Moulin Rouge
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Moulin Rouge

La película recuerda a un castillo de fuegos artificiales: un colorido muy atractivo seguido de un ligero picor molesto en los ojos.Una vez más, laureado por una gran promoción publicitaria nos llega un filme pensado para ser degustado al momento y después pasar al olvido. Moulin Rouge es además  un filme que quiere pasar por ser una obra transgresora y del último grito, cuando en realidad es el fruto del mimetismo de su director sobre sus obras anteriores, esta vez sí, realizado con los mejores medios posibles gracias a un presupuesto económico cuantioso.

Moulin Rouge cuenta la historia trágica de una amor imposible entre un escritor bohemio de Montmatre y una cortesana del famoso cabaret de Pigalle de París. Es una mezcla de los argumentos de La dama de la Camelias y la ópera de La Boheme aderezada con la presencia de los personajes famosos que frecuentaron a principios de siglo aquella sala de fiestas: el músico Eric Satié, el pintor Toulouse-Lautrec y otros. Pero en el esquema argumental final subyace la cita del mito del poeta Orfeo y la bella Eurídice. Este intentó bajar hasta los mismos infiernos atravesando la laguna Estigia, para rescatar de la muerte a su amada esposa. Este descenso a los infiernos se nos muestra en el filme en los sucesivos y vertiginosos travellings aéreos que la cámara realiza desde lo alto de la buhardilla donde vive el escritor bohemio (Ewan McGregor) hasta la sala-escenario donde actúa la principal bailarina (Nicole Kidman).

Moulin Rouge es el triunfo del mestizaje en el cine, donde se da la regla del todo es válido,  de que todos los elementos plásticos y sonoros son aptos para crear una obra artística:  para su director no hay reglas ni cánones, si esto pega aquí (una canción, un tipo de baile, un diálogo desincronizado) está bien que se coloque. Lo que importa es hacer una película con el más vertiginoso de los ritmos, aunque este sea descompasado, que aturda y maree al espectador y que de la sensación de estar viendo la obra de arte más posmoderna.

En sus dos películas anteriores (El amor está en el aire, un filme para mí insufrible) y Romeo y Julieta de William Shakespeare, que me convenció por el ritmo ingenuo y la imagen naïf que rodeaba el verso del poeta inglés, ya Luhrmann ensayaba este tipo de cine con constantes imágenes y situaciones transgresoras, pero tal vez su sinceridad y eclecticismo hacían perdonables tales provocaciones. En Moulin Rouge, sin embargo, la sofisticación, la confusión, el abigarramiento, las recargadas atmósferas y la pretenciosidad hacen que el filme se haga algo cargante, que como se dice, pero al revés, “el bosque no deje ver los árboles”.

Los actores están movidos en su mayoría como marionetas: la Kidman está en el filme, bellísisma, recordando en algunos momentos a las grandes “stars” Marlene Dietrich o Marylin Monroe, y Ewan McGregor es un auténtico muermo en toda la película. Para mí, sufrirlo es lo peorcito de la función.

Moulin Rouge parece un espectáculo que recuerda el ultimo tramo de los fuegos artificiales: el apoteósico estallido final lleno de maravillosos colores que dan lugar inmediatamente a un picante y molesto olor a pólvora, humo y cenizas.

José Luis Barrera                

MOULIN ROUGE

Título Original:
Moulin Rouge
País y Año:
EE.UU, Australia, 2001
Género:
MUSICAL
Dirección:
Baz Luhrmann
Guión:
Baz Luhrmann, Craig Pearce
Producción:
Bazmark Prod.
Fotografía:
Donald M. McAlpine
Música:
Craig Amstrong
Montaje:
Jill Bilcock
Intérpretes:
Nicole Kidman, Ewan McGregor, John Leguizamo, Jim Broadbent, Garry McDonald, Kylie Minogue
Distribuidora:
20th Century Fox
Calificación:
No recomendado menores de 13 años

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