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He
aquí un filme que pudo ser importante y se queda en visible (y con
posibilidades escamoteadas) a secas: hay, quien lo duda, una buen
interpretación, una realización, a veces, dotada de cierta fuerza,
muchas buenas intenciones y un desmesurado ansia por repetir ciertos
esquemas clásicos exitosos del ayer. Con todo, el conjunto se resiente
por un sentido, sin medida, de la sorpresa y de lo imposible.
Sobre la
pantalla la realidad argentina hecha de mentiras, dominada por las estafas
de alta y poca monta. Gente que se odia aunque parece amarse, que se evita
aunque se necesita. Engaños, vivir a costa de pillerías en una sociedad
en crisis. No es raro que la
calle tenga un protagonismo destacado. Ese es uno de los mayores
alicientes del filme. Seres que pasan, se mueven sin cesar en una ciudad
conflictiva donde solamente interesa saber cómo subsistir
individualmente. La presencia de la ciudad, en el trascurso del agotador día
en el que se desarrolla la película, y de sus habitantes, es el telón de
fondo necesario para poder acercarse a la realidad de un determinado
momento donde la crisis económica estalla alrededor de unos pícaros
individuos que tratan de sobrevivir.
Hasta ahí
todo es válido. No lo es tanto la historia, demasiado amañada, tramposa,
que sirve de soporte al filme. Es como si una multitud de cajas chinas se
abrieran tratando de mostrar lo que hay dentro. Pero allí no hay más que
una nueva caja. Es decir, estamos ante un intento demasiado complejo y
arriesgado para llegar a buen puerto.
Hay películas
que juegan sobre la mentira, y se reflejan en ella como elemento esencial
(pienso en Operación Reno de
Frankenheimer, un tan interesante como incomprendido filme), mientras que
en otros la mentira es la esencia de una sorpresa final inadmisible (caso
de El sexto sentido). Esa es
también la penosa realidad de estas Nueve
reinas, cuya mirada sorpresiva desde el final no aguanta un examen en
profundidad. El espectador sorprendido asiste a un cúmulo de sorpresas.
Sabe que detrás de sus imágenes se reserva una sorpresa basada en una
mentira. No es la que espera. Es otra muy diferente. Pero desde el final,
el engaño resulta artificial y amañado por un guión exento de lógica y
con demasiadas lagunas.
Un
encuentro de dos timadores va, de forma creciente, llevando a un asunto
serio donde todos pueden ser engañados o al menos el más ingenuo. Pero
¿quién es el ingenuo? El realizador tiene el buen sentido de mostrar
(aunque tal signo de afirmación puede aparecer como gratuito) en una de
las primeras escenas (pasando desapercibido para el espectador) quien es
el ser “encerrado” en la falsa trama mediante un bonito movimiento de
cámara circular sobre el personaje que se va a tejer la tela de araña.
Un detalle elocuente y digno, pero luego las cosas se van disparando y la
trama se va haciendo cada vez más rocambolesca e imposible, hasta llegar
a un final explicativo (a medias) tan forzado como falsamente inteligente.
Las preguntas asaltan al curioso espectador para negar la lógica
narrativa: ¿cómo admitir el encuentro en el comercio? ¿cómo el
compadreo entre todos los personajes? ¿qué pinta en todo eso el español?.
Junto a
esas preguntas, la presencia de algunos personajes secundarios (o no
tanto) mal dados (la hermana que trabaja en el hotel), y un cúmulo de
situaciones que desbordan “a la carrera” a los espectadores en una
serie de situaciones que recuerdan títulos como El golpe de Roy Hill.
Lo hemos
dicho muchas veces: una película no debe estar nunca en función de una
sorpresa final. Esa será la conclusión lógica de unos acontecimientos.
Cosa que aquí, a pesar de las buenas intenciones, y de castigar, como a
él le gusta, al más sinvergüenza de todos, termina por no ser más que
un vulgar juego de circo donde alguien trata de mostrar su inteligencia a
base de engañar al espectador.
De todas
maneras se deja ver. Hay unos buenos diálogos, unos notables intérpretes
principales y el deseo (frustrado) en muchos casos de presentar la
realidad de un país que intenta realizar ejercicios de supervivencia a
base de pillerías, utilizando los más variados timos. Lastima de un guión
excesivamente amañado donde lo que interesa no es la lógica
narrativa sino la sorpresa, o inventiva, más descabellada.
Adolfo Bellido
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NUEVE
REINAS
Nacionalidad: Argentina,
2000.
Argumento, guión y dirección:
Fabian Bielinski.
Intérpretes: Ricardo Darín,
Gastón Paula, Leticia Brédeci
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