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OZ,
UN MUNDO FANTÁSTICO
Por José Belón de Cisneros
Uno de los fracasos en taquilla más
sonados de 1985 fue sin duda alguna Oz, un mundo fantástico
(Return to Oz), cuya partitura fue compuesta por
David Shire. La Disney apostó por un filme que venía a ser algo
así como la continuación de El mago de Oz (The Wizard
of Oz, 1939), pero concebida de un modo radicalmente distinto
al de su predecesora. En lugar del tono alegre y festivo, de la
cursilería y del cromatismo chillón, se optó por una atmósfera siniestra
(que incluían algunas escenas verdaderamente terroríficas), efectos
especiales cercanos al expresionismo y un conjunto de personajes
más ajustados a las descripciones e ilustraciones del original literario
de Frank L. Baum. La gente no se esperaba todo esto y la película,
que en teoría estaba destinada a un público infantil, acabó demostrando
que no era en absoluto adecuada para los más pequeños; la falta
de interés del público adulto por el filme fue determinante para
el hundimiento definitivo de éste en las taquillas de casi todo
el mundo (tan sólo en Japón fue un éxito).
La película había sido pensada conforme
a la filosofía que motivó la creación de las últimas películas interesantes
de Disney en los ochenta: unos productos concebidos de manera más
adulta y sombría que las antiguas cintas para toda la familia, como
fue el caso de El abismo negro (The Black Hole, 1979),
El dragón del lago de fuego (Dragonslayer, 1981),
Tron (Tron, 1982) o Fuga de noche (Night
Crossing, 1982). Todas ellas fueron interesantes tentativas
que desembocaron en el fracaso económico, lo que hizo a la Disney
replantearse su estrategia de producción y probar con otra clase
de películas que no fueran tan arriesgadas. Eso también afectó a
la concepción de las bandas sonoras, que perdieron interés conforme
la productora de Fantasía (Fantasia, 1940) se iba
acomodando a las nuevas generaciones de espectadores.
La música de El dragón del lago de
fuego (a cargo de Alex North) resultó a todas luces una
de las piezas claves de la música cinematográfica, pero era demasiado
vanguardista para la línea clásico-romántica de Disney. Fuga
de noche es una de las obras maestras de Jerry Goldsmith, con
influencias de la Ariadna en Naxos straussiana y el Britten
más romántico. Todo dentro del estilo de la música del siglo XX.
La partitura para Return to Oz no lo iba a ser menos.
Su compositor, David Shire, reconoció las influencias que, previo
acuerdo con el director Walter Murch, le habían inspirado la obra:
Bartok, Prokofiev e Ives, a las que yo añadiría Stravinsky por la
estructura rítmica e instrumental del tema The defeat of the
Gnome King.
En efecto, Bartok está presente en la
música del disco que es objeto de este estudio. Tenemos un diálogo
entre el violín y el contrabajo armónicamente similar al estilo
del compositor de la Música para cuerdas, percusión y celesta,
de donde toma Shire la idea del pedal en los timbales para la escena
en la que Dorothy es observada por los gnomos recién llegada al
país de Oz. También tenemos música bartokiana en The flight in
the storm, ya que el ataque de los violines y los trombones
recuerda un pasaje en especial de El príncipe de madera que,
junto con El castillo de Barbazul y El mandarín maravilloso
(el cual también se pasea a lo largo de esta partitura), forma parte
de la trilogía que para la escena escribió Bela Bartok.
Otro compositor muy tenido en cuenta
por Shire para su música es Prokofiev. En el cuadernillo del disco
menciona que pretendía hacer una especie de Pedro y el lobo,
donde la música contara toda la película; y de hecho, lo consiguió,
componiendo el tema de Tik Tok con arreglo al estilo de la melodía
de los cazadores del mencionado cuento del músico ucraniano y de
la marcha de El amor de las tres naranjas. La participación
de Ives en este festín sonoro que es la presente partitura está
un poco más difusa, pero algo queda de ella en la pelea entre Tik
Tok y los rodadores, con esa música circular y caótica que recuerda
la conclusión del segundo movimiento de sus Three Places in New
England.
La partitura entera está recorrida por
un sentimiento ensoñador, de añoranza de la niñez y del hogar (al
que se le dedica un tema que se presenta primero cuando la protagonista
está en su casa al principio de la película y más tarde cada vez
que echa de menos Kansas). Es un pathos bastante triste (e
inspirado en el sonido de los lieder de Richard Strauss como
Morgen o las Cuatro últimas canciones) y que algunos
podrían acusar de deprimente, pero que le da toda sus fuerza a la
composición. Se trata de la marca de fábrica de un Shire que ya
había explorado estos sentimientos en obras pretéritas como el segundo
movimiento de su Cocktail Sonata o la obertura de El Hindenburg
y que más tarde reproduciría en una película menor como Bed and
Breakfast.
Así, tristes, son los temas de Tik Tok
(un Ejército de Oz venido a menos), el de Calabaza Jack (que
ha perdido a su madre) o incluso el tema del Cabezón (una testuz
de alce que se quedó sin cuerpo y sin vida durante una cacería y
que la recupera gracias a un producto mágico de la malvada Mombi,
cuyo tema es, por cierto, hipnótico y de nuevo bartokiano). Ni siquiera
el triunfalismo del Flight of the Gump o la vivacidad de
la Rag March borran ese sentimentalismo que aflora más que
en ningún momento en los títulos de crédito finales, un duelo entre
el tema del violín (que representa a Dorothy) y el del violonchelo
(que hace lo propio con el alter ego de Ozma y que tiene reminiscencias
de otro cuento de hadas, la melodía que abre la Cenicienta
de Prokofiev) que acaban congraciándose al final de la pieza como
metáfora de que Dorothy ha aprendido a mantener una relación equilibrada
entre el mundo de Oz (representado en Ozma) y el real (personificado
por ella misma).
Es, en resumidas cuentas, una partitura
primorosamente elaborada (escúchense los arabescos de los clarinetes
en la ejecución de The Flight of the Gump o el scherzo de
The Ride to Dr. Worley’s) y profundamente emocional, la mejor
partitura de su autor y la obra clave de aquel año que, sin embargo,
fue ignorada por los miembros de la Academia, quienes nominaron
obras mucho más mediocres.
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