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MEZCLADO, NO AGITADO

Por Jordi Codó 
 

Ian Fleming, un flemático escritor británico que sólo pudo ver en vida el éxito de los primeros cuatro títulos de la serie Bond... sus herederos, en cambio, no paran de agradecerle que creara un personaje tan exitoso.Mucho han cambiado las cosas desde que en 1962 James Bond, el espía creado y llevado a la literatura por Ian Fleming, diera su primer salto a la gran pantalla. El cine y la sociedad ya no son los mismos de entonces. Muchas tendencias han quedado atrás, pero el agente 007 sigue protagonizando filmes de notable éxito en todo el mundo. Muere otro día (Die another day, 2002), por el momento el último capítulo de las aventuras de Bond, es el vigésimo título de la saga (una perfecta media de uno cada dos años), lo cual la convierte, probablemente, en la más longeva y, por lo tanto, en la más exitosa de cuantas ha dado el cine. Se trata, pues, de uno de los mejores exponentes de la táctica comercial hollywoodiense de las secuelas. Este fenómeno no es nuevo. Mickey Rooney encarnó al personaje de Andy Hardy en trece ocasiones, entre los años 1936 y 1956. La misma idea comparten Tarzán, la serie Camino de... (The Road to...) con Bing Crosby, Bob Hope y Dorothy Lamour; las películas de Fred Astaire  y Gingers Rogers... En los sesenta y setenta, la Pantera Rosa hizo furor, y en los ochenta, el fenómeno se revitalizó gracias a los Rocky y Rambo.* "La ventaja que suponen las secuelas -dice Augros- reside en una mayor facilidad para el lanzamiento de las operaciones de publicidad, de los juegos en franquicia, y de la venta del conjunto de productos que se derivan de ella. Finalmente, la noción de secuela permite realizar con mayor facilidad la publicidad de la película al aprovechar la fama de la película.

Normalmente estos productos se realizan en un periodo de tiempo muy acotable, y el impacto de cada secuela es siempre menor al de la anterior, por lo que la saga debe ser cancelada por la degradación. Suelen ser fruto de modas pasajeras que se esfuman al variar el contexto social. James Bond, en cambio, parece resistir más de lo normal, ya que desde los convulsos años 60 ha podido llegar al siglo XXI. En este sentido sólo veo una comparación posible, y es con la serie de películas de Star Trek, con más de veinte años ya a sus espaldas y un relevo generacional de público, si bien en un análisis comparativo podríamos observar la diferente idiosincrasia de ambas propuestas.

La apuesta de Harry Saltzman y Albert R. Broccoli por el personaje de Fleming sin duda fue un acierto. El éxito de la primera entrega, Agente 007 contra el Dr. No (Dr. No, 1962), provocó la realización de un segundo capítulo al año siguiente, en donde las constantes del personaje encarnado por Sean Connery terminaron de definirse y afianzarse. El tercer capítulo, James Bond contra Goldfinger (Goldfinger, 1964) (nótese que en esta adaptación castellana del título ya se nombra al agente secreto por su nombre), un año después, fue un éxito sin precedentes que aseguró el futuro de la serie a corto plazo y determinó un camino a seguir por ésta, como veremos más adelante. Sean Connery, el más alabado de los Bonds, protagonizaría tres películas más en los siguientes siete años, todas ellas con éxito similar. Aunque no hay que olvidar que en 1969, cortando la etapa de Connery, un desconocido actor llamado George Lazenby se enfundó por primera y última vez el traje del agente secreto –Al servicio secreto de su majestad (On her majesty’s secret service, 1969)–, en unos de los más sonoros fracasos de toda la serie, tan sólo superado por el deplorable regreso de Connery al personaje que le encumbró más de diez años después de su último título, en Nunca digas nunca jamás (Never say never again, 1983).

