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QUITARSE LAS MÁSCARAS

Por José Luis Barrera. 

Yo no sé si es del todo justo lo que se hace con el film de Liv Ullmann, Infiel, al analizarlo y leerlo bajo el prisma de su guionista y seguramente inspirador Ingmar Bergman. Es verdad que el cineasta sueco es un verdadero coloso del cine y su sombra es más que alargada, pero corremos el peligro que bajo su tutela el trabajo cinematográfico de la directora sueca, ex-esposa de Bergman y actriz de los filmes de su mejor época, quede un tanto eclipsado. Hay entonces que reconocer que aunque el guión bergmaniano es más que perfecto y profundamente reflexivo, no habría pasado de ser letra escrita y no excelente texto cinematográfico si no hubiera sido por la espléndida y sensible puesta en escena de Liv Ullmann realiza.

La obra de Bergman está muy presente en "Infiel"Sin embrago, pese a nuestro reconocimiento a la bella actriz bergmaniana, no queda más remedio que referirse al autor de Fanny y Alexander (1982), por cuanto Infiel refleja de un modo prístino e insistente algunos de los temas casi obsesivos del cine bergmaniano: la capacidad del ser humano de dañar a los otros llevado por la pasión, lo efímero de las relaciones amorosas que se suelen consumir a las pocas sesiones de la pasión,  la necesidad de expresar la rabia que produce el no poder evitar tales desmanes y la necesidad de autoexculpación  a través de la más  descarnada de las confesiones.

Resuelta de forma negativa en el cine de Bergman su interrogación sobre la existencia de Dios (que en El silencio (1963) parece ya una cuestión zanjada) éste queda convertido en un puro absurdo, o en una hipótesis que a lo peor es como una araña que caza al hombre y lo vampiriza (en Fanny y Alexander habla de un Dios-araña que lo devora), sin embargo es algo por lo que se clama inconscientemente. Sólo un ser superior al ser humano es capaz de conceder perdón al hombre, a este hombre mezquino, capaz del mal en su esencia más pura. El ateísmo de Bergman solo encuentra una salida a esa necesidad de exculpación que las personas necesitamos: es la confesión detallada, manifiesta y pública de los pecados que cometemos. Así en el bello film de Liv Ullmann, los dos personajes que se sienten más culpables necesitan con toda crudeza exorcizar sus relaciones adúlteras, el irreparable daño que están haciendo a su hijita, por medio de una confesión detallada, cínica y cruda de todas las acciones que han realizado para hacerse daño mutuamente. No se trata de una disculpa y ni siquiera de un arrepentimiento: si ellos han sido infieles y se han arrojado en los brazos de la pasión más instintiva es porque no tenían más remedio, era inevitable. El relato del guión bergmaniano es entonces profundamente amoral, pero Liv Ullmann en su puesta en escena lo ha teñido de denuncia de inmoralidad: aquí esta la a mi parecer originalidad de la directora sueca. En otro sentido, sin duda, Infiel nos muestra el camino sin salida en el que se ven abocados sus protagonistas y el valor de quitarse la máscara como medicina: la sombra del existencialismo sartriano y del psicoanálisis de Freud es más que evidente. Pero esto podría ser objeto de otro análisis.

 

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