la repetición como pulsión
pero, si en Vértigo los muertos son mentiras que nos creemos,
en Psicosis los muertos son invocados por nuestros propios
deseos de seguridad y guía. Parece como si para Marion fuese insoportable
el principio de autoridad que ha interiorizado desde la infancia,
y que le hace temer a un policía mucho más que a un tipo como
Norman. El viaje que lleva a Marion al Motel Bates es en la oscuridad,
a través de una tormenta, saltarse las normas significa exponerse
a lo informe, al abismo, “una sola locura” que puede cambiarle
la vida. Está claro que Marion se arrepiente porque no soporta
estar a la intemperie, y no soporta la voz de su conciencia. La
foto de su madre muerta sobre la chimenea no cesa de hablarle.
La esquizofrenia
de los personajes no es otra cosa que la esquizofrenia que viene
de creer que la felicidad y sobornar a la infelicidad son la misma
cosa. Psicosis muestra cómo las imágenes de felicidad que
las madres meten a sus personajes en la cabeza no tienen nada
que ver con lo que la suerte les ha dado, con su situación real.
Norman quería una familia feliz pero su padre lo abandona y su
madre se pone a vivir con otro, Marion quería vivir una vida matrimonial
pero tiene que reunirse con su amante en un hotel. Ese desplazamiento
entre imagen y realidad hace que tanto Norman como Marion, tengan
que saltarse una autoridad, de otro orden distinto a la materna
pero que no hace sino amplificar los ecos de su conciencia, para
satisfacer esa imagen. Así los muertos son los que condenan en
un doble sentido, y así lo hacen porque los vivos no se atreven
a, por decirlo de algún modo, improvisar, más bien prefieren disfrazarse
de sus madres (Norman lo hace efectivamente, pero Marion desea
hacerlo como mujer casada), y, también, disecar pájaros. No me
detendré en la referencia a Los pájaros y el uso de éstos
en Psicosis como un signo de sexualidad disecada, reducir
toda la película de Psicosis a una interpretación sobre represión
sexual me parece no decir mucho. Evidentemente trata el tema de
la represión sexual, reprimiendo el sexo se reprime mucho, pero
no todo, no da la sensación de que Marion le esté pidiendo a Sam
al principio de la película que dejen de tener sexo, pero si que
le está poniendo un precio. Es por esto que la represión como
obligación a repetir modelos me parece más apropiada.
Llegado este punto creo pertinente volver a Gus Van Sant, que lo
habíamos dejado huyendo con un dineral. Esta reflexión que Hitchcock
hace en Psicosis sobre la repetición y la autenticidad
me parece que clarifica una tanto la problemática del remake,
aunque también nos puede llevar a otros ámbitos que aquí no toca
tratar. Anteriormente he dicho que lo de hacer remakes
tiene algo de interpretar una partitura, y da la sensación que
Gus Van Sant lo ha visto así también. Con todo, el fracaso de
la película pone de manifiesto que no se puede contar el mismo
chiste exactamente igual en cualquier lugar. La cosa no consiste
en una repetición mecánica. Por supuesto, no trato de decir que
interpretar una partitura musical sea meramente repetir movimientos
mecánicamente, pero pienso –como Stanley Cavell– que el cine tiene
mucho que ver con el jazz. En éste el basarse en una partitura
y la libertad no entran en conflicto, de hecho,
interpretar una partitura de jazz exige una medida importante
de improvisación. Grabar una sesión de jazz es grabar un momento
manifiestamente fugaz e irrepetible, tan irrepetible como la mirada
de Janet Leigh con el rostro sobre el suelo del baño. No debe
olvidarse que los modelos heredados del cine fueron, en cierta
medida, improvisaciones que quedaron fijadas. Tomarlas como modelos
sin tener esto presente puede hacer que nuestro comportamiento
sea tan siniestro como lo que pasa en Vértigo, aquel empeño
de Scotty porque Judy fuese un remake de Madeleyne, y no sólo
la repitiera a ella sino que se repitiera toda la historia exactamente
igual, mecánicamente, mismos lugares, mismos gestos.
El cine, incluso el de Hitchcock, tiene un elemento muy importante
de improvisación, y aunque quede fijado en un soporte, la repetición
de la interpretación es imposible. Improvisar sobre lo ya hecho
es lo que puede proporcionar, en el caso del cine, un final feliz.
Lo que ocurre es que, y esto es innegable, en ocasiones debemos
sobornar a la infelicidad porque ¿quién puede resistirse a la
tentación de volver a mirar por ese agujero que hay en la pared
cómo Marion se desviste?