Aston Martin, el coche oficial de Bond durante muchos títulos de la saga... aunque la publicidad manda y últimamente también han entrado vehículos como Jaguar, BMW... ¿llegará un día Bond en un Fiat cinquecentto si el marketing lo exige?Antes de seguir es interesante destacar dos hechos. El primero reafirma el tremendo impacto social que las películas de Bond tuvieron, ya que inmediatamente empezaron a surgir en diferentes países (sobre todo en Europa) multitud de películas que imitaban los elementos de éstas. La mayoría eran parodias, pero en el fondo todas se aprovechaban de la buena disposición del público hacia este tipo de productos. Por citar algunos, Licencia para matar (License to kill, GB, 1965), F de Flint (In like Flint, USA, 1967), James Tont (Italia, 1965), o multitud de títulos empezados por "Agente..." o "00..." El otro elemento a destacar es el hecho de que a partir de Operación: Trueno (Thunderball, 1965) las películas empezaron a estrenarse con un intervalo de dos años por el miedo a agotar a los espectadores, en parte porque éstos se veían abrumados ante la multitud de sucedáneos surgidos, y en parte porque la propia saga empezaba a repetirse.

A Connery le siguió Roger Moore, conocido en aquel momento por su personaje de El Santo, por lo cual éste parecía irle a la medida. La suya es la etapa más larga, siete películas en doce años. En este tiempo, si bien no se alcanzaron las cotas de los grandes éxitos de Connery, lo cierto es que la serie aguantó bastante bien, destacando el notable éxito de Moonraker (1979), probablemente debido al interés que la ciencia-ficción despertaba en aquel momento a causa del estreno reciente de La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977). Sin duda Bond sabía adaptarse a los tiempos (cinematográficos). Pero poco a poco la saga decaía, y la sustitución de un envejecido Moore por Timothy Dalton no solucionó nada. Sólo de dos títulos disfrutaría el nuevo actor, a quien habitualmente se considera el más desafortunado de los Bonds. Licencia para matar (License to kill, 1989) recaudó 156 millones de dólares en todo el mundo, y su presupuesto había sido de 40 millones. Las cifras no parecen malas, pero si las comparamos con los 141 millones recaudados por Operación: Trueno más de veinte años antes, y con un presupuesto que no llegaba a los seis millones,  entenderemos la decepcionante situación.

Después de eso, James Bond se dio un descanso y no realizó una nueva misión hasta seis años más tarde. El espectacular regreso se produjo en Goldeneye (1995), con un nuevo rostro (el del más atractivo Pierce Brosnan) y un look mucho más sofisticado. Los 350 millones de recaudación -con un presupuesto de 60 millones-, avalaron la nueva apuesta. Las siguientes dos películas de Brosnan se mantuvieron en la misma línea, y se espera que esta última también lo haga.

No sólo los vehículos y los gadgets, también el rostro de Bond se ha adaptado a los nuevos tiempos: Pierce Brosnan encaja a la perfección con el nuevo aire de la serie, todo sofisticación y marketing.Persistir o morir

Cuarenta años después, James Bond todavía despierta gran expectación, como lo demuestra la gran repercusión mediática que ha tenido, sin ir más lejos, su último título (cierto que éste es el del aniversario, pero en los anteriores no fue menor). Claro está que todo este interés mediático es artificial, creado por los responsables de marketing de la película, pero se necesita también una predisposición de la audiencia, y si ésta pervive aún hoy es gracias al mito. El agente 007 es un mito de la cultura occidental contemporánea, y como buen mito despierta expectación. Pero ello sólo no basta para explicar su buena salud, el éxito de sus nuevas películas.

