PADRE
CORAJE
(Una
atípica y estremecedora serie de televisión)
Por
Mr. Arkadin
Un
largo plano tomado desde dentro de un coche en marcha muestra el camino
(calvario) del conductor. Va “viendo” y “pasando” por el mundo de
la droga (la marginación, la miseria) existente en su ciudad, algo que
hasta hacía algún tiempo sólo conocía de oídas. Su “viaje” corre
parejo (pero desde el otro lado) a la vivencia del “lumpen” ciudadano.
Todo es oscuro, aterrador, triste. El camino conduce hacia un lugar
iluminado. Aparece como una especie de “oasis” en ese submundo (o quizá
sea el comienzo de otro mundo). El conductor para el coche. Enfrente suyo
emerge ese sitio que no es otro que el de una gasolinera “iluminando”
la noche. La cámara gira ahora alrededor del personaje hasta encuadrarlo
en un primer plano (escalofriante) en el que se muestra todo el dolor de
ese hombre. La gasolinera, la noche, el mundo que desconocía, es el que
señaliza toda su vida. Un viaje sin retorno al encuentro con el horror
del asesinato de su hijo en la gasolinera. El hombre, el padre, el ser
humano, llora. Gran final que expresa todo el caminar que reconstruye esta
singular serie de televisión dirigida por Benito Zambrano, el realizador
de aquella memorable Solas.
Al
mismo tiempo que la serie Padre
Coraje se pasaba (sorprendentemente con gran audiencia) por un canal
de televisión privado, en los cines se estrenaba En
la habitación. Dos formas diferentes de acercarse al dolor familiar
provocado por el asesinato de un hijo. Hay elementos comunes y diferentes
entre ambos títulos. Entre los primeros podemos hablar de la desaparición
(impensable) de un joven, de la angustia de la familia, del cambio que ese
hecho produce en los padres, de la lentitud (o inexactitud) de la
justicia... Diferente es la aproximación a los hechos. Vitalista
en el filme de Zambrano, distante en la película norteamericana.
Ambas críticas, doloridas incursiones en un cambio de la realidad (y
felicidad) en la que se encuentran habitando unos seres.
Mientras
que en la película americana asistimos a una especie de borrador de unos
hechos, a pequeños apuntes de una existencia, en la de Zambrano todo (por
razones de la serie) se agigante, engrandece, alarga. Muchas horas para
tratar de contar una historia que va mucho más allá de la pretendida búsqueda
de la realidad por una padre. Más bien, es el encuentro con una realidad
desconocida y trágica, ignorada. Un mundo dominado por la droga, la
prostitución. El personaje principal (un ser trágico) baja al infierno.
Y se pasea (y habita) en su interior.
Es
uno de los puntos sobre los que bascula el naturalismo de una historia que
vendrá aderezada de otra serie de elementos. En primer lugar la
“testificación” de una policía ineficaz (excelente ese detalle en
que se nos muestra al comisario cenando con el Director General de Policía
rodeado de guardaespaldas en un restaurante de lujo), de unos abogados
poco preocupados por la justicia (sólo les importa realizar bien su
oficio), de unos políticos (o dirigentes sindicales) que intentan sacar
“tajada” de los hechos. Poco importa que se llegue o no a la conclusión
de unos hechos (el hecho en si carece igualmente de importancia para
ellos), lo único que interesa es “estar en primer plano” y sacar por
tanto una rentabilidad para el partido y/o el sindicato.
Familia,
investigación, submundo. La degradada corte “de los milagros” que
acompaña a esas entidades es lo que sustenta en su totalidad de esta
larga serie televisiva (de cerca de seis horas). Lo que asombra de ella es
el sentido naturalista (y conseguido) del relato. Al estilo presente en su
anterior Solas, Zambrano trata
de adentrarse con su cortante cámara en un mundo que debe ser descubierto
y ofrecido (a pesar, o por ello mismo, de su dureza) a los espectadores.
De ahí el tono decididamente documental (cámara a mano) de muchos
instantes, sobre todo en los que se refiere a la investigación del padre,
excelentemente interpretado por Juan Diego. No solamente su trabajo de
actor es excelente. Hay que ver cómo están dirigidos los diferentes
macarras o drogadictos. En ellos (y en todos los personajes) la serie
respira verdad. Nos creemos a los actores en sus diferentes trabajos o
actuaciones. Hay verdad en el filme. Y eso era algo muy difícil de
conseguir.
El
naturalismo que destila Padre Coraje
abarca tanto a los personajes (representación, interpretación) en
todos sus aspectos (gestos, presencia, forma de hablar) como a los
ambientes en los que viven. Es esa, la investigación, la relación del
padre con los yonkis y camellos donde la película alcanza sus mejores
momentos. Eso sí, lo descarnado y crudo sigue presente en el resto
especialmente en los crueles interrogatorios de la policía (más duros
psicológica que físicamente).
Los
apuntes familiares son también muy interesantes, sobre todo en lo que se
refiere al enfrentamiento que surge entre la necesidad de vivir para si o
para la memoria del muerto. Una necesidad que conlleva la importancia de
sentirse vivo. Algo necesario, incluso, para el posterior después. Son
pequeñas aproximaciones o formas de acercarnos a distintas posturas,
formas de actuación, de ser o estar en el mundo.
En
la excesiva duración de la serie hay, bien es verdad, de todo. El tiempo
se estira y se recoge de forma imprecisa. Alguien, por ejemplo, para
centrarnos en el relato temporal debe decir la fecha, el tiempo
transcurrido desde el asesino. O a pesar de su intensidad resulta
demasiado pobre todo el bloque del juicio. La fuerza está en la
interpretación y en lo que dicen los personajes. Se alcanza así la
suficiente fuente de veracidad que logra paliar la monocorde forma
utilizada para contar esos momentos.
Hay
acciones en el filme (quizás porque se pretende que veamos actuaciones,
lo que ocurre antes que reflexionar sobre lo presentado) que no se
explicitan en sí mismas. Es como una lectura rápida de acontecimientos
sin profundizar en una hondura psicológica, en unas acciones que terminan
por no sopesarse como sería necesario. Un defecto que aparece por ejemplo
en el absurdo flash back
imposible del padre en la gasolina “viendo” cómo ocurrió el
asesinato de su hijo. O mucho peor es su enfrentamiento personal con el
drogadicto del que se hace amigo y al que (en un momento en que está a
punto de ahogarse) piensa matar.
Momentos sorprendentes en cuanto se tiene la sensación de que
Zambrano no sabe, o puede, crear una hondura psicológica que refleje sus
pensamientos. El expresar el pensamiento es erróneo. Una lastima ya que
esa actuación (en el pensamiento del imposible asesinato) sirve para
reflejar mucho mejor la figura del ser que termina por dolerse de muchas
otras cosas además de la muerte de su hijo.
Filme
irregular, desbordado más que desbordante, que, no se sabe la razón,
deja personajes en el camino a los que abandona y de los que nada más se
sabe (el drogadicto con el que primero contacta). Algo lógico si la serie
siguiera únicamente la historia (y la andadura del padre), pero ilógico
cuando su estructura va alterando (o fragmentado) el punto de vista de
acuerdo a las necesidades de un no demasiado bien estructurado guión. Ese
es quizá lo más discutible de una serie atípica, que nos habla no sólo
sobre el dolor de una familia, sino sobre el mundo que esconde (niega)
cualquier ciudad del aquí y del ahora.
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