Lucía y el sexo
Principal ] Arriba ] El bosque animado ] [ Lucía y el sexo ]

 

Lucía y el sexo

Más que de Lucía, la última película de Julio Medem es la historia de un artista sumido en una crisis personalTal vez no sea lo más pertinente a la hora de plantearse el análisis de una película, pero lo primero que me llamó poderosamente la atención, después de ver el último film de Julio Medem, era el motivo por el cual la película se titulaba Lucía y el sexo. El hecho de destacar, de esta manera, la importante presencia de las relaciones sexuales no obedecía, a mi modo de ver, más que a un simple pretexto, una estratagema publicitaria destinada a despertar la curiosidad morbosa del espectador. Pero, en realidad, ¿qué relevancia tenía el sexo en la historia, aparte de proporcionarnos desnudos integrales, erecciones, masturbaciones, asistidas o no, orgasmos, etc.? Pues, poco más, porque, aunque en un principio la relación entre Lorenzo (Tristán Ulloa) y Lucía (Paz Vega) se base en una permanente e infatigable actividad sexual, ésta no se erige, en ningún momento, en la base de la configuración de los personajes, ni de la evolución de la relación establecida entre ellos.

En Lucía y el sexo, no estamos, por citar algunos ejemplos, ante personajes como los de El último tango en París, entregados al instinto sexual más primitivo y contrario a la moral convencional, ni El imperio de los sentidos, decididos a llegar al límite de su pasión más desbordante, ni Crash, necesitados del estímulo necesario con el que alcanzar el placer y suplir la incomunicación. Si en Los amantes del círculo polar la relación de los protagonistas venía marcada por la enigmática lógica del azar, o si en La ardilla roja, el vínculo entre los personajes de Emma Suárez y Nancho Novo era la incertidumbre que creaba un juego de verdades y mentiras, ahora en Lucía y el sexo, no adquiere la misma relevancia la presencia el sexo, sino que aquello que trasciende en la relación de los personajes es la presencia de Lorenzo, mucho más determinante en el relato que la Lucía del título, sus secretos y su actitud omnívora.

Pero, y para finalizar con este tema, mayor repercusión, en el conjunto de la película, tiene el hecho de que algunos momentos son alarmantemente ridículos, y en definitiva muchas de las escenas de sexo son innecesarias y, por lo tanto, alargan el relato, cuando desde un principio ya entendemos que se trata de una relación pasional. Por ejemplo, irrisible e impensable hasta ahora en Medem, resulta ese momento de Paz Vega imitando a Sharon Stone en Sliver (¡menuda referencia!), cuando se quita las bragas en un lugar público, aunque tampoco tiene desperdicio, en ese sentido, la posterior escena del striptease. Desafortunado, también, me parece el modo como se soluciona la escena en que Belén (Elena Anaya: destacar la fuerza que tiene su presencia en pantalla), cuenta a Lorenzo cómo se masturba mientras ve una película de su madre, antigua actriz porno. ¿A qué se debe el hecho de observar a Elena Anaya en plena acción?, ¿no tendría mucha mayor fuerza, y sobre todo sugerencia, si la escena siguiera en el parque, con la presencia de la joven actriz narrando sus excitantes actividades, permitiendo a cada cual trabajar la imaginación? En ese momento, a uno le vino a la cabeza la escena de Persona en que la enfermera Alma le confiesa a Elisabet Vogler su encuentro con dos jóvenes en la playa. ¡Eso sí que provocaba una excitación!

Muy pueril y desperdiciada, me parece la escena de la sesión fotográfica, porque en ese sentido, seguramente hubiera sido más eficiente el uso del vídeo y hacer que los personajes contemplasen la grabación mientras vuelven a hacer el amor. De esta forma, se hubiera enriquecido el principal discurso de la película, al plasmar cómo la ficción (la filmación del acto sexual) condiciona la vida de Lorenzo y los personajes que le rodean.

