No son las
únicas versiones de esta historia de periodistas, pero sí las
mejores. A partir de la obra teatral The
Front Page escrita por Ben Hecht (quien aparece delirantemente
citado en Primera plana) ya rodó Lewis Milestone
en 1931 su película Un gran
reportaje, y más recientemente ha vuelto sobre ella Ted Kotcheff
con Interferencias (1988). Entre ambas, las obras maestras de Hawks y
Wilder.
Aunque el
punto de partida es común, estamos ante un ejemplo magnífico de
cómo una mirada diferente puede alterar sustancialmente una historia.
Lo primero que llama la atención es el cambio de sexo (aunque,
sorprendentemente, no de nombre) al que somete Wilder a uno de
los protagonistas. Ahora
Hildy ya no será una bella periodista, ex-esposa además del director
Walter Burns, nadando en el mar de tiburones de la sala de prensa
del penal, sino un hombre que difiere bien poco de sus colegas,
y cuya relación con el director no parece que llegase nunca a
intimidad alguna.
Y es justamente
en este cambio de identidad donde descansa el cambio de perspectiva
que Wilder ha introducido a la historia, y que no es otro que
el consistente en abandonar la historia de amor sobre la que giraba
Luna nueva y virar hacia una historia mucho más sórdida. De hecho
la película de Hawks consume sus primeros veinte minutos en el
juego a tres bandas entre Walter (Cary Grant), Hildy (Rosalind
Russell) y Bruce (Ralph Bellamy, un tipo que se parece a Ralph
Bellamy, como dice en un momento dado Grant), el estúpido marido
de Hildy. Mientras eso ocurre el periódico queda en un segundo
plano. Perfectamente el marco podría ser otro y el arranque de
la película no variar un ápice. Sin embargo con el cambio de sexo
de Hildy esa posibilidad queda de entrada destruida. La historia
de amor entre Hildy (Jack Lemmon) y su futura esposa es ahora
completamente circunstancial, y es el periodismo en su estado
más despiadado (que ya interesó a Wilder en obras como El gran carnaval) el eje sobre el que girará la película. De hecho los títulos
de crédito aparecen sobre la composición del diario. Nada de sentimentalismos.
La elección
de los actores refuerza esta idea. De Cary Grant a Walter Matthau,
de la seducción impecable y la sonrisa cautivadora a la mandíbula
batiente y la mirada despiadada, del pura sangre a la hiena. No
cabe en el reparto de Primera plana ninguna concesión a la elegancia.
Sobre ella aflora la sordidez.
Alrededor
de este eje hará girar Wilder toda su película. La prometida de
Hildy tiene aquí mucha menos importancia que el novio de Hildy
en Luna nueva. Hawks vilipendiaba incansablemente al pobre Ralph Bellamy,
y al hacerlo acentuaba más el contraste con Cary Grant, lo que
redundaba en le desenlace inevitable (aunque un tanto forzado)
que acabará conduciendo a Rosalind Russell de vuelta a los brazos
de su ex-marido. Incluso el personaje de la suegra, un elemento
más en el desequilibrio Walter-Bruce, desaparece en la película
de Wilder, quien ya no tiene ningún motivo para no tratar al personaje
de Peggy (Susan Sarandon) con cierto respeto.
Este cambio
de perspectiva lleva aparejado, además, lo que parece ser un cambio
de época, de usos, de estilos. La elegancia de Grant no existe
ya, y no sólo en las cuestiones sentimentales, tampoco en las
profesionales. Si Wilder se ocupa ante todo de la profesión periodística
parece ser que lo hace con la única intención de contradecir el
rótulo con el que abre Hawks su película, aquello de que los periodistas
de ahora ya no son tan despiadados como los de antes. Quizá, pero
los que vendrán harán de ellos unos inofensivos cervatillos. Y
no es que los que aparecen en Luna
nueva sean un dechado de honestidad, en absoluto, pero las
formas y el estilo en que son presentados están a enorme distancia
de la crueldad que rebosa Primera plana. Veamos tan sólo un par de
ejemplos.
La sala de
prensa de la cárcel es una manada de lobos. No hay un atisbo de
decencia. Se miente, se copia, se tergiversa, todo vale a favor
de un buen titular, pero a pesar de ello sigue habiendo estilos.
En Luna nueva las formas
son más suaves, los chistes más solapados, la agresividad un tanto
dulcificada. La mala educación de los periodistas se insinúa en
gestos como no quitarse nunca el sombrero ante las damas (sólo
Bruce lo hace). En cambio Primera
Plana es mucho más directa y brutal. La crueldad es extrema,
las burlas dirigidas a Molly feroces, y los chistes que hacen
sobre Williams muerto, macabros. La sangre, goteando del escritorio
donde el reo se esconde que Wilder nos muestra, no tendría cabida
posible en la película de Hawks.
El segundo
detalle se refiere a los motivos que guían al director del periódico
en su trabajo. Aún siendo en ambos casos personajes despreciables
desde le punto de vista moral, pueden distinguirse grados. Mientras
que lo que a Cary Grant le interesa es demostrar la inocencia
de Williams y con ello acabar con la carrera política del alcalde,
y de ahí que intente hacerle una entrevista que demuestre que
está loco, a Matthau le trae sin cuidado que lo ahorquen o no;
lo importante es la primera plana, y qué mejor primera plana que
un bonito cadáver colgando de la soga, más aún si su periódico
es el único en publicarla. ¿Que la ejecución sería injusta? ¿Y
qué tiene que ver la justicia con el periodismo? O mejor dicho
¿para qué queremos justicia mientras el negocio vaya viento en
popa?
Si de verdad
Hawks se escandalizaba de los periodistas que retrataba en su
película, estaba lejos de imaginar en qué degeneraría la profesión.
Wilder no tuvo escrúpulos para mostrarlos en toda su crudeza,
aunque no acaben nunca una frase con una preposición.