Lo primero que viene a la cabeza es que la serie ha sabido adaptarse siempre a los nuevos tiempos, moldeando su imagen en el sentido más adecuado. Hasta cierto punto eso es indudable, pero cabe atender al hecho de que su esencia ha permanecido incólume a lo largo de los años. Tiene su lógica teniendo en cuenta que la creación de Fleming posee una serie de valores que podríamos considerar clásicos, es decir, que han interesado a todos los públicos y en todas las épocas. La aventura, la acción, la intriga, los viajes alrededor del mundo, el exotismo, el sexo, el lujo, son elementos que no dejarán de interesar y que Bond contiene en dosis altas. Además, todo su fondo discursivo está basado en la clásica lucha del Bien contra el Mal, eludiendo toda complejidad, ya sea ideológica o narrativa (las usualmente enredosas historias de espionaje, aquí se ven reducidas a la mínima expresión, y si alguien se pierde realmente no importa), de modo que es accesible a cualquier público. A ello hay que añadir que un espía resulta un personaje sumamente romántico, a quien cualquier individuo, sea cual sea su edad, quisiera suplantar alguna vez (que se lo digan a Doug Quaid, el protagonista de Desafío total (Total recall, 1990)), lo que facilita la identificación.

Es más, no sólo estos filmes no han ido a rastras de la evolución de las tendencias, sino que podríamos considerarlos como los padres del moderno cine de acción. Con su estilo innovador, su ritmo trepidante, su acción continua y espectacular, su fuerte erotismo y su simplicidad maniquea, la serie Bond supuso una revelación inspiradora en el campo del entretenimiento más puro. Desde entonces, todas estas constantes se han copiado y mantenido -con ligeras variables-, logrando indudables resultados. Ello no es óbice para admitir que, en esta época de retroalimentación mediática, James Bond ha adaptado formas y estilos de los nuevos tiempos que iba atravesando, y hoy en día se observan claramente las influencias del videoclip y la publicidad televisiva en el aspecto externo de sus filmes. También se ha producido una evolución de tipo social: 007 ya no fuma, las mujeres ya no son frágiles, sino luchan de igual a igual con los hombres, etc. Se podría concluir que, externamente, Bond se ha adaptado a los tiempos; mientras que, en lo que al fondo y la esencia se refiere, son los tiempos los que se han reflejado en Bond.

Bond, sus chicas  y sus villanos en realidad no pertenecen a ningún género concreto: ellos son un género en sí mismo, la serie del "Agente 007".Un género propio

A la hora de incluir los filmes de Bond en un grupo concreto se tiende a pensar en el macrogénero de la acción. Difícilmente alguien se aventurará a clasificarlo dentro de un subgénero como sería el de espías, a pesar de que contiene sus características propias: agentes secretos, identidades falsas, misiones, contactos, secretos de estado, triquiñuelas políticas... Pero lo cierto es que, para ser una historia de espías, a una película de Bond le falta intriga, y es que prefiere hacer hincapié en los elementos sofisticados y la diversión.

Siguiendo a Rick Altman podríamos ir más allá y afirmar que en realidad James Bond no se inscribe en ninguno de los géneros clásicos, sino que constituye un género en sí mismo. "Además de los filmes en sí, los estudios crean etiquetas, personajes, tramas, temas musicales, técnicas, procesos y dispositivos que, a la larga, pueden acabar siendo más valiosos que las películas donde fueron aplicados por primera vez [...] No sólo (se) pretende obtener beneficios de esa película en concreto, sino, al mismo tiempo, garantizar unos ingresos futuros identificando el éxito de la película con un rasgo exclusivo del estudio (título, personaje, protagonista) que pueda utilizarse de nuevo para vender, ya de antemano, el siguiente título"*. Es por ello que los estudios rehuyen la asociación de sus películas con un género concreto, y prefieren hacer hincapié en ese "plus específico que el estudio aporta al género"*. De este modo se ahorran en cada película "crear un público basado únicamente en la fidelidad del público a un determinado género"*. Esto ha sido aplicado por la serie Bond desde sus inicios, como lo demuestra el análisis que el propio Altman hace de los carteles de sus primeras películas, todo un éxito en los sesenta. Así, Agente 007 contra el Dr. No, no se identifica por su género sino como "LA PRIMERA PELÍCULA DE JAMES BOND". El cartel de Desde Rusia con amor (From Russia with love, 1963) incluye a la estrella en la campaña, y un rótulo nos presenta a "SEAN CONNERY como JAMES BOND"; y para los que no conozcan el título de la novela de Fleming se añade: "VUELVE JAMES BOND".

