Un pueblo deicida
Esta película que provoca reacciones dispares
en los espectadores que la han visto y opiniones encontradas entre
los cinéfilos (algunos dicen: ¡esto no es cine!) es espejo de
lo que es la obra artística y personal de su mismo director: Lars
von Trier, cineasta experimentador, libre y provocador donde los
haya y signo de contradicción para los seguidores del cine como
lenguajes de expresión del mundo. Él ha inventado esa especie
de nueva forma de hacer cine, que dice fomentar –además abaratar
costes– la libertad total de sus cineastas. Se llaman las películas
Dogma y se caracterizan entre muchas cosas,
por su falta de iluminación artificial y por su bastante molesto
movimiento de cámara pues ésta no se fija en trípode sino que
va a los hombros o en las manos de los operadores.
Aclamada en el último festival de Berlín, Dogville
no difiere gran cosa de sus otras obras:
Europa, Rompiendo
las olas, Los idiotas, Bailar en la oscuridad… Siempre un
asunto que le preocupa: una sociedad cerrada, intolerante e hipócrita,
que oculta sus crímenes o pecados bajo el manto de la honorabilidad
y a donde llega una criatura noble y generosa que se entrega hasta
el sacrificio para redimirla. El choque se deja enseguida entrever.
Sin embargo, mientras en los otros filmes, la resolución implicaba
un mensaje positivo, aquí el final de la película desemboca en una resolución muy pesimista.
A Dogville, un pueblo recóndito en
las Montañas Rocosas, en los años de la Depresión Económica, llega
huyendo de una banda de gangters
una mujer asustada, Grace. El pueblo la acoge y esconde a regañadientes
y la alimenta y viste a cambio de que sirva a los vecinos. La
bondad y generosidad de ésta e incluso su capacidad de sacrificio,
hacen que la vida de los vecinos del pueblo se transforme. Pero
los vecinos cada día exigen más hasta llegar a prostituirla y
a esclavizarla. Un día ocurre algo inesperado…
Advertimos a los espectadores incautos que
esta película es algo difícil de contemplar, dado el nivel de
experimentación con que ha sido rodada, cosa común en la obra
de su director. A veces parece una obra de teatro porque el escenario
es un inmenso plató rodeado de un gran telón negro. Las casas
y las calles del pueblo no existen: son marcadas con líneas blancas
en el suelo. No hay puertas: sólo se oyen su rechinar cuando éstas
se abren o cierran. De la iglesia sólo se nos muestra la espadaña
que está suspendida. Y el perro, que da nombre al poblado, es
un dibujo en el suelo, que gruñe y ladra en distintos momentos
del filme y que parece hacer las veces del coro griego… hasta
que al final se transforma en una realidad tangible
Esta llamativas anomalías que son advertidas
con incomodidad al comenzar del filme, pronto se obvian porque
el espectador cae en las redes de una narración apasionante y
que le obliga a seguir el pensamiento de su director. La película
está repleta de referencias a obras literarias como son La
visita de la vieja dama de Dürremarrt, Nuestra
ciudad de Thornton Wilder o al cine de Carl T.Dreyer (las
secuencias de la reunión de la comunidad en el iglesia).
Y posee sin duda un buen puñado de elementos
religiosos: el mismo pueblo con las casas sin paredes ni tejados
donde una mirada superior –¿la de Dios?– parece escrutar todos
los secretos íntimos de sus habitantes. Es muy curioso que el
rebelde Lars von Trier, de educación luterana, se convirtiera
hace pocos años al catolicismo. La temática de muchos de sus filmes
está entonces muy cercana a éste: sacrificio y redención, presencia
de Dios en medio incluso del mal, triunfo de la gracia frente
al pecado, –¿es casualidad que la protagonista lleve el nombre
de Grace?–... Fellini, Bresson y Dreyer, sálvense las distancias,
son citas implícitas o explícitas en sus filmes.
Yo ofrezco una especie de lectura religiosa
de Dogville, pues parece
seguir el esquema bíblico del enviado de Dios que es acogido al
principio por el pueblo de Israel y que después éste le mata,
como pasó con los profetas y después pasó con el mismo Jesucristo.
En este filme incluso se deja entrever la escenificación de las
palabras de Jesús puestas en sus labios como profecía y seguramente
atribuidas a él después de que los hechos de la destrucción de
Jerusalén ocurriera que precisamente en estos días del tiempo
de Adviento en el arranque del año litúrgico se leen: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas…!”. O las palabras
del prólogo del Evangelio de Juan que dicen: “vino a los suyos y los suyos no le recibieron”. A lo largo de la película
podemos identificar momentos que recuerdan la parábola de los
viñadores homicidas, el momento de intercesión de Abrahán por
la ciudad de Sodoma, la
presencia del ángel vengador, la ejecución del traidor sería el
final de Judas (¡a manos del mismo Jesús!). La apoteosis apocalíptica
con que acaba el filme corrobora lo dicho.
La interpretación de los actores es magnífica.
Hay en el reparto viejas figuras míticas del cine. Nicole Kidman
está soberbia en el papel de Grace. La fotografía, oscura o brillante
cuando es preciso es muy original.
José Luis Barrera