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John
Irvin vale para cualquier cosa. Ha filmado comedias (es un decir), dramáticos,
bélicos... y ahora se enfrenta a un melodrama con tintes de cine negro.
¿Qué decir? Simplemente, que no casa muy bien la historia contada. Los
elementos más autorales y típicos del cine más clásico están en el
filme (promotor de boxeo de combates clandestinos, tongos, asesinatos,
mundos oscuros y sucios), pero todo se va desvaneciendo por culpa de lo
precipitado, insólito o ilógico de unas resoluciones que son falsas e
inaceptables.
Un
promotor de boxeo (más bien un mafioso) va a vivir su gran día al
preparar el combate de su hijo con un excampeón americano. La película
narra las horas anteriores al combate y las posteriores. Hay cierto
enganche en el comienzo, tanto en el prólogo –las imágenes grabadas de
un combate que luego, con escaso rigor, se nos fuerzan completas en el
final-, como en la llegada, con los dos matones del promotor al local
donde combatirá su hijo. Hay unos personajes y situaciones reconocibles
por otras películas tratadas dignamente. Todo se complica con el supuesto
tongo del hijo (lo que supone el fracaso de toda una vida para el padre) y
su posterior muerte.
Irvin
tiene un problema en sus películas y es que todo lo narra igual. No hay
puntos de interés o de caída. Sus películas son planas y valen en
cuanto tiene un buen guión y unos dignos actores. El guión en este caso
tiene un problema y es lo inverosímil o demasiado complicado de su trama.
Por ejemplo ¿cómo el hombre al que se le ha dado la paliza puede matar
al chico en un descampado?, ¿sabía que iban a ir ahí?, ¿sabía que el
hijo iba a perder?, ¿cómo intentar matar al padre y tener la seguridad
de darle...?
No es el
único defecto temático o de hilar situaciones en el filme. Otros
ejemplos: el matón que va a tener un hijo y al que se le acusa de la
muerte del muchacho. Una secuencia precedida de una anterior donde ya se
le acusa (pero luego se olvida para volver a retomar la situación y hacer
posible que la película ocupe la hora y media de proyección). Por
supuesto esa secuencia de la llegada a la casa del matón con su mujer
embarazada está bien resuelta en sí. Tiene esa violencia de la que está
desprovista la película en otros momentos, pero es forzada. Como el
resto, como el final, como la supuesta e incomprensible actuación del
promotor americano y su boxeador en los choques en cadena que tienen lugar
en un túnel subterráneo.
Hay otro
problema: el punto de vista elegido en la narración. ¿Es en función
(sería lo lógico y lo más interesante) de Shiner, el promotor padre? Si
es así, no se comprende porque las imágenes nos
muestran lo que él no puede ver. Imágenes que resultan, además,
altamente despistantes para el espectador, como ocurre con la presencia
del hombre de la guerra
cuando al final llega Shiner al local donde ha tenido lugar el boxeo.
Pero si
la película se hace mas grande es por la interpretación de Michael Caine.
Sólo por asistir al gran recital de este gran actor merecería la pena
acudir a ver Shiner. Caine, si
eso es posible, se supera a si mismo, hace una gran creación de un
personaje que daba para mucho más que un filme únicamente pasable o de
digestión no demasiado pesada. Su bis a bis con ese otro fiera llamado
Martin Lndau es de esos momentos mágicos que ya no quedan.
Caine y
Landau, la excelente música y algunos momentos que nos llevan a recordar
el cine negro perdido en el túnel del tiempo, son los alicientes de una
película que tenía materia para haber dado mucho más que lo realmente
ofrece. En ningún momento puede con los pretendidos, y reconocibles,
modelos utilizados para la composición del filme.
Adolfo Bellido
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SHINER
Nacionalidad:
Inglesa, 2000.
Dirección:
John Irvin.
Argumento
y guión: Scott
Cherry.
Música:
Mike Molloy.
Intérpretes:
Michael Caine, Martín Landau. Frances Barber, Claire
Rushbrook
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