Así pues, lo que James Bond ha estado vendiendo desde un principio ha sido a sí mismo; esto es, un estereotipo que se ha ido repitiendo título tras título, pero que paradójicamente ha significado un elemento diferenciador entre la masa de películas existentes. La diferencia estriba precisamente en esta imagen particular que tienen el agente 007 y sus películas, y que es la que ha conformado el mito. En esta relación tan particular del público con una idea, se establece un juego metalingüístico de complicidad, porque el espectador irá en busca del reconocimiento de aquellos elementos típicos (de toda índole) que conforman ese mito. En el caso de un filme de Bond, el espectador puede reconocer la introducción previa a los créditos, los créditos con las siluetas de mujeres desnudas y la canción (muchas veces tan popular como el propio film, como en el caso de Goldeneye de Tina Turner o Live and let die de Paul McCartney); el punto de mira que apunta al protagonista al inicio, la música, los chistes de Bond y sus ligues, las frases ("Bond, James Bond" o "Un martini seco con vodka, mezclado no agitado"); los inventos de Q, las chicas (la mala y la chica Bond), los villanos, el final de Bond con su chica... Quien asiste a una película de la serie espera todos y cada uno de estos momentos, y al reconocerlos siente un placer como espectador enterado, que participa del juego.

Esto lleva a que las películas jueguen con una autoparodia consistente en el paroxismo (ridículo) de estos elementos característicos. El exceso es una de las constantes de la serie desde Goldfinger. Nos dice Carlos Aguilar que en ésta "la irrealidad y la autoironía del ciclo se agudizaron con respecto a las anteriores y Sean Connery lo empezó a ver muy negro para competir dignamente con los gadgets progresivamente ingeniosos (el coche volador haría historia) y las cada vez más insinuantes y sofisticadas chicas"*. Precisamente los inventos que usa Bond en sus películas son uno de sus mayores atractivos, y lo son precisamente por su descarada inverosimilitud. Son justamente éstos, en unión con las chicas, los elementos presentes en los traillers de las películas, con lo que no cabe duda de qué se vende y qué se consume.

Sobre el erotismo de las películas, simplemente decir que hoy en día éste no es nada sorprendente o escandaloso como sí lo fue en su momento. Perdida pues esta baza (sobrepasar el límite significaría traicionar una imagen siempre más insinuante que explícita), la opción es también la autoironía. Ésta se puede observar, por ejemplo, al ver a Denise Richards en El mundo nunca es suficiente (The world is not enough, 1999) como una física nuclear que además va vestida a lo Lara Croft...

El erotismo de la serie Bond hoy en día no es nada escandaloso, pero en los años sesenta fue un auténtico boom que generó numerosas secuelas... y más de un dolor de cabeza a nuestros queridos censores.Un público incondicional

