|
Seguramente
muchos cinéfilos conocen el cine de otra Iosseliani de oídas o mejor de
leídas, puesto que en informaciones de revistas sabían de la obra de
este cineasta casi siempre presente en los festivales. Pero en nuestro país
nada se había estrenado. Hace un tiempo se pudo ver en un pase-sorpresa
por La 2 un filme suyo, Los
favoritos de la luna. También en algunos de nuestros pequeños
festivales se exhibió alguno que otro de sus filmes. Parece ser que en la
próxima edición de San Sebastián se le va a realizar un retrospectiva
de toda su obra.
En esta
película francesa firmada por este cineasta nacido en Tbilisi-Georgia (la
misma ciudad donde Stalin fue seminarista) de fuertes ideas marxistas,
pero después desencantado, exiliado adoptado galo, se presenta una vez más
un tema muy querido por el cine de nuestro país vecino: el fustigamiento
de la familia burguesa y el elogio de la vida natural, de la vida de la
gente corriente de la calle y la exaltación (¿anarquista?) de los
“clochards” de los mendigos profesionales. Es una película de
interpretación coral, de múltiples personajes, con un sentido del humor
muy francés, que a veces se
escapa al espectador y que incide sobre todo en la vida de los
adolescentes y los jóvenes. El título ¡Adiós,
tierra firme! (expresión tomada de la conversación común de los
marineros que se sienten felices al abandonar el puerto y luego echan de
menos las comodidades y los placerse de la tierra firme) se refiere a esos
deseos de ruptura de los adolescentes hacia la vida fácil que le ofrece
su familia protectora, pero cuyas amarras nunca llegan del todo a romper y
que a la postre se convierten en seguro salvavidas cuando las cosas se
ponen feas o cuando el cansancio de la novedad les hacen regresar al
vilipendiado pero calentito hogar paterno.
Narra la
historia de un muchacho de diecinueve años que vive en una lujosa mansión
con sus padres. Su madre es una ostentosa y poderosa mujer de negocios,
mientras que su padre es un pobre hombre relegado a los deberes de la
procreación y a los placeres de la caza y la bebida. En su hogar no se
hacen más que fiestas y saraos presididos por una extraña ave –ñandú-
de majestuosos movimientos. A escondidas, el joven se va todos los días a
vivir con sus amigos los jóvenes pobres, mendigos y gamberros de la
calle. Trabaja de friegaplatos en un restaurantes y escribe rótulos a los
pedigüeños de las esquinas. Pero un día un robo mal ejecutado con sus
amigotes en un supermercado da con sus hueso en la cárcel. Tiempo después,
un lujosos coche mandado por su madre, le espera al puerta de ésta.
Cuando se pasea por los calles por donde antes trotaba, ya nada es igual.
¡Adios, tierra firme!
vienen a ser una especie de reflexión entre ácida y humorística sobre
la lucha de clases después de la estrepitosa caída del marxismo, del
funeral de las ideologías y del triunfo del capitalismo liberal. Un filme
que no aporta nada nuevo, sino más desencanto y pesimismo hacia un mundo
visto por los ojos de este director, otrora ferviente marxista, desengañado
de todo y de todos. Si la utopía soñada por el socialismo se hundió, ahora ni siquiera los naturales
depositarios de los ideales, los jóvenes, son capaces de levantar nuevos
sueños sobre un mundo nuevo. Es por ello que precisamente, el padre de la
familia, interpretado por el mismo director, sea la propuesta más cínica
y lucida que se presenta en el filme: alienado de un mundo que le margina
y a la vez le disgusta, permite que sea su esposa quien lleve los
pantalones y él se dedica a beber, a la caza y a jugar con toda la
indeferencia del mundo con sus trenes.
José Luis Barrera
|
ADIEU,
PLANCHER DES VACHES
Nacionalidad:
Francia, 1999.
Dirección
y guión: Otar Iosseliani.
Fotografía:
William Lubtchnnsky.
Música: Nicolás
Zourabicvili.
Intérpretes: Nico
Terielashvili, Lily Laviana, Otra Iosseliani, Philippe Bas.
|