Una mente maravillosa
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Una mente maravillosa

La película de los Oscars... ¿una biografía ficticia?NOTA!!!!!!! Esta crítica desvela datos de interés de la película, por lo que os recomiendo que no la leáis si no la habéis visto aún y no queréis enteraros de ciertas sorpresas. Someramente os digo que es una película correcta, con buenos momentos pero, en conjunto, está lejos de ser un gran filme. Eso sí, Jennifer Connelly es de lo mejor.

Si aparece un denominador común en gran parte de la obra de Ron Howard es la figura del héroe en sus diversas vertientes. El director ha retratado en algunos de sus filmes desde el héroe de acción tradicional (Mel Gibson desafiando a los secuestradores de su hijo en Rescate), al héroe cotidiano, superviviente del día a día, bien en el ámbito familiar (Steve Martin, padre de familia en la agridulce Dulce hogar... ¡a veces!), bien en el laboral (los reporteros de Detrás de la noticia).  Howard también ha abordado las heroicas labores de colectivos como el cuerpo de bomberos de Llamaradas, (profesionales anónimos, que arriesgan sus vidas por salvar otras) y los astronautas de Apolo XIII­ (autores de una gesta histórica).

Es la figura del héroe capaz de superar las dificultades de su entorno (en este caso, las trabas causadas por una enfermedad) la que aparece en Una mente maravillosa, clásico ejemplo de biopic basado en la vida de John Forbes Nash Jr., matemático que fue capaz de ganar el Premio Nobel de Economía tras afrontar y superar una esquizofrenia. Pero también aparece el componente heroico en Alicia, la abnegada, fiel, amante esposa de Nash, brillantemente interpretada por Jennifer Connelly. Ella es uno de los roles más interesantes de la película, un auténtico soplo de aire fresco en el panorama actual, además de por su lozana belleza, por la delicadeza con la que interpreta a su personaje.

Russell Crowe está bien, pero Jenniffer Connelly está mejor.Russell Crowe, sólido actor que se afianza con cada papel, es quien encarna, con credibilidad y sin demasiados excesos, al matemático Nash en esta cinta de perfecto acabado, pero que carece de ese toque de distinción en su guión que podía haberla convertido en una gran película. Lo mejor, aparte de la presencia de Connelly, es cómo Howard muestra los procesos mentales que llevan a Nash a descubrir la ‘teoría de los juegos’ o a descifrar códigos secretos para el gobierno norteamericano. Utiliza la imagen como complemento de la palabra, del pensamiento, de la propia mente maravillosa de Nash. Según el filme, la ‘teoría de los juegos’ se le representa al matemático en una reunión de amigos, mientras observan a un grupo de chicas en un bar. Nash explica, tras el comentario de cómo ligarse a las chicas de uno de sus compañeros, la revelación que ha tenido, y el director Ron Howard apoya la exposición verbal mediante una secuencia en la que las chicas aparecen y desaparecen al ritmo de las palabras del personaje interpretado por Russell Crowe. Este tratamiento visual de algo tan abstracto como pueda ser una teoría matemática es magnífico, siempre abordado desde la óptica clásica de Howard, lejos de tratamientos más o menos delirantes como el de Darren Aronofsky en Pi (Fe en el caos), también con las matemáticas como telón de fondo. Si Howard no hubiera utilizado estos recursos el filme poco se hubiera diferenciado de productos televisivos que también están basados en hechos reales.

El guión, firmado por Akiva Goldsman a partir de una biografía del personaje protagonista escrita por Sylvia Nasar, no aporta ninguna novedad al tradicional  biopic (abreviatura de biographic picture), término utilizado para designar aquellos filmes que tratan, con mayor o menor veracidad, la vida de un personaje. El trabajo de Goldsman recurre al tópico esquema lineal de las películas biográficas. Narra la trayectoria de Nash en tres actos: su llegada a la universidad, la aparición y lucha contra la enfermedad y, por último, la superación de la misma y el resurgimiento del talento del matemático. La consecución final del Premio Nobel de Economía es la guinda que aparece a modo de epílogo. Sin embargo, el texto de Goldsman dista mucho de ser brillante por varios motivos: no aporta respuestas a algunas preguntas, priva de información básica sobre el personaje que trata y puede ser calificado de engañoso. Pero vayamos por partes.

Todo buen guión debe contestar a las posibles preguntas que el espectador se haga desde su butaca, un espectador que, en contra de lo que imaginan algunos diseñadores de éxitos prefabricados donde todo vale y vale todo, es capaz de pensar. Así, no quedan bien definidas algunas cuestiones. Por ejemplo, no es explica bien que Alicia se enamore de Nash desde el primer día que se ven en clase, siendo él un ser extraño, huraño, un animal de la ciencias encerrado en su propio mundo. La relación entre ellos sí está narrada con firmeza pero los preámbulos del romance aparecen atropellados, por lo que, a un servidor, le queda la duda de si ella se siente atraída por él simplemente a causa de su mente maravillosa. Tampoco queda claro si la colaboración con el gobierno norteamericano para descifrar códigos de espías comunistas es esporádica o se repite a lo largo de la vida de Nash. Esto es fundamental pues, como es explica en el filme, la esquizofrenia se desarrolla con más fuerza en Nash por la presión que vive debido a su estatus de “agente secreto”.