Encontraríamos muy pocas personas (al menos en occidente) que no hayan visto nunca una película de James Bond. En otras palabras, el agente secreto creado por Fleming es un verdadero fenómeno de masas, ya que aquellos pocos que no le hayan contemplado nunca en acción han oído hablar de él, y conocerán algunos de sus tópicos como el mejor de los seguidores. Por esto, por una vida de 40 años de triunfo, no debe extrañar la afirmación de que la serie Bond es una obra de culto. Prueba de ello son la multitud de páginas web y clubes de fans dedicados al personaje y sus películas. Seguramente sus incondicionales no alcanzan el número ni el fanatismo de los de, por ejemplo, Star Trek, pero la serie tiene un público menos específico -y por lo tanto no tan elitista-, lo que conlleva que su cantidad de seguidores, más o menos incondicionales, sea mucho mayor. Desde hace cuarenta años, públicos de todas las edades han estado en contacto permanente con Bond, gracias a las constantes referencias a éste (encubiertas o no) en el cine y la televisión, y al mayúsculo merchandising que el mito ha generado, y que produce multitud de juguetes relacionados con los que los niños juegan a ser 007 (los adultos también sueñan con serlo, recordemos a Quaid). En algún momento u otro la mayoría nos hemos sentido en la piel de Bond, o en algo parecido. Ello conduce, nuevamente en palabras de Rick Altman, a la creación de una "comunidad constelada", esto es, un grupo de espectadores/consumidores, separados físicamente, pero unidos por el acto del consumo de un mismo producto. "La elección de ver una película de un género específico conlleva algo más que un acuerdo de comprar, consumir e interpretar de una determinada manera. [...] El contrato genérico comporta la adhesión a unos códigos específicos y, a través de esa adhesión, la identificación con quienes comparten esa actitud"*. Todo acto de consumo es un acto social, por lo tanto, al ver una película lo que hacemos es relacionarnos con nuestro entorno, y con ello entrar a formar parte de un grupo. El grupo en cuestión puede ser más o menos grande, dependiendo de las características del producto escogido, pero siempre será mayor que uno, y con ello habremos eludido el aislamiento y la soledad. Cuanto más fuerte es la presión social (más grande el mito) más difícil es resistirse a la integración. Sería como ir a ver Titanic (1996) porque "todo el mundo va a verla". Con James Bond sucede un poco lo mismo. Como parte fundamental de nuestra cultura que es, resulta una cita indispensable si no se quiere estar al margen.

Este razonamiento no es, desde luego, absoluto, y tiene variaciones en cada individuo. Por supuesto, los dispositivos psicológicos que llevan a estos actos son inconscientes, empujados en gran medida por el aparato mediático que es, al fin y al cabo, quien crea, niega o destruye el mito. Pero funciona. Consumimos a Bond porque nos vemos impulsados a ello por una necesidad social, lo cual no tiene porqué ser malo, siempre que seamos conscientes de ello.

Si bien el éxito de la serie nadie lo cuestiona, "Muere otro día" se calcula que ha costado 140 millones de dólares... lo que sin duda repercute también en unos menores beneficios: ¿se podrá limitar algún día este excesivo coste de las producciones?Conclusión

Lo que no se le puede negar a Bond es que no engaña a nadie. Sus películas son descaradamente siempre más de lo mismo. Su gran logro, como hemos visto, ha sido la capacidad de establecer un juego con el espectador a partir del reconocimiento de esta carencia. Con ello ha conseguido un perfecto equilibrio entre conservadurismo y renovación, entre reiteración y novedad. En el panorama cinematográfico, y concretamente dentro del cine de acción, James Bond nos ofrece lo mismo de siempre, pero siempre diferente, siempre con el toque Bond.

El futuro de este ciclo de películas parece asegurado. Pero aún así, ciertos elementos hacen intuir un nuevo y ligero cambio de rumbo a no muchos años vista. Esto es, por un lado, porque seguramente Pierce Brosnan no protagonizará muchas entregas más, y la acertada o errónea elección del nuevo Bond marcará en gran parte el futuro. Por otro lado, se observa cómo los presupuestos se están disparando (Muere otro día llega a los 140 millones), reduciendo de esta manera la rentabilidad. Sin duda dos importantes cuestiones a las que habrá que poner solución.

Citas y documentación:

- AGUILAR, C.; Guía del vídeo-cine. Madrid: Cátedra, 1997

- ALTMAN, R.; Los géneros cinematográficos. Barcelona: Paidós, 2000

- AUGROS, J.; El dinero de Hollywood. Barcelona, Paidós, 2000

   

 

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