Es en este último aspecto donde mayor interés tiene la película de Julio Medem. Lorenzo es un escritor sumido en una crisis creativa y que parece una especie de Ingmar Bergman, Jean Eustache o Woody Allen, en el sentido de que se nutre de la realidad inmediata y personal para la elaboración de sus ficciones novelescas, hasta el punto en que vida y obra quedan tan imbricadas que es imposible la disolución, y tanto una como otra se condicionan recíprocamente, tal y como sucede en obras como La mama y la puta o Maridos y mujeres. Lucía es una fan enamorada locamente de Lorenzo, a quien se declara, sin conocer personalmente, pero por quien se siente fascinada debido a la influencia que ejerce sobre ella su primera novela. Así pues, se establece una relación entre el emisor de una ficción y el receptor de ésta, Lucia, quien encarna el papel de un personaje necesitado e influido por la ficción. Así es como se pone de manifiesto el discurso del director y guionista: el relato de una historia, ya sea como lector, como espectador, incluso como oyente, nos lleva a saltar de la realidad para introducirnos en otra realidad, marcada por la imaginación, por la voluntaria creatividad artística,  y que nos lleva a entregarnos y observar experiencias, conocer personajes que en nuestra soledad más intima nos llevan a participar, decidir, opinar, en definitiva, a vivir otra vida, una más de muchas. Un conjunto de vivencias que, consciente o inconscientemente, positiva o negativamente, también determinan nuestra realidad cotidiana, nuestro destino más próximo, tal y como les ocurre a Lucía, Elena y Belén

De esta ideal principal tan interesante, pero en parte malograda por la falta de concisión, se desprende otro concepto, estrechamente vinculado al anterior, muy sugerente. Me refiero a los momentos en que Belén le cuenta a Lorenzo sus solitarias aventuras sexuales, que le sirven a Lorenzo como materia prima. Se trata de un momento en que la experiencia vital, la realidad personal (contada, ahí reside el matiz fundamental), nutre a la ficción. Pero entonces cabe formularse la pregunta: ¿se trata de una realidad?, ¿puede ser estrictamente real un hecho narrado?, ¿el hecho de contar algo, por muy real que sea, no lleva implícito un componente de ficción?. Así pues, y es una verdadera lástima que la película no fuera más allá en este aspecto: la realidad y la ficción forman parte la una de la otra y la línea que las separa no es borrosa, simplemente no existe.

Lucía y el sexo desperdicia sus posibilidades aunque hay que reconocer que es una película que mantiene el interés, a pesar de hacerse un poco larga, gracias a que el relato sigue a unos personajes exiliados emocionalmente, dispuestos a olvidar acontecimientos hirientes, y marcados por secretos, cuya única respuesta se halla en Lorenzo, y que atrapan, mínimamente, al espectador. En cambio, pienso que tampoco ayuda a la historia el estilo visual característico de Medem, aquel que, por ejemplo, aporta la dosis necesaria de ambigüedad en La ardilla roja, o que adopta la frialdad y la distancia emocional, para no caer en lo cursi, en la arrebatadora  Los amantes del círculo polar. Medem, médico de formación, acostumbra a usar el bisturí para ir más allá de lo físico, pero parece que en su última película usa  pinturitas de colores y que recurre a habituales imágenes, llamémoslas “poéticas” (lo que habitualmente menos me gusta de él) cuando parece que la historia pide a gritos una puesta en escena menos estilizada, más bruta, menos sofisticada y más carnal, impregnada por la presencia física de los personajes.

Lucía y el sexo deviene en una gran decepción porque considero a Medem un director, cuanto menos que interesante, que trata de expresar un mundo personal, tanto a nivel de discurso como de estilo, pero que parece haber tropezado en el momento de consolidar una filmografía destacable.

Josep Carles Romaguera

 

Volver al SUMARIO Página ANTERIOR Página SIGUIENTE Ir a la ÚLTIMA PÁGINA