Por otra parte en cualquier película que pretenda dar a conocer la vida de un personaje real al gran público debe, si no abarcar toda su vida –algo que sería materialmente imposible- sí recorrer los puntos más importantes del biografiado, aún cuando esté tenga aspectos oscuros. Así, la película se centra en la lucha del matemático contra en su enfermedad y en el incondicional apoyo que recibe de su esposa, más no menciona, ni siquiera de refilón, que ambos se divorciaron y volvieron a casarse o que Nash tuvo un hijo fuera del matrimonio. Parece ser que los responsables del filme eludieran estos aspectos, sin duda fundamentales, por temor a la reacción de los espectadores ante las sombras del personaje principal que, si bien es un héroe y un ejemplo de superación personal, también tenía rasgos menos reconfortantes. No hay que olvidar que siempre hay sombras donde hay luces.

Ron Howard sigue siendo un artesano seguro... pero con muy poco mundo propio.Entremos en el farragoso terreno de si se puede considerar el guión (o, al menos, parte de él) de Una mente maravillosa como ‘engañoso’. En numerosas películas, como en el trabajo de Brian de Palma En nombre de Caín, que tratan el tema de la locura aparecen personajes que realmente no existen sino en la mente del enfermo. Y en este punto es donde hay que desvelar sin remedio, para tratar adecuadamente el filme, el secreto que esconde la película de Ron Howard: una parte de los personajes de la cinta no existen como tales sino que los vemos desde los ojos del matemático y sólo existen para él. Es decir, el misterioso William Parcher que le confiere las misiones secretas, (un Ed Harris magnífico, como siempre, con esa precisión de cirujano, tal como lo definió Javier Bardem), el mejor amigo de Nash, Charles (convincente Paul Bettany), y la sobrina de éste son productos de la mente enferma del protagonista. Así que hemos aceptar esta regla del juego para hacer creíbles ciertas situaciones, como son las charlas que Nash mantiene con ellos. Estas pueden justificarse hasta cierto punto: él puede “oírlos” en su cabeza y por eso nosotros, espectadores, los vemos en pantalla. Howard así lo explica en una escena en la que el futuro Nobel discute con sus propias visiones en el campus de la Universidad. En esta ocasión, la cámara refleja tanto la mirada de Nash (vemos al personaje con el que se enfrenta) como la de los estudiantes que le observan atónitos (entonces sólo vemos al personaje interpretado por Russell Crowe haciendo aspavientos mientras habla solo). Si bien esto puede asumirse hasta cierto punto, hay secuencias en los que la interacción entre fantasía y realidad va demasiado lejos, como aquélla en la que Nash sufre una persecución, adornada por un tiroteo, a bordo del coche de Fincher. ¿Qué está pasando realmente ahí? ¿Qué hace verdaderamente mientras vive su delirio? Por no desvelar el hecho que esto solo ocurre en la cabeza de John Nash no hay esa explicación que sí se da, por ejemplo, en la secuencia anterior. Es, por tanto, otra de las preguntas sin respuesta que antes citaba.

Sin embargo, Howard elude estos escollos con un innegable buen hacer detrás de la cámara. De hecho, la secuencia de la persecución, a pesar de no suceder más que en la ilusión de Nash, está contada al más puro estilo del thriller, de forma trepidante y angustiosa, como angustioso es el momento que vive el matemático. La habilidad del director se extiende a la parte más dramática, la que aborda la lucha contra la esquizofrenia de Nash y la recuperación en el hogar. Pero sobre todo es en el tratamiento de Alicia, la compañera de Nash donde Howard muestra, en mi opinión, sus mejores cartas. La interpretación de Jennifer Connelly es magistral, sensible, luminosa como sus bellos ojos, unos ojos que son capaces de expresar deseo y dolor, amor y desolación. Tras el visionado de Una mente maravillosa queda el imborrable recuerdo de su mirada y el sentimiento de que, con los hechos reales sobre los que se sustenta el filme, había material suficiente para construir un retrato mucho más logrado y convincente de un hombre obsesionado con rozar la perfección, una obsesión que le llevó a la locura.

Evaristo Martínez

UNA MENTE MARAVILLOSA

Título Original:
A beautiful mind
País y Año:
EE.UU., 2001
Género:
BIOGRÁFICA
Dirección:
Ron Howard
Guión:
Akiva Goldsman
Producción:
Imagine Entertainment
Fotografía:
Roger Deakins
Música:
James Horner
Montaje:
Daniel P. Hanley, Mike Hill
Intérpretes:
Russell Crowe, Jennifer Connelly, Ed Harris, Christopher Plummer, Paul Bettany, Adam Goldberg
Distribuidora:
United International Pictures
Calificación:
No recomendado menores de 13 